La enseñanza de la Química en España entre 1800 y 1936 / 4

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3. La iniciativa pública: evolución de los planes de estudio y su influencia en la mejora de la enseñanza de la Química (1)

Según Portela y Soler, a finales del siglo XVIII la química española presentaba un estado “aceptable”. Durante buena parte de esa centuria esta ciencia había sufrido una situación de grave retraso respecto a su estado en Europa. Así, no se habían fundado sociedades ni había revistas como en otros países europeos. Pero los Borbones contribuyeron a mejorar la situación, favoreciendo, como ha quedado dicho, el reclutamiento de científicos extranjeros como Proust y Chavaneau, para investigar y enseñar, y otros para dirigir fábricas como la de Almadén o siderurgias, enviando al mismo tiempo a personal español a estudiar fuera, como Aréjula[1], Del Río y los hermanos Elhuyar, y creando laboratorios y escuelas (Portela y Soler: 90-95).

De acuerdo con estos historiadores, si no hubieran ocurrido las circunstancias de la primera década del siglo XIX la química española hubiera seguido a la europea (Portela y Soler: 96). Consideran que aunque debe huirse de la simplificación y no achacar a la guerra de la Independencia todos los males, pues otros países europeos también sufrieron guerras[2], sí hay que tener en cuenta que la situación que se vivía se unió a otras. Así, “la crisis colonial, la ruina económica y la situación de las estructuras sociopolíticas creaban una situación poco propicia para el desarrollo científico y técnico”. Las crisis políticas, además, habían provocado que “el incipiente grupo de químicos españoles que había alcanzado cierto brillo no pudo superar el ambiente, y el exilio o el ostracismo acabó con la labor de las figuras destacadas del período anterior” (Portela y Soler: 96, 99).

Sean cuales fueren las razones, lo cierto es que las autoridades educativas del Estado se encuentran tras la primera década del siglo XIX con una Universidad desarticulada y la inexistencia de sistema de enseñanza que pueda merecer ese nombre, lo que hace que la transmisión de la ciencia fomentada desde las instituciones oficiales sea prácticamente nula. En lo que sigue comentaremos los hitos principales de las empresas reformadoras acometidas por los gobiernos correspondientes para remontar este pobre estado de cosas y mejorar la situación a lo largo del siglo. Seguiremos, en particular, el proceso de incorporación de la Química a los currículos de la segunda enseñanza y la Universidad en España aproximadamente entre 1800 y 1936.

El nefasto primer tercio de siglo

El reinado de Fernando VII no fue feliz para la ciencia española y su enseñanza, en buena parte debido al exilio de muchos científicos durante la segunda parte del gobierno de este rey[3] (Peset, Garma y P. Garzón: 4). Los hermanos Peset aseguran crudamente que “Los esfuerzos de los Elhuyar, del seminario de Vergara o del instituto asturiano no repercutirían en la universidad” (Peset y Peset, 1974: 244).

Poco antes de la invasión francesa se enseñaba Química más o menos precariamente dentro de la Facultad “menor” de Filosofía[4], como estudio previo y propedéutico para los estudios de la facultades “mayores” (las auténticas) de Medicina, Leyes, Cánones y Teología. En 1807, concretamente, encontramos un plan de estudios que contempla la Química (mediante una cátedra de Física y Química y una ayudantía de Química) en Filosofía. El plan establecía que la asignatura de Química se daría “por la tarde en el teatro, con asistencia de una hora por lo menos; debiéndose detener además [el catedrático] todo el tiempo que lo exija la necesidad de ejecutar análisis o experiencias sin las cuales es imposible conseguir la instrucción que se desea en esta materia”; también se indica que “a esta cátedra [de Física y Química] concurrirán por la mañana todos los que han de seguir la carrera de Teología[5] y Medicina, y por la tarde los últimos solamente a la enseñanza de Química”. En su época, este plan era relativamente avanzado en lo que a la enseñanza de la Química se refiere, pero la guerra impidió prácticamente que se pusiera en marcha (Moreno González: 32, 151-153).

