La enseñanza de la Química en España entre 1800 y 1936 / 6

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4. Relaciones de la Química con otras ciencias

Como se ha ido exponiendo, la Química obtuvo su actual reconocimiento de disciplina científica independiente, con un método y un campo de estudios propios, muy tarde, y más aún en España. Sólo algunos adelantados, desde finales del siglo XVIII, vislumbraron la necesidad de profundizar en la teoría y práctica de la Química y en sus aplicaciones propias, aparte de las vinculadas clásicamente a la Farmacia y la Medicina[1]. En el siglo XIX se incrementaron estos esfuerzos. Francisco Carbonell y Bravo, siguiendo a Fourcroy, dividió la Química en dos grandes ramas, general y particular, y ésta en meteorológica, mineral, vegetal, farmacológica, animal y artística (entendiendo por tal la Química aplicada a los tintes, el blanqueado, el tratamiento de metales, la elaboración de dulces, etc.). Para Carbonell, la Química general “se ocupa en el conocimiento de la reacción íntima y recíproca de todos los cuerpos en general; [la particular] tiene por objeto la aplicación de aquellos conocimientos generales a una clase determinada y limitada de cuerpos naturales. (…) Debe desterrarse enteramente la división de la química en teórica y práctica adoptada por los químicos antiguos (…)” (Moreno González: 93, 99).

Nótese que Carbonell habla de “química farmacológica”, es decir, el sustantivo es la Química, no la Farmacología. Pero estos puntos de vista representaron muy poco en un estado de cosas generalizado en el que lo que hoy llamamos Química tenía un campo restringido a poco más que ciertos conocimientos útiles en farmacia, y quizá también en Medicina y en Metalurgia. Otras aplicaciones que hoy consideramos químicas como la fabricación de jabones y vidrios eran estimadas artes, es decir, labor de artesanos. Todo esto significa que buena parte de los contenidos de Química que se enseñaban en la Universidad durante los dos primeros tercios del siglo XIX haya que buscarlos en los estudios de Farmacia y Medicina, así como en la Facultad menor de Filosofía.

Ya bien mediada la centuria la Química pasa al campo de la Física, la ciencia por antonomasia, con ayuda de la cual aquella define conceptos básicos propios como los de elemento y especie química, átomo y molécula, al tiempo que quedan descubiertos y clasificados buen número de esos elementos y se imponen teorías básicas como las de Avogadro, Arrhenius, Van’t Hoff, etc. Se fundamentan así las distintas ramas de la Química: Inorgánica, Orgánica, Bioquímica, Quimica-Física, etc. En definitiva, la Química en esa época “pasa a la categoría de ciencia con aspiraciones a la exactitud” (aunque, según Vian, “España se mantuvo al margen de este formidable movimiento (…) por razones de orden político y religioso”) (Vian: 432).

Veremos a continuación la relación existente entre la enseñanza de la Química y de otras disciplinas reconocidas previamente.

Farmacia y Química

Puerto Sarmiento (p. 153) afirma que “la profesión farmacéutica actuó en muchas ocasiones como núcleo de profesionalización de otros científicos –principalmente botánicos y químicos–”, debido a que “la especificidad de su misión [de la Farmacia] obligó a sus practicantes al estudio de una serie de materias científicas (…) relacionadas, por una parte, con el conocimiento de la salud, de los remedios procedentes del mundo animado e inanimado, por otra, y con las técnicas precisas para convertirlos en fármacos, en definitiva”.

Reproducimos a continuación las siguientes palabras de Gil de Zárate, escritas a mediados del siglo XIX y muy ilustrativas de lo que fue la relación de la Química con la Farmacia, o, si se quiere, la servidumbre de la Química para con la Farmacia. Abusaremos de la extensión de la cita por su relación con el tema que nos ocupa y otros relacionados con la Química española:

(…) pasados estos tiempos [Baja Edad Media y Renacimiento] en que la química conservó sus pretensiones de ciencia oculta y maravillosa, cuando ya empezó a tomar las formas y el lenguaje de verdadera ciencia, ejercitándose en operaciones realmente útiles a la humanidad, su historia se confunde con las de la medicina y farmacia, hasta que ya en el siglo XVII empezaron a presentarse algunos hombres especiales que dieron a la química propiamente tal, y a sus aplicaciones de toda clase, un impulso admirable y sorprendente por la inmensidad de sus resultados.

