En 1906, cuando se hacían unas obras de ampliación en el molino del Picapedrero, de Villamartín (instalación situada a las afueras de la localidad y que posteriormente se convirtió en fábrica de la luz, hoy en ruinas), se hallaron indicios de la existencia de petróleo en el subsuelo. La revista Vida Marítima lo explicaba así el 20 de diciembre de 1910:
Queriendo aumentar la sección de desagüe de una fábrica a orillas del Guadalete, encontraron una gran piedra caliza que inútilmente trataron de remover y que, rota a mazaos, resultó ser una caliza cavernosa con sus oquedades rellenas de ozognerita [sic, por ozoquerita] y con olor acentuado a petróleo. Con estos registros y otros varios hechos por los alrededores se constituyó la “Sociedad Petrolífera de Vilalmartín”, que comenzó sus trabajos en 1907. El terreno atravesado está constituido por margas oscuras azuladas con fuerte olor a petróleo; existe un pozo con poca agua en cuya superficie sobrenada un líquido graso combustible. En infinidad de lugares distintos se han hecho calicatas que denuncian la vecindad del petróleo y en algunas hubo desprendimientos gaseosos que hicieron marcar al manómetro 6 atmósferas al taponar el taladro. Posteriormente se ha llegado con estos sondeos a 120 metros y se han cortado tres capas: la primera, de 80 a 94 metros; la segunda, de los 98 a 105, y la tercera, de los 114 a los 120 metros.
Tres décadas más tarde aún no se habían apagado los ecos de aquel descubrimiento, como lo demuestra un reportaje que, bajo el título ¡Petróleo!, publicó la revista Estampa el 18 de julio de 1936 (¡bonito día para publicar algo!); en él se leía:
Los dueños del terreno efectuaron trabajos y obtuvieron muestras que, analizadas, dieron un resultado concluyente. habían encontrado petróleo lampante, tan rico, que hubo una peregrinación de incrédulos que acudieron a visitar los sondeos, llevándose muestras y llenando inclusive el tanque de sus automóviles.
(Pocos automóviles habría en Villamartín en 1906.)
El periódico madrileño El Liberal daba el 9 de enero de 1908 halagüeñas perspectivas sobre el descubrimiento e informaba de que se había constituido una sociedad para explotar los yacimientos:
Isidoro de la Cierva y Pañafiel, el presidente de aquella Sociedad Petrolífera de Villamartín, fue un abogado y político murciano que llegó a ser ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Era hermano de Juan de la Cierva, también político (ministro de múltiples carteras con Alfonso XIII y Primo de Rivera) e ingeniero (inventor del autogiro, ingenio precursor del helicóptero).
Después se inició una historia de esperanzas y decepciones, de inversiones por parte de varias compañías –también probó fortuna la Villamartín Petroleum Company– y de abandonos o quiebras, que cuenta extraordinariamente bien el historiador de Villamartín Juan José Gómez Vidal, prolífico y riguroso cronista del pasado de su pueblo, en su libro La otra Pennsylvania: las minas de petróleo de Villamartín 1906-1914, premio del XIV Concurso Histórico-Literario Castillo de Matrera (ex aequo con el ubriqueño Alejandro Pérez Ordóñez). A esa fuente, que el autor ha puesto generosamente a disposición pública, es a la que debe acudir todo le que quiera saber lo que fue la epopeya del petróleo de Villamartín. De todos modos, aquí voy a seguir dándoles unas pinceladas tomadas de la prensa de la época.
El mencionado artículo de Estampa proseguía así.
Se fundó una sociedad, la Compañía Petrolífera de Villamartín, que a diversas profundidades hizo explorar el terreno, encontrándose petróleo líquido y margas impregnadas a diferentes profundidades. Los medios de extracción fueron, sin embargo, rudimentarios, y la sonda no se llevó más allá de los 137 metros de profundidad. Hay que tener en cuenta que se calcula que las bolsas de petróleo de aquella región deben hallarse a unos quinientos metros. Otro ingeniero inglés logró encontrar en 1913 algunos yacimientos copiosos, descubriendo petróleo líquido, muy puro y con bastantes rendimientos, al llegar a los ciento cuarenta metros de profundidad. La guerra puso fin a sus trabajos.
