jueves, 29 enero 2026

Descripción de las ruinas de Ocur en 1809 por Simón de Rojas Clemente

El erudito se basó en un manuscrito del excavador del yacimiento, Juan Vicente Vegazo Montes de Oca

Lo más visto últimamente

El descubrimiento de la ciudad romana de Ocur lo hizo en 1792 Juan Vicente Vegazo Montes de Oca. Este narró el desarrollo de sus excavaciones en un manuscrito que hoy está perdido, pero Fray Sebastián de Ubrique nos trasladó muy probablemente la mayor parte del mismo (como aquí quiero demostrar) en su Historia de la Villa de Ubrique (1944). Mucho antes (1809) lo extractó el botánico valenciano Simón de Rojas Clemente Rubio en las páginas de un diario de viaje que estaba llevando con el objeto de redactar una Historia Natural del Reino de Granada. Con casi toda seguridad, Clemente conoció al propio Vegazo, quien le facilitaría información.


1. Simón de Rojas Clemente Rubio

Los «Papeles» perdidos de Juan Vegazo

Como se sabe, el descubridor de la ciudad romana llamada Ocur, próxima a Ubrique, a finales del siglo XVIII, se llamaba Juan Vicente Vegazo (la mayoría de las fuentes lo llaman simplemente Juan Vegazo). Aquí quiero aportar otro dato: su nombre completo era Juan Vicente Vegazo Montes de Oca.

Este escribió, probablemente en 1795, un documento en el que contó el desarrollo de los hallazgos hasta ese año. A principios del siglo XX el manuscrito (o una copia) estaba en poder de Juan Pérez de Guzmán y Boza, segundo duque de T’Serclaes de Tilly, que fue un escritor, político e historiador apasionado por la bibliofilia, afición que compartía con su hermano gemelo Manuel, marqués de Jerez de los Caballeros. Los Pérez de Guzmán tenían una riquísima biblioteca en la que atesoraban no solo libros, sino también pliegos sueltos. En Sevilla fundaron una tertulia a la que asistía lo más granado de la erudición de la época, y entre los asiduos encontramos a Joaquín Hazañas y La Rúa, que llegó a ser rector de la Universidad Hispalense y que tenía algún vínculo con Ubriquecomo he contado en otro lugar. No es de extrañar que fuese este Hazañas el que informara al duque de T’Serclaes de la existencia del manuscrito de Vegazo y facilitara su adquisición.

En cualquier caso, a la muerte del duque su biblioteca se dividió en lotes que se fueron subastando, quedando alguno en la Biblioteca Nacional. Se supone que en uno de esos lotes entró el Manuscrito de Vegazo (si es que se trataba del original, pues bien podría ser una copia) pero su paradero se desconoce.

Afortunadamente, Esperanza Cabello encontró una copia escrita por Juan Marín Reyna el 17 de octubre de 1808.

Tenía una copia del documento el pintor e historiador Enrique Romero de Torres (1872-1956), famoso entre otras cosas por haber redactado entre 1907 y 1908 la parte dedicada a la provincia de Cádiz del Catálogo Monumental de España, en el cual se lee:

Existe en nuestro poder una copia de un curioso manuscrito que se conserva en la biblioteca del señor duque de T’Serclaes, titulado “Antigüedades de Ubrique, descubiertas por D. Juan Begaso en el año 1792”. Es una relación muy detallada de todos los objetos descubiertos en aquella época y la descripción de los lugares donde fueron hallados.   

rojas_ocur_02

Fray Sebastián de Ubrique dispuso de esa copia, como declaró en su Historia de la Villa de Ubrique (1944):

Debemos a la amabilidad de D. Enrique Romero Torres, Director del Museo de Bellas Artes de Córdoba [entre 1917 y 1941], autor del Catálogo Monumental de España – Provincia de Cádiz y feliz investigador de las ruinas de Medina Zahara, el habernos facilitado la copia que posee del manuscrito de D. José [sic] Vegazo. que obra en poder del Duque de Tilly y de T’Serclaes [fallecido en 1934].

En el capítulo de su libro dedicado al Ubrique RomanoFray Sebastián dice que “su sencillo relato [el de Juan Vegazova a ser la base de nuestra descripción”, y efectivamente reproduce párrafos enteros. Concretamente, Fray Sebastián reprodujo el 63,5 % del texto de Vegazo y glosó el 36,5 % restante.

Siglo y medio antes que Fray Sebastián, el erudito polifacético Simón de Rojas Clemente Rubio, que estuvo en Ubrique unos días de agosto de 1809, tuvo en su poder el manuscrito de Vegazo, o una copia (¿quizá la de Marín Reyna?) y reprodujo parte de él en su diario de campo. Más abajo copiaré lo que Clemente Rubio tomó de dicho manuscrito, pero antes presentaré a este personaje histórico.