(…) pueden citarse muchos nombres, algunos de ellos ilustres, y casi todos de médicos, cirujanos o boticarios, que con motivo de sus trabajos farmacéuticos han publicado obras notables y hecho descubrimientos que los honran; pero la mayor parte se dedicaron más bien al examen de los medicamentos extraídos de las plantas que a la elaboración de los que proceden de substancias minerales, esto es, a las preparaciones verdaderamente químicas; por cuya razón pertenecen con más propiedad a la historia de las ciencias naturales (…)

Desde principios del siglo XVIII ya se ve a nuestros farmacéuticos emplear los procedimientos de la química, y dedicarse al estudio de esta ciencia que empezaba a ser muy cultivada en Europa, tomando nuevo carácter, y fundándose en doctrinas sólidas. Las academias médicas de Madrid y de otros puntos de la Península y los colegios de boticarios impulsaron esta tendencia, y en sus memorias se ven algunos opúsculos sobre tan interesante materia. Uno de los que más se distinguieron entonces fue D. Félix Palacios, que el primero acaso en Europa supo preparar el fósforo, y que en 1701 tradujo el Curso químico de Lemery, imitando su ejemplo muchos farmacéuticos, aunque no dejó de encontrar oposición en otros.

La primera cátedra verdadera de Química que se creó en Madridfue la que en 1780 se mandó establecer para la enseñanza científica de los farmacéuticos, regentada por D. Pedro Gutiérrez Bueno; pero antes de esto, varios boticarios, ya a sus expensas, ya pensionados por el Gobierno, habían ido al extranjero para adquirir estos conocimientos que desde entonces se fueron generalizando entre los de su clase. Desde 1768 se estaban ya dando lecciones de química en el colegio de boticarios, aunque accidentalmente, y cuando algún profesor se prestaba a este servicio (…)

[A finales de siglo XVIII] algunos colegios de boticarios, impulsados por el ejemplo de la Corte, crearon a sus expensas varias cátedras de esta ciencia [la Química].

(Gil de Zárate:, 71-75).

Al despuntar el siglo XIX los futuros farmacéuticos aprendían Química en el Real Laboratorio de la Corte, en Madrid, hasta que los estudios se hicieron más serios a partir de 1804 con los Colegios de Farmacia, instituciones que después de la guerra, a partir de 1815, se hallaron en primera línea en el fomento del estudio de la disciplina que nos ocupa (en Madrid[2], Barcelona, Sevilla y Santiago, aunque los dos últimos cerraron al cabo de algún tiempo) (Puerto Sarmiento: 166, 167). De acuerdo con Gil de Zárate “entre sus alumnos se contaba, no sólo a los meros estudiantes de farmacia, sino también a una numerosa juventud ansiosa de adquirir estos conocimientos [de Química]”[3]. Puerto Sarmiento (pp. 170-171) asegura que en los estudios impartidos en estas instituciones los alumnos podían lograr una serie de conocimientos relacionados con la Química y la “tecnología del medicamento”, pero que en ellos no existió apenas investigación científica.

La fuerte relación académica de la Química con la Farmacia a principios del siglo XIX puede constatarse en el hecho de que en 1800 las Ordenanzas de Farmacia establecieron que los alumnos que cursaban los estudios de dos años en los Colegios de la Facultad Reunida de Medicina y Cirugía recibirían el título de bachiller en Química. Luego, tras pasar dos años de prácticas en una botica adquirirían el de licenciado en Farmacia, y más tarde, como título honorífico, podría concedérseles el de doctor en Química (Puerto Sarmiento: 166)[4].

