La química, también al servicio de la religión

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En 1801 murió en Ronda (Málaga), en olor de santidad, el que en el siglo se llamó José Francisco López-Caamaño y García, nombre que trocó por el de Diego José de Cádiz cuando se hizo fraile capuchino. Menendez Pelayo dijo de él que fue el mejor orador católico después de San Vicente Ferrer.

imageTras su muerte, algunos devotos empezaron a propagar que el padre Diego había obrado milagros en ellos, devolviéndoles la salud. Especialmente fue reputada de extraordinaria la curación de una monja llamada Sor Adelaida en 1861 tras invocar –dijo ella — al espíritu de este señor en su socorro.

Sin embargo, lo más sorprendente vino más tarde. En 1865 se trasladaron los restos del fraile, enterrado en Ronda, a otro lugar más decoroso. Nadie observó nada especial en aquella ocasión, pero dos años más tarde, por alguna razón la Sagrada Congregación de los Ritos mandó reconocer oficialmente los restos del padre Cádiz y, según narra su biógrafo Fray Sebastián (Vida del Beato Diego José de Cádiz):

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La adipocera que se menciona es una sustancia cerosa que se suele formar en los huesos y otros tejidos muertos cuando estos se conservan en ciertas condiciones, normalmente en suelos fríos y húmedos. Químicamente, la adipocera se forma por saponificación de las grasas del cuerpo, afectando también a las proteínas. La adipocera tiene la virtud de que retrasa la descomposición cadavérica porque inhibe el crecimiento de las bacterias de la putrefacción.

Los religiosos guardaron la tela manchada en “sangre” y un hueso y los llevaron a Roma. Allí la examinó un “doctor Ratti, profesor de química en la Universidad de Roma” que dio un dictamen afirmativo sobre la pregunta que se le planteó: si el líquido rojizo que exudaban los huesos era realmente sangre (viva, se entiende).

Con el informe pericial fueron a la Sagrada Congregación de los Ritos. Pero algo no debía de estar muy claro porque el “promotor de la fe” de dicha congregación declaró que no había seguridad absoluta de que se tratara de sangre “porque no se habían encontrado cristales de enina o clorhidrato de hematina”, echando así un jarro de agua fría sobre el proceso de beatificación.

La palabra enina no se utiliza actualmente (que sepamos). Suponemos que se refiere a la esfingenina, hoy llamada esfingosina, que es un aminoalcohol insaturado constituyente básico de los esfingolípidos. Un tipo de compuesto de esta familia, los glucoesfingolípidos, se encuentra en la superficie de los glóbulos rojos de la sangre. En cuanto a la hematina, es una parte de la hemoblogina, la proteína principal de la sangre. En ciencia forense, una de las pruebas para reconocer la presencia de sangre es tratarla con ciertos reactivos para comprobar si se forman cristales de clorhidrato de hematina, los cuales se reconocen fácilmente al microscopio.

Dos décadas más tarde de que la curia pontificia dejara aparcado discretamente el expediente, los partidarios de la beatificación volvieron a la carga. Se nombró una nueva comisión, pero esta sostuvo el argumento de la anterior: no se podía demostrar que de los huesos del candidato manara sangre porque no aparecían los dichosos cristales de “enina”.

Un tal doctor Alejo Murino, que a la sazón era profesor emérito de Fisiología e Histología en la Universidad Pontificia, intervino para defender la causa alegando que “la prueba química de los cristales de enina no es ni la sola ni la única prueba para descubrir la presencia de la sangre”. Además, dudó de las piezas probatorias diciendo que “la tela presentada no tenia autoridad”, por lo que pedía que trajeran los huesos.

Así que mandaron traer de Ronda un fémur, un húmero, un omóplato y un astrágalo, todos izquierdos, que llevaban por entonces casi 90 años inánimes, 25 de ellos desenterrados, a pesar de lo cual al parecer nadie dudó de su autenticidad ni de la cadena de custodia.

El propio Murino formó parte de la comisión científica junto a dos profesores de Física de sendas instituciones académicas católicas. Los tres sabios encontraron los huesos “incorruptos”, “incólumes”, “frescos”… Midieron su densidad (es de esperar que sin sumergirlos en agua, por lo que este pudiera alterarlos y produciendo falsos resultados posteriores), que resultó ser de 1,95 g/cm3.

