En 1898, la Guerra Hispano-Estadounidense marcó el fin del dominio español en Cuba, propiciado por el apoyo de Estados Unidos a los independentistas cubanos tras tres años y medio de lucha (1895-1898) y el hundimiento del barco Maine en La Habana, dicen que probablemente provocado por los propios estadounidenses para justificar su entrada en la guerra. Esta culminó en el Tratado de París, donde España renunció a Cuba, que quedó bajo tutela estadounidense. ¿Independencia? Un perfecto cambio de dueño, y con el nuevo los cubanos no compartían ni genes, ni lengua, ni tanta codicia territorial, ni tanto racismo ni tan feroz belicismo del más puro estilo anglosajón. (España renunció al mismo tiempo a Filipinas y Puerto Rico, territorios que igualmente se tragó en la práctica el bueno del Tío Sam).
En el primer trimestre de 1898, los soldados españoles destinados en Cuba vivían una situación precaria debido a varios factores. Por un lado, sufrían el desgaste propio de una guerra que ya duraba tres años. La insurgencia cubana utilizaba tácticas guerrilleras, lo que dificultaba el control del territorio y extenuaba al ejército español. Este sufría problemas de desabastecimiento (escasez de alimentos, medicinas y equipo militar adecuado). Muchos soldados padecían enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla y la disentería, que quizá causaban más bajas que los combates.
Además, estaban desmoralizados. Las largas campañas, las condiciones insalubres y la percepción de una guerra sin salida afectaban a la moral de las tropas. La lejanía de Cuba respecto a España y las dificultades logísticas para enviar refuerzos y suministros agravaban la situación. Y, por si fuera poco, la presencia creciente de Estados Unidos en el conflicto, especialmente tras el hundimiento del Maine en febrero de 1898, añadió tensión al ejército español, que se enfrentaba a la posibilidad de una guerra con una potencia superior.
Una madre ubriqueña se moviliza
En este contexto, el periódico gallego El Alcance: diario católico, noticiero, independiente, telegráfico, haciéndose eco de El Nacional, de Madrid, publicó el 18 de febrero de 1898 una curiosa noticia referida a un soldado ubriqueño en Cuba y a su madre, residente en Ubrique. Era esta:
Un drama de la guerra
Escribe El Nacional:
Entre los muchos sucesos dramáticos ocasionados por las guerras que nos han afligido es, en verdad, muy digno de compasión el siguiente.
En Ubrique, provincia de Cádiz, hay una pobre mujer que cuya profunda pena tiene conmovido a todo el pueblo.
Es madre del soldado José Tocón del Castillo, perteneciente al batallón de Córdoba, primera compañía, de servicio en Baracoa.
El joven se halla gravemente enfermo del pecho, herido de muerte por una dolencia que no le permite ni andar.
Lleva dos años en aquel país y ahora se halla en un fortín aislado, a donde llevan el alimento para la guarnición de tres en tres meses.
Allí para nada puede servir, y en cambio, su enfermedad, que es incurable, se agrava.
La infeliz madre sabe esto, conoce que va a quedarse sin su hijo, y solo desea verlo morir a su lado, triste deseo que acaso no vea realizado, aunque nada más justo que embarcar para la Península a un soldado ya inútil para siempre.
¿No podría el ministro de la Guerra hacer esa justicia tan caritativa en beneficio de una de tantas madres que han sacrificado en aras del honor nacional los más caros objetos de su vida?
La información tiene varias facetas que llaman la atención. Según el periodista, la madre sabe que su hijo va a morir, pero todo lo que desea es que muera a su lado (en Ubrique, se entiende). Parece que ha emocionado a la sociedad ubriqueña, y además ha conseguido, no se sabe con qué recursos, que un periódico editado en Madrid (El Nacional) publique su reclamación y se haga eco de ella otro periódico (El Alcance), editado en Santiago de Compostela, que pide al ministro de la Guerra que beneficie a esta madre concreta, «una de tantas madres».
¿Qué sería del soldado?
El caso es que muchos años más tarde, concretamente en 1916, el nombre de este soldado aparece en la Gaceta de Madrid (Boletín Oficial del Estado) del 14 de diciembre de ese año (número 349). Al parecer, el Primer Batallón del Regimiento de Infantería de Córdoba número 10 de Cuba debía abonarle 217,75 pesetas (unos 4500 euros actuales) en aplicación de una ley promulgada el 30 de julio de 1904 (Gaceta 260/1904).
El objetivo de la ley era atender «las obligaciones que se hallen pendientes de pago y de reconocimiento y liquidación procedentes de Cuba, Puerto Rico y Filipinas». Estas obligaciones eran de diversos tipos, como haberes personales por razón de sueldo de soldados, clases, oficiales, jefes y generales del Ejército y de la Armada y empleados civiles, haberes pasivos y fianzas y depósitos de Cuba y Puerto Rico, imposiciones de las Cajas de Manila y otras. Podían cobrarlas «los propios interesados (acreedores directos) o sus herederos legítimos (…) o representantes que acrediten en forma legal esta representación». Así que el hecho de que el Estado reconociera una deuda con José Tocón del Castillo en 1916 (¡12 años después de promulgarse la ley!) no es una prueba de que en esa fecha estuviera vivo, ya que sus allegados también podían cobrarla.
En 1919 el Estado decidió abonarle otras 19,25 pesetas, quizá por reclamación del interesado o de sus familiares (Gaceta 243/31 de agosto de 2019). Efectivamente, el artículo 15 de una Instrucción del 15 de septiembre de 1904 contemplaba que «cuando la Junta [clasificadora de las obligaciones procedentes de Ultramar del Ministerio de Hacienda] acuerde la revisión de un expediente, lo comunicará al interesado, para que en el término de quince días, o en el más amplio que se le señale si se considera oportuno, alegue cuanto estime necesario en apoyo de su derecho».
Tres ubriqueños y tres circunstancias muy diferentes
Así que tenemos a un ubriqueño que luchó en Cuba para evitar la independencia de ese país.
Pero también conocemos el nombre de otro ubriqueño, Benigno Zamora, cuyo padre (que llegó a ser alcalde del pueblo) pidió a María Cristina, la Reina regente, que dispensara a su hijo de ir a servir a Cuba en 1896 por estar estudiando la carrera de Derecho, o al menos que fuera enviado a Filipinas, donde podría estudiar en la Universidad de Manila.
Y finalmente tenemos a otro ubriqueño, José Carrasco (cuyo hermano fue muy famoso) que fue condenado a cadena perpetua por filibustero, es decir, partidario de la emancipación de Cuba.
De estos dos últimos he hablado con detalle aquí:

