La enseñanza de la Química en España entre 1800 y 1936 / 5

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3. La iniciativa pública: evolución de los planes de estudio y su influencia en la mejora de la enseñanza de la Química (2)

La ley Moyano: la Facultad de Ciencias y el despertar de la Química

Según Sánchez Ron, en la segunda mitad del siglo XIX,

de la mano de los avances realizados en, fundamentalmente, la química orgánica y la física del electromagnetismo, la ciencia penetró con firmeza y amplitud en el mundo industrial y, subsiguientemente, en el político. Y, así, cambió radicalmente la manera –y atención– en que los estados más avanzados cuidaron la enseñanza superior en ciencias como la química y la física. La ciencia recuperó de esta manera su viejo papel de elemento modernizador de la sociedad (Sánchez Ron, 1998b: 115).

En España, a mediados del siglo XIX la Química académica estaba empezando a preparar su independencia de otras disciplinas. Según Juan Vernet en esa época trabajaba en España un grupo destacado de químicos entre los que cabe mencionar a Rafael Sáez Palacios, Manuel Rioz y Pedraja, Antonio Casares y Rodrigo, Manuel Sáenz Díaz, los hermanos Francisco y Magín Bonet yBonfill, su sobrino Baldomero Bonet y Bonet, y Miguel Bonet y Amigó. Vernet asegura que “es a este grupo de químicos isabelino a quienes se debe no sólo la puesta al día de la química española al dar a conocer los adelantos conseguidos por esta disciplina en el resto de Europa, sino el haber desbrozado los caminos de la futura investigación en España” (Vernet: 246, 247).

Los hermanos Peset no ven aquella época con óptica tan generosa: “La universidad de aquellos años no investiga”, afirman tajantemente (Peset y Peset, 1974: 513). Y Sánchez Ron, en parecida línea, etiqueta de “carencia de originalidad” la labor y productos de los matemáticos, físicos y químicos españoles del periodo. Éstos se movieron en general en el campo de la enseñanza, “de un carácter poco avanzado. Se trataba sobre todo de enseñar, y así las publicaciones de los físicos, químicos y matemáticos del siglo XIX se limitan en general a textos compuestos con materiales tomados de diversas fuentes”[1]. La otra actividad típica era informar sobre lo investigado por otros (Sánchez Ron, 1998b: 115, 116).

De acuerdo con Portela y Soler, entre 1840 y 1870 las reformas universitarias hicieron que los estudios de Química “tomaran carta de naturaleza y dejaran de estar tutelados por la medicina y la farmacia” (Portela y Soler: 99). Estos autores consideran, sin embargo, que había una dependencia excesiva de la Química francesa, lo que “resultó perjudicial para la química española” porque el país vecino no tenía entonces el monopolio de los conocimientos químicos y además su modelo “napoleónico” de universidad había dejado de ser adecuado para el buen desarrollo de la ciencia, a diferencia de Alemania, que empezó en esta época a liderar el campo de la Química gracias a un sistema de universidad que integró la industria, saliendo ambas beneficiadas (Portela y Soler: 99-102).

En los planes de estudio de la época se constata este paulatino despegar de la ciencia que nos ocupa. Un proyecto de 1855 que no llegó a discutirse hablaba por primera vez de “Ciencias Químicas” como una sección más, junto a Ciencias Físico-matemáticas y Ciencias Naturales, de una Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales que se proponía (otras seis facultades eran Literatura y Filosofía, Ciencias Políticas y Administrativas, Farmacia, Medicina, Jurisprudencia y Teología). Se estudiaría Química general, Ampliación de química en sus dos ramas de Inorgánica y Orgánica y Análisis químico. Los licenciados en Químicas saldrían de la facultad equiparados con los ingenieros químicos procedentes de las escuelas especiales (Moreno González: 336-339).