El sabio moro

rojas_ocur_03

Simón de Rojas Clemente Rubio (1777-1827) era un científico dedicado fundamentalmente a la botánica, pero igualmente le interesaban la filología, la filosofía, la teología, la historia, la política –fue diputado durante el Trienio Liberal–, la agronomía,  la geología, la mineralogía, la química, la farmacéutica… Un erudito polifacético en toda regla.

Había nacido en Titaguas (Valencia), patria chica a la que volvió en algunas ocasiones para escribir la “Historia civil, natural y eclesiástica” del pueblo. Enamorado del mundo oriental, a menudo vestía de árabe, y por tal podía pasar porque dominaba esta lengua. En algunos círculos lo llamaban “el sabio moro”.

En 1803 el poderoso primer ministro de Carlos IV Manuel Godoy le encargó que redactara una Historia Natural del Reino de Granada por la que le pagaría 1500 reales mensuales durante el tiempo que emplease en ello, garantizándole que trabajaría con total independencia de cualquier autoridad. Se dice que de esa manera el ministro recompensaba el silencio de Clemente por una turbia historia de espionaje en el norte de África en la que quisieron embarcarlo.

Nuestro hombre aceptó encantado el encargo, se compró dos pistolas, tomó a su servicio a un asistente, obtuvo los salvoconductos oficiales necesarios y en 1804, a la edad de 27 años, empezó a patearse lo que hoy son las provincias de Almería, Granada, Málaga y Cádiz, saliendo por la de Sevilla en1809. No quiere decir que se dedicara al proyecto durante esos 5 años, ya que intercaló otras ocupaciones como la de bibliotecario del Real Jardín Botánico de Madrid en 1805 o la de profesor de Agricultura en el Jardín Experimental y de Aclimatación de Sanlúcar de Barrameda, fundado en 1806 por iniciativa del ministro Godoy.

rojas_ocur_04

Las vicisitudes de su viaje científico las iba plasmando en un diario o cuaderno de campo que al final alcanzó 8 gruesos tomos. En él demuestra compartir el adagio de Publio Terencio “hombre soy nada humano me es ajeno”, pues, aunque el propósito de la expedición era escribir una historia natural, no solo anotó los aspectos geográficos, geológicos y botánicos y otros relacionados como la agricultura y la industria (producciones fabriles, minas, comercio), sino que le interesaron todas las cuestiones sociológicas de las poblaciones y comarcas visitadas (diferencias sociales, miseria, analfabetismo, supersticiones, sanidad, epidemias…), así como sus manifestaciones artísticas, su historia, su patrimonio y hasta sus peculiaridades lingüísticas, llegando a compilar listas de las voces locales que le llamaban la atención. Su diario es toda una guía de viaje, ya que incluso da una relación de “personas que se han de consultar o ver”.

Como curiosidad, a él se debe la primera descripción del pinsapo de Grazalema y su identificación como abeto tres décadas antes de que lo hiciera el suizo Pierre Edmond Boissier, que es a quien se atribuye el “descubrimiento” porque lo estudió a fondo y lo publicó.

Clemente no publicó sus cuadernos de campo. De hecho, se pensó hasta hace no mucho que estaban perdidos. Pero finalmente aparecieron en el archivo del Real Jardín Botánico de Madrid. El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Antonio Gil Albarracín nos hizo el impagable favor de  transcribir tal monumento a letra de imprenta y de hacer un estudio preliminar, todo lo cual publicó en su obra Viaje a Andalucía. “Historia Natural del reino de Granada” (1804-1809) (editorial Griselda Bonet Girabet, Barcelona, 2002). un volumen con nada menos que 1247 páginas que contiene muchas ilustraciones originales del botánico.


rojas_ocur_05

2. Lo que Clemente copió del manuscrito de Vegazo

rojas_ocur_06

Tomando como referencia la copia del manuscrito de Juan Vegazo que conocemos, es decir, la de Juan Mrín Reyna, y también las partes que Fray Sebastián tomó de dicho manuscrito es fácil ver qué partes concretas le interesaron más a Simón de Rojas Clemente y trasladó a su diario intercalando alguna que otra observación.

Clemente comenzó su exposición dándonos el nombre completo, con dos apellidos, del descubridor. Fray Sebastián nunca dio el segundo apellido; se limitó a llamarlo «D. Juan Vegazo» (y en un ocasión, por error, José Vegazo). Así empezó Clemente:

Don Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, en Ubrique, hombre muy curioso, compró en 1792 las tierras de Benafís el Alto por la curiosidad de reconocer los vestigios de obras antiguas que se descubrían en ellas.