Una Real Cédula de 1801 ordenó que se erigiesen cátedras de Farmacia, Química y Botánica “en los pueblos más apropiados” y poco más tarde (1804) se mandó erigir en Madrid el Colegio de Farmacia ya referido, que debía contar con dos cátedras: Historia Natural y Química y Farmacia[5] (Puerto Sarmiento: 166; Gago, 137).

Puerto Sarmiento interpreta que “lo único destacable en el diseño curricular” introducido por el plan Pidal, de 1845, para la Facultad de Farmacia es la especialización de los estudios químicos: había de estudiarse Química general en el preparatorio, Química orgánica e Inorgánica (aplicadas a la Farmacia) en la licenciatura y Análisis químico en el doctorado. “La ampliación de la base química de la carrera coincide con la apreciación entre los boticarios de la similitud existente entre esta materia y la farmacia” y con la decisión gubernamental de impulsar su desarrollo por su influencia en la industria (Puerto Sarmiento: 172, 173; Peset y Peset, 1992: 31).

En interesante constatar que cuando empezaron a funcionar a mediados de siglo las cátedras de Química Orgánica, las facultades de Filosofía tuvieron dificultad en reclutar profesores de la especialidad, no así las de Farmacia. Además, muchos farmacéuticos pasaron a ser profesores de Química en las facultades de Filosofía y luego de las de Ciencias, lo que para Puerto Sarmiento es prueba de cómo una nueva profesión científica se generaba a partir de la de farmacéutico, como afirma asimismo que pasó con la Botánica durante la Ilustración (Puerto Sarmiento: 173, 174)[6].

En 1845 “algunos alumnos destacados de la facultad [de Farmacia] pasan a ocupar algunas cátedras de química de la Facultad de Filosofía, transformada luego en Ciencias”, y la facultad de Filosofía de la Universidad central decide enviar al extranjero a dos jóvenes farmacéuticos para que se formen en Química Orgánica: Ramón Torres Muñoz de Luna y Mariano Echevarría[7]. El catedrático de Análisis químico Magín Bonet también había estudiado Farmacia, una prueba más de la influencia de estos estudios en el despegue de la profesionalización académica de la Química (Puerto Sarmiento: 179). Abundaron también los profesores de Farmacia que tradujeron libros de Química no necesariamente de tema farmacéutico, como sobre aplicaciones a la industria, agricultura, medicina, minas, ingeniería industrial, etc. (Puerto Sarmiento: 180).

Como hemos visto, a partir de la ley Moyano los estudios universitarios producen profesionales químicos que ya socialmente se diferencian de los boticarios. Pero, evidentemente, eso no quita que los farmacéuticos sigan precisando de la Química, de modo que una modernización de los estudios de Farmacia, como la que se da en 1886, introduce más estudios de Química (Puerto Sarmiento: 177)[8]. Es decir, hasta entonces la Farmacia había “acogido” a la Química en el sistema universitario, pero a partir de esa fecha la Química es fundamental para el impulso de la ciencia farmacéutica. Así, “se acepta como catalizador del proceso de fabricación seriada de los fármacos el descubrimiento y síntesis de alcaloides y glucósidos, la preparación masiva de productos químicos durante el siglo XIX y los avances de la tecnología farmacéutica” (Puerto Sarmiento: 187, 188)[9].

Para el estudio de la Química, las Ordenanzas de Farmacia de 1804 exigen la de Lavoisier, concretamente a través de su Tratado elemental de Química traducido en 1794 por Juan Manuel Munárriz. En Barcelona fueron muy usados los Elementos de Farmacia basados en los principios de la química moderna, de Francisco Carbonell y Bravo, y en Madrid la presencia de Pedro Gutiérrez Bueno[10] (autor de Nueva nomenclatura química propuesta por Lavoisier, Morveau y Fourcroy) hace suponer que se usara el Curso de química teórica y práctica (1802). El texto del químico-médico Orfila Tratado de los venenos… o toxicología general se usó también desde 1815 (Puerto Sarmiento: 169, Peset y Peset, 1992: 28). Ya mediado el siglo, para Farmacia químico-inorgánica fueron muy empleados el Tratado de farmacia experimental de Manuel Jiménez (1840), y el Tratado de farmacia operatoria de Raimundo Forns y Nornet (1841); y para Farmacia químico-orgánica el Curso completo de farmacia de Le Canu (1848), el Tratado de Química orgánica de Liebig (1847), el Tratado de farmacia teórico-práctica de Soubeiran (1840), y el Tratado de química general de Casares (1848) (Puerto Sarmiento: 178, 179)[11].