El conflicto armado sin duda colapsó el sistema universitario español, pero los mismos franceses (desde luego más avanzados en ciencia) durante su gobierno trataron de paliar la penosa situación en que había quedado la ciencia española. En 1811, el general Thièbault, a instancias oficiales, emitió un informe sobre la Universidad de Salamanca y un proyecto para restablecerla y mejorarla, dado que los estudios estaban allí prácticamente abandonados desde 1810. En su informe proponía una facultad de Filosofía en la cual cabría, de un total de nueve cátedras, una de “Chímica” (junto a otras de Matemáticas, Física Experimental, Astronomía, Historia Natural y algunas de “letras”). Esta facultad tendría un fuerte contenido científico, y según Moreno González, sus planes coinciden con los que tuvo la facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales mediada la centuria; es decir, representaba un adelanto de unos 40 años. Pero desgraciadamente no tuvo prácticamente implantación, si bien influyó en los planes de estudio liberales posteriores (Moreno González: 177, 183-185).

El mismo año de 1811 la Junta Central de Cádiz trataba de ordenar el estado de la instrucción pública en todo el territorio nacional aún no conquistado por los franceses. El llamado informe Quintana proponía el estudio de las Matemáticas junto al de Física general, Historia natural, Botánica, Química y Mineralogía y Mecánica elemental, las tres últimas aplicadas al uso de la agricultura, las artes y los oficios. El documento consideraba evidente que “los beneficios de su aplicación [de estas ciencias] a los usos de la vida son tan palpables como intensos; y los filósofos que siguen la marcha de sus progresos prevén ya la revolución que su influjo práctico y directo va a causar en las artes, y hacen todos sus esfuerzos para que su conocimiento se difunda por todas las clases de la sociedad, a fin de acelerar esta época tan feliz” (Moreno González: 185, 190).

El informe Quintana dio lugar en 1814 a un “Dictamen sobre el proyecto de arreglo general de la enseñanza pública” que no llegó a Decreto. En él se plantea la enseñanza de Química y Mineralogía aplicada a las artes y oficios en la sección de Ciencias físicas y matemáticas de la segunda enseñanza, aunque no era necesaria para acceder a la tercera enseñanza (universitaria). Se proyectaba también una cátedra de Ampliación de Química en su mayor extensión para la Universidad Central. Se reclamaban laboratorios (Moreno González: 190, 194-196). Otro proyecto durante el reinado de Fernando VII que apenas pasó de eso fue el de crear en 1815 una gran Universidad de la Ciencia donde se integraría el ya existente Laboratorio Químico junto a otras instituciones. Lo que en realidad se fundó así fue el Real Museo de Ciencias Naturales, que impartía enseñanzas científicas y entre ellas Química (Moreno González: 199, 200)[6].

Otro proyecto que acabó en prácticamente nada fue el Reglamento General de Instrucción Pública de 1821 por el que se creaba la Escuela Politécnica, a semejanza de la francesa aunque un cuarto de siglo más tarde. Allí estaba previsto impartirse enseñanzas de Física y Química aplicadas a las artes de construcción, contando con un laboratorio de química, pero la escuela no llegó a abrirse (Moreno González: 234, 235).

En 1824 se establece que dentro de la Facultad menor de Filosofía se impartiría Química sólo “donde hay establecidas cátedras de Física experimental con máquinas competentes para su enseñanza”. Es decir, sería el mismo catedrático de Física el que daría Química, “procurando la universidad proporcionarle un pequeño laboratorio”. Para esos “Elementos de Química” se establecía como texto uno de Mateo Orfila (Puelles: 67-68).

Hasta esa fecha la Química se estudiaba en mayor o menor grado en distintos centros privados y universidades, pero no en todas. Es en 1825 cuando se establecen cátedras de Química en todas las universidades españolas, aunque, recordemos, esta disciplina aún tenía carácter propedéutico para carreras como Medicina (Moreno González: 95, 96).

En 1836 vio la luz un nuevo plan, el del Duque de Rivas, que tampoco significó mejoras relevantes para la ciencia. Se establecieron seis facultades mayores: Jurisprudencia, Teología, Medicina, Cirugía, Farmacia y Veterinaria, y algunas escuelas especiales. Las ciencias (Matemáticas, Física, Química, Historia natural, Mecánica y Astronomía) quedaron relegadas a la segunda enseñanza, en los institutos, como preparación para las facultades mayores. Esta enseñanza secundaria fue dividida en dos, elemental y superior, figurando en ambas como asignatura Física y Química. Pero el plan fue efímero. El mismo año se puso en marcha un “Arreglo provisional de Estudios” que devolvió la denominación de estudios de Filosofía, repartiendo éstos en tres bloques, uno de ellos de Física experimental con nociones de Química y Geografía físico-matemática (Moreno González: 244-246, Peset y Peset, 1992: 26).

