La faceta más conocida de Antonio Carrasco Cides es la de historiador, pues escribió una Historia de la Villa de Ubrique bajo su nombre eclesiástico de Fray Sebastián de Ubrique. Pero pocos sabrán que también salió de su pluma una “novela” titulada Redín, aunque la firmó con el sobrenombre de Fray Ciro. Entrecomillo novela porque se trata más bien de una historia novelada.
Fray Sebastián dice en un Epílogo de esta obra (que reproduzco íntegramente más abajo por su interés) que lo que él hizo fue “ponerle el marco de la época” a “un pergamino que me encontré en la biblioteca del convento de Ubrique antes de que fuese asaltada por las turbas” (se refiere a los sucesos ocurridos antes de la Guerra Civil).

Redín es un personaje real, y su estampa quedó inmortalizada por el cuadro de Juan Andrés de Ricci que reproduzco sobre estas líneas y que se conserva en el Museo del Prado. Fray Sebastián usó la imagen para la portada de su libro. Su fisonomía ha sido descrita así:
El entrecejo fruncido como un nubarrón de tormenta, sobre su mirada dura y desafiadora; los bigotes encabritados por las puntas, el mentón audaz y provocativo, orlado de un pelillo áspero e impertinente; la cabeza revuelta e indómita, cayendo sobre el cuello; las botas altas y pesadas.
Su nombre completo era Tiburcio de Redín y Cruzat. Nació en Pamplona en 1597 en el seno de una familia ilustre. Con solo 14 años ingresó en el ejército y con 23 su arrojo lo había convertido en capitán de mar y guerra. Tenía una personalidad de la de armas tomar (nunca mejor dicho) y siempre estaba envuelto en querellas y pendencias con la justicia, saliendo habitualmente indemne gracias a su prestigio militar e influencias.
Como muestra de sus calaveradas, cuenta Fray Sebastián que D. Tiburcio, viendo frustrados sus intentos de conquista de la “condesita de Algar”, que vivía en Sevilla custodiada por un padre bien celoso de su honor, remontó con un buque –tomado a la Armada sin permiso– el río Guadalquivir desde Sanlúcar para plantarse en la Torre del Oro y amenazar con bombardear la capital hispalense.
Dicem que fue famoso por su estratagemas y su osadía guerrera, rayana habitualmente en la temeridad, aunque siempre salía con fortuna.
Pero lo más curioso es que, a sus 40 años, este personaje desaforado sintió la «llamada del Señor», se amansó y… ¡se hizo capuchino!, yéndose de misionero a Venezuela. Fray Francisco de Pamplona, que así fue conocido desde entonces, cambió como de la noche al día, aunque no podía evitar que de vez en cuando le aflorara su genio y figura. Así, una vez se remangó los hábitos y apaleó con una escoba a unos malhechores que asustaban a la dueña de una posada.
En otra ocasión, el bajel en el que se dirigía a visitar unas misiones capuchinas del norte de África se vio amenazado por un buque de guerra holandés. Al ver que el capitán del navío español no sabía cómo afrontar la situación, a Fray Francisco le hirvió la sangre, arrebató la espada al capitán (eso sí, con permiso del superior de la orden, que no veía su propia salvación sino en manos del ex militar), se puso al mando del buque y entabló combate con el holandés, venciéndolo.
Fray Francisco de Pamplona murió en La Guaira (Venezuela) con 54 años. Al parecer, en algunos círculos de aquel país goza de cierto predicamento porque, según dicen, hizo una gran labor en el impulso de las misiones de aquel lado del charco. (Soy escéptico respecto a esto, conociendo lo que fueron realmente las empresas misioneras, o al menos algunas protagonizadas por los capuchinos).

El librito Redín (176 páginas) fue publicado por capítulos entre 1940 y 1941 en la revista El Adalid Seráfico, de la que entonces Fray Sebastián era director.

Historia de la publicación
De la lectura del Epílogo se infiere que, en 1939, el general de la orden capuchina había amonestado a Fray Sebastián por tratar temas demasiado políticos en la revista oficial de la comunidad y le había pedido que “pusiera artículos preferentemente franciscanos”. No sabiendo entonces de qué escribir, el atribulado director recurrió al “pergamino” sobre el personaje Tiburcio de Redín que, según él, había encontrado en la biblioteca del convento de Ubrique, el cual adaptó y publicó por capítulos. La serie tuvo mucho éxito, lo que animó a Fray Sebastián a reunir en 1955 estos capítulos en el volumen del que estamos hablando, impreso en Sevilla en la Divina Pastora. Es conmovedor leer esta declaración de impotencia del fraile erudito ubriqueño expresada en el Epílogo:
Mi ceguera se ha agrabado [sic] en términos que no veo absolutamente nada por lo que la obra va imperfectamente corregida. Nuestros lectores se harán cargo de nuestra absoluta imposibilidad física agrabada [sic] por la congestión del lado izquierdo que me tiene en un sillón postrado sin poder moverme.
Este es el epílogo de Redín completo:



El libro del Padre Mateo de Anguiano al que se refiere Fray Sebastián y uno de cuyos ejemplares se hallaba en la biblioteca del convento de Ubrique data de 1704 y este:


En 1913, el historiador, jurista y crítico literario español Julio Puyol y Alonso escribió una biografía sobre Redín tras haber leído el libro de Mateo de Anguiano, porque, según decía, lo desagradó profundamente. Así lo declaraba en el prólogo de su Vida y aventuras de Don Tiburcio de Redín (Madrid, editorial Renacimiento):
Ha poco cayó en mis manos un mamotreto de más de cuatrocientas páginas en el que se contiene la historia de un famoso caballero llamado Don Tiburcio de Redín; pero hállase tan envuelta en digresiones inoportunas, en pedantescas ampulosidades, en citas de la Sagrada Escritura y de las mitologías griega y romana y en todo el intolerable fárrago de la erudición de Repertorio, que, más bien que una biografía, dijérase que era el Tratado de todas las cosas y otras muchas más, escrito con la intención deliberada de hacer perder la paciencia al que se hubiese propuesto su lectura. Con saber que el autor, al hablarnos de que el héroe de su obra nació en Pamplona, encuentra oportunidad para remontarse a la fundación de aquella por Pompeyo y para pedir que se cambie el nombre de la capital por el de Tiburta o Tiburtina (…). Pero, si el libro es execrable sobre toda ponderación, en cambio, la historia anecdótica del personaje, decargada de la hojarasca de que el Padre Anguiano acertó a revestirla, no deja de ofrecer interés y curiosidad.

En 1951, el capuchino Lázaro de Aspurz escribió la nueva biografía del personaje, citada por Fray Sebastián en su Epílogo: Redín, soldado y misionero. En su prólogo, Aspurz tiene la cortesía de mencionar la obrita del ubriqueño, que elogia, corroborando la noticia de que una empresa cinematográfica se interesó en rodar una película sobre Redín.

Fray Sebastián, además de la Historia de la Villa de Ubrique y de este Redín, publicó una detallada Vida del Beato Diego José de Cádiz (1926), en dos tomos y un Estudio sobre la oratoria del Beato Diego (1938).