Física y Química

Durante buena parte del siglo XIX la Química académica siempre fue de la mano de la Física. En realidad, esta relación de hermandad (o paterno-filial) no es negativa; al contrario, la Física permite fundamentar y afianzar muchos hechos y teorías químicas. Pero no debe olvidarse que dentro de la Química hay ramas de conocimientos cuyo abordaje resiste la aplicación del método científico propio de la Física.

Normalmente la Física es considerada la ciencia por antonomasia, y se toma como modelo a comparar:

(…) es el carácter cosmológico de la Física lo que la sitúa en la categoría científica adquirida en los siglos XVIII y XIX. Y la falta de esa visión cosmológica para explicar los fenómenos es la razón que no hace de la Química una Ciencia hasta bien entrado el siglo XVIII. El licenciado en Farmacia Luis Augusto de la Llama Palacios, en su discurso de investidura como doctor de la Universidad Central en 1853, lo resume así: “no puede dudarse que hasta los Neumáticos (dedicados al estudio de los gases y el vacío: Boyle, von Guericke, Hooke, Papin, Black, Priestley, Scheele…) se desconocía la fuerza de atracciones eléctricas, sin ver las atracciones que experimentan [las sustancias], sin reflexionar acerca de los fenómenos que se presentan, sin elevarse al conocimiento de las causas, podemos legítimamente deducir que sus nociones serían como las que adquiere el simple manufacturero, que mezclando drogas pulveriza, disuelve, destila, sublima, funde, cristaliza y precipita para obtener los productos que pretende, sin apercibirse de los sucesos químicos y de su interpretación”.

(Moreno González: 87)

Venancio González Valledor y Juan Chavarri, en el prólogo de uno de sus libros, escribieron:

(…) La química es otra de las ciencias que no sólo tiene un enlace íntimo con la física, sino que, en realidad, es sólo su continuación; puesto que la diferencia, en cuanto a su objeto, consiste en que así como la física estudia las modificaciones que afectan al modo de estar de los cuerpos, la química se ocupa de los que se refieren a su modo de ser (…)

(Vernet, 243).

Es natural que “los profesores de dichas materias [Física y Química] se consideraran como prácticamente intercambiables –aún ocurre hoy (…)– y que físicos puros fueran titulares de Química (…)” (Vernet: 243, 244). Pero no deja de haber una diferencia importante entre el ser y el estar de la cita anterior, en análogo sentido al que se refiere Whitehead para establecer las diferencias entre la Física y la Biología: la primera es el estudio de los organismos simples, la segunda, la de los complejos.

Lo cierto es que durante buena parte del siglo XIX, como decimos, la Química se estudió en organismos privados, institutos y hasta universidades conjunta y dependientemente con la Física. Abundaron en los planes de estudio decimonónicos asignaturas del tipo “física general y nociones de química”. El Instituto de Gijón significó en este sentido “una novedad y un precedente del posterior desarrollo de la enseñanza de ambas como una misma asignatura en la segunda enseñanza”. En las ordenanzas de dicha institución ya se estableció que “aunque estas ciencias se enseñen de ordinario separadamente, y se consideren como cosas distintas, se desea que el profesor reúna sus elementos en un solo cuerpo de doctrina”. No obstante, se aclara que no se debe “perder de vista el ínfimo enlace que tienen entre sí” (!) (Moreno González: 125).

