Vincencio Juan de Lastanosa: un aragonés del siglo XVII adepto de la iatroquímica

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Vincencio Juan de Lastanosa fue un interesante personaje aragonés del siglo XVII (vivió entre 1607 y 1681). Erudito, mecenas, coleccionista, amante de la cultura y el conocimiento en general, tenía un palacio con jardín en Huesca que atesoraba una soberbia biblioteca, además de pinturas, esculturas, grabados, monedas, medallas, camafeos y piedras preciosas, antigüedades, mapas, instrumentos científicos, objetos exóticos, fósiles y prodigios naturales, armas, etc., según nos explican en la web del Proyecto Lastanosa.

Pues bien, Vincencio Juan también se interesó por la alquimia y la química primitiva, como lo atestiguan los títulos de algunos de sus libros, recogidos por Miguel López Pérez en un artículo sobre este personaje en el número 5 de la revista Azogue:

  • el Theatrum Chemicum, de Argentorati;
  • los seis Libros de secretos, de Alejo Piamontés;
  • el Arte general y breve, de Pedro de Guevara;
  • los De re metallica, de Pérez de Vargas y Agricola;
  • la Philosophia oculta, de Nieremberg;
  • el Thesaurus de Mynsicht;
  • Les elemens de Chymie, de Jean Beguin (este lo tradujo Lastanosa del francés);
  • la Polygraphia, de Trithemius de Sponheim;
  • la Basilica chymica, de Ostwall Croll;
  • la Bibliotheca chemica contracta, de Nathan Albineus;
  • el Coelum philosophorum de Philipp Ulsted;
  • el Musaeum hermeticum, de Lukas Jennis;
  • El magicomondo, de César de la Riviera;
  • etc.

Además, con toda seguridad era un adepto de la iatroquímica de Jan Baptiste van Helmont. (Recordemos que esta corriente de pensamiento de la química primitiva se puede considerar una de las raíces de la bioquímica, la medicina y la farmacología modernas, ya que los iatroquímicos creían firmemente que los procesos patológicos y fisiológicos de los organismos vivos tenían una explicación química y que, por tanto, las enfermedades se podían curar con sustancias químicas.)

Una prueba del interés de Lastanosa por la química es que durante tres años dio albergue en su palacio al eclesiástico alquimista italiano Nadal Baronio, que enseñó al mecenas hacer preparados iatroquímicos como el “oro potable”, con el que, según aseguraba, obtenía resultados milagrosos en el tratamiento de diversas enfermedades.

En el opúsculo Relación de las fiestas que la ciudad de Huesca del reino de Aragón ha hecho al nacimiento del príncipe nuestro Señor don Felipe Próspero se puede leer:

Sea por todos célebre testimonio el doctor don Natal Baronio, sacerdote napolitano de ilustre familia, vicario general del obispado de Policarpo, varón insigne en teología, cánones, astrología y medicina, y sobre todo en los milagrosos efectos de la química, el cual, después de haber gozado largo tiempo las grandezas y comunicación de varones eminentes y de los mayores señores de Venecia, Florencia Roma y toda Italia, habiendo pasado a ver a España, llegó a esta ciudad movido solamente de la fama de don Vincencio Lastanosa, de quien honroso huésped, para dejar compuesto su más íntimo camarín de lo más estimable de la vida, está ahora sacando varios extractos de minerales, plantas y licores, haciendo la preciosa confección de perlas, formando la única y singular medicina de los reyes del oro potable, que entre otras grandezas de nuestro gran monarca se muestra en la Real Botica del Escorial, de que se han visto ya aquí milagrosos efectos en necesidades extremas.

Y en la Narración de lo que le pasó a don Vincencio Lastanosa a 15 de octubre del año 1662 con un religioso docto y grave (Hispanic Society of America, manuscrito B-2424, f. 78-79) encontramos esta conversación de Lastanosa con un clérigo que le pide noticias sobre los supuestos prodigios que nuestro personaje es capaz de obrar con sus conocimientos químicos:

Palacio de Lastanosa (hoy día inexistente), con su jardín (que sí se conserva)
Palacio de Lastanosa (hoy día inexistente), con su jardín (que sí se conserva)

Aunque mal razonado, yo le he hecho a vuestra paternidad un breve rasguño de lo que apetece ver, con que me parece se puede dar por satisfecho en cosa de tan poca importancia.

