La enseñanza de la Química en España entre 1800 y 1936 / 2

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2. La importancia de la iniciativa privada en la introducción y desarrollo de la enseñanza de la Química en España (1)

De acuerdo con el político y pedagogo del siglo XIX Antonio Gil de Zárate (dcha.), España, tras una primera mitad del siglo XVIII poco propicia para el desarrollo de la Química reaccionó con los Borbones, siendo con Carlos III cuando la “verdadera química” comenzó a introducirse en nuestro país (Gil de Zárate: 72, 74). En general, a finales del siglo XVIII la Corona dio un gran impulso a la enseñanza de la ciencia en España, pero quizá lo hizo más por vía de favorecer y apoyar iniciativas de entidades privadas que legislando adecuadamente para mejorar instituciones públicas como las universidades.

La Química española experimentó un gran avance gracias al empeño de sociedades como la Vascongada de Amigos del País o la Real Junta de Comercio del Principado de Barcelona, instituciones de las que, en palabras de Vian Ortuño, “salieron los pocos éxitos que España puede aportar a las ciencias físicas desde el Siglo de Oro hasta finales del XIX”. En ellas destacaron como alumnos o docentes grandes figuras como las de Orfila[1], Elhuyar, Del Río, Proust y Chavaneau (Vian: 432, 433).

Tras un primer tercio de siglo XIX pésimo para la ciencia nacional, durante el resto de la centuria el Estado dio leyes que pretendieron mejorar la enseñanza, pero de nuevo fueron grupos particulares los que estuvieron en la vanguardia. Nos referimos a los colegios preparatorios y a la Institución Libre de Enseñanza. Y la misma pauta se mantiene en el siglo XX hasta la guerra civil, época durante la cual la Junta para la Ampliación de Estudios, emanada de la Institución Libre, constituyó la punta de lanza del desarrollo de la mayoría de las ciencias, y sin duda cabe afirmar esto respecto a las ciencias fisicoquímicas.

Esfuerzos personales pioneros

Antes de revisar las principales aportaciones de las instituciones aludidas mencionaremos algunos intentos de fomentar la ciencia española, de poca trascendencia pero simbólicos, protagonizados por algunas personalidades de la Corte a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Jose Viera y Clavijo.jpgEl marqués de Santa Cruz había convertido su casa en un “santuario” para la ciencia, instalando en ella un gabinete de física experimental. Su hijo, el marqués del Viso, junto con su ayo, José de Viera y Clavijo (dcha.), habían estado aprendiendo en Francia y a su vuelta trajeron los aparatos que habían aprendido a usar[2].

Por su parte, el infante Don Antonio estableció en su propio cuarto una cátedra de Química a cargo del profesor Juan Mieg, para la cual, según Gil de Zárate, “no perdonó aquel señor gasto alguno, conservándose todavía [se refiere a mediados del siglo XIX] en palacio el rico gabinete de instrumentos que llegó a reunir”. Más tarde, el infante Don Sebastián también protegió la enseñanza de la Química, destacando en su gabinete el químico Antonio Moreno (Gil de Zárate: 75; Moreno González: 109, 203). También fundó un gabinete de física el conde de Peñaflorida (Moreno González: 102).

"Vergara. Edificio del Real Seminario de Vergara"
El Seminario de Vergara

En 1777 la Sociedad Vascongada de Amigos del País, que se había fundado doce años antes bajo los auspicios del conde de Peñaflorida, creó el Seminario Patriótico de Vergara, entidad que representó un decidido impulso a las enseñanzas de Física y “Chímica” y ciencias “útiles” en general en la España de la época. Uno de sus objetivos secundarios era evitar “que los nobles españoles mandasen a sus hijos a Colegios y Casas de pensión de Francia, donde pueden perder el patriotismo”, si bien el propio conde de Peñaflorida envió al suyo, Antonio María de Munibe, y a Javier José de Eguía, a estudiar ciencias naturales en París y, en Alemania, Química, Metalurgia y Mineralogía, “ciencias las más necesarias en el País Vascongado”, por cuyo fomento las familias vascas no habían sentido ningún interés hasta entonces[3] (Moreno González: 116, 117).

