Arqueología forense: cómo se localizan tumbas clandestinas

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Como se sabe, un grupo de arqueólogos está buscando los restos de las personas asesinadas en la finca de El Marrufo durante la Guerra Civil. Por lo que se ha hecho público, han aparecido siete tumbas, individuales y colectivas, y se han encontrado 28 cuerpos que ahora se tratará de identificar mediante el estudio de sus ADN. Pero los expertos siguen buscando más fosas en la zona. Con este motivo, y sin pretender ser exhaustivos, queremos hacer un repaso a distintos métodos científicos que se utilizan para localizar sepulturas clandestinas. Por supuesto, no todos los métodos que vamos a mencionar son aplicables en El Marrufo porque allí los muchos años pasados han hecho desparecer la gran mayoría de las evidencias.

Métodos elementales

imageAntes de recurrir a cualquier tecnología especializada en la detección de enterramientos de este tipo lo primero que se hace es recopilar información de archivos y de testigos directos o indirectos. (En el caso de El Marrufo se sabía lo que allí ocurrió por la “historia oral” transmitida por los familiares.)

Cuando las tumbas son recientes, en algunos casos lo primero que ha hecho es emplear a perros entrenados en detectar gases procedentes de la putrefacción. También se puede proceder a realizar directamente calas arqueológicas.

Es fundamental saber interpretar el paisaje. Hay que buscar en el suelo evidencias de que este ha sido removido, como montículos o depresiones o bien cambios de coloración, de grado de humedad o incluso de temperatura. En países fríos se observa que no se deposita igual la nieve en suelos compactos que en los que han sido cavados. Además, estos drenan mejor que aquellos.

La vegetación puede aportar interesantes indicios, y probablemente más duraderos. No solo la aireación y esponjado de la tierra favorece el crecimiento de plantas, sino que la proteolisis inherente a la putrefacción (que provoca cambios en la alcalinidad del suelo) favorece que medren ciertas especies.

Cuando los enterramientos son multitudinarios se pueden seguir algunas pistas. Por ejemplo, la experiencia demuestra que se tiende a enterrar en suelos fácilmente excavables (es decir, blandos) y en depresiones del terreno, cuevas o agujeros que luego se puedan rellenar. Por ello, disponer de mapas geológicos y físicos anteriores al enterramiento para compararlos con la situación actual puede servir de gran ayuda.

Uno de los éxitos más importantes logrados por la arqueología forense recurriendo solo a estudios de vegetación, geomorfología, geofísica y fotografías antiguas de un cementerio fue el hallazgo de la tumba del pistolero de Texas Bill Longley hace pocos años. Longley fue un forajido que, según su propia confesión, mató despiadadamente a 32 personas en sus solo 27 años de vida. De acuerdo con algunos documentos históricos, Longley fue colgado el 28 de octubre de 1878. Pero otra fuente recoge una declaración de su padre en la que asegura que el ajusticiamiento fue simulado. La duda quedó en el aire durante un siglo y cuarto hasta que los arqueólogos identificaron su tumba y realizaron los pertinentes análisis de ADN comparándolo con el de su parentela descendiente. Además, junto a sus restos apareció la “medalla milagrosa”, un colgante con la imagen de la Virgen María que se sabe que Longley llevaba al cuello tras su conversión in extremis al catolicismo.

Observación remota

Cuando los enterramientos ocupan grandes extensiones, estos estudios de observación del terreno es mejor hacerlos desde el aire, lo que ha proporcionado en muchos casos éxitos considerables. La situación ideal se presenta cuando se dispone de imágenes aéreas de antes del enterramiento que se pueden comparar con imágenes posteriores. Actualmente existen muchas instituciones que toman periódicamente fotografías de la superficie del planeta desde aviones o satélites con distintos fines (ambientales, climáticos, geológicos, topográficos, geográficos, arqueológicos, militares…). Pero esta práctica es más antigua de lo que se piensa, aunque inicialmente solo era llevada a cabo por los militares para sus propios fines.

Por ejemplo, el estudio en 1981 de las fotografías de reconocimiento que realizó la Luftwaffe alemana en la región de Smolensko durante la segunda guerra mundial aportó evidencias y permitió descubrir enterramientos masivos de la masacre de Katyń (Polonia) perpetrada por el ejército rojo ruso contra militares y civiles polacos.

La imagen que sigue se tomó en las proximidades de la ciudad bosnia de Donja Gradina en 1946. Los expertos aprecian en ella posibles enterramientos colectivos, e incluso en otras fotos observan zonas donde presuntamente fueron quemados muchos cadáveres para eliminar pruebas criminales.

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Tras la reciente guerra de Bosnia, en la que se produjeron asesinatos masivos por mor de la limpieza étnica, los estudios de fotos aéreas han resultado muy productivos. Obsérvese el siguiente par de fotos tomadas sobre las proximidades de una granja antes y después de uno de estos crímenes. Con ellas se pudo encontrar dónde había fosas comunes.

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Las fotos áreas no tienen por qué ser tomadas solo con sensores de luz visible. Otras regiones del espectro electromagnético, como la infrarroja y la ultravioleta, también pueden aportar información tanto física como química (ver más abajo). En general, cuando se registran las radiaciones procedentes de objetos en un vasto intervalo electromagnético se obtiene lo que se llama una imagen hiperespectral. Lo interesante es que muchos objetos dan imágenes hiperespectrales que se pueden considerar sus “huellas dactilares”. Por poner un caso, el petróleo tiene su propia “firma espectral” que puede ayudar a identificar yacimientos desde el aire.