La que sí entró en vigor, y por mucho tiempo (con algunas modificaciones a lo largo de los años) fue la llamada ley Moyano, de 1857, que sí plasmó las nuevas corrientes creando realmente esa sección independiente antes mencionada dentro de la nueva facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (constituida con el mismo rango que otras cinco: Filosofía y Letras, Farmacia, Medicina, Derecho y Teología). Además de Químicas existirían las secciones de Físico-Matemáticas y Naturales[2]. Para ser bachiller en ciencias había que estudiar Química General, y para ser licenciado en Físicas las siguientes cuatro asignaturas: Tratado de los fluidos imponderables, Química Inorgánica, Química Orgánica, y Prácticas de laboratorio, lo que en realidad hacía que el licenciado lo fuera de facto en Químicas aunque no se contemplara una titulación con tal nombre. Y para ser doctor en Física habían de superarse dos asignaturas: Análisis químico y Laboratorio (por lo que del mismo modo bien podría haberse llamado este Doctorado “de Químicas”). En la sección de Naturales de la facultad de ciencias también se contemplaba la disciplina en este plan; concretamente, para el grado de bachiller se impartía Química general. Por su lado, en la segunda enseñanza quedó, dentro de los llamados estudios generales, la asignatura Elementos de Física y Química (no ya sólo “nociones de Química”, poniéndose así aparentemente esta ciencia a la altura de la Física). En 1866 se introduce una modificación a la ley Moyano que reduce a dos las secciones: Ciencias Fisicomatemáticas y Químicas, y Ciencias naturales (Moreno González: 350, 351, 359-361; Baratas, 1993: 33).

En esta época aún las ciencias se consideraban unos estudios “sin carrera”, por lo que contaban con pocos alumnos. Así, en el curso 1859-60 la Facultad de Ciencias tenía sólo 141 estudiantes frente a los 224 de Filosofía y Letras, 544 de Farmacia, 1178 de Medicina, 3755 de Derecho y 339 de Teología; la Escuela de Náutica tenía 663, la de Maestros de obras, aparejadores y agrimensores 258, y la de Veterinaria 863. Había 27 personas estudiando Ingeniería agrónoma; 489, Industrial, y 38, Arquitectura (Peset, Garma y P. Garzón: 148).

De 1873 data el “frustrado” plan Chao, un proyecto positivista, krausista, diseñado por Francisco Giner de los Ríos, un plan muy innovador pero virtualmente sin efecto por los acontecimientos políticos posteriores. Suponía un avance para el estudio de la Química porque proponía, para la segunda enseñanza, estudios de Química general, mineral y Orgánica, acompañados de experimentación, ejercicios, usos de aparatos y procedimientos. Para la tercera enseñanza se planteó transformar las tres secciones de la facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en tres facultades independientes: Matemáticas, Física y Química e Historia Natural. Se previeron las siguientes asignaturas universitarias de la disciplina: Prolegómenos de Química, Química mineral, Química Orgánica y una nueva asignatura, Química Fisiológica, así como estudios teórico prácticos de investigación en Química. Una Cristalografía matemática y químico-mineralógica se daría en la Facultad de Historia Natural con carácter optativo. Este plan tenía influencia alemana (Baratas, 1993: 35, 36; Moreno González: 373-375, Peset y Peset, 1992: 39).

En 1875 el catedrático de la universidad central Gumersindo Vicuña planteaba una sección de Físicas más moderna que incluiría Química y Termoquímica así como mucha experimentación y observación. También sugirió dividir la facultad en dos secciones: Físico-matemáticas y Químico-naturales, proponiendo seguir el ejemplo alemán (Moreno González: 387-390). Ese mismo año un nuevo plan proponía la Química general como común a las tres secciones, en tanto que en la llamada sección de Ciencias Fisicoquímicas se darían además Química Inorgánica, Prácticas de Química Inorgánica, Química Orgánica y Prácticas de Química Orgánica, y, en el Doctorado, Análisis química (sic) y Prácticas de análisis química (Moreno González: 393). En 1880 otro plan establece estas tres secciones para la Facultad de Ciencias: Físico-matemáticas, Físico-químicas y Naturales. En las tres secciones se estudia Química general (Baratas, 1993: 88-90, Peset y Peset, 1992: 43).

Estos planes de estudio dictaron el tipo de enseñanza de Química que se dio en la Universidad hasta fin de siglo, más bien precaria[3]. Según Portela y Soler después de 1868 y durante esa última etapa de la centuria la formación científica que se proporcionaba era más bien “libresca” por falta de consignaciones presupuestarias para los laboratorios universitarios (Portela y Soler: 101). Sánchez Ron estima que “a partir de la Revolución de 1868 (…) se logró alcanzar una cierta recuperación científica en España [pero] la física, la química y la matemática continuaban, sin embargo, claramente subdesarrolladas” (Sánchez Ron, 1998a: 27).