En Vergara, la enseñanza de la Química, que siempre había sido –y lo seguiría siendo durante muchas décadas del siglo XIX– una disciplina tributaria de la Física, adquirió gran protagonismo. Allí “no sólo las explicaciones fueron ya en un todo conformes a los principios de la química pneumática, que a la sazón se hallaba en auge, sino que además se hicieron de ella extensas aplicaciones a la metalurgia; y allí se logró por primera vez fundir la platina” (Gil de Zárate: 72).

imagePara poder ofrecer una enseñanza a la altura de la vanguardia europea, el Seminario contrató como profesores a los franceses Louis-Joseph Proust y Antoine Chavaneau. Se ha discutido mucho, y hay opiniones contrarias, sobre si aportaron realmente algo. El químico y farmacéutico Juan Fagés Virgili consideraba que la contratación de estos científicos supuso un fracaso y un enorme gasto, criticando el supuesto atraso de la química de Chavaneau respecto a la de Lavoisier. El también químico José Rodríguez Carracido es de criterio igualmente poco favorable, criticando que estos científicos estuvieron pagados en demasía[4]. Pero estas opiniones son a la luz actual injustas desde el punto de vista científico. No se puede negar la trascendencia del trabajo de Proust en España, donde hizo los descubrimientos básicos que condujeron a la formulación de una de las leyes de la estequiometría (la de las proporciones definidas). Proust tuvo eminentes discípulos y publicó libros de texto como Introducción al curso de Química y numerosos artículos de investigación en revistas extranjeras como el Journal de Physique o los Annales de Chimie y españolas como los Anales de Historia Natural olos Anales del Real Laboratorio de Segovia (Moreno González: 109, 115-118; Gil de Zárate: 73; Gago, 132)[5].

El Seminario tuvo una conciencia premonitoria de la utilidad social de la Química y luchó por convencer al gobierno de la importancia de esta disciplina. Atribuyendo la escasa asistencia de alumnos a las clases de Matemáticas, Física, Química, Metalurgia y Ciencias subterráneas a que “no presentan carrera o destino” como la ciencias cultivadas en las universidades, el Seminario dirigió una solicitud (Representación) al Rey para que los tres cursos de Filosofía exigidos por la Universidad para graduarse en Medicina pudieran convalidarse por dos cursos de ciencias estudiados en Vergara (Moreno González: 118)[6].

En Vergara, después de Proust, enseñó química el profesor Jerónimo de Mas (que también impartía matemáticas). Siguió planes modernos y, por primera vez en España, usó la nueva nomenclatura química de la escuela francesa, tanto en el Seminario como en el Instituto Asturiano de Gijón (del que hablamos más abajo), en el que estuvo luego (Moreno González: 120). Entre los alumnos de Vergara cabe destacar a Fausto de Elhuyar, que descubrió el wolframio junto a su hermano Juan José.

La Junta de Comercio de Barcelona

Otra institución pionera en impartir estudios de Química en España fue la Real Junta de Comercio del Principado de Cataluña, fundada en 1763. En 1803 esta entidad creó una cátedra de Química aplicada a las artes “destinada a impulsar la industria que ya empezaba a desarrollarse en la capital del Principado” (Gil de Zárate: 74). Construyó un laboratorio y adquirió aparatos adecuados.

Esta escuela, que tenía carácter público y gratuito y aplicación a las artes y a la agricultura, fue “tal vez la que ha producido más numerosos y aventajados discípulos” hasta mediados del siglo XIX, según Gil de Zárate. En ella estudió el posteriormente médico prestigioso en Francia Mateo José Buenaventura Orfila (izqda), que recibió un pensionado (Moreno González: 98-99) y que en 1815 rechazó hacerse cargo del laboratorio de Proust (destruido por las tropas francesas), que el gobierno había ordenado restablecer. “Arraigado ya en la capital de Francia, [Orfila] no pudo aceptar, y no parece que el Gobierno pensara en reemplazarlo con otro” (Gil de Zárate: 75)[7].