En resumen, en este periodo la ciencia universitaria es mísera. El mismo gobierno lo admite. En el informe de 1834 sobre la idoneidad de creación de una Academia (mencionado en el apartado Academias y ateneos) el Consejo de Gobierno admite que

todavía se conserva la división del Peripato y el sistema o círculo de ciencias que se estableció hace seis siglos. Alguna vez como por excepción y a hurtadillas se enseñan en ella los primeros elementos de las Matemáticas, nunca la verdadera Física, ni la Química, ni las demás ciencias naturales, ni la Astronomía (…). ¿Cómo han de nacer y criarse rosas en un campo cubierto de maleza y espinas?

No sólo se confiesa la pobreza de la enseñanza oficial, sino que se reconoce que

si se encuentran algunas instituciones menos imperfectas de enseñanza, se deben a las sociedades económicas, a los consulados, a esfuerzos aislados del Gobierno de la Corte, pero sin trascendencia a la enseñanza general del Reino.

(Peset, Garma y P. Garzón: 156).

Filosofía, facultad mayor

Próximo el ecuador del siglo XIX la educación en España deja mucho que desear en términos absolutos[7], si bien se van produciendo mejoras relativas. En 1843 un decreto, aunque de breve vigencia, dispuso la creación de una facultad completa de Filosofía en Madrid con rango de facultad mayor. Ofrecería tres años con enseñanzas semejantes a las de los institutos y las facultades menores de Filosofía, cuatro más para la Licencia y dos para el Doctorado. Se proyectó que reuniera todas las cátedras relacionadas dispersas, más las del Museo de Ciencias Naturales y del Observatorio. No trazaba una clara separación entre ciencias y letras. En el tercer año se daría Física experimental con nociones de Química, en el quinto Química inorgánica, y en el sexto Química orgánica[8]. Se designó para profesores de Química a Vicente Santiago de Masarnau (fundador de un Colegio Preparatorio, como ya se ha mencionado) y Andrés Alcón[9]. El proyecto estuvo en vigor sólo meses, dejando de existir con la caída de Espartero (Moreno González: 248, 249, 277; Peset, Garma y P. Garzón: 178-180; Peset y Peset, 1992: 28).

En 1844 otro proyecto constituye una maduración del anterior y la preparación definitiva del Plan Pidal, de 1845, que veremos seguidamente. El de 1844 reforzaba la idea de una Facultad de Filosofía y ofrecía una Licenciatura en Ciencias; entre siete clases de asignaturas que se establecían a efectos de “obtenerse en ellas el magisterio por los candidatos, regentes o catedráticos” una de ellas era Ciencias Físico-Químicas (Moreno González: 248, 249, 277; Peset, Garma y P. Garzón: 178-180).

Inmediatamente antes del plan Pidal encontramos que aunque en los institutos y universidades la química apenas empezaba a entrar, las asignaturas Química y Física y Química ocupaban los puestos 1º y 3º en número de alumnos en el Conservatorio de Artes[10], y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales Química era la segunda más cursada de seis (sólo después de Botánica)[11] (Moreno González: 262, 263).

Poco antes del plan de estudios de 1845 se trasladó la cátedra de Química del Museo de Ciencias Naturales a la Universidad de Madrid. Según Gil de Zárate, ésta sirvió de base para las cátedras que se crearon en la reforma de aquel año (Gil de Zárate: 76)

El plan Pidal supuso un hito importante en el sistema de enseñanza al poder implantarse adecuadamente, sirviendo de base firme a proyectos posteriores más avanzados. Establecía en la segunda enseñanza elemental (cinco cursos de duración, iniciada a los 10 años de edad) Elementos de física experimental con nociones de química[12]. Una vez aprobada esta primera fase el alumno obtenía el título de Bachiller en Filosofía. Dos años más de estudios otorgaban la Licenciatura, donde figuraba una Química general. El Doctorado duraba dos años, y en el de Ciencias encontramos las asignaturas de Ampliación de la química y Análisis químico y práctica de medicina legal, si bien no eran precisamente obligatorias para doctorarse en Filosofía (rama Ciencias) sino en Medicina o Farmacia (Moreno González: 270-272).