Refiriéndose a la penúltima década, aproximadamente, José Carracido diría más tarde de aquella educación (Baratas, 1993: 90):

Prescindiendo de la propia y personal experimentación, los profesores de aquellas ciencias [Física, Química y Fisiología], que sin este medio se reducen a indigesta palabrería, se vieron obligados a secundar el método de las enseñanzas especulativas, pronunciando también su discurso cotidiano, exornándolo a lo sumo con algunos experimentos practicados desde su mesa ante los atónitos alumnos, sin permitir a estos poner mano en nada, porque los aparatos no se estimaban como herramientas de trabajo.

El mismo Carracido, asegura que “desde el año 1887 hasta 1901 (…) se explicó la Química Biológicacomo si fuese Metafísica” y de sí mismo afirma que “al encargarme de esta enseñanza sólo disponía de la silla para la explicación oral de las pláticas (…)” (Josa Llorca: 110).

José Casares Gil, catedrático de Química en Barcelona y Madrid a primeros del siglo XX, afirmaba que “el alumno de Química en España [a finales del siglo XIX] no trabajaba en el laboratorio y nos encontrábamos (…) limitados a la enseñanza oral (…)” (Sánchez Ron, 1998b: 125).

Vian Ortuño extiende esta opinión fuera del dominio de la química exclusivamente académica:

A fines del siglo XIX la actividad química española consistía poco más que en discursos de academia y artículos de boletín en los que se especula y comenta la actividad científica extranjera, ciertamente con mucha erudición y no menos retórica, pero casi sin más preocupación creadora que alguna variante para perfeccionar los métodos docimásicos más al día. Siempre lo experimental muy próximo a lo utilitario, confirmando esa constante española de apego a lo inmediato y necesario, paralela a la despreocupación por lo verdaderamente teórico (Vian: 457).

Dentro de este panorama indudablemente existían excepciones. De acuerdo con Juan Vernet, Luanco, un químico destacado que ejerció en esos años se mostró interesado en “poder acompañar las explicaciones en clase de experimentos, para los cuales necesitaba subvenciones más crecidas que las habituales de la época”. En la última década del siglo se quejaba de la falta de hornos fijos de fusión para los ensayos docimásticos y de incineración y de copelación, etc. Pero, renuente al desánimo, trató de investigar aun con los escasos recursos que la Universidad le proporcionaba, y compró aparatos en el extranjero como un espectrógrafo. Vernet considera que esas actitudes anuncian los albores de la Química contemporánea española (Vernet: 246, 247).

El interés por la Química en la época se refleja también en los títulos de las tesis doctorales leídas entre 1851 y 1898. De la lista de ellas (Moreno González: 533-544) se constata que la tercera parte tienen que ver con la Química, a pesar de que figuran leídas en las facultades o secciones “físico matemática”, de “ciencias” o “físicas”. Así por ejemplo, en Físicas se leyeron las tesis Reseña historia de la Química (1864), Necesidad de la Química (1868) y Leyes de las combinaciones químicas (1881). En la sección de Físico-Matemáticas se defendieron La electricidad, única causa de las reacciones químicas (1851), e Importancia del análisis químico (1855). El título de tesis La influencia de la Química en las demás ciencias, leída en 1856 en la sección de Físico-matemática y Química, revela la importancia que por entonces había cobrado la Química como ciencia independiente.

Pero cantidad no significa necesariamente calidad. Hay que tener en cuenta que muchas tesis son disertaciones, no auténticos trabajos de investigación. Ya en 1885 la Sociedad Española de Historia Natural pidió que se reformara el mecanismo para obtener el grado de doctor exigiéndose al alumno para obtener el título “trabajos propios de investigación” (Baratas, 1993: 101)[4].