A que replicó: Sucédeme muy al revés de lo que vuestra merced imagina, pues lo que llama sucinta relación ocasiona nuevos incentivos para ver y admirar tantos prodigios. Y hago reparo al no haber hecho vuestra merced mención alguna de cosas químicas, cuando he oído asegurar que las que vuestra merced tiene las puede envidiar el más poderoso, y que con algunas que han salido de su casa se han obrado prodigios que casi son increíbles.

Ingenuamente responderé, padre, que habiendo tenido grandes ocasiones de saber de esa prodigiosa arte, creyendo que el fin de ella era enriquecer el hombre, siempre lo dejé despreciando ese modo de tesoros. Hasta que llegando habrá como cuatro años a mi casa el doctor don Nadal Baronio le di de mano, como he hecho con muchos otros, y él viéndose despreciado habiendo llegado a esta ciudad solo por verme y comunicarme, me dijo:

Ah señor, que yo no soy burlador ni tramposo, que soy sacerdote y doctor teólogo y medico, y mi química se encamina toda a la salud del hombre, a alargarle la vida y a moderar sus accidentes, y esto lo obro con el oro potable, plata potable, el espíritu, quinta esencia, sal, extractos, y magisterios de las perlas, coral, ámbar, carabes, etc. Y yo si os he de hacer oro potable no os pediré oro (que eso podía hacerme sospechoso), porque yo de esta tierra que pisamos saco el oro.

Pareciome consolarle con oírle y traerle por huésped a mi casa, donde en espacio de tres años obró cosas prodigiosísimas, no siendo lo más a algunos hombres tenidos por muertos, recibida la extrema unción, privados de todos los sentidos, con cuatro gotas de oro potable restaurarlos, y dejarlos hábiles para hablar, discurrir, recibir los sacramentos y hacer su testamento, sino que a algunos de estos los restauró hasta darles la salud y convalecer perfectamente. De estas cosas enriqueció mi casa, que las estimo más que cuanto tengo, pues con ellas muy frecuentemente estoy socorriendo y mejorando la salud de mis amigos. Y de ello anda por ahí un cuadernillo, que podrá ser Vuestra Merced encuentre con él.

Las recetas de las preparaciones alquímicas de Baronio, como su “disolvente del oro” o el “laudano opiato”, se guardaron en el palacio de Lastanosa  tras su muerte. En ellas se interesó fray Diego Bercebal, que llegó a ser enfermero mayor del convento franciscano de Zaragoza. Este, en su Recetario medicinal espagírico (Zaragoza, 1713) describe así la receta del “laudano opiato”:

De un don Nadal Baronio, veneciano, que fue quien dejó el disolvente del oro a don Vicencio Lastanosa, tengo la preparación siguiente:

Opio tebaico, zumo de beleño cogido en tiempo y espesado al sol, polvos de diambra y confección de amusco disponjados, mumia transmarina, sal de perlas y corales, licor de succino blanco, hueso de corazón de ciervo, piedra bezoar, unicornio animal o mineral, almizcle y ambar, oro potable, aceite anacardino y de naranjas, cidras, clavillos, canela y nuez moscada, y tierra sellada.

Fuera del hueso del corazón de ciervo, unicornio, bezoar, almizcle, ambar, oro y tierra sellada, lo demás todo lo juntarás, digerirás y evaporarás lentamente, y estando en buena consistencia o mediocre, añadirás las demás cosas y proseguirás para extraerlo.

En casa de Lastanosa he alcanzado algo de este laudano, hecho por mano de dicho don Nadal, y le vi obrar bien.

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Para saber más de Lastanosa y de sus aficiones iatroquímicas, se puede visitar la cuidadísima web del Proyecto Lastanosa o leer estos artículos de Miguel López Pérez:

  • “Lastanosa, la alquimia y algunos helmoncianos aragoneses”, Revista digital Panacea, nº 6, Diciembre-2002 (también publicado en la revista digital Azogue, número 5)
  • “La alquimia y Vincencio Juan de Lastanosa”, Vincencio Juan de Lastanosa (1607-1681). La pasión de saber, Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2007, p. 177-183.

JMG

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