En 1847 se realizó una modificación del plan Pidal. Definitivamente se eliminó la denominación de “facultades mayores” y se dio a la Filosofía el mismo rango que a las demás, quedando bien diferenciada en dos partes: Ciencias y Letras, cada una con dos secciones: Ciencias Físico-Matemáticas y Ciencias Naturales; Literatura y Ciencias Filosóficas, respectivamente. Para graduarse como licenciado en Ciencias en la sección físico-matemática había que seguir estudios en los que figura la Química, incrementándose las asignaturas de Química en el doctorado: para graduarse como doctor eran necesarios dos años al menos dedicados a estudiar Ampliación de la Química, Análisis química (sic), Astronomía física y matemática y Griego (Moreno González: 316, 317; Peset y Peset, 1974: 626). Por esta época, las ciencias “han alcanzado su reconocimiento en las universidades españolas, y en los planes siguientes se completan y despliegan las asignaturas (…)” (Peset y Peset, 1992: 31).

En 1850 fue reformada de nuevo la Facultad de Filosofía, configurándose ahora en las secciones de Literatura (que incorporaba Ciencias Filosóficas), Administración, Ciencias Físico-Matemáticas y Ciencias Naturales (Moreno González: 319). La Química tenía una contribución al currículo algo superior que antes: ahora, para obtener el grado de Licenciado, además de la Química General se incluía la Ampliación de la Química, parte Inorgánica, quedando para el Doctorado Ampliación de la Química, parte Orgánica y Análisis Química, junto a Física Matemática y Astronomía física y de observación. En Ciencias Naturales también se estudia Química, siendo esta disciplina de las pocas que se contemplan en ambas secciones científicas de Filosofía (Moreno González: 320-321, Peset y Peset, 1992: 31).

Sólo han de pasar dos años (1852) para constatar un nuevo incremento en la importancia de la disciplina que estamos siguiendo en los programas de estudios. En el segundo período –hay dos, de tres años cada uno– de la segunda enseñanza se imparte ahora una asignatura en cuyo título la Química ha sido librada del mísero sustantivo “nociones”[13], que hasta ahora la acompañó; así, la materia pasa a denominarse Elementos de Física general y experimental y de Química general. Por su lado, en la facultad de Filosofía la sección correspondiente pasa a llamarse de Físico-matemáticas y Químicas, impartiéndose Química general (en tercer curso), Química inorgánica (4º), Química orgánica (5º) y Análisis química (6º). (Moreno González: 322).

En este periodo efectivamente la Química empieza a mostrar los primeros indicios de su próxima “independencia”. Según Moreno González, en los exámenes para ingresar en la Escuela Normal de Ciencias “serían preferidos ‘los que tuvieren mayor instrucción en Matemáticas, en Química, o posean conocimientos de Historia natural’”. Moreno se sorprende de la omisión de la Física y conjetura que se valoraba más la Química en el acceso a la Normal “ por el hecho […] de que la Química desde principios del XIX empieza a adquirir bastante consideración y presencia en los planes de estudio, incluso se nota una tendencia de algunos catedráticos de Física a escribir obras de Química, como ocurre con Fernando Santos de Castro, Juan de Dios de la Rada y el conocido Juan Chavarri, coautor de libros de texto con Venancio González Valledor” (Moreno González: 310, 311).

Según Puerto Sarmiento

el mejor asentamiento de los estudios de Química y su ampliación a la Facultad de Filosofía coincide con la aparición de nuevos focos de industrialización en el País Vasco, Málaga, Alicante, Castellón, Baleares y Valladolid y con el despegue de la industria textil catalana (1840-1853), y también con el pensamiento de muy destacados tratadistas como Casares Gil, Magín Bonet o Torres Muñoz de Luna, formados en Francia y Alemania, que llegan a asimilar bienestar social de las naciones con adelanto científico y muy preferentemente de la química. como si esta ciencia fuera capaz, por si misma sin el acuerdo de los financieros, de hacer bienestar y regenerar la nación (Puerto Sarmiento: 173, 174).