Observó a la entrada de la montaña una casa pequeña abovedada con paredes unidas a ella que parece haber pertenecido a su pórtico y la puerta arqueada de 76 [puede tratarse de una errata por 7 o 6] varas (no tanto) de altura, hecha de argamasa. A su entrada y en toda ella hay varios nichos de varias dimensiones. La llama el vulgo la Mezquita, pero parece ser un Baño romano, pues habiéndola descombrado se descubrieron en su centro 4 gradas para descender a un espacio u hoyo que remata en especie de limón con 1 ½ vara de hondo.

Subiendo más arriba se descubre una fuerte muralla de cantería labrada cortando todo el frente del haza, esta era fortaleza. Pasada ella se ven en varios sitios cuadros de casas, cimientos, pedazos de argamasa y otros vestigios de población.

rojas_ocur_07

En el Berrueco se descubren también vestigios romanos. Tiene una mina en su centro.

Puso Don Juan árboles frutales y en los hoyos encontraban cantos, ladrillos, cimientos, vidrios, platos quebrados, huesos, etc.

En 93 puso Don Juan viña para con las cavas adelantar los descubrimientos. En efecto, descubrió varios cimientos, un cuadro como de 2 varas y en cada esquina una columna redonda de ladrillo.

En este sitio estaba la estatua de Proserpina [Nota al pie de Clemente: «Acaso sea de Cleopatra o» /espacio en blanco/] de medio cuerpo, sin cabeza, con ropaje airoso, saliéndole de la cintura hasta el pecho dos áspides y con un rostro en el pecho rodeado de otros dos áspides y unas alas como de pájaro sobre el rostro; sobre el rostro de la estatua salen otros dos áspides. No tiene manos ni piernas, pero sí en el brazo izquierdo un perno de hierro que manifiesta sostendría alguna tarjeta.

A las ocho varas de este sitio está una pared de dos varas de alto que pertenece a un aljibe de diez varas de largo. Contra esta obra baja de la Sierra una escalera de cantería. Como a las ocho varas baja otra formada en la roca del cerro. En lo más alto se descubrió otro aljibe de 6 varas hondo, 4 largo y 1 ½ ancho.

En 1794 se encontraron, siguiendo el plantío de vides, tejas romanas [Nota de Clemente: «Planas con reborde para formar canal, anchas. hechas pedazos en gran número»] y varias tinajas pequeñas, porrones, pedazos de columnas, basas y capiteles y algunas monedas. Un horno con principio de bóveda, los ladrillos quemados y cantería. Contra el horno hay una tierra quemada y escorias de hierro, al parecer, y en ella se encontró un gran número de monedas romanas, muchas de ellas perfectamente conservadas. Este sitio parece era de fundición, pues se encuentran en él monedas por acuñar, pedazos de hierro, cobre, plomo, acero, escorias, un garfio de metal, muchas púas de hierro de a cuarta, pedazos de calderas, de instrumentos cortantes como cuchillos, todo corroído.

Todo este sitio era muy difícil de labrar por los muchos cimientos, bastando apenas los escardillones, vara y almaina para hacer los hoyos. Se dio en un recinto ovalado de piedra labrada y en él, a las dos varas de excavación, un enlosado de piedra jabaluna (caliza común) bruñida, luego una pilastra de 2 ½ varas de alto y 3 cuartas de grueso, muy labrada y llena de letreros que se puso en pie (véase la inscripción al fin).

Próxima a esta se descubrió otro pedestal igual con otros letreros que se condujo al camino para adornarlo. Cerca de esta se descubrió una estatua tronco de mármol primitivo con ropaje a la espalda de piel de león [Nota de Clemente: «Ambas estatuas muy bien hechas, especialmente el Hércules. Se conserva de este el tronco y muslos. Ambas son de muy buen mármol primitivo. Son las dos del tamaño del natural»]; una mano suelta sin dedos se halló y se conserva. Se hizo pedazos luego que le dio el aire y tenía inscrita la voz lavíe. Bajo este busto se descubrió una piedra con molduras en que estaría él, siendo el óvalo su templo. Ahondando más se descubrieron tiestos de tazas de cristales, ladrillos, etc.

Se siguió el plantío en el año de 95 y salió entre muchos cimientos un letrero en piedra jabaluna [Nota de Clemente: «Parece parte de una inscripción como las otras. Se lee en él: Dedicavit» ], muchos ladrillos de diversas formas, varios enladrillados, medio capitel de mármol primitivo, pedazos de lositas de dicho mármol, un trozo de moldura de jaspe, baños, columnas, aljibes y, en el cuadro de los cimientos de una casa, una tapicería de piedras formando tablero de damas de diversos colores. Del centro de una maceta salía un tronco con ramos y lirios, todo de ladrillo de todos colores en pedacitos muy pequeños y muy bien unidos. Encontró un caño de tres cuartas de alto y ½ de ancho entre otros aljibes, uno que Don Juan ha puesto en uso, con los colores y charoles del techo muy frescos; vestigios de fragua y, a un tiro de bala del baño, varios pedestales.