Por los libros de texto se puede seguir perfectamente la evolución de la Química que se enseñaba en la segunda mitad del siglo XIX. Según Vernet uno de los más usados inicialmente fue el Curso elemental de física y nociones de química, de Venancio González Valledor y Juan Chavarri (Madrid, 1854). Su Química es dualística, siguiendo a Berzelius; tiene en cuenta los isómeros de éste (1830) y aún tomaba como unidad el peso atómico del oxígeno (Vernet: 245, 246). Algo más tarde (1861) se publicó un texto muy superior, Lecciones elementales de química general (1861), de Ramón Torres Muñoz de Luna, en el que el autor demuestra estar al día en el terreno científico porque conoce los acuerdos del primer congreso de química (Karlsruhe, 1860). Utiliza la notación de Berzelius y considera el peso atómico del hidrógeno, siguiendo a Dalton, igual a 1 (Vernet: 245, 246) [5]. Otro manual famoso fue el publicado por primera vez en 1878 Compendio de las lecciones de química general, obra de José Ramón de Luanco y Riego[6]. Los libros de este autor, junto a la Química orgánica de Bonifacio Velasco y la Química inorgánica de José Soler y Sánchez, representan la introducción de la teoría unitaria de Gerhardt, de las fórmulas representativas de la estructura molecular y de la idea de valencia (Vernet: 245). El manual de Luanco

se presenta de modo mucho más metódico y desde el primer momento da la impresión de que nos encontramos delante de un texto científico contemporáneo, a pesar de que no se haga eco de la clasificación periódica de Mendeleyev (1869) –que, por lo que dice, debía conocer–, sino por querer agrupar los cuerpos por orden creciente de dinamicidad o valencia. Por otro lado, suprime en su obra las viejas sinonimias y refleja la labor de los químicos y metalúrgicos españoles del pasado. Si alguna vez expone teorías periclitadas, como la del flogisto, es como pura anécdota que sirve para aclarar los nuevos puntos de vista de la ciencia que cultiva.

(Vernet: 246). Este autor trató de poner a la Química española al nivel de la europea introduciendo las teorías atómico moleculares y de valencia (Puerto Sarmiento: 180).

Madurez de la Química española en el primer tercio del siglo XX

El cambio de siglo puede considerarse como un hito definitivo en la renovación de la Química española y su enseñanza. O quizá pueda situarse en la simbólica fecha de 1898 el punto de inflexión si atendemos a la opinión algo exagerada del químico y farmacéutico, que llegó a ser rector, José Rodríguez Carracido: el desastre tras la guerra hispano-norteamericana no le sorprende porque:

Replegada en sus lares solariegas el alma nacional hizo examen de conciencia y vio con toda claridad que había ido a la lucha y en ella fue vencida por su ignorancia de aquellos conocimientos que infunden vigor mental positivo en los organismos sociales. Refiriéndose a los títulos de las asignaturas de la segunda enseñanza, alguien dijo donosamente que nuestra derrota era inevitable, por ser los Estados Unidos el pueblo de la Física y la Química, y España el de la Retórica y Poética.

(Sánchez Ron, 1998a: 31, Moreno González: 336, 337)[7].

Sánchez Ron opina que la ciencia española de la época estaba claramente retrasada, y culpa de tal retraso a la pérdida del imperio colonial y a la falta de clara implantación de los dos elementos institucionalizadores de las ciencias físico-químicas en el siglo XIX: el capitalismo y la industrialización (Sánchez Ron, 1998a: 31, Sánchez Ron, 1992: 55). Este historiador opina que “el desarrollo de la química como ciencia está, al igual que ocurre con la física, estrechamente relacionado con la situación industrial. Por lo que sabemos, la industria química española no fue muy importante durante el siglo XIX” (Sánchez Ron, 1992: 54).

Según Portela y Soler, la situación precaria fue denunciada en repetidas ocasiones por algunos científicos. José Casares Gil, familiarizado con los sistemas alemanes, en la inauguración del curso 1900-1901 en la universidad de Barcelona pronunció un importante alegato sobre la necesidad de modernización de la Química, lo que “abrió una fuerte polémica, en la que intervinieron diversas universidades españolas, como consecuencia de la cual la química dio un significativo paso adelante” (Portela y Soler: 102; Puerto Sarmiento: 182). Así, aunque otras ciencias habían empezado a progresar tras la revolución del 68, la que nos ocupa se retrasó, y sólo el respaldo decidido de instituciones como la Junta para la Ampliación de Estudios o la Real Sociedad de Física y Química la sacaron del marasmo (Portela y Soler: 101).