Después de la contienda se reavivaron los ánimos de encontrar oro negro en Villamartín y empezó a sondearse de nuevo, pero, según Estampa, una tragedia los interrumpió otra vez.
Al señor Mac Donald sucedió en 1924 otro ingeniero inglés, Míster Batle, que continuó los trabajos sobre el antiguo pozo de la Compañía Petrolífera. En el curso de ellos surgió una fuerte emanación de gases que costó la vida a un obrero, José Salas, que trabajaba en un pozo excavado a diez metros. Míster Batle se arrojó heroicamente para salvarle, y él mismo hubiera perdido la vida sin el auxilio del guarda de la finca. El episodio puso fin al intento de explotación.
Hablan los especialistas
Muchos expertos estudiaron el asunto, entre ellos el prestigioso ingeniero Juan Gavala y Laborde. Otro ingeniero (de Caminos), José Mesa y Ramos,autor de un libro llamado Pozos artesianos, explicaba lo siguiente sobre el petróleo villamartinense en un artículo publicado por el diario El Imparcial el 9 de diciembre de 1926 bajo el titula Investigación de yacimientos petrolíferos – Estado actual del problema:
En Villamartín (Cádiz) hace algunos años se realizaron, por empresas particulares, varios sondeos de los que el más profundo excedía poco de los cien metros, dando algunos tres niveles petrolíferos en una pequeña profundidad y proporcionando un caudal que llegó a elevarse a 150 litros diarios; el petróleo obtenido, del que hay muestras en la Jefatura de Minas, y que he visto, es de baja densidad, muy inflamable y de color amarillento. En uno de los pozos saltó el petróleo a 80 centímetros por encima del suelo.
Dificultades económicas desanimaron a los interesados en este negocio, y se suspendieron los trabajos de investigación.
El Instituto Geológico dispuso que se practicase un sondeo junto al puente de la carretera de Jerez a Villamartín, sobre el río Guadalete, llegando a 377 metros de profundidad sin conseguir ningún resultado, por lo que suspendió también sus trabajos.
Siete años más tarde, otro ingeniero, de apellido Dadín, caracterizaba así en El Sol (28/5/1933) los hidrocarburos de Villamartín y de otros pueblos próximos (cita a Conil porque allí fue donde se declaró la “fiebre del petróleo andaluz” en 1894):
Los petróleos de Conil son de color moreno rojizo claro, casi inodoros y ligeros (d. = 0.83). Los de Villamartín, muy filtrados, son amarillentos claros, muy ligeros (d. = 0,80), algo parafinosos, destilando más del 25 por 100 entre 105º y 110º, de 0,73 de densidad, y más del 50 por 100 entre 150º y 300º.
El caso es que las prospecciones no acababan de dar los resultados apetecidos. Una nueva sociedad también acabó desistiendo, según se lee en la Gaceta de los caminos de hierro del 1 de marzo de 1923: “la Sociedad Anónima Petrolífera de Pambanco empezó sus sondeos en 1913 en el término de Villamartín (Cádiz), de los cuales apenas si existen noticias y cuya sociedad ha desparecido”.
La revista especializada norteamericana Oil Weekly se interesó en 1924 por los petróleos españoles, informando de que en Villamartín se había profundizado hasta los 300 metros, pero opinaba que no se encontraba nada porque las búsquedas se estaban efectuando “al azar y sin método alguno técnico o geológico”, afirmación esta y otras que el periódico Madrid Científico (número 1119, 1924) consideró “insidiosas”.
La Industria Nacional del 28 de febrero de 1923, más optimista, nos informaba de que al menos a alguien le había sido útil el petróleo:
[En Villamartín] se hicieron varios sondeos, encontrándose tres capas de arena petrolífera a las profundidades de 88, 98 y 110 metros, habiéndose llegado hasta los 221 metros. En uno de estos sondeos se encontró petróleo en alguna cantidad, y si bien no se organizó la explotación del pozo, el aceite se empleaba por el propietario de un molino harinero próximo para engrasar la maquinaria.