[Nota de Clemente: «En las roturas se encontró señal como de haber vaciado algunos crisoles y, entre la escoria, un zarcillo de oro de arete y una como lágrima de pendiente, su peso 26 reales»].

Parece increíble cómo condujeron el agua al baño cortando las Sierras, trayéndola de un nacimiento de Benaocaz llamado el Castril, según tradición. Ya se descubría, ya se perdía la cañería hasta hallarle el giro cierto en el sitio de los Panderones [sic, por Paredones], junto a la Cabreriza de los Pérez, pasa por otra Sierra más encumbrada, junto al Camino de Benaocaz.

En la fortaleza de esta antigua Ciudad se ven capiteles de piedras, unas traídas de Morón, distante 9 leguas, otras de Marchena, distante 13 leguas. Nadie habla de esta Ciudad. La Ciudad se llamaba Ocuri o Ocuritano, sus vestigios se extienden hasta ¼ de legua.

Nótese que en el texto de Clemente –o al menos en la versión de A. Gil Albarracín– se llama «los Panderones» al lugar que en la actualidad se conoce como Los Paredones. Hay que entender que es un lapsus, pues en la copia de Marín Reyna de 1808 se lee claramente Paredones. La palabra panderón existe; según la RAE es un andalucismo que significa “Plano inclinado, de superficie lisa y suave, formado por grandes hojas de pizarra de color acerado y bruñido aspecto, que forma la parte convexa de algunas lomas de Sierra Nevada. Panderones del Veleta, del Mulhacén”. Quizá Clemente, que estuvo en el Mulhacén, se trajo de allí esta voz.

Por otra parte, llama la atención la descripción que hace Simón Clemente del muro: “Subiendo más arriba se descubre una fuerte muralla de cantería labrada cortando todo el frente del haza”. ¿Había hace dos siglos  piedras de este tipo que la gente se ha ido llevando? En la ladera del Salto de la Mora dicen que quedan algunas piedras de este tipo.


3. Juan Vicente Vegazo Montes de Oca

La descripción de las ruinas del Salto de la Mora la hizo Simón de Rojas Clemente Rubio en una entrada de su diario fechada el 23 de agosto de 1809. Pero el botánico ya llevaba unos días en Ubrique, pues llegó en torno al 19. Leyendo el texto de Clemente se tiene la impresión de que la descripción del yacimiento la escribió antes de visitarlo, valiéndose de una información que no podía ser otra que los “papeles de Begazo, pues el mismo los cita (así) como se verá más adelante. Una vez conocidas las ruinas introdujo notas que completan lo que ya había escrito, como ya hemos visto en los fragmentos que he trasladado hasta aquí y veremos aún más claramente en los que figuran más abajo.

No hay que olvidar que Clemente estaba realizando un viaje científico comisionado por el Gobierno. Lo más seguro es que nada más llegar a Ubrique presentara sus credenciales al corregidor y este le facilitara el contacto con los que podrían informarle sobre el pueblo. Entre ellos, sin duda, estaría Juan Vegazo, quien entregaría una copia de su manuscrito al botánico (y si no fue él, lo hizo otro).

En el Archivo Municipal de Sevilla se conserva una carta dirigida desde Ubrique el 10 de noviembre de 1798 por “Juan Vizte. Vegazo Montes de Oca” a Juan Ignacio de Espinosa y Tello de Guzmán, tercer conde del Águila. El remitente dice:

mi estimado difunto, fue el unico que con toda propiedad vio y poseyo las mas de las monedas, iscrisiones y los dos bustos, de Ercules y proserpina qe. vio en esta eredad, remitiendole las noticias que no havía uisto; asu muerte…

Este texto, tal como está redactado ha sido hasta hora interpretado por un autor como una referencia a la supuesta muerte del descubridor hecha por un familiar suyo. Pero hay una frase en la carta que hace difícil sostener esa hipótesis:

he gastado munchos pesos en su descubrimiento y solo dose monedas conservo; y lo demas, por dificir de recoxer, se quedan en los sitios.

