Muchos elementos químicos deben su nombre a lugares geográficos. Sus descubridores quisieron inmortalizar así a su terruño o a su país en la tabla periódica. Ahí están el francio, el germanio, el polonio, el americio, el europio, el californio… Pero seguro que a ningún lugar en el mundo le cabe tanto honor como el de la aldea sueca de Ytterby, que ha dado su nombre a nada menos que cuatro elementos, el iterbio, el terbio, el erbio y el itrio y, además, ha sido el origen del descubrimiento del resto de los lantánidos más el escandio. Esta es la historia.
Ceria
Uno de los que lo hizo fue Carl Gustaf Mosander, del que podemos decir que, más que discípulo de Berzelius, fue “hijo científico” de este, ya que incluso vivió durante un tiempo bajo el mismo techo que el matrimonio Berzelius. Pues bien, Mosander fue capaz de resolver en gran manera la complejidad de los óxidos itria y ceria.
Más tarde separó de la ceria otro óxido, la didimia (nombre derivado del vocablo griego para “gemelo”), pensando que contenía el “elemento didimio”, el cual 44 años más tarde se demostró que estaba formado en realidad de dos. Efectivamente, en 1885 el barón Carl Auer Von Welsbach confirmó en su laboratorio unas sospechas espectroscópicas que habían surgido años antes: la didimia era la mezcla de dos óxidos: la praseodimia (“didimia verde”, en griego) y la neodimia
Itria
Pero sigamos con Mosander. En 1844, trabajando con la itria que se hallaba en la gadolinita, encontró que se trataba de un óxido realmente complejo. Además del propio óxido de itrio, vio que las muestras de itria naturales contenían óxido de cerio (ceria), óxido de “didimio” (didimia), óxido de lantano (lantana) y, lo más importante, dos óxidos desconocidos hasta entonces: uno amarillo al que denominó erbia y otro rosado que llamó terbia (curiosamente, los nombres de estos dos últimos fueron posteriormente intercambiados). Ni que decir tiene, ambos nombres los derivó del de la mina de Ytterby.
Más tierras raras
Pero no quedó aquí cortada la fecunda cadena de descubrimientos a la que dio lugar la piedra negra que el teniente Arrhenius halló en la mina de Ytterby. En 1879, el químico Lars Nilson encontró otro óxido en la erbia, al que denominó escandia en homenaje a Escandinavia, la península donde se halla Suecia, su país; dentro de la escandia estaba, lógicamente, el escandio.
El mismo año, el también sueco Per Theodor Cleve (que ya era famoso por haber descubierto espectroscópicamente que el “didimio” de Marignac era la mezcla de dos elementos, como corroboró el barón Von Welsbach) fue capaz de obtener de la erbia otros dos óxidos más: la holmia y la tulia. El primero contenía el holmio (que había sido identificado previamente por espectroscopía atómica); el segundo, el tulio. La palabra “holmio” viene de Estocolmo (Stockholm), la patria chica de este químico, y “tulio”, de Tule, nombre antiguo para Escandinavia.
En 1886 el mismo Lecoq de Boisbaudran obtuvo la gadolinia, un óxido del mismo gadolinio que Marignac había identificado por espectroscopía en 1880, como quedó dicho más arriba. Y el mismo año Boisbaudran fue capaz de separar de separar disprosia (óxido del que sería el nuevo elemento químico disprosio) de una muestra de holmia. (Aparte de todo esto, también descubrió, en una muestra de mineral de zinc de los Pirineos, el galio, elemento al que le puso ese nombre en honor a su país, aunque decían las malas lenguas de la época que en realidad lo hizo en honor a sí mismo, ya que su apellido, Lecoq, significa “el gallo” (gallus, en latín). Hasta tuvo que publicar un artículo para desmentirlo…).
A toda esta genealogía hay que añadir el lantánido que nos queda: el prometio, inicialmente llamado ilino (Il). Pero la narración de su descubrimiento es un tanto enrevesada…
La imagen de cabecera es de Matt Lacey en Twitter.