El Estado también tomó conciencia de la necesidad de renovación. Las nuevas teorías atómicas y otros avances en el campo de la Fisicoquímica entraron con pujanza en el siglo XX y anunciaron una gran revolución cuyo tren no se podía perder[8]. La Universidad, pues, trató de adaptarse a estas marchas forzadas mediante cambios en los planes de estudio. En 1900 ve la luz uno nuevo e importante, conocido como ley García Alix, por ser éste el ministro que la promulgó. En su virtud, se pasa a cuatro secciones en la Facultad de Ciencias: Exactas, Físicas, Químicas y Naturales[9] (Baratas, 1993: 196, 200, Peset y Peset, 1992: 47, 48). La Química, pues, se desgaja de la Física. Moreno González considera que

La división de la Facultad de Ciencias en cuatro secciones, la distribución de asignaturas y, sobre todo, las disposiciones relativas al período de Doctorado, son pasos decisivos para la regeneración científica deseada. Son sin duda el reflejo de que el carácter de ‘ciencia inútil’[10] ha arraigado por fin en los medios legisladores que consideran la investigación científica un objetivo prioritario (Moreno González: 397).

En todas las secciones aparecen nuevas asignaturas; en Química, por ejemplo, la Mecánica química y el Análisis especial. Las licenciaturas duraban cuatro años. En Químicas, durante el primer curso se impartía Análisis matemático, Geometría métrica, Química general y Mineralogía y Botánica; en segundo: Análisis matemático (II), Geometría analítica, Física general y Zoología general; en tercero: Elementos de cálculo infinitesimal, Cosmografía y física del globo y Química inorgánica; y en cuarto: Química orgánica, Análisis químico general y Mecánica química. Las asignaturas de Doctorado eran Análisis químico especial, Cristalografía y Química biológica. Sorprende el exceso de geometría y la ausencia de Química biológica y fisiológica en la Licenciatura. Respecto a las otras secciones, también se impartía Química general en el primer curso de todas ellas, y Química biológica en el Doctorado de la de Naturales[11] (Moreno González: 399-400).

La renovación se produjo también en la enseñanza secundaria y en la formación profesional y la Química igualmente entró en sus currículos con fuerza desusada. Así, un Decreto de 1901 que organizaba los institutos generales y técnicos imponía la asignatura Química en el 5º (de seis) curso del Bachillerato –era obligada la dotación de cátedras de Física y Química en los institutos–; Química aplicada en los estudios elementales de maestro (en el 3º y último año), aunque no en los superiores de maestros (donde sí había, sin embargo, Ampliación de matemáticas y física). En los elementales de arquitectura se estudiaría Química aplicada; y Química general en los elementales de Industrias. En cuanto a las enseñanzas superiores técnicas, no se programó ninguna asignatura de Química para Mecánicos ni Aparejadores, pero sí para Electricistas (Electroquímica y Electrometalurgia y Química industrial Inorgánica (en el 3º y último curso)); para Metalurgistas Ensayadores (Química industrial Inorgánica y Docimasia. Ensayos y reconocimientos de minerales y metales, así como Prácticas de Química y Mineralogía (3º y último cursos)); y para Químicos, que sorprendentemente no tendrían su propia asignatura el primer año, pero sí Química industrial Inorgánica y Prácticas de Química en el segundo; y Química industrial Orgánica, Análisis químico, Electroquímica y Electrometalurgia y Prácticas de Química en el tercero. También se legislaban en el referido decreto de 1901 los estudios de la Escuela Central de Ingenieros Industriales, con Análisis Químico y Química industrial con detalles y fabricación de productos en el segundo año; Electroquímica, en el tercero, y Química industrial Orgánica con detalles de la fabricación de productos y Tecnología química en el cuarto. Había abundantes prácticas de laboratorio en esta carrera. Finalmente, también se estudiaban unos Elementos de Física, Química e Historia Natural aplicados al comercio en las escuelas superiores de Comercio, en el primer año. Y en las escuelas nocturnas elementales para obreros “se darán dos conferencias o clases practicas de una hora de duración por los respectivos catedráticos”, entre ellas unas dedicadas a Nociones y ejercicios de Química (Puelles: 123-156)

Una ley de 1903 modificaba el plan de estudios generales para obtener el título de bachiller. Física se daría en el 5º año y Química general en el 6º y último junto a una Agricultura y técnica agrícola e industrial. A título de comparación, 23 años más tarde se modificaba el Bachillerato de manera que se configuró en dos bloques, el elemental, que contenía unas Nociones de Física y Química en el segundo año, y el universitario, con dos ramas, Letras y Ciencias, en la segunda de las cuales se estudiaba Química en el tercer curso (Puelles: 179-182, 218-227).