¡Quien escribe así tiene que ser nuestro Juan Vegazo! Quejarse de sus gastos es como su firma, su leit motiv. Porque el descubridor parece que nunca dejaba de lamentarse de sus desembolsos, como lo prueban estos fragmentos de su manuscrito:

  • “…hasta que, cansado de tanto gasto, lo dejé.”
  • “Vuelvo a porfiar con nuevos gastos…”
  • “…aunque quité mucha parte de ella, viendo tanto gasto…”
  • “…todo este sitio era un escollo para los trabajadores y gasto para mí.”
  • “…pero yo he hecho más gasto de lo que he podido…”

Lo anterior es una conjetura, pero queda científicamente apoyada por el hecho de que Simón de Rojas Clemente comienza su descripción del yacimiento del Salto de la Mora con las palabras “Don Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, en Ubrique, hombre muy curioso…”, nombre que coincide con el del firmante de la carta al conde del Águila.

Las quejas de Vegazo expresadas en esa carta son comprensibles. El prudente hacendado, sospechando por los indicios visibles que en el lugar podrían existir ruinas romanas, concibió un plan que en el peor de los casos resultaría rentable: “poner viña, para que con los hoyos, cavas y labores correspondientes poder descubrir lo que debajo de tierra pudiera haber”. No encontró tesoros contantes y sonantes, pero sí restos antiguos que muchos ilustrados de la época consideraron tesoros. El yacimiento atrajo por ello una atención inusitada de los “anticuarios”.

No habría pasado un año del descubrimiento de las inscripciones y ya se habían presentado allí para copiarlas un académico de la Real de la Historia (Domingo Traggia) acompañado del cura de Ubrique Simón de Zamora, el también cura Joaquín Cid Carrascal junto al médico Antonio Santaella –ambos llegaron de Sevilla para transmitir la información a Juan Francisco Masdeu, que vivía en Roma y la publicó en 1800– y quién sabe cuántos más. Así que el buen viticultor estaría en su derecho de decir que le encantaba que su descubrimiento gustara a tanta gente importante, pero que ¡el gasto lo estaba haciendo él! En la carta que dirige al conde del Águila le expone: “La aCademia de Madrid tiene todas estas noticias y el Alar [¿Abad?] Masdeus para ponerlas en la istoria”. Creo que era una manera educada de indicar que ya había cumplido con creces con sus deberes patrióticos y que quería que lo dejaran en paz.

Se ha dicho que Juan Vegazo pudo ser un hombre culto e ilustrado versado en la historia y cultura latinas, aportándose como dato a favor de esa tesis que identificó como del emperador Cómodo la estatua descabezada que había hallado basándose en la piel de león que llevaba. No conozco ningún documento de Vegazo en el que este diga que la estatua era de Comodo. Pero en el caso de que se encontrara alguna vez alguno, ¿no sería lo más probable que eso lo hubiera oído de los eruditos que subieron a su viña a conocer los hallazgos en los cuatro años siguientes a su descubrimiento? Que yo sepa, el primero que identificó esa escultura como representativa de Cómodo fue el “anticuario” cordobés Andrés Palacios y lo comunicó a la Real Academia de la Historia en una carta fechada en septiembre de 1797.

Siento romper la burbuja del mito, pero creo que Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, descubridor de la antigua ciudad de Ocur, era una persona con inquietudes ciertamente inusuales pero con aptitudes menos extraordinarias de lo que se quiere ver. No se olvide que destruyó, con la excusa de “tener que rebajar el terreno”, un mosaico que según él “causaba admiración a quien lo miraba”.

Varios Juan Vicente Vegazo

No sé mucho más de Juan Vicente Vegazo Montes de Oca el descubridor de Ocur, aunque Manuel Zaldívar ha rastreado en el Archivo Diocesano de Jerez y ha encontrado a varios Juan Vicente Vegazo.

Como curiosidad, Simón Clemente, en su Diario, confunde el apellido Vegazo con el de “Bozano”. Esta palabra está tachada en el manuscrito del botánico para, a continuación, corregirla con “Vegazo”. Bozano es un apellido muy raro cuya mayor presencia actual se da en las provincias de Cádiz, Málaga, Navarra y Valencia. De la de Valencia era Clemente. ¿Cometió al lapsus pensando en algún conocido? También está tachada la palabra “clérigo”. ¿Parecería Juan Vegazo un cura? No deja de resultar curioso que cuando Clemente visitó Cortes de la Frontera semanas algunas semanas después hiciera esta anotación: “El escribano de Cortes viste de Capellán, como el Anticuario de Ubrique”. ¿¡Se referiría a Vegazo!?

José Vegazo Montes de Oca

rojas_ocur_16

Vivió en Ubrique en aquellos tiempos un José Vegazo Montes de Oca que a juzgar por los apellidos podría ser hermano del descubridor. Este José contribuyó con 30 reales mensuales a una colecta para sostener la Guerra del Rosellón entre la monarquía española de Carlos IV y la República Francesa entre 1793 y 1795 (en esta contienda España trató de recuperar territorio pirenaico perdido un siglo antes). En 1811 un José Vegazo Montesdeoca que debe de ser el mismo fue candidato a elector para la “nominación de diputado y síndico personero del común”, votación en la que participaron 19 vecinos mayores de 25 años. Él solo obtuvo un voto.