En uno de los primeros libros recomendado explícitamente para la enseñanza de la Física experimental, el del francés Libes, traducido en 1821 con el título Tratado de Física, se habla de conceptos que hoy se consideran del campo de la Química, como los de cristalización o descomposición de óxidos y álcalis y las teorías de Davy y Proust (Moreno González: 213-215; Vernet: 245, 246)[12].

Moreno González (p. 281), refiriéndose a los 92 catedráticos escalafonados por antigüedad en 1847 para la nueva facultad de Filosofía, dice que estaban “formados en la universidad que venimos conociendo, donde estudiaron la Física confusamente entremezclada con la Química y a través de textos latinos, salvo los más jóvenes, que pudieron estudiar con el Libes”.

Medicina/Biología y Química

“Desde mediados del siglo XVII se enseñaba la química en Francia no como ciencia especial y universal que domina a toda la naturaleza, del modo que se considera ahora [en 1855], sino como parte de la medicina. Seguíase entonces la doctrina de Paracelso (…)” (Gil de Zárate: 72). La relación, parecida a la que ligó a la Química con la Farmacia, mantuvo igualmente una evolución semejante, incrementándose en el currículo médico el contenido de química y sus nuevas especialidades hasta el punto de existir corrientes llamadas de Medicina química y de Laboratorio, sucesoras de aquella iatroquímica paracelsiana que contaron con seguidores como Pasteur y Orfila. Muchos descubrimientos químicos tuvieron, como en Farmacia, resultados trascendentales en Medicina; así, la síntesis del ácido fénico, el éter y el cloroformo fueron parte de la “revolución de la cirugía”. Luego se comprobó que existía relación entre la composición química de un fármaco y su influencia en el organismo. Y la quimioterapia sintética con sus dos líneas, fisiopatológica y etiológica, con triunfos como la síntesis de la aspirina en 1893, acabó de revelar a los ojos de los médicos la madurez de esa disciplina que había crecido en parte bajo su protección (López Piñero, 197-199).

En España, a principios del siglo XIX la Medicina era la única ciencia que se enseñaba en una facultad mayor (la Farmacia, no), de modo que fue la principal vía de entrada a los estudios superiores universitarios de ciencias afines o subsidiarias como la Química. En 1843 concretamente, los estudios de Física, Química, Botánica, Zoología y Mineralogía figuraban en el currículo básico de Medicina, consolidándose la Física y Química médica con la reforma de Pidal de 1845 (Peset y Peset, 1992: 28-30). Antes de la ley Moyano los estudios de Medicina estaban constituidos por cuatro núcleos esenciales de asignaturas: uno de ellos lo formaban la Física, la Química y la Historia natural junto a otras afines.

Poco a poco la Química va teniendo, pues, más peso en estos estudios, dándose el mismo vuelco que en los de Farmacia. Un plan de 1843 sólo contempla Química médica en primero de Medicina (y nada de Química en los colegios prácticos); el plan Pidal, en 1845, tiene una Física y Química médicas en primero y un Análisis químico de los alimentos, bebidas, aguas, etc. en primero de Doctorado; el plan Seijas, de 1850, programaba Física y química de aplicación a las ciencias médicas en primero; Ampliación de la Química en primero de Doctorado; y Análisis química (sic) de aplicación a las ciencias médicas en segundo; el plan Moyano,de 1857, contenía Aplicación médica de la física, química y meteorología en sexto; y Química Inorgánica – Geología en primero de Doctorado y Análisis química y Química Orgánica en segundo; y el plan Orovio, de 1867, que supuso un pequeño retroceso no sólo para la Química, sino para todos estos estudios –Medicina pasó de 9 años en total a 7–, planteaba Ampliación de la física – Química general en primero, y Análisis química en el único curso de Doctorado existente (Peset y Peset, 1974: 660-664). El plan de 1884 creó en Medicina un “excelente” Doctorado en que se combinaban Historia y filosofía de la Medicina con Epidemiología, Química aplicada a las ciencias médicas y asignaturas de las principales especialidades: Neurología, Otología y Oftalmología (Peset y Peset, 1992: 44). Ya en el siglo XX la Bioquímica entra en los planes de estudio haciéndose absolutamente imprescindible en Medicina.