En 1933 Fernando de los Ríos presentó un proyecto de ley de Instrucción Pública que hubiera supuesto “la plasmación legal del ideal universitario de la Institución Libre de Enseñanza”, pero “no llegó a ser discutido en un Parlamento abrumado por el exceso de proyectos legislativos” (Baratas, 1998: 161). Por ello no se pudo sustituir la vieja legislación universitaria, que databa de 1857, por una normativa modernizadora.

El esfuerzo de renovación tuvo frutos positivos. Vian Ortuño asegura que fue el sector universitario –y sobre todo las facultades de Ciencias y Farmacia– el que inició

(…) el despegue hacia la Ciencia, con vocación creadora, y fue su efecto de siembra el que puso en pocos años a la Química española en condiciones de incorporación al movimiento químico europeo. La actualización de los planes de estudio y la demanda de productos que no podían llegar de mercados extranjeros, por los inconvenientes de la guerra del 14-18, abrieron horizontes que financieros y empresas pudieron aprovechar. Estas actividades incitaban a los centros docentes, y así, por resonancia, mejoraron a un tiempo la enseñanza y la industria, sin olvidar, a estos efectos, el ámbito favorable que supuso, después, la política de aprovechamiento de las riquezas españolas apoyada por la Dictadura, en los años veinte (Vian: 459).

Ello no quiere decir que se hubiera conseguido lo mejor. Las críticas siguieron surgiendo, pero en estos años ofrecen un tinte menos descorazonador y más de necesidad de emular a las naciones extranjeras más avanzadas o de sana rivalidad entre los centros universitarios, sobre todo los de las provincias periféricas respecto a la capital. Por ejemplo, el catedrático de Geometría Analítica José M. Vijande y Fernández Luanco, en el discurso de apertura del curso 1917-18 en la Universidad de Oviedo, con el título La Facultad de Ciencias de Oviedo durante su primera época, consideraba que España padecía atraso científico y un “desconcierto” en los estudios de facultad y de escuelas especiales. Señala como error de la administración el no situar los centros de enseñanza en los lugares adecuados, quejándose de que en Oviedo se hubieran escatimado las enseñanzas de Química y Mineralogía y de que en Madrid se hubiera instalado una Escuela de Ingenieros de Minas en 1836 “donde es casi la única mina el presupuesto”[12] (Moreno González: 311).

Independientemente de si se gozaba de un nivel adecuado o no, la Química universitaria española era como un arbusto en vías de crecimiento a principios de siglo y a lo largo del primer tercio acabó completando sus ramas y un porte apreciable. Según Vian, la Química, “que desde 1873 ya había perdido su hibridación con la Física”, se diversificó claramente en tres secciones en 1902: Analítica, Inorgánica y Orgánica con Bioquímica, para completar su estructura (que hoy conserva aproximadamente igual) con la introducción en 1923 de la Química Física y la Química Técnica (Química industrial)[13]. Hacia 1928 se inició también la Electroquímica, que acabó incorporándose a la Química Física. Vian afirma que en esta etapa fue progresando la aplicación de los métodos experimentales en la Universidad, primero con prácticas de laboratorio obligatorias y bien regladas, y desde 1929, por iniciativa del gran químico Enrique Moles[14], con la introducción de la “Reválida experimental de Licenciado” o “tesina”[15] (Vian: 445, 446).

Según Vian, en Química Analítica destacaron en la época Juan Fagés Virgili, José Casares, Ángel del Campo y Fernando Burriel, entre otros. En Inorgánica y Química Física: Enrique Moles, José Rodríguez Moruelo, Eugenio Mascareñas, Antonio de Gregorio Rocasolano, Ramón de Izaguirre, Julio Guzmán Carrancia y Miguel Ángel Catalán[16]. En Orgánica y Bioquímica[17]: José Rodríguez Carracido, Obdulio Fernández, Antonio Medinaveitia, García Banús, González Gallas, Francisco García González, Luis Bermejo y Vida, Lora Tamayo, Pi Suñer. En Técnica[18]: Emilio Jimeno Gil y J. M. Fernández Ladreda.