Trataron el “agua de las manchas” con ácido acético y ácido sulfúrico, experimento que según el biógrafo del Beato reveló la presencia de “sustancias albuminoideas”. También comprobaron que el “agua de la tela” contenía hierro y que una “tela manchada de sangre”, tratada con amoniaco, “dio una coloración sanguínea, lo que hizo presumir la presencia de la sangre”…

Pero el “método de Erman” (?) no reveló la presencia de enina. Se aplicó seguidamente un “método de Taylor” consistente en añadir tintura alcohólica de guayacol y aceite de trementina a las muestras. Dieron “reacción azul” la sangre humana que se empleó como control, los extractos acuosos de “concreciones terrosas de los huesos” y un pedazo de tela empapada en sangre, pero no un extracto de un “algodón manchado en sangre de los huesos”. La conclusión fue que había probabilidad de la existencia de sangre… ¡pero faltaban los malditos cristales de “enina”.

En aquella época se estaban desarrollando diversas técnicas espectroscópicas, las cuales, como se sabe, son muy poderosas para detectar y cuantificar compuestos químicos en cualquier muestra. Pues bien, recurrieron a ellas sin demasiado éxito porque el análisis negó la existencia tanto de hemoglobina (proteína cuyo grupo prostético hemo es el responsable del color rojo de la sangre) como de “hematina”.

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Sin embargo, y a pesar de la contundencia del análisis espectroscópico, un examen microscópico reveló la presencia de sangre, según cuenta el biógrafo, que hace estas consideraciones:

Hay que tener presente que se trataba de preparaciones microscópicas, llevadas a a las placas unos 25 años después de ocurrido el milagro [de destilación de sangre por los huesos cuando fueron desenterrados en 1867]. Buscando, pues, los médicos de la Comisión, los cristales de enina, ven, no sin estupor, las células propias y características de la sangre: hematíes o glóbulos rojos, leucocitos, o glóbulos blancos, mezclados con grasa, tierra y cristales calcáreos. Ante esto, la Comisión llama al Dr. Lanzi. Reconoce este la presencia de las células de la sangre y da atestado con juramento.

Dicho doctor Lanzi considera inexplicable que una “sangre” extraída de un sepulcro subterráneo y húmedo 25 años atrás conserve intactos los glóbulos rojos cuando “por las circunstancias de tiempo, lugar, humedad, han debido descomponerse antes que el tejido leñoso y los otros tejidos”.

El doctor Murino trató de dar explicación a la ausencia de hemoglobina en los análisis; “se habrá desoxigenado”, dijo. Indicó (correctamente) que la hemoblogbina desoxigenada da un espectro visible diferente al de la oxigenada (aquella confiere un color más oscuro a la sangre). medula osea roja mediodia.orgAportó como prueba de la existencia de sangre viva en los huesos la evidencia espectroscópica de hierro, pasando por alto que este elemento químico subsiste aunque las proteínas de la sangre se descompongan. (A estas alturas conviene recordar que la hematopoyesis –formación de la sangre– tiene lugar en la médula ósea roja que se encuentra en el interior de los huesos largos, vértebras, costillas…)

Dice Fray Sebastián que Murino confió en que la ciencia del futuro  hallaría un método para identificar “enina” en “sangre vieja”. El buen doctor no podía ni sospechar que la ciencia del futuro iba a descubrir otros métodos mucho más potentes para encontrar sangre, como el del luminol. (Por cierto, no sabemos  dónde están los huesos ahora ni si siguen “sudando sangre”; una lástima, porque con los medios de ahora sí que se podría realizar un análisis en condiciones.)

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El doctor Murino terminó su informe con esta declaración que no es precisamente un ejemplo de objetividad científica, neutralidad y falta de prejuicios:

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Finalmente, la Sagrada Congregación de los Ritos, “ante esta declaración abrumadora de la ciencia” (palabras del biógrafo Fray Sebastián), se reunió por tercera vez para considerar el caso el 21 de marzo de 1893 y el 1 de abril José Francisco López-Caamaño y García Pérez estaba sentado a la derecha del Padre por “decreto hispalen”. La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 22 de abril de 1894. Acudieron a Roma 14.000 españoles en una “Peregrinación Nacional Obrera” no exenta de polémica, “peligros” y dificultades, ya que “hizo cuanto pudo el infierno para malograr tan grandiosa manifestación de fe”, según explica el biógrafo del Beato.

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