La esperanza es lo último que se pierde
Sin embargo, en España, país milagrero por excelencia, la esperanza no decaía. El diario La Época, observando que el petróleo iba ganando terreno a pasos acelerados al carbón mineral e intuyendo (como todo el mundo por aquellos tiempos) que el oro negro iba a adquirir una importancia estratégica sin precedentes, se preguntaba esperanzado: “¿Qué problema no se resolvería para España si se pusieran en explotación los yacimientos que existen?” . El 5 de agosto de 1922 informaba así sobre el petróleo de Villamartín:
Por los sondeos que, principalmente en Villamartín, se han venido haciendo, y por el petróleo recogido, se adquirió la certeza de la existencia de cantidades importantes de este líquido.
La opinión de los especialistas que han estudiado la zona no deja lugar a duda; todos comprobaron la existencia de características propias de los terrenos petrolíferos, que, unidas al descubrimiento de la ozoquerita y del petróleo extraído, dan motivo a esperar, fundadamente, un espléndido porvenir para las citadas regiones.
El ingeniero Mr. Marshall, que presenció los primeros trabajos hechos en Villamartín y comprobó la calidad del petróleo recogido, supone que la cantidad de este líquido acumulada en la cuenca debe ser considerable.
No solo Mr. Marshall, sino otros muchos opinaban que había que continuar. El ingeniero de Caminos José Mesa y Ramos, mencionado mas arriba, criticaba en 1926 que el Estado estuviera haciendo muchos esfuerzos en el Norte de España para encontrar petróleo y sin embargo hubiera abandonado el Sur, donde era más probable hallarlo:
Sin perjuicio de seguir los trabajos en el Norte de nuestra nación, creo que deberían reanudarse los de la provincia de Cádiz, donde los resultados obtenidos hacen concebir tan halagüeñas esperanzas como en aquella región, teniendo a su favor: la menor profundidad alcanzada por los pozos, más fáciles de perforar los terrenos, mayor la cantidad de petróleo obtenida y mejor su calidad, por ser mucho más ligero.
Si hay razón para continuar la perforación de Robredo Ahedo [Burgos], donde a la profundidad de 714 metros se han encontrado 50 litros de petróleo, con mayor razón debería continuarse la perforación en el pozo número 1 de Villamartín (Cádiz), donde a 94 metros de profundidad se obtuvieron 80 litros, y en el pozo número 5, que a 137 metros de profundidad proporcionó hasta 150 litros de petróleo en 24 horas, saltando el líquido por su propio impulso sobre la superficie del suelo.
José Aracena, el periodista que firmaba el artículo de Estampa de 1936 que he citado varias veces, terminaba su crónica dando esta fe:
Pero yo he visto petróleo [en Villamartín]. En la fábrica de harinas de D. Francisco Romero, dueño del antiguo Molino del Picapedrero y de los terrenos done se hicieron los primeros trabajos de exploración, nos dieron una guía cierta. Vadeamos el arroyo de Sarracín, pasamos el Guadalete, hasta llegar a la actual fábrica de electricidad, donde antes estaba el viejo Molino. Aún se conserva el caballete de la maquinaria que instaló don Bernardo Ríos. Llegamos a un punto donde se eleva el brocal de ladrillos, cerrado por una tapia de hierro. Uno de los pozos que abrió míster Mac Donald. En el fondo hay petróleo. La sonda sube a la superficie un líquido de color ambarino que arde con azules llamaradas. Este pozo se llama Pensilvania.
¿Por qué no se explota el petróleo en España?
Un personaje inesperado entra en la escena en 1918 y quiere tomar vela en el entierro
Ya se sabe que, a río revuelto, ganancia de pescadores. Y como en todo río revuelto suele haber un político (o bien se encarga un político de revolver el río para pescar algo), en esta historia no podía faltar uno, y muy importante por cierto. Se trata nada menos de alguien que llegó a ser presidente del gobierno español en la República, aunque en la época en la que nos vamos a situar, 1918, solo era postulante al frente del Partido Republicano Radical, fundado por él mismo. Hablo, cómo no, del cordobés Alejandro Lerroux García.
Aquel año parece ser que se había reactivado la búsqueda de petróleo en Villamartín, a juzgar por este lacónico suelto aparecido en La Época el:22 de mayo: “Continúan siendo denunciadas minas de petróleo en el término de Villamartín y otros pueblos de la provincia”.