Vian asegura que la productividad científica española de Química en el siglo XX es apreciablemente mayor que la de Física (Vian: 456), quizá porque su cultivo contó con mayor apoyo oficial e industrial, destacando en especial el análisis químico. Entre 1910 y 1935 se licenciaron en Química 190 personas y se doctoraron 44; en Física se licenciaron 22 y se doctoraron 10. Seguían siendo ambas ciencias minoritarias, en comparación con Farmacia (1783 licenciados en ese periodo) y Medicina (5280) (Vian: 457).

Vian valora enormemente la Junta de Ampliación de Estudios como institución puntera en el desarrollo de la Química. Comenta que en algunos casos la Universidad consideró suplantadas sus funciones por la Junta, lo que Vian rechaza[19]. Cuenta el siguiente hecho anecdótico. Uno de los primeros frutos de la Química Física (rama surgida a principios de siglo en la universidades alemanas) fue la síntesis directa del amoniaco (necesitado por los germanos en la primera guerra mundial). La Junta envió a Moles a estudiar este proceso y otros. Luego los enseñó en España en clases y seminarios durante doce años. En 1923 se solicitó la introducción de la Química Física en la Facultad de Ciencias y en 1936 ya estaban cubiertas varias cátedras previstas, momento en que “la Junta para la Ampliación de Estudios se desentendió de esta docencia” (Vian 441, 442).

Las instituciones que habían dimanado del tronco de la Institución Libre de Enseñanza no sólo no estorbaron a la Universidad sino que proporcionaron docentes bien formados[20]. La guerra civil, por desgracia, abortó esta producción de profesores[21]. Así, de las 156 personas que trabajaron en el Instituto Nacional de Física y Química en el primer lustro de los años treinta, 11 llegaron a ser catedráticos en 1936; de los restantes “cuyo destino más probable y deseado era la cátedra”, sólo 8 llegaron a ella después de 1939 (Vian: 440).

En 1938 el Gobierno de Burgos abolió la Junta para la Ampliación de Estudios acusándola de haber participado del espíritu que había conducido a España al “desastre” moral y social. Era considerada por los vencedores un organismo nocivo y muy peligroso. Sus activos fueron traspasados al nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Sánchez Ron, 1998a: 37, 38)


NOTAS

[1] El físico Blas Cabrera consideraba que en los libros de texto se observaba un síntoma de enfermedad de la ciencia española; para él había muchos más manuales que producción científica, por lo que “son casi siempre malos”. Afirmaba que en la literatura físico-química se confundía “lo elemental con lo anticuado” (Sánchez Ron, 1998: 111).

[2] En el Reglamento que desarrolló la ley Moyano un año más tarde las secciones se llaman Exactas, Físicas y Naturales (Moreno González: 350).

[3] Lo que no quita que se fuera consciente de la necesidad de la ciencia. Así, con los últimos planes de fin de siglo las universidades lucharon por ampliar sus enseñanzas científicas, dando interés a la Química, entre otras. La universidad de Barcelona, para completar las tres secciones de su Facultad de Ciencias hizo una solicitud en la que alegaba que de los estudios de ciencias naturales y los físico-químicos “saca gran provecho la agricultura (…)” (Peset y Peset, 1992: 46, 47).

[4] Años más tarde, Manuel B. Cossío, en sus propuestas pedagógicas Sobre la reforma de la educación nacional incidió en esta necesidad, como asimismo lo habían hecho antes otros institucionistas, pero el deseo no empezó a hacerse realidad hasta entrado el siglo XX (Baratas, 1993: 141, 192-193).

[5] Como anécdota, habla de un aparato de su invención, el espirómetro, que hace pasar por inglés para que sea aceptado. Ese autor publicó unos Estudios críticos sobre el aire atmosférico de Madrid (1860) “cuyos resultados son sistemáticamente erróneos” (Vernet: 245, 246).

[6] Tutor de Marcelino Menéndez y Pelayo durante los estudios de éste en Barcelona, fue autor también de una muy famosa La Alquimia en España (1897).

[7] El diputado Eduardo Vincenti proclamaba en el Parlamento que España debía inspirarse en

el ejemplo que nos han dado los Estados Unidos. Este pueblo nos ha vencido no sólo por ser más fuerte, sino también por ser más instruido, más educado, de ningún modo por ser más valiente. Ningún yanqui ha presentado a nuestra escuadra o a nuestro ejército su pecho, sino una máquina inventada por algún electricista o algún mecánico. No ha habido lucha. Se nos ha vencido en el laboratorio y en las oficinas, pero no en el mar o en la tierra.

