La enseñanza de la Química en España entre 1800 y 1936 / 3

  • Share on Tumblr

Partes: [1] – [2] – [3]- [4] – [5] – [6] – [Bibliografía]

2. La importancia de la iniciativa privada en la introducción y desarrollo de la enseñanza de la Química en España (1)

El Instituto de Gijón

A principios del siglo XIX también destacaron las enseñanzas de Química en el Instituto Asturiano de Gijón y varios Seminarios de Nobles. El Instituto de Gijón, ideado y auspiciado por Jovellanos, empezó a funcionar en 1792, a pesar de que se opusieron a ello el ayuntamiento gijonés y la Universidad de Oviedo. Se valoró su utilidad en que “aunque ahora, por ser las minas nuevas y superficiales se saca de ellas carbón en abundancia, no sucederá lo mismo cuando se profundice y sea imposible beneficiarlas sin los auxilios del arte”. Jovellanos opinaba que

el Instituto no se establece para adelantar las ciencias físicas sino para enseñarlas (…); que la enseñanza debe ser experimental; que el fin principal es aplicar el conocimiento al socorro de las necesidades del hombre; que siendo muy peligroso para estas ciencias elevar las opiniones al grado de verdades, no debe ser dado por cierto sino lo que se haya demostrado por observaciones y experimentos constantes e irrefragables.

En cuanto a la Química, se trató de que siempre tuviera aplicación y relación con la Mineralogía (Moreno González: 122-126)

En el Instituto de Gijón enseñaron Física y Química Chavaneau y Proust (después de dejar Vergara) y Jerónimo de Mas, que antes había sido becado por el Seminario de Vergara para estudiar en París con Lavoisier y Fourcroy, entre otros. De Mas introdujo en España la Química de Lavoisier, que eliminaba la teoría del flogisto y usaba una nomenclatura moderna mucho más eficaz. Esa modernidad la exigían los reglamentos del Instituto, en los cuales también se especificaba qué método (el de Morveau, Maret y Durande, publicado en español en 1788) había de seguirse en los experimentos de laboratorio. Al respecto, se dio mucha importancia al instrumental químico y a la calidad de la enseñanza que se derivaría de la adquisición de las máquinas adecuadas. Entre los aparatos necesarios, según las ordenanzas del instituto, figuraba un “calorímetro de Lavoisier” y un “termómetro de Fahrenheit o Réaumur” (Moreno González: 122-126).

Los colegios preparatorios

Además de las sociedades mencionadas y otras, en el siglo XIX tuvieron mucha importancia para la enseñanza de las ciencias los colegios particulares, sobre todo las llamadas Escuelas Preparatorias. Afirma Moreno González que “la Institución Libre de Enseñanzafue la culminación de este tipo de centros privados” (Moreno González: 258), refiriéndose muy en particular al que fundó Vicente Santiago de Masarnau, que constituyó una punta de lanza de la enseñanza de la Química a mediados del siglo XIX.

Con el objetivo de dar más calidad a la docencia en su “Colegio preparatorio para todas las carreras, incorporado a la Universidad Central como de 1ª clase”, Masarnau viajó al extranjero “para proporcionarse todo lo necesario para enseñar con fruto Física experimental, Química, Historia natural en sus tres ramas de Mineralogía, Botánica y Zoología, Geografía astronómica, física y política, Aplicaciones de las Matemáticas a las operaciones geodésicas, etc.”, adquiriendo máquinas, aparatos e instrumentos de física y dotando un laboratorio de química, incluida una buena colección de reactivos “para que en esta enseñanza pudiera unirse a la teoría la práctica tan necesaria”. En el examen de las escuelas preparatorias “abundan las cuestiones relativas a los fluidos imponderables y a elementos químicos (oxígeno, hidrógeno y metales)” (Moreno González: 254-256).

Academias y ateneos

Aparte de las instituciones mencionadas y otras[1], relacionadas exclusivamente con la enseñanza, otras con fines más generales prestaron también considerables servicios a la divulgación del saber científico. Un ejemplo precoz es la Academia de Ciencias de Barcelona, donde ya por el año 1816 se enseñaba Química (Moreno González: 423-425).