Por otro lado, y de acuerdo con Peset, Garma y P. Garzón, en esta época, “aunque con escaso resultado, fue constante la preocupación por convertir la enseñanza universitaria en práctica y experimental”. Por ello se dispuso por Real Orden en 1846 “proveer a las universidades del reino de los instrumentos y aparatos de Física y Química que les faltan, a fin de dar en la enseñanza de estas ciencias toda la extensión que requiere el Plan de Estudios vigente (…) considerando este asunto de la mayor importancia para el progreso de las ciencias, la ilustración del pueblo y los adelantos de la industria”. Se ordenó, concretamente,

la adquisición de los instrumentos y aparatos que son necesarios para completar los gabinetes de Física y Química de las Facultades de Filosofía, Medicina y Farmacia en las universidades del reino (…). [Estos aparatos,] destinados, no solamente a las explicaciones en la cátedra, sino también a los experimentos y trabajos que han de hacer los Profesores para los adelantos de las ciencias, deben ser de primera calidad y tomados a prueba.

Fueron comisionados para efectuar las adquisiciones Antonio Gil de Zárate y Juan Chavarri, que en París contaron con el asesoramiento de Mateo Orfila. Sánchez Ron afirma que la iniciativa no tuvo continuidad, produciéndose quejas años más tarde por la existencia de aparatos rotos que no se reponían[14] (Peset, Garma y P. Garzón: 180, 181; Sánchez Ron, 1992: 69; Sánchez Ron, 1998b: 118).

Este período coincide con una época de transición en cuanto a la producción de libros, que empezó a tener importancia frente a las meras traducciones[15]. Prueba del interés del gobierno en procurar autonomía nacional en este terreno es el concurso convocado en 1854 para premiar con 20.000 reales el mejor libro dedicado a la Química aplicada a la agricultura, que quedó desierto (Moreno González: 438). Es una época, desde luego, aún de inmadurez, y en los libros se da más importancia a glosar otros que a verter resultados de investigaciones propias, sencillamente porque éstas apenas existían (Moreno González: 303; Sánchez Ron, 1998b: 125, 126).

Un libro de la época que resultó muy usado fue el Compendio de Física experimental y algunas nociones de Química (Granada, 1849), del moderado Francisco de Paula Montells y Nadal[16]. En la “Advertencia a modo de introducción” se muestran ideales quizá típicos de la época a la hora de redactar un libro de texto: sencillez, uniformidad, oficialidad. Montells señala en ese libro que al escribirlo no tiene “pretensiones de ninguna especie”. Considera que

la instrucción pública ha recibido notables mejoras de algunos años a esta parte, los establecimientos universitarios ya no son escuelas destinadas exclusivamente a la enseñanza de ciencias especulativas; sino que provistas de suntuosos gabinetes y bien montados laboratorios, se recibe en sus aulas una instrucción sólida, al par que útil y provechosa para todas las clases de la sociedad, pues su tendencia es la de desenvolver en beneficio de la riqueza pública todos los ramos del saber humano. Por otra parte, cada provincia tiene un Instituto competentemente dotado de personal, y surtido de aparatos, máquinas y cuanto se necesita para que la educación sea simultánea y uniforme; de suerte que la regeneración social se verifica en España por una bien entendida y sólida instrucción.

El autor, tan optimista, sostiene que para desarrollar los programas de la ley de 1847

faltan aún obras elementales para completar aquel pensamiento; obras de texto arregladas a estos programas, pero en armonía con los progresos y adelantos de la ciencia; libros, en fin, escritos con claridad, capaces de ser bien comprendidos de los jóvenes a quienes se destinan, y donde el autor, no haciendo alarde de pomposas teorías y de grande sublimidad, presente la ciencia con el atractivo de la naturaleza, y solo haga uso de aquellas teorías y cálculos que pueden ser bien comprendidos de sus alumnos.

(Peset, Garma y P. Garzón: 182, 183).