La química igualmente tuvo su importancia en un campo nuevo, el de la Biología. Haeckel consideraba, en su concepción de la Morfología de los organismos, que la forma era el resultado de dos factores, materia y fuerza, siendo cometido de la Química el estudio de la materia (Baratas, 1993: 54-56)[13]. El Boletín de la Institución Libre de Enseñanza recogía entre 1885 y 1886 diversos artículos sobre el nuevo rumbo que iban tomando las ciencias naturales y allí se hablaba de que la Física y la Química eran ciencias auxiliares (Baratas, 1993: 118).

La importancia que tuvo la Química concretamente en la Biología española queda patente en el capítulo IX.1 de la tesis doctoral de Baratas citada en la bibliografía (Baratas, 1992). Ahí se demuestra cómo Cajal, Del Río Hortega, Achúcarro, Simarro, Calleja, etc., dominaban las técnicas químicas de tinción e impregnación[14], fijación, coloración y otras condiciones de reacción, y ello les facilitó mucho los progresos en histología o quimiotactismo (Baratas, 1993: 347-348).

Un ejemplo concreto de los servicios de la Química a la investigación biológica lo proporciona el trabajo de Juan Negrín[15] sobre la adrenalina; el bioquímico reconoció la necesidad de conocimientos de química analítica para detectar esta sustancia, problema al que se dedicó José Sopeña (Baratas, 452, 455, 466).

Además de la Medicina, la Biología obviamente tuvo una fuerte relación simbiótica con la Bioquímica[16]. Concretamente, el Laboratorio de Fisiología general de la Junta de Ampliación de Estudios constituyó el núcleo para el nacimiento de la Bioquímica española, de gran pujanza internacional. Allí estuvieron Juan Negrín, José Sopeña, Severo Ochoa y Francisco Grande Covián (Baratas: 461-472). También en el Laboratorio de Fisiología vegetal del Jardín Botánico se hicieron muchos estudios sobre Bioquímica vegetal (Baratas: 521)[17].


NOTAS

[1] Como ejemplo, en 1761 un catedrático de Anatomía de la Universidad de Sevilla pedía la creación en esa institución de una cátedra de Química teórica y práctica y un “Elaboratorio real” para utilidades no sólo médicas (como combatir “la contagiosa enfermedad venérea que destruye casi la cuarta parte del ejército de S. M.”) sino del tipo que hoy admitimos como puramente químicas, como la fabricación de “una pólvora tan elástica y con tanto impulso que excediese con fuerza y explosión a todas las pólvoras ordinarias que se fabrican en el Reino” (Moreno González: 94-95).

[2] El Colegio de Farmacia madrileño disponía de un buen laboratorio de Química que reunió aparatos y materiales de Santiago y Sevilla y del laboratorio de la calle del Turco que había dirigido Proust. También Barcelona contaba con buenos medios en este sentido (Puerto Sarmiento: 170-171).

[3] Como profesor de Colegio de Farmacia destacó el catedrático Andrés Alcón, pero tuvo que emigrar por razones políticas (Gil de Zárate: 75). Vernet cita también como docente señalado al que fue primer catedrático del Real Colegio de Farmacia, creado en 1815, José Antonio Balcells y Camps, que consiguió “obtener el color llamado andrinópolis, cuyo secreto de fabricación hasta entonces sólo lo poseían los turcos, continuando así una línea de investigación iniciada en el siglo anterior por Juan Pablo Canals, barón de Vallroja” (Vernet: 244, 245).

[4] A pesar del “monopolio” que los farmacéuticos parecían ejercer sobre las operaciones químicas relacionadas con su campo, hubieron de permitir que los drogueros también pudieran fabricar medicamentos (Puerto Sarmiento: 156).