Pero la de Barcelona puede considerarse una excepción dentro de la pauta general de escasa influencia que ejercieron las academias en España. De acuerdo con Portela y Soler, la de Madrid llegó muy tarde: creada a mediados de siglo, con nada menos que dos centurias de retraso sobre la Royal Society y la Académie des Savants, en una época en que “los países adelantados habían desarrollado ya una segunda generación de instituciones científicas mucho más específicas”, tuvo “escasa repercusión sobre la química y sobre la ciencia en general” ya que, además, “no podía por sí misma dotar de un alto nivel a científicos que no lo tenían” (Portela y Soler: 101).

El Estado recurrió precisamente a esta excusa para no apoyar la creación de una academia de ciencias hasta 1847. Así, en 1834, una comisión del Consejo de Gobierno, analizando los propósitos del ministerio en este sentido, emite un informe contrario a tal proyecto, argumentando la inmadurez de la enseñanza de la ciencia en las universidades españolas y, a su juicio, la necesidad de mejorar la enseñanza antes de crear academia alguna (Peset, Garma y P. Garzón: 156):

(…) entre las atenciones del Gobierno relativas a la ilustración general, la primera, la más urgente, la más digna por ahora de su solicitud, es la rectificación de la enseñanza. Esta debe preceder en el orden natural a la fundación de las Academias, así como la siembra debe preceder a la recolección del fruto. Haya sabios de todas clases, y entonces podrá formarse la Academia general fácilmente y sin esfuerzos: lo mejor sería que estas cosas exigiesen pocas diligencias del Gobierno, y que se hiciesen con la menor intervención suya que fuese posible.

El informe se pregunta si no sería posible fundir en una “las Academias de la Corte que hace un siglo ya están dando lustre a la Nación y al Gobierno con sus tareas, y que gozan crédito y reputación en Europa”, incorporando a ella a “tantos jóvenes instruidos, tantos pensionados que bajo la protección y a expensas del Gobierno han salido a adquirir conocimientos en los países extranjeros”. El documento reconoce que:

Pero es menester no engañarse: sin perjuicio del mérito de nuestras actuales Academias, y de lo que han contribuido al lustre de nuestra literatura en sus respectivos ramos, en orden a ciencias naturales y exactas no ha correspondido hasta ahora el fruto a los esfuerzos que el Gobierno está haciendo de medio siglo a esta parte para naturalizar su conocimiento en España. Su enseñanza, reducida casi exclusivamente al ámbito de la Corte y a pocas materias, es incompleta y lánguida: apenas tenemos uno u otro individuo que en punto a las referidas ciencias figure con honor de la nación en el teatro europeo; y aún esos pocos, los más, impelidos de ominosas circunstancias, habían dejado ya de pertenecer a la Nación. La juventud, es cierto, muestra deseos y conatos; pero ¿nos contentaremos con formar una Academia no de sabios, sino de aprendices, de discípulos aprovechados cuando más, que no pueda alternar con otros cuerpos científicos de Europa? ¿Cómo hemos de presentar al mundo culto sin una especie de inconsecuencia, una Academia de Ciencias, cuando todavía no tenemos cátedras de Astronomía, ni de Química general, de Anatomía comparada, ni aún de la verdadera Física en la misma Corte?

De esta dura realidad considera el informe que fueron responsables el absolutismo y la Iglesia (Peset, Garma y P. Garzón: 156-158)

Además de las academias, otras instituciones que velaron por el desarrollo de la ciencia en España, aunque sólo fuera testimonialmente, fueron los ateneos literarios. Estos dedicaron una pequeña cuota de su actividad a la divulgación de la Química. Por citar un ejemplo, en el de Madrid se leyeron conferencias sobre Mecánica Química (Carracido, en 1880), el fósforo (Mourelo, 1881), alquimia y alquimistas (Úbeda, 1881, y Carracido, 1884) o se debatió sobre las relaciones entre fuerzas físicas y químicas (1885) (Moreno González: 418-419).