Pues bien, el corresponsal de El Imparcial en Sevilla, José Andrés Vázquez, periodista que contribuyó a sentar las bases del andalucismo histórico, publicó el 23 de junio de ese año una crónica cargada de ironía en la que comenzaba recordando que
(…) en los principios del año actual, cuando todo aspirante a padre de la patria andaba buscando acomodo por esos distritos electorales de Dios, apareció [por Sevilla] D. Alejandro para recomendar candidaturas amigas y ya se dijo que también venía a recomendarse a sí propio.
El periodista hacía hacía constar su sorpresa por estas visitas cada vez más frecuentes de un político que, según afirmaba aquel, “niega personalidad tradicional a Andalucía” al “no considerarla como región natural”, “despachándose a su gusto en los juicios acerca de los regionalistas, de la política y los políticos de por aquí”.
Finalmente, el columnista aseguraba que Lerroux
ha levantado el velo del secreto de sus andanzas por tierra llana, manifestando que viene y va con tanta frecuencia persiguiendo un negocio que, caso de realizarse, tendría interés nacional.
En el Gobierno civil han aclarado más las anteriores manifestaciones: se trata de que el Sr. Lerroux organiza los medios de beneficiar unos yacimientos petrolíferos descubiertos en Villamartín.
El corresponsal Vázquez daba seguidamente estos consejos al futuro padre de la patria:
Como es natural, la gente se ha quedado estupefacta, sobre todo la gente que tiene quinqué. pero yo, que utilizo la luz eléctrica, no creo en el petróleo de Villamartín y lamento que el Sr. Lerroux pierda su tiempo, y tal vez su dinero, en la explotación del que cree negocio nacional. Cierto amigo mío, buscador de minas, sintió olor a petróleo al calar ciertas tierras del término de dicho pueblo, se entusiasmó creyendo haber hallado una riqueza, y lo que hizo fue gastarse un capital en exploraciones. En vano se le quiso disuadir de su propósito. Alguien le aseguró que si aquellas tierras olían a petróleo era por haber limpiado sobre ellas los quinqués cierta caravana nómada acampada allí, logrando impregnar la arcilla hasta darle el aspecto de esquisto bituminoso.
Mi amigo no se dio por convencido y logró por su tenacidad obtener cosa así como ocho litros de aceite mineral que encerró en un lujoso barrilito sobre el cual escribió: “Obtener este petróleo me ha costado 50.000 pesetas”. Aún lo conserva como recuerdo del fracaso petrolífero.
Con este testimonio invitamos a la reflexión al Sr. Lerroux. No sea usted tan crédulo, ilustre D. Alejandro; en Villamartín no hay petróleo y es inútil, por desgracia, pensar en abastecer a España del precioso combustible que tanto necesita para sus quinqués y sus automotores. Yo le ruego que así como no cree usted en Andalucía como región natural deje usted de creer en el petróleo andaluz y busque usted otro pretexto para justificar sus frecuentes andanzas por la tierra llana. A mis amigos Diego Martínez Barrios y Calixto Ramos, que ejercen un supremo ascendiente sobre Lerroux, les estimaría yo si me ayudasen a convencerle de que en Villamartín no hay petróleo.
El artículo terminaba así:
Confidencia: Ya habrá comprendido el lector que mis propósitos de disuadir a D. Alejandro de su plan petrolífero encierran un alto interés revolucionario. En Villamartín puede que haya el codiciado aceite, pero calculen ustedes el enorme peligro que nos amenaza si Lerroux lo encuentra y queda en posesión exclusiva de todo el petróleo nacional.
La revolución petrolera sería cosa de veinticuatro horas.
La supuesta causa del menudeo de los viajes de Lerroux a Andalucía ya la había adelantado el diario El Sol el 15 de junio de 1918:
Sorprendió tanto la información que varios periódicos se hicieron eco y algunos columnistas sacaron punta cómico-política al asunto. Así, en La Nación del 27 de junio de 1918 podemos leer estas frases jocosas sobre Lerroux, su secretario (Antonio Aguirre Metaca) y el petróleo de Villamartín dentro del articulo El caudillo y el tubo, firmado por Julio Romano (seudónimo del novelista, historiador y periodista granadino Hipólito González y Rodríguez de la Peña):
Alejandro Lerroux va a explotar unos yacimientos petrolíferos en Villamartín. La noticia, monda y escueta, ha corrido por los periódicos y ha llenado de terror a las gentes de orden.