Si en 1793 disponía de dinero para contribuir a la causa nacional, se supone que por esos años ya no sería precisamente un jovencito, sino que estaría establecido y tendría una situación económicamente desahogada que le permitía hacer donaciones como esta sin término anunciado (“durante la guerra”). Por lo tanto, es posible que José Vegazo Montesdeoca o Montes de Oca naciera mediado el siglo XVIII. No mucho antes porque, de ser así, en 1811 tendría ya una edad en la que la política empezaría a dejar de interesarle (es de suponer). Creo que es razonable conjeturar que si Juan Vicente Vegazo era hermano de José, aquel tendría una edad parecida.

Juan Vegazo estaba vivo en 1809

En cualquier caso, como he dicho más arriba, Juan Vegazo estaba muy probablemente vivo en 1809. Apoyan estas suposición estas tres frases que aparecen en el cuaderno de campo de Simón de Rojas Clemente:

  • “Don Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, en Ubrique, hombre muy curioso…”
  • … uno [aljibe] que Don Juan ha puesto en uso…
  • “Don Juan ha colocado los pedestales y columnas en la viña…”

Si cuando Clemente llegó a Ubrique Juan Vegazo ya hubiera pasado a mejor vida, creo que el botánico habría escrito “Don Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, natural de Ubrique, era hombre muy curioso”; “un aljibe que el señor Vegazo puso en uso…”; y “Don Juan colocó los pedestales y columnas en la viña…”.


4. Otros datos que copió Clemente del manuscrito de Vegazo

Como ya dije en el punto 2 de este artíulo, Clemente trasladó a su diario de campo parte de la crónica del descubrimiento que hizo Juan Vicente Vegazo. Pero se puede generalizar más: Clemente usó también otros datos e informaciones que aparecen en los documentos que él denominó «papeles de Vegazo«. Que estos documentos (originales o copias) los tuvo en su poder lo reconoció el mismo (con su endiablada letra):

rojas_ocur_19

Hice las correcciones y notas que se ven hasta aquí a vista de los monumentos sobre el texto copiado antes de los papeles de Begazo. Clemente [rubricado].

Estos «papeles» comprenden:

  1. una crónica que escribió Vegazo sobre sus descubrimientos;
  2. una transcripción de unos epígrafes romanos que se habían encontrado en el yacimiento de Ocur (es la transcripción que hizo el abate Masdeu en 1800 pero corregida y comentada por el profesor de la Universidad de Sevilla José de Rojas, natural de Ubrique);
  3. la narración de la visita del académico de la Historia Domingo Traggia, junto a sus propia transcripción de los epígrafes.

Quiero recordar que los «papeles» originales de Vegazo se han perdido, pero existe una copia de realizó un tal Juan Marín Reyna en 1808, es decir, un año antes de la visita de Clemente a Ubrique.

Aparte de los extractos de la narración del descubrimiento de Ocur que trasladó Clemente a su cuaderno de campo, es obvio que también vertió otros apartados de los «papeles de Juan Vegazo», según se deduce de la lectura de la copia de Juan Marín Reyna. De este modo recumió Clemente la narración de la visita del académico Traggia y copió la interpretación que este hizo de los epígrafes:

El Coronel de Húsares Don Domingo Toragía [sic, por Traggia], Marqués del Palacio, en otro tiempo Gobernador de Cervera, donde dice haber descubierto muchas antigüedades, noticioso de las ruinas de Benafelis vulgo Benafís, distante como ¼ de legua de Ubrique, a la parte del Norte y viento Nordeste, quiso verlas y dijo que los estanques y murallas eran obra de Moros y que estas no manifestaban haber sido fortaleza y sí solo cerca a impedir la entrada al terreno y sitio donde estaba el Templo, notando que el baño y vestigios de gran población que están en la falda de la Sierra se hallan fuera de la muralla, pues esta solo rodea la cumbre. Vio ladrillos enteros y tejas enteras de tres cuartas de largo y dos de ancho, llanas como para ensamblarse unas con otras con sus engargoladuras.

De él son la lectura y traducción de las inscripciones.

LECTURA DEL NÚMERO 1 Y VERSIÓN

Imperatori Caesari, Divi
Hadriani filio, divi Tra
jani Parentis nepoti, di
vi Nervae Pronepoti: Pio
Hadriano Antonino. Au
gusto Pío Pontifici Maxi
mo Populi romano Potes
tate urbis consuli 3°
Populi Procuratori Pu
blico Ocuritanorum [sic] decre
to Decurionum dedicavit,
aut dono dedit.