(Sánchez Ron, 1974: 31).

[8] En general, el Estado reparó en la importancia capital de la enseñanza, y en 1900 se creó por primera vez un Ministerio de Instrucción Pública, aunque “los esfuerzos más importantes se centraron en la educación primaria y secundaria, no en la superior. Así, la educación universitaria no progresó demasiado, especialmente en lo que a facilidades materiales para realizar investigaciones científicas se refiere”, afirma Sánchez Ron (Sánchez Ron, 1998a, 32).

[9] Si bien sólo la de Madrid tuvo en principio las cuatro secciones, y Química, además de la capital del Estado, sólo Barcelona, Valencia y Zaragoza (Baratas, 1993: 200, 201). La reforma de la Facultad de Ciencias la diseñó el biólogo Ignacio Bolívar (Baratas: 519).

[10] Moreno usa esta calificación meliorativamente, parafraseando a Menéndez Pelayo, que hablaba “de la sublime utilidad de la ciencia inútil”, entendiendola como la ciencia por la ciencia, por el conocimiento puro, básico, independientemente de las mejoras prácticas que pueda significar (Moreno González: 445).

[11] Lo que, de acuerdo con Baratas, daba más cariz experimental en el currículo de la sección de Naturales (Baratas, 1993: 203).

[12] Quizá esas críticas coadyuvaron a la creación, años más tarde, del Instituto de Química Aplicada de Oviedo, organismo dependiente de la universidad asturiana y que fue la culminación de un proyecto de Instituto del Carbón diseñado por su conexión con la principal industria regional (Vian: 447).

[13] Sólo en 1936 pudo producirse la primera promoción de catedráticos de Química Técnica (Vian: 445, 446).

[14] Enrique Moles Ormella fue un químico excepcional. Vigorizó la Sociedad Española de Física y Química, consiguió reunir en Madrid el IX Congreso Internacional de Química Pura y Aplicada en 1934, mejoró las condiciones de enseñanza de la Química en la Universidad Central, fomentando los “coloquios” entre profesores y alumnos, registró más de doscientas publicaciones y profundizó en la historia de la Química española, entre otros muchos méritos. Murió en 1953 “vejado y reducido al más completo ostracismo tras la guerra civil. La esquela mortuoria que publicó en el diario ABC su hijo Enrique necesitó 16 líneas de 88 espacios para citar los títulos, distinciones, cargos, condecoraciones, etc., obtenidos por Moles en su relativamente corta vida científica a la que le amputaron sus quince últimos años, probablemente los más fructíferos” (Vian: 462, 463). Sánchez Ron considera que Moles fue “posiblemente el mejor y más activo químico en la historia de la ciencia española” (Sánchez Ron, 1998b: 130).

[15] En los años 30, para doctorarse en Químicas había que presentar una memoria o tesis y cursar las asignaturas Ampliación de Química Analítica, Mecánica química y Química biológica (esta última, de la Facultad de Farmacia, era común a los doctorados de Química, Farmacia, Biología y Medicina) (Vian: 445, 446).

[16] Químico, aunque sus aportaciones se consideran dentro del campo de la Física.

[17] Las cátedras de Orgánica estaban dotadas en las facultades de Farmacia y Ciencias desde mitad del siglo XIX. La primera cátedra de Química biológica se creó para la Facultad de Farmacia de Madrid (Vian: 464).

[18] La primeras cátedras universitarias de Química Técnica (Madrid y Oviedo) se cubrieron en 1936 por primera vez, tardanza que demuestra “el escaso interés que entonces despertaba la tecnología química en la enseñanza universitaria” (Vian: 468).

[19] Ángel Vian Ortuño, famoso químico industrial fallecido en julio de 1999, era un buen conocedor de estos asuntos porque perteneció durante la época reseñada al Instituto Nacional de Física y Química.

[20] La función principal del Instituto Rockefeller era la de “seminario destinado a conseguir promociones de científicos que luego, en funciones de cátedra, llevaran por toda España el método experimental como modo de hacer la Física y la Química en sus variadas especialidades” (Vian: 440).

[21] Aparte de quebrar el saludable tronco de la ciencia española de la época (véase Baratas, 1998).

Partes: [1] – [2] – [3]- [4] – [5] – [6] – [Bibliografía]

JMG

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