Alguien ha entresacado de un viejo libro del caudillo, titulado “De la lucha”, uno de sus más virulentos artículos, en el cual Lerroux pedía a sus amigos que incendiaran los conventos y los registros de la propiedad.
—Lerroux –dicen los más asustadizos– tiene ahora petróleo; solo le falta la torcida [la mecha].
—Le torcida es el partido radical.
—¿Y el tubo? [del petardo]
—El tubo es Aguirre Metaca
Es legítima y justificada la inquietud de los monárquicos ante el anuncio de que Lerroux va a explotar una mina de petróleo. El caudillo republicano es peligroso y sus huestes están compuestas por hombres capaces de las mayores audacias. […]Lerroux almacenará un litro o dos de ese combustible –lo suficiente para que adra España– y el restante líquido lo venderá a los franceses, si estos lo pagan bien […] La policía, si quiere evitar que España se convierta en una hoguera debe ejercer una dura vigilancia de cerca de este hombre tenebrosos. Vigílese el hotel de Lerroux. No sería extraño que, al amparo de una noche oscura, saliera del hotel un hombre gordo cargado con un bidón: es Aguirre Metaca.
2. Arcos, Grazalema y Bornos
En 1904, es decir, dos años antes de que se encontrara petróleo en Villamartín, parece ser que hallaron indicios de oro negro en el término de Arcos –“en una mina de azufre desportillada y cegada por el agua”, según escribió en ABC muchos años más tarde el escritor arcense José de las Cuevas–. Pero el descubrimiento no tuvo tanta repercusión como el villamartinense, probablemente por cuestiones de escasa calidad o cantidad. No obstante, Arcos perseveró en su afanosa búsqueda de la riqueza fácil y en 1909 nos encontramos formada una sociedad explotadora cuyos socios seguramente tenían muchas esperanzas de hacerse millonarios en poco tiempo. Al respecto, el Diario de Cádiz del 5 de julio de 1909 decía:
Anoche, en el Hotel Continental, tuvo lugar la junta general de accionistas de la sociedad «Petróleos de Arcos». En la misma quedó aprobada la inclusión de nuevos accionistas ingleses que están interesados en la explotación de las minas. Estos nuevos accionistas procederán de inmediato a comprobar la cantidad de petróleo que existe en el subsuelo. Estas minas de petróleo se encuentran en la zona de Arcos, Bornos y Villamartín y existen sobre ellas las mejores impresiones.
La revista Vida Marítima del 20 de diciembre de 1910 explicaba de este modo tan erudito de la existencia de petróleo en la zona:
Con sonda de brazo se han hecho otras investigaciones en Arcos, Bornos y otros puntos, investigaciones de escasa profundidad, pero que han llegado a cortar las arenas petrolíferas, las margas con olor a petróleo y las zonas de desprendimientos gaseosos.
Todos los geólogos están conformes en que en esta región el levantamiento eruptivo vino acompañado de diversos principios mineralizadores que determinaron la transformación de las calizas en dolomías y yesos, el abigarramiento de las margas,,el depósito de considerables cantidades de azufre y sal, la aparición de aguas sulfurosas y la formación de carburos metálicos, que más tarde la humedad transformó en hidrocarburos bajo la acción de presiones considerables.
Pero, por lo que leemos en un número de la misma revista de 1913 (30 de agosto), las circunstancias no habían sido propicias para la continuación de aquellas iniciativas:
La producción petrolera española puede decirse que está en mantillas. Referencias publicadas hace tres años por un distinguido oficial de Marina, el Sr. Quijano, nos dicen que donde más abunda es en la parte S. W. de la península, trabajándose en algunos sitios, como Villamartín. En otros, como en Arcos, los trabajos empezados por una poderosa Compañía inglesa tuvieron que suspenderse por los temores que en el capital produjo la inestabilidad política española de 1909.