Al Emperador César, hijo del Divino Hadriano, Nieto del Divino Trajano, biznieto del Divino Nerva; al Pio Hadriano Antonino Augusto Pío, Pontífice Máximo, Cónsul de Roma por la potestad del Pueblo Romano, 3° procurador público del Pueblo Ocurritano, en fuerza de decreto de Los Decuriones se dedica.

LECTURA DEL NÚMERO 2°.

Imperatori Caesari Mar-
co Aurelio Commodo An-
tonino Augusro Pio felici-
ter Sarmatarum Magis-
tro, Pontifici Maximo tri-
buno Peblis. 4° Imperatori.
X Consuli urbis, Procurarori
Publico Republicae Ocurritanorum
decreto decurionum dedicavit
aut dono dedit.

VERSIÓN DEL NÚMERO 2°.

A! Emperador César Marco Aure!io Cómodo, Antonino Augusto Pío felizmente Maestro de !os Sármatas, Pontífice Máximo, 4° Tribuno de la plebe, Emperador Xº, Cónsul de Roma, Procurador público de la República de los Ocurrítanos, en fuerza de decreto de los decuriones se dedicó.

La copia de ia inscripción nº de Ocur que hizo Clemente en realidad es una copia de la versión de José de Rojas.

Además de las lecturas de Traggia, Clemente trasladó a su diario la versión de José de Rojas, que es muchísimo mejor. Rojas probablemente no vio las lápidas, pero le hicieron llegar la transcripción que había publicado el abate Masdeu en 1800 y, sobre ella, hizo muchas consideraciones sobre posibles errores de lectura. Pues bien, Clemente trasladó las observaciones de Rojas que consideró más importantes:

OBSERVACIONES SOBRE LAS DOS INSCRIPCIONES


En la segunda línea la E parece debe ser F para que se lea: Filii.
En la 3ª, en lugar de PAR se lea PARTH o sin la h para leer: Parthici, título aplicado a Trajano en inscripciones y medallas.
En la 5ª la voz pío jamás se halla antepuesta al nombre de Hadriano y aquí estaría duplicada. Al nombre de Hadriano se halla antepuesto T.AEL y acaso se halle así en nuestra inscripción, leyéndose: Tito Aelio Hadriano.
Se supone que las líneas 7, 8 y 9 están faltas por el principio por borradas las letras o quebrada la piedra.
Las dos R.R. de la 7ª nada dicen, debía ser TRIB para leerse: Tribunitia potestate.
En la 8ª falta RES para leer: Respublica. [En una nota al pie Clemente indica: “Se lee RES en efecto, aunque con alguna dificultad”].
En la 9ª falta DE precisamente.
———————————


Línea 4ª después de Aug., solo debe haber un punto.
Después de Fel otro punto por ser abreviatura.
La última sílaba debe empezar con G y acabar con punto para ser abreviatura de Germánico y acaso tendrá además una M [En una nota al pie Clemente, tras haber visto la lápida, aclara: “No la tiene”].
Línea 5ª, la 1ª palabra debe ser SARM, sin punto entre la R y M para ser abreviatura de Sarmático y se leerán los tres títulos que se aplicaban al Emperador Cómodo.

Así pues, aunque Clemente declaró en su cuaderno que «Hice las correcciones y notas que se ven hasta aquí a vista de los monumentos», no fue completamente sincero, ya que la mayoría de esas oservaciones son las que hizo José de Rojas y Clemente leyó. Eso sí, su inspección visual le permitió corroborar dos apreciaciones de Rojas así: “Se lee RES en efectoaunque con alguna dificultad” y “No la tiene”.

Clemente vertió también en su cuaderno de campo el comentario sobre un error cronológico que contine uno de los epígrafes (el de Cómodo) hecho por José de Rojas. Este es el texto de Clemente al respecto.

En las siglas o números de las tres datas [de la lápida de Cómodo], que se expresan en las líneas 6ª y 7ª hay envueltos algunos anacronismos (sin embargo están así en la lápida [rubricado]). Cómodo no fue proclamado Emperador más que ocho veces y la octava la tuvo en el año 186, en que fue Cónsul V, con que el X que se pone al fin de la línea 6ª está errado y deberá ser un V y además tres III para que diga IMP. VIII, Imperator 8, que es el que tenía en aquel Consulado V. Este Consulado V lo obtuvo dicho año de 186 y se le fue repitiendo en las Inscripciones de los 4 años 86, 87, 88 y 89. En algunas de este último ya se lee: CONS. DES. VI. y efectivamente fue Cónsul la 6ª vez en el siguiente de 190. De donde se infiere que la tribunicia potestad de nuestra inscripción deberá ser una de las que obtuvo en dichos 4 años, pues ellas se sucedieron así. En el año del 86 TRIB. P. XI., en 87 XII, en 88 XIII, en 89 XIV. Se deberá pues observar con cuidado cual de estos 4 números se acomoda mejor a lo que se descubre en la piedra, pues los IIII que se copian parece no pueden ser [Nota al pie: “Los son, Clemente” (rubricado)]. A mí me parece más verosímil la XII si acaso están cruzadas las dos primeras líneas.