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De la enseñanza de Química en la cátedra de la Junta de Comercio de Barcelona se hizo cargo inicialmente Francisco Carbonell y Bravo, que había estudiado la disciplina en Madrid, con Proust, y en Montpellier (Francia), con Chaptal, cuya Química Aplicada a las Artes tradujo. Había conseguido los grados de farmacéutico por Madrid y médico por Huesca y trabajado en 1802 y 1803 con Proust y Herrgen (Vernet: 244). Este científico catalán defendía la importancia de la figura del químico profesional en la industria. Siguiendo a Fourcroy definió la Química como la ciencia que “se ocupa en descubrir, rectificar, extender, perfeccionar y simplificar las operaciones químicas peculiares de las artes y manufacturas”, frente a otras concepciones coetáneas más académicas (Portela y Soler: 91, 92). Carbonell dejó temporalmente la cátedra barcelonesa en 1808 debido a la guerra –el catedrático emigró a Palma de Mallorca, donde dio cuatro cursos de química y mineralogía– para retomarla en 1814 (Gil de Zárate: 74). Su influencia y su magisterio llegaron a toda España gracias a sus muchos discípulos, entre los que se cuentan su hijo, Francisco Carbonell y Font, José Camps y Camps y José Roura y Estrada; estos ocuparon cátedras en distintas ciudades del país (Vernet: 244)[8].

Francisco Carbonell y Bravo - triplenlace.comLa figura de Francisco Carbonell constituye un ejemplo patético del esfuerzo y hasta el sacrificio personal que hubieron de realizar algunos ilustres científicos en la España de la época para, asumiendo la labor que debería haber correspondido al Estado de transmitir el amor a la ciencia y fomentar su cultivo. En una de sus numerosas demostraciones públicas de ciencia[9], el 8 de junio de 1805 Carbonell perdió un ojo debido a una fuerte explosión en un experimento de la síntesis del agua, por descuido de un mozo auxiliar de laboratorio. Algunos asistentes resultaron también heridos, lo que asustó al público y desde entonces sólo concurrió gente realmente interesada. En 1824 sufrió otro percance grave que disminuyó aún más sus capacidades físicas (Vernet: 244; Portela y Soler: 91).


NOTAS

[1] Del químico y médico balear Mateo José Buenaventura Orfila se ha conservado una sabrosa carta dirigida a su padre de la que por su interés sobre el estado de la universidad de la época reproducimos el siguiente extenso fragmento tomado de Gago (pp. 139, 140):

Vuestra merced sabe que don Hemández me dijo que la Universidad de Valencia era la mejor de España y quizá “de Europa”. Yo, como inocente me lo creí. ¡Ah, padre! ¡Sólo tengo aliento para decirle que primero morir que quedarme diez días más en esta Universidad; primero hacerme zapatero, sastre, tejedor; primero morirme de hambre que quedarme, perdiendo mi juventud entre bárbaros que son los que aquí habitan! En esta Universidad donde algunos amigos y yo hemos sacado el cómputo, del que resulta que al año se dan de cincuenta y cinco a cincuenta y seis clases, y si no, saque usted del diez de mayo al cuatro de noviembre que la puerta permanece cerrada, saque un mes en derredor de Navidad, saque usted un mes por Pascua, saque quince días por Carnaval, saque usted los jueves, fiestas de misa y de precepto, todos los días de un poco de frío y de agua y verá lo que queda de año. Los días de clase se tendrán tres cuartos de hora a lo más; los unos fuman, otros hablan, otros cantan, y lo que quieren los maestros es que los estudiantes sigan tan burros como ellos mismos. La lección es un folleto muy pequeño y en ocasiones se ha de repetir tres o cuatro días y aún así queda la mitad que no lo saben. El autor que dan para estudiar es lo más indigno que se ha escrito, y la razón es por ser fácil, pues si fuera difícil no sabrían explicarlo, y esto no les viene a cuenta. Los catedráticos todos, del primero al último, son unos pedantones, como toda España sabe, que no saben sino liar cigarrillos y fumar, hacer visitas, si las tienen, pues de otro modo se morirían de hambre, porque la Universidad no les da bastante para merendar. En estas circunstancias, nosotros infelices nos quedamos sin aprender ni una palabra.

[2] Viera, “para perpetuar más bien esta época de la introducción en la Corte de España del estudio de la Física Experimental, y de la Química” escribió el “poema filosófico” Los Ayres Fixos, donde trata del dióxido de carbono (CO2, “aire fijo”, en la época) y habla de Priestley entre otros científicos (Moreno González: 109).