Pues bien, esta técnica se ha empleado para detectar enterramientos colectivos. Por ejemplo, lo han hecho expertos forenses de la Universidad McGill, en Canadá, que afirman ser capaces de encontrar tumbas de animales estudiando hiperespectralmente cambios químicos en la vegetación que crece sobre ellas. Estos cambios los producen los nuevos nutrientes que se incorporan al suelo cuando un cadáver se descompone, los cuales afectan a la forma de reflejar la luz de la planta. Lo han aplicado para encontrar esqueletos enterrados en el Parc Safari de Quebec hace 20 años, pero creen que incluso se podrían identificar enterramientos más antiguos.

Métodos geofísicos y geológicos

Cuando no se dispone o no son de aplicación estos métodos de estudio remoto, procede buscar técnicas sobre el terrero. Las más empleadas hasta ahora son las geofísicas, consistentes en buscar anomalías de este tipo en el terreno, es decir, buscar diferencias en algunas propiedades físicas entre diferentes sectores del campo que se está explorando. Así, mediante electrodos que se insertan en el suelo para medir su resistividad en diversos puntos se puede obtener una “tomografía eléctrica” del mismo, o sea, una “imagen eléctrica”. El método permite descubrir en ocasiones objetos enterrados hace muchos años. Esto también se puede hacer sin electrodos, empleando dispositivos electromagnéticos de baja frecuencia (y por tanto gran longitud de onda, lo que impide reconocer objetos pequeños) que inducen flujos de corriente en el subsuelo. En algunos casos también se pueden medir propiedades magnéticas mediante magnetómetros. Un caso particular de esta técnica es el de los detectores de metales, gracias a los cuales es posible encontrar casquillos de balas u objetos metálicos del difunto que fueron enterrados con él.

Pero la herramienta que más se emplea actualmente es el radar de sondeo terrestre o georradar (GPR). Es un método no destructivo que consiste en irradiar el terreno con pulsos de microondas que penetran en el subsuelo y son reflejados hacia la superficie, donde los recoge un detector. Cada objeto refleja estas ondas de modo diferente, lo que permite obtener una imagen del subsuelo como la siguiente, en la que las señales destacadas con flechas amarillas podrían corresponder a cuerpos inhumados. Lógicamente, hay que tener una gran experiencia en el uso de esta técnica para detectar eso.

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Por otro lado, se han empleado instrumentos propios de los estudios mineralógicos (como el microscopio petrográfico o el difractómetro de rayos X) para estudiar suelos, sendimentos o rocas removidos en presuntos enterramientos.

 

Métodos químicos

Existen métodos químicos que se están aplicando modernamente. Se basan en el hecho, ya apuntado, de que la composición química del suelo cambia claramente cuando se entierra un cuerpo. Inicialmente, la putrefacción de un cadáver se produce en condiciones aerobias, pero cuando el oxígeno se consume se establecen las condiciones anaerobias que facilitan la formación de compuestos como el metano, el sulfuro de hidrógeno, el amoniaco, el óxido nitroso y el nitrógeno, gases que se difunden por el suelo y que eventualmente pueden salir a la atmósfera. Por lo tanto, midiendo la concentración de estos gases con “narices electrónicas” (sensores químicos capaces de detectar la presencia de compuestos en concentraciones inverosímilmente pequeñas) u otras técnicas fisicoquímicas como la cromatografía de gases acoplada con espectrometría de masas, se podría, en teoría, identificar zonas de supuestos enterramientos.

También pueden analizarse los gases atrapados el el subsuelo. La forma correcta de proceder en ese caso sería tomar muestras de material según los protocolos analíticos y estadísticos establecidos y analizarlas en el laboratorio, confeccionando después un mapa de concentración de la especie química de interés.

Los gases que se desprenden de un lugar donde se han realizado inhumaciones también se pueden medir espectroscópicamente desde el aire (c0mo comentábamos más arriba). La siguiente imagen es un mapa de concentración de metano tomado con sensores infrarrojos desde un avión en el Parc Safari de Quebec. Sobre algunas tumbas conocidas de animales se observa claramente que la concentración de metano es alta:

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También se han analizado suelos en busca de compuestos orgánicos volátiles (VOC) producto de la descomposición cadavérica (1,5-
pentanodiamina –cadaverina–, 1,4-butanodiamina –putrescina–, indol, 3-metil indol –escatol– y hasta 50 especies) y de aminoácidos procedentes de las proteínas del cadáver y otros compuestos nitrogenados que dan reacción con la ninhidrina.

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Referencias bibliográficas

  • Margaret Cox, Ambika Flavel, Ian Hanson, Joanna Laver y Roland Wessling: The Scientific Investigation of Mass Graves: Towards Protocols and Standard Operating Procedures, Cambridge University Press, 2007
  • Alastair Ruffell, Jennifer McKinley: “Forensic geoscience: applications of geology, geomorphology and geophysics to criminal investigations”, Earth-Science Reviews69 (2005) 235–247
  • Jasmin Babic, Tomas Cupkovic y Nebojsa Bosiocic: “The application of remote sensing and IT in research of mass graves in the system of Jasenovac ustasha camps”
  • Moshe Dalva, Margaret Kalácska, Tim R. Moore y André Costopoulos: “Detecting graves with methane”, Geoderma, 189-190 (2012) 18–27.
  • Arpad A. Vass: “Odor mortis”, Forensic Science International, 222 (1–3) 2012, 234-241
  • Globalsecurity.org
  • Wikipedia

JMG

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