No obstante, como probablemente el tentador olorcillo del petróleo seguía preñando la atmósfera de los salones donde se reunía el elemento emprendedor arcense para hacer sus especulaciones mercantiles, se siguió apostando por perforar agujeros que condujeran hasta las soñadas profundidades donde el oro negro sin duda descansaría con un sueño tan profundo como el de aquel genio de la lámpara que esperaba que alguien lo liberase para concederle todos sus deseos. Al parecer, las autoridades Incluso allanaron dificultades para favorecer esta empresa. En 1928, la Revista Ilustrada de Vías Férreas (10 de octubre) informaba de que:
Se ha dispuesto que quede exceptuada de las formalidades de subasta y se adjudique mediante concurso público la contratación de ejecución de un sondeo para investigar petróleo en el término de Arcos de la Frontera (Cádiz), próximo al molino de la Gredera, en el lugar designado por el Instituto Geológico y Minero de España en su informe del 16 de febrero último.
Y si al capital le flaqueaba la fe, los científicos alimentar las esperanzas. Según la revista Estampa del 18 de julio de 1936:
Un notable ingeniero ingeniero de minas, el señor Victor Petit, que dirigía antes de la guerra las explotaciones de nafta de Galtzia [entre Polonia y Ucrania], afirmaba en 1911: “Por la composición de las capas, Arcos presenta un interés del más vivo, porque debajo de estas capas se han encontrado en Galitzia masas enormes de petróleo. Esto justamente puede repetirse en Arcos”.
Por lo visto, este ingeniero redactó un informe sobre el supuesto petróleo arcense que terminaba así:
Ya en 1933, después de tres décadas de intentonas fracasadas, el ingeniero Dadín echaba desde El Sol (28 de mayo) este jarro de agua fría:
La tectónica regional [del Sur de España] es poco conocida; parece, sin embargo, que el Triásico se presenta en núcleos de perforación que atraviesan toda la serie sedimentaria. Las arcillas y las dolomías del Triásico son seguramente las rocas madres de los petróleos de esa zona. Las perforaciones hechas en Lebrija, Arcos, Chiclana, Conil y Villamartín no han dado cantidades explotables de gas ni de petróleo. […]
Y agregaba esta interesante información que a nosotros nos animó a dejar Arcos para seguir la pista histórica del petróleo por otros lares:
Cerca de Ronda se han encontrado margas bituminosas jurásicas en la serranía, y también en la sierra del Pinar, cerca de Grazalema.
En Grazalema
Como decía Dadín, en Grazalema habían encontrado materiales bituminosos. Pero para la gente eso era petróleo, o al menos indicio cierto de tal cosa.
Al “petróleo” de Grazalema le consagró buena parte el reportaje de Estampa que he citado. Dicho artículo está dedicado en su mayor parte al petróleo de Villamartín, pero el objeto inicial de interés de los periodistas que vinieron a visitar la Sierra era otro bien diferente: se interesaban nada menos que por unos rumores que les habían llegado sobre la supuesta existencia de ¡un volcán en Grazalema! Como lo oyen y pueden leer:
Antes de seguir con el “volcán” y el “petróleo” de Grazalema, permítasenos la digresión de contar algunas andanzas de los plumillas de Estampa por la Sierra de Cádiz, que son jugosas. Cuando se dirigían en su auto por la carretera Jerez-Ronda hacia su destino informativo, al llegar a las proximidades de Villamartín tuvieron que detenerse porque el puente sobre el Guadalete estaba roto. El estropicio lo había causado uno de los terremotos que entre abril y mayo de ese año de 1936 habían sacudido la comarca. (No es descartable que estos seísmos los produjera la propagación por el subsuelo de los recios zapatazos que en aquellos días de mediados de 1936 daban algunos militares levantiscos cuando se cuadraban ante aquel hombrecillo que desde Canarias planeaba atentar contra la Ley y soñaba con proclamarse Caudillo de España por la Gracia de Dios aunque fuera pasando por encima de un millón de cadáveres.)