Peset, Garma y Pérez Garzón (p. 109) han relacionado el estado de la enseñanza en España en esta etapa con la revolución burguesa que se produjo. Según estos autores en la época destacan:

Por un lado, la falta de institucionalización científica con que amanece la revolución liberal. Por otro, la instrumentalización y utilización en pro de un lucro a corto plazo que la nueva clase dominante [la burguesía] hizo de la ciencia y la técnica, así como de la instauración de un aparato escolar adaptado a sus intereses exclusivistas. Consecuencias de estas condiciones sociohistóricas fueron la rápida colonización científica de nuestras aulas (reflejo de la dependencia económica), la discutible calidad del profesorado y de los libros de texto, así como el mayor nivel de las escuelas técnicas que iban a servir de apoyatura al despegue económico de la burguesía moderada


NOTAS

[1] Juan Manuel de Aréjula fue catedrático de Química en el Colegio de Cirugía de Cádiz a finales del siglo XVIII. Probablemente siguió a Lavoisier en sus lecciones, con alguna salvedad; por ejemplo, refutó la errónea teoría de la acidez del francés (y fue el primero en hacerlo), que establecía que los ácidos se caracterizaban por la presencia de oxígeno (Gago, 134).

[2] Al fin y al cabo, también los franceses salieron malparados de esa guerra, e incluso años antes habían decapitado a Lavoisier, y no por eso dejaron de ser la primera potencia en Química de la época. Estimamos que la causa del retraso hay buscarla en más factores. Ramón Gago considera que la guerra de la Independencia sí fue la responsable en gran parte del truncamiento del proceso de institucionalización de la Química en España iniciado por Carlos III (Gago: 130).

[3] Resulta significativo, no obstante, que aunque hubo exiliados que pudieron hacer ciencia de vanguardia en el extranjero (como Mateo Orfila),otros no, quizá por su escasa preparación. Así, exiliados de Fernando VII fundaron en Londres en 1829 el Ateneo Español pero no se dedicaron apenas a la Física y Química (Moreno González: 198).

[4] En esa época por filosofía (y más en particular filosofía natural) se entendía lo más parecido a lo que hoy llamamos ciencia.

[5] No debe sorprender que se consideraran útiles las ciencias para la Teología; en el imprimátur de un libro de Física del siglo XVIII el abogado Josef Nebot i Sans ya defendía la utilidad de esta ciencia para discernir supuestos milagros de sucesos puramente naturales, considerando que algunos fenómenos tenidos por milagrosos puede explicarlos la Mecánica. En general, la Física se consideraba “útil para todos los que profesan las buenas Artes y Ciencias. El Teólogo, el Jurista, el Médico, el orador, y cuantos practican las Artes, que se ejercitan, aplicando las cosas activas a las pasivas necesitan algunas veces del conocimiento físico de la naturaleza”, en palabras de Andrés Piquer, autor de un libro de Física Moderna Racional y Experimental del siglo XVIII (Moreno González: 33).

[6] Otra institución educativa importante en esta época fue la Real Casa de Pajes, de carácter elitista, que inició sus estudios en 1818 pero no contempló la Química (Moreno González: 204).

[7] Para constatar el escaso interés del Estado en fomentar la educación de todos sus ciudadanos, baste el siguiente texto, extraído del Reglamento Orgánico para las Escuelas Normales de Instrucción Primaria del Reino, de 1843:

[En las escuelas normales para la formación de maestros de instrucción primaria] El carácter de esta enseñanza tiene que ser esencialmente popular (…). Este objeto es formar maestros de escuela, y más que todo maestros de aldea: cuantos conocimientos adquieran éstos, han de ser sólidos, prácticos, capaces de transmitirse a hijos de gente sencilla y pobre, los cuales destinados a un trabajo continuo y material, no tendrán el tiempo necesario para la reflexión ni el estudio (…). Importa tener presente que las enseñanzas prescritas en el reglamento son de dos clases: las unas necesarias, indispensables; las otras de adorno (…). Así, pues, la lectura, la escritura, la gramática, la aritmética, la geografía, y en los aspirantes la práctica de la enseñanza, son estudios que no deben dejarse de la mano hasta adquirir la mayor perfección en ellos; pero la física, la química, la historia natural han de tocarse ligeramente y limitarse a una conferencia semanal, suficiente para que en los dos años que dura el curso adquiera el alumno un leve conocimiento de los principales fenómenos del universo (…). Lo mismo sucede con la retórica y poética, que tienen que reducirse a muy leves nociones, pues sería ridículo querer convertir en oradores y poetas a pobres campesinos, cuando no es ésta su vocación. Pero de todas las enseñanzas, la principal, la que más cuidado merece, es la moral y religiosa. Todas podrían suprimiese excepto ésta (…)

(Peset, Garma y P. Garzón: 122-123)

[8] La Química Orgánica se estaba tratando de introducir en esos años. La dirección General de Instrucción Pública dirigió una carta al ministro el 1 de diciembre de 1847 insistiendo sobre la necesidad de crear en la Facultad de Filosofía una cátedra de Química Orgánica. En el plan de estudios de 1850 ya aparece esta asignatura (Puerto Sarmiento: 172, 173).