La Institución Libre de Enseñanza

Pero el gran impulso privado a la enseñanza de la ciencia y la investigación científica españolas así como a la pedagogía lo dio, a partir del último tercio del siglo XIX, la Institución Libre de Enseñanza. Esta entidad, claramente favorable al cultivo de las ciencias positivas, fue fundada por Francisco Giner de los Ríos y otros “adelantados” en 1876 “ante la imposibilidad de conseguir desde dentro una Universidad propia de su tiempo”, según Vian Ortuño, quien afirma que a la Institución “se deben las iniciativas más originales y fecundas para la puesta al día intelectual de la sociedad española” (Vian Ortuño: 435).

Su quehacer en el mundo de la enseñanza tuvo un carácter casi global; la Institución Libre de Enseñanza fue el tronco de un frondoso árbol de instituciones que mejoraron la educación y la investigación en prácticamente todos sus niveles. Contamos entre sus ramas la Junta para la Ampliación de Estudios, los Laboratorios, el Instituto-Escuela, la Residencia de Estudiantes y la Residencia de Señoritas. Además, pensionó a alumnos en el extranjero e intensificó los contactos con destacadas personalidades foráneas. Según Vian Ortuño, la Institución no llegó a culminar la creación de una “Universidad libre”, pero sus hechos y su espíritu se dejaron notar dentro de las aulas de la Universidad oficial, a la que aportó efectivos humanos preparados y bocanadas de aire fresco. Los niños y jóvenes que se formaron bajo el amparo de este verdadero árbol de la ciencia fueron unos privilegiados, ya que recibieron siempre una instrucción de calidad dentro de un proyecto didáctico que no por ser un experimento dejó de ser un éxito[2]. La mujer no quedó marginada de este proceso: la Residencia de Señoritas contaba, entre otros recursos, con laboratorio de física y química y de historia natural (Vian: 435, 444-445).

La enseñanza práctica fue fundamental en unos planes de estudio que siempre contemplaron debidamente a la Química; en 1877-78 se impartía en la Institución la asignatura de Química en segunda enseñanza, Química Orgánica e Inorgánica en estudios preparatorios, y Química Orgánica Sintética en estudios especiales (Baratas, 1993: 624, 625). La Institución dispuso de un laboratorio de química que contaba con reactivos, instrumentos y material de vidrio muy adecuados; en sus clases de Física y Química destinaba tres lecciones semanales a trabajos de laboratorio (Baratas, 1993: 66, 67).

La Junta para la Ampliación de Estudios

Según Vian Ortuño, “la creación de mayor calado” de la Institución Libre de Enseñanza fue la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, en 1907, presidida durante muchos años por Santiago Ramón y Cajal. La Junta creó instituciones científicas y educativas de primer orden, como el Laboratorio de Investigaciones Físicas, la Residencia de Estudiantes y el Instituto-Escuela, estas dos últimas mencionadas más arriba. Sánchez Ron está de acuerdo en que en los centros de la Junta “investigaron los mejores cerebros de la ciencia española de aquella época”, aunque considera que la Institución “estaba absolutamente centrada en el fomento del conocimiento básico. La ciencia ‘aplicada’, la tecnología, estaba ausente de sus intereses”, afirma el historiador, sin que por ello deje de reconocer que fue “la institución que más hizo por el desarrollo científico español” entre 1907 y el estallido de la guerra civil (Sánchez Ron, 1998a: 32, 33; Sánchez Ron, 1998b: 126).

El Laboratorio de Investigaciones Físicas, creado por Real Decreto en 1910 gracias a gestiones de la Junta para la Ampliación de Estudios, se integró, junto al Museo de Ciencias, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y otros centros, en el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. Los pensionados de estas instituciones, entre los que figuran los mejores físicos y químicos de la época, encontraron el mejor ambiente para estudiar e investigar. Respecto al propio Laboratorio de Investigaciones Físicas, tenía cuatro secciones: Espectrometría y Espectrografía, Química y Física, Electricidad y Metrología, siendo su producción científica cuantiosa. La institución sirvió de base para la fundación, en 1932, del Instituto Nacional de Física y Química (hoy Instituto Rocasolano) gracias a fondos aportados por la estadounidense Fundación Rockefeller.