Tratando de vadear el río, los reporteros estaban a punto de meterse en un berenjenal acuático cuando sale un obrero de Villamartín de no se sabe dónde, se hace con el volante del auto y consigue sacarlos del atolladero, reclamando amablemente dos pesetas por el servicio prestado, propina que los plumillas le entregan no de muy buen grado. Finalmente consiguen llegar a Villamartín, donde preguntan a la gente por el volcán de Grazalema. Pero nadie sabe mucho del asunto.
–De haber algo –le sugiere alguien– debe de estar por la Sierra del Pinar.
Indagan también en El Bosque, Ubrique y Vilaluenga, pero en ninguno de esos lugares saben darles noticias ciertas, excepto que se han producido “misteriosos fenómenos” allá por Grazalema. Cuando llegan a la postre al pueblo encuentran un barrio bastante dañado por los terremotos. José Aracena, el periodista que firma el artículo, conjetura, entonces, que un fenómeno relacionado con los seísmos es precisamente el origen del mito del volcán:
De aquella “visión apocalíptica” cree el reportero Aracena que surgió la leyenda del volcán. Pero lo que más le escama es que en otros sitios de la Sierra de Cádiz y la Serranía de Ronda “la gente aseguraba que habían aparecido cráteres llameantes, verdaderos volcanes”. Para colmo, el guía que los acompaña lo sorprende con un nuevo misterio: le dice que los pastores y rancheros de la Sierra se están valiendo últimamente de unas “piedras de fuego” para calentar sus chozos y guisar en sus cocinas, Estas piedras, y a veces simples pellas de barro, las arrancan a flor de tierra en el campo y arden con bonita llama azulada.
Probablemente el periodista se rascó el cogote antes de exclamar: “¿¡petróleo!?”. El guía le contestó muy serio: sí, señor, petróleo, y lo condujo a presencia de D. Ramón Villalobos, “un viejecito pulcro, atildado y amable que, retirado de los negocios, gasta su tiempo y sus rentas sin otro entretenimiento que una partida de tresillo y el recuerdo de los buenos tiempos de Grazalema”. Este demostró saber bastante del tema:
(El prestigioso ingeniero de minas Juan Gavala y Laborde, natural de Lebrija, publicó sus investigaciones el mismo año de 1916 en un artículo titulado Regiones petrolíferas de Andalucía que apareció en el Boletín del Instituto Geológico y Minero de España (XXXVII, pp. 3-143).)
Según D. Ramón, los análisis revelaban que las muestras superficiales tenían un 10% de petróleo y las extraídas a dos o tres metros de profundidad, hasta un 14%. Y seguía explicando:
Uno de los sitios donde los pastores cogían esas “piedras de fuego” se halla en una finca situada cerca del Puerto del Boyar. Allí se encuentra un afloramiento muy peculiar que se exploró en busca de petróleo hace un siglo. Quienes visitan el lugar dan fe del intenso olor a gas que impregna el aire situado encima del afloramiento, hasta tal punto que aturde.
Pablo Moreno Jiménez, geólogo de Ubrique, nos da esta explicación técnica sobre lo que cree que hay allí (deducido de una inspección visual superficial):
Las rocas que contienen «petróleo» parecen a simple vista margas negras susceptibles de lajarse (y de ahí quizá lo de llamarlas “pizarras”). Estos niveles decimétricos de margas se encuentran intercalados con calizas también negras, aunque también pudieran ser calizas con nódulos de sílex negro, y todo su conjunto presenta una estratificación subvertical, por lo que a simple vista no podemos conocer la envergadura de esta curiosa formación que en superficie puede tener unos 50 metros cuadrados.
Al oeste y a no más de 4 kilómetros, en un paraje conocido como Los Barrancos, se encuentra otro afloramiento semejante.
Los propietarios actuales de la finca confirman que antiguamente los pastores tomaban trozos de aquella roca y la hacían arder para calentarse, si bien hoy día no parece fácil prenderles fuego. Dicen que es que hay que cavar un poco para encontrar rocas inflamables. Y cuentan que hace unos 60 años los entonces dueños hicieron otro intento de buscar petróleo.