[9] En 1836 el gobierno había querido contar con Alcón para que ocupase la cátedra de Química del Museo de Ciencias Naturales, “mas los apuros de la época no permitieron suministrarle los medios necesarios para la enseñanza, y ésta fue casi ilusoria en las pocas lecciones que se dieron” (Gil de Zárate: 76).

[10] Las cátedras del llamado Conservatorio de Artes se habían fundado en 1832 en Madrid y varias provincias, y entre ellas la de Química. Según Gil de Zárate “la falta de protección y de alumnos hizo, sin embargo, decaer con el tiempo la mayor parte de estas escuelas” (Gil de Zárate: 75, 76).

[11] Poco antes del plan de estudios de 1845 la cátedra de Química del Museo de Ciencias Naturales fue trasladada a la Universidad de Madrid. Según Gil de Zárate, ésta sirvió de base para las cátedras que se crearon en la reforma de aquel año (Gil de Zárate: 76).

[12] La Química, una vez más, tenía en la enseñanza elemental un contenido minúsculo: sólo la octava parte del temario de Elementos de Física experimental con nociones de Química la ocupaban esas “nociones de Química” (Moreno González: 291-299). El temario relativo a Química en 5º curso de la segunda enseñanza en el curso 1846-47 era el siguiente:

· Cuerpos simples; Cuerpos compuestos; Enumeración y clasificación de los cuerpos simples; Principios en que se funda la nomenclatura química; Afinidad química: su diferencia de la cohesión; Análisis y síntesis; Equivalentes químicos

· Diferencias entre metales y metaloides; Propiedades del oxígeno, hidrógeno, carbono, fósforo, azufre, cloro, etc.

· Composición del aire atmosférico; Acción del aire en la combustión y respiración

· Del agua: sus elementos, sus descomposición y composición; Papel que representa el agua en la naturaleza

· Caracteres que permiten reconocer los metales más útiles: propiedades de estos

· De los óxidos y de los ácidos: caracteres que los distinguen; Propiedades más notables de los óxidos y de los ácidos

· De las sales; Sales neutras, ácidas, alcalinas; Sus caracteres principales; Propiedades de algunas de las sales más usuales como la sal marina, el salitre o nitrato de potasa, el yeso o sulfato de cal, la alúmina, el carbonato de cal, el fosfato de cal

· Elementos de las materias orgánicas; ¿Cómo sucede que un corto número de elementos produce tan gran número de materias orgánicas?

(Moreno González: 298, 299)

[13] Incluso en 1846, para ingresar en la llamada Escuela Normal de profesores de Ciencias (que resultó una nueva “frustración”) había que examinarse de, entre otras asignaturas, Elementos de Física y algunas nociones de Química, lo que revela que la segunda seguía considerándose un accesorio de la primera (Moreno González: 307, 310).

[14] Treinta años más tarde (1877) el estado empezó a aplicar derechos a los alumnos para poder realizar prácticas de laboratorio y luego se incautó de ellos para aplicarlos a otros fines como hacer frente al incremento del presupuesto debido al aumento de catedráticos (Sánchez Ron, 1998: 70).

[15] Vernet critica la escasez de monografías “en beneficio de los manuales, casi siempre traducidos o adaptados del francés, y en éstos son raros son los que incluyen los descubrimientos autóctonos” (Vernet: 243).

[16] Montells, en un discurso de 1846, muestra una actitud precursora de la que más tarde mantuvieron los llamados “regeneracionistas”: “La ciencia administrativa y la ciencia química son los dos centros de actividad sobre que gira en el siglo XIX la riqueza y felicidad de los pueblos. (…) la Química, poseyendo el conocimiento interior de cuanto nos rodea, es la palanca con la cual la administración impulsa sus grandiosos proyectos” (Peset y Peset, 1974: 632).

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JMG

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