[3] En realidad, la costumbre de enviar a jóvenes a formarse en el extranjero fue práctica habitual durante todo el siglo XVIII. El hijo de Peñaflorida, a su regreso, inició en España la enseñanza de la Mineralogía metalúrgica (Moreno González: 116, 117).

[4] Los dos franceses ganaban 15.000 reales anuales, además de “casa y mesa en el Seminario”, sueldo bastante superior al de profesores españoles con cargos equivalentes (Moreno González: 117).

[5] Tras su paso por Vergara Chavaneau y Proust prestaron servicios en otros centros de investigación y enseñanza españoles. El primero estuvo encargado del laboratorio de química de la Casa-almacén de vidrio y cristal, dependiente del Ministerio de Hacienda. Este laboratorio, junto al que dirigía el catedrático de Química del Museo de Historia Natural Pedro Gutiérrez Bueno y uno que a la sazón dirigía Proust en Segovia “fueron reducidos a uno solo en 1799 [dirigido por Proust] porque ninguno produjo los beneficios esperados, ni de ellos salieron alumnos aventajados, a pesar del gasto muy superior al de los laboratorios de la Universidad” (Moreno González: 119). Proust (que había ocupado la cátedra de Química de Vergara durante un solo curso), recomendado por Lavoisier, entró en 1785 al servicio de Carlos III encargándose de un laboratorio en el Colegio de Artillería de Segovia entre 1788 y 1799, año en que empezó a dirigir el laboratorio de Madrid mencionado, perteneciente a la Real Escuela de Química, donde enseñó Química y Metalurgia durante cuatro meses al año. Era éste “un magnífico laboratorio en la casa de la calle del Turco (…) con cuantos medios y aparatos requería la más perfecta enseñanza. Adquirió ésta [la enseñanza de Proust] gran celebridad, e hizo eminentes servicios a la ciencia, continuando hasta la invasión francesa, durante la cual todo se destruyó, sin que apenas quedase rastro alguno del establecimiento” (Gil de Zárate: 73; Gago, 132). El ilustre científico francés dio también clases de Química en la corte de Madrid, aunque según Mateo Orfila, al que se le ofreció más tarde la cátedra de Proust, de aquel auditorio no salió ni un solo discípulo, pero hay que tener en cuenta que “la mayor parte de los oyentes eran gente de mundo, que asistía a las lecciones como hubieran asistido a un espectáculo” (Portela y Soler: 91). Proust regresó a su país en 1806 o 1807.

[6] Mencionaremos anecdóticamente que Chavaneau, para demostrar la importancia que la Química tiene para la Medicina, acompañó a la petición un procedimiento para “hacer caldo con los huesos”, “demostrando” que dicho caldo es “a lo menos equivalente al de carne” (Moreno González: 118).

[7] Orfila llegó a ser el toxicólogo más famoso de su época, pero ejerció siempre en Francia, de cuya Universidad de la Sorbona llegó a ser decano de Medicina (Sánchez Ron, 1992: 69). El hecho de que uno de los científicos más celebres de España tuviera que darse a conocer y prosperar en Francia es, para Portela y Soler, “un buen ejemplo de la incapacidad del español para la práctica científica” (Portela y Soler: 105).

[8] Camps y Camps, que fue catedrático de la Universidad Central, heredó la “riquísima” biblioteca de Carbonell, la cual cedió luego a la Facultad de Farmacia de Madrid, en donde se encontraba antes de 1936. Roura y Estrada sucedió a Carbonell en la cátedra de la Real Junta de Comercio de Barcelona; este químico introdujo más tarde el alumbrado por gas (1826) y la pólvora sin humo (1848) (Vernet: 244).

[9] Estas demostraciones eran típicas en la época; en Valencia a finales del XVIII y principios del XIX la universidad también las dio a industriales y público en general.En Inglaterra fueron famosas las de Humphrey Davy; asistiendo a ellas se despertó el interés por la ciencia en el químico y físico Michael Faraday. José Rodríguez Carracido opinaba que en la España de la época estas demostraciones no sirvieron para nada, y pone como ejemplo las de Proust.

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JMG

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