En un libro titulado Guía Naturalista de la Sierra de Cádiz, escrito por Carlos Bell, se recoge que un tal Espasa, en el siglo XIX, adjudicaba un “yacimiento de petróleo” a Grazalema, sobrevalorando su cantidad y su calidad. Al parecer, eso motivó uno de los primeros intentos de explotación de petróleo en Andalucía Occidental en 1860 y la posterior búsqueda del preciado recurso en zonas próximas.
Nueva vuelta de sonda en 1956
El 17 de marzo de 1956 el periódico ABC de Sevilla informaba de que se había instalado una torre de sondeo de petróleo en la sierra del Calvario, muy cerca de Bornos, alcanzando aquella una altura de 40 metros. El 14 de abril José de las Cuevas se hacía eco de estas nuevas investigaciones en su columna Al paso, publicada en el mismo periódico. Empezaba así:
El gran escritor de Arcos, en su delicioso artículo, comentaba muy acertadamente que “en estas tierras ha existido siempre el fantasma del petróleo como tenemos ¡ay! el fantasma del ferrocarril” y mencionaba por encima algunos intentos que se habían hecho por arrancar a la Sierra ese precioso fruto mineral. Decía que él había visto el petróleo de Villamartín embotellado y que alguna gente de Arcos llegó a alumbrarse con petróleo de El Guijo. Aseguraba que todo el mundo había conocido técnicos extranjeros –cómo no, en un país como el nuestro científicamente analfabeto desde hace muchos siglos–, sobre todo alemanes, “que husmeaban la tierra para confesar que la gran bolsa de petróleo estaba debajo del Estrecho”.
¿Tendremos, pues, petróleo en Bornos?, se preguntaba finalmente D. José. Pues no, no lo tuvieron.
De las Cuevas terminaba con esta reflexión filosófica:
De todas maneras, bueno es saber que, con petróleo o sin él, no cambiaremos mucho. Andalucía está acorazada a los milagros modernos, quizá por su aferramiento secular a los problemas trascendentales y decisivos.
¿“Acorazados” ante los milagros? ¡Pero si creemos y esperamos el milagro continuamente, ya sea el del petróleo, el de los juegos de azar (las quinielas, la bonoloto, los cupones…), un milagro que nos haga aprobar unas oposiciones, o el de que nuestro equipo marque siete goles en campo contrario para mantener la categoría…! O el milagro del turismo.
Claro que creemos en el milagro. No somos conscientes –o no nos interesa serlo– de que lo que consiguen los juegos de azar es trasvasar pequeñas cantidades de dinero de todos y cada uno de nosotros a un grupo muy reducido de personas, es decir, a los que ganan. Si los no afortunados sumaran lo que han invertido a lo largo de su vida en hacer ricos a otros, se darían cuenta de que la lotería realmente les habría tocado si jamás hubieran jugado una sola peseta. Pero cada uno de nosotros, en su fuero interno, cree en el milagro de ser algún día uno de los felices ganadores. Para ello, si hace falta lo imploramos a la Virgen de la Macarena, que creemos que está de guardia las veinticuatro horas del día para no perder detalle de nuestros deseos (los nuestros, no los de los otros, ya que tiene que haber mucha gente que pierda para que nosotros ganemos) y estar atenta a manipular los resortes adecuados para que del bombo salga precisamente nuestra bolita.
Leyendo con retrospectiva los documentos de que me he valido para escribir este artículo me ha hecho gracia saber que algunos de nuestros antepasados creyeron en el milagro del petróleo. Pero quizá a nuestros descendientes les haga gracia saber que muchos de nosotros creyeron en el milagro del turismo. No hay político que deje de confiar en que el milagro del turismo despejará el porvenir de su pueblo, en que algún día a la gente de allende nuestras sierras se le caerá la máscara de la cara y se dará cuenta de lo que se están perdiendo al no venir a veranear a nuestros pueblos, y entonces lo harán en masa, y llenarán nuestros escasos hoteles y nuestras casas rurales, y se dejarán por aquí un reguero de euros, todo lo que ahorraron durante el año…
Tanto sueño de la lechera nos impide aguzar el ingenio y ponernos a fundar empresas e industrias (también turísticas, por supuesto, y petroleras si la ciencia –no la creencia en lo sobrenatural– lo aconseja), medios seguros de ganar nuestro pan, aunque sea el preciso. En todo caso, ese sería el milagro.