[5] Cada catedrático debía elaborar un libro de texto, pero Gutiérrez Bueno, el primero que ocupó la plaza, sólo pudo hacerlo a la edad de 72 años y su obra resultó obsoleta, desconociendo, por ejemplo, los nuevos elementos químicos descubiertos hacía 8 años por Davy (Gago, 137).

[6] Incluso después de la ley Moyano la farmacia sigue siendo productora de Química. Como ejemplo, Laureano Calderón de Arana, tras su exilio por protestar contra represalias a Ginés de los Ríos y González Linares, y después de haber estudiado con Marcelin Berthelot y Claude Bernard, entre otros, ganó la cátedra de Química biológica y se puede considerar el introductor en España de estos estudios (Puerto Sarmiento: 177).

[7] Se envió a muchos estudiantes a laboratorios europeos de la escuela dualista, iniciada por Lavoisier, (pero tarde: en una época en que esa filosofía empezaba a declinar). Torres Muñoz de Luna estudió con Dumas, Wurtz, Le Canu y Liebig; y Magín Bonet con Dumas, Fresenius y Berzelius (Puerto Sarmiento, 180).

[8] En este plan, concretamente, Análisis químico pasa a la Licenciatura procedente del Doctorado, y en éste se introduce Química Biológica (Puerto Sarmiento: 177).

[9] Hablamos de la Farmacia y la Química en general. Todo esto no quita que se mantuviera una fuerte dependencia de productos extranjeros, sobre todo de Francia e Inglaterra (Puerto Sarmiento: 189).

[10] Al boticario Pedro Gutiérrez Bueno se le puede considerar el principal divulgador de la Química de Lavoisier, afirma Calleja (p. 14).

[11] A título anecdótico pero quizá significativo, repárese en que algunos de ellos, a pesar de ser libros de Química, no registran esa palabra en su título. Sin embargo, como prueba de que en el último tercio de siglo se produce un vuelco, valgan los siguientes títulos de manuales de esa época: Tratado de química orgánica aplicada a la farmacia y a la medicina moderna de Bonifacio Velasco (1872), y Química orgánica aplicada a la farmacia de Baldomero Bonet (1902).

[12] Curiosamente, este autor concede a la Química un estatus de orden parecido al de la Física:

Los químicos y los geómetras se habían, para decirlo así, amparado de su dominio, y se veía así la física reducida a ocuparse en la explicación de algunos fenómenos particulares nada propios para formar un cuerpo de ciencia. Demos pues a la física sus antiguos límites sin volverla a su independencia. El físico debe colocarse entre el químico y el geómetra (…) La química ofrece también una antorcha al físico, sobre todo cuando estudia las propiedades de aquellas sustancias que habían usurpado el privilegio de simplicidad, y que su influencia sobre un grande número de fenómenos no puede parecer equívoca (…). La química moderna ha ofrecido a la física la solución de estos problemas [el de que todas los conocimientos sobre el agua, el aire, el calórico, etc., se limitaban sólo a algunas propiedades de estos “fluidos”]; desde entonces una feliz reciprocidad de servicios ha estrechado los vínculos de estas dos ciencias que en el día se glorian de tal especie de fraternidad. (Moreno González: 217).

[13] González de Linares expuso las teorías haeckelianas en cursos de la Institución pero mostrándose crítico con el punto señalado (Baratas, 1993: 54-56).

[14] Sobre todo la argéntica, que fue la más específicamente española (Baratas, 1993: 563).

[15] Gracias a Negrín (que fue presidente de la República durante la guerra civil) se renovaron las enseñanzas de Fisiología en la Facultad de Medicina al desdoblarse Fisiología humana en dos: Fisiología general y Química fisiológica. Esto era lo coherente con las tendencias imperantes en el ámbito internacional, de acuerdo con Antonio Gallego (Baratas, 1993: 461, 462).

[16] El Instituto Cajal tuvo una importante sección de bioquímica (Baratas: 395).

[17] Allí se abordaron temas de indudable sabor químico, como la tesis de Enrique García Subero, sobre acidez del suelo (Baratas, 1993: 526).

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JMG

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