Clemente se apropia en tal grado del texto de Rojas que hasta copia la frae final de este («A mí me parece más verosímil la XII si acaso están cruzadas las dos primeras líneas«) como si fuese una opinión suya. En otros caso sí lo son, rubricándolas para señalar su autoría: “sin embargo están así en la lápida” y “Los son” . Solo suprimió la frase final que aparece en los comentarios de Rojas: “todo esto es si está claro el número del Consulado, porque si este varía será otra cosa”.


“La gracia del vid templa lo profundo de las impresiones sublimes” / Simón de Rojas Clemente sobre su visita a Ocur en 1809.

5. Otros testimonios de la visita a Ocur

Dice Antonio Gil Albarracín en el estudio introductorio del libro de Clemente que el botánico, “a pesar de mostrar en numerosas ocasiones su interés por las antigüedades, en su visita a las ruinas de Ocurrís, en las inmediaciones de Ubrique, realiza la única descripción extensa de un yacimiento arqueológico que aparece en el viaje, con la anotación y descripción de lápidas y esculturas”. El hecho de que buena parte de esta descripción esté tomada del manuscrito de Vegazo y del informe de autor desconocido al que me he referido no desvirtúa la afirmación del profesor Gil Albarracín porque el texto de Clemente contiene también valiosas aportaciones personales.

Le interesó especialmente el monumento sepulcral que entonces se consideraba baño. De esta estructura dijo:

El baño o pieza del baño es de primorosa arquitectura, aunque muy sencilla. Tiene frente a la puerta un nicho grande [Nota al pie: “Arranca un poco encima del andén que se citará”] como para colocar un estatua y sobre este tres gradas bastante altas, en que acaso colocarían los diosecillos. A cada lado del nicho que digo para la estatua, a mayor altura que él, dos pequeños a que corresponden otros dos iguales, uno a cada lado de la puerta, en el lienzo de esta. En los lienzos colaterales ocupa el medio un nicho grande en que podían esconderse muy bien a desnudarse dos personas.

A cada lado de estos nichos grandes hay dos pequeños, uno sobre otro y el de arriba en arco, así como los grandes y el de la estatua, todo con rigurosa simetría. Una cornisa muy sencilla corre sobre los nichos y de ella arranca la bóveda. Por la base de los nichos [Nota al pie: “Un poco más bajo que la base”] corre otra como cornisa o andén que serviría para andar alrededor del baño, el cual parece ocupaba toda la pieza.

Todo es de argamasa con sillares al exterior e interior que lo forran, menos la bóveda, en que no hay sillar ninguno.

¡Pieza digna de conservarse!

La puerta está estropeada y parte de los nichos, un grande agujero penetra la bóveda por el fondo de la pieza; el baño está lleno de escombros.

rojas_ocur_22

Como a buen geólogo, le interesan todos los detalles relacionados con las piedras. Así, de la primera lapida que describe dice que está tallada “en arenisca que llaman piedra de amolar” y de la segunda que es de “piedra caliza común que llaman jabaluna, de mucho mejor letra que la otra”.

Me ha llamado la atención aquella afirmación de que los “capiteles de piedras” fueron traídos de Morón y Marchena. Como era de esperar, esa información la tomó del manuscrito de Vegazo.

Él observa:

Las piedras de las ruinas de Benafís son la mayor parte calizo común de la misma Sierra, muchas de toba o, como aquí le llaman panalejo, común en el País, otras de arenisca, común también en el País. Solo hallo traído de lejos el hermoso mármol primitivo que no abunda mucho. De la toba hay muchas columnas, bases, capiteles, etc.

Le llaman tanto la atención unos ladrillos que incluso dibuja uno:

Los ladrillos son de muchos tamaños y formas, entre ellos chicos, cuadrados y otros de esta forma:

rojas_ocur_23

Finalmente hace algunas consideraciones estético-espirituales en las que incluye, cómo no, a la vid, pues Clemente se convirtió en uno de los principales especialistas mundiales (si no el que más) en ampelografía (la rama de la botánica dedicada a la identificación y clasificación de estas plantas) a raíz de la publicación de su libro Variedades de la vid común que vegetan en Andalucía en 1807. (Este libro fue consecuencia de haber conocido a tres agrónomos de prestigio como eran Esteban y