La Junta para la Ampliación de Estudios dio también un impulso fundamental a la Bioquímica, ciencia en la que España tendría una aportación notable a lo largo del siglo XX gracias a estos cimientos. De la Junta dependía un laboratorio de Química Biológica que estuvo dirigido por José Rodríguez Carracido, aunque encabezado en la práctica por el también químico Antonio Medinaveitia. Durante sus primeros años se estudiaron procesos fermentativos, entre otros. Entre 1920 y 1930 se orientó hacia la Química Orgánica, de modo que en 1929-30 ya era llamado Laboratorio de Química Orgánica y Biología, constituyendo luego la sección de Química Orgánica[3] del Instituto Nacional de Física y Química (Baratas, 1993: 255).

Buena parte de las pensiones concedidas por la Junta para la Ampliación de Estudios desde 1907 hasta 1935 se dedicaron a estudios de Química biológica en institutos alemanes y franceses y otros extranjeros (Baratas, 1993: 271-279). Por citar un ejemplo, el bioquímico Miguel Prados Such estudió Química fisiológica a Londres en 1921 con una beca de la Junta (Baratas, 1993: 424, 425).

Otras instituciones

Otra institución educativa privada que destacó en España el siglo XX fue el Centro Científico de Roquetas, de los jesuitas, creado en 1905. Dentro de él, y junto al Laboratorio Biológico y el Observatorio Astronómico, estaba el Instituto Químico del Ebro, regentado por el químico Eduardo Victoria. Esta última entidad se trasladó a Barcelona en 1916 con el nombre de Instituto Químico de Sarriá, fundado también por la mencionada congregación religiosa, quedando constituido como un centro docente público, de base experimental, para la enseñanza de la Química. Según Vian Ortuño, esta institución, que quiso conectarse con el muy vanguardista sector químico industrial catalán, formó hasta 1936 a más de trescientos ingenieros que contribuyeron “a la modernización y ampliación de la actividad químico industrial de España”. En 1931 el Instituto Químico de Sarriá fundó la revista Afinidad (Vian: 448-449; Sánchez Ron, 1998a: 33).

En Barcelona también destacó un Patronato para la fundación de una Escuela Industrial. En 1916 dicho patronato controlaba varias escuelas relacionadas con la Química Técnica, como las de Industrias Textiles, de Directores de Industrias Químicas, de Blanqueo, Tintorería, Estampación y Aprestos o de Tenería (Sánchez Ron, 1998: 33).

Otra institución muy influyente fue la Sociedad Española de Física y Química, creada en 1903 y que posteriormente se desgajó en dos ramas: Física y Química. Se fundó después de la inglesa (1841), francesa (1857), alemana (1867), rusa (1868), danesa (1879), sueca (1883), belga (1887), finesa (1891), búlgara y noruega (1893, ambas); y al mismo tiempo que la holandesa.


NOTAS

[1] Aquí sólo se están citando las más relevantes, pero hubo otras muchas, como por ejemplo los Colegios de Humanidades, fundaciones privadas dirigidas por un eclesiástico secular. Un decreto de 1825 establecía impartir en ellas también Elementos de Química (Moreno González: 224, 225).

[2] En el Instituto-Escuela no había libros de texto para los estudios de Física y Química pero los profesores contaban con algo mejor: una excelente guía didáctica escrita por los renombrados científicos Miguel Catalán y Andrés León. Por la Residencia de Estudiantes, creada en 1910, pasaron Curie y Schrödinger, entre otros, visitas que sin duda constituyeron el empujón definitivo a más de una vocación (Vian: 444, 445).

[3] Las otras eran Física y Espectroscopía, Electroquímica, y Química Física y Química Inorgánica. El enfoque del Instituto era fuertemente químico, como lo demuestran los títulos de varias de las lecciones pronunciadas el día de su inauguración (Vian: 438).

—————————

Partes: [1] – [2] – [3]- [4] – [5] – [6] – [Bibliografía]

JMG

Leave a Reply

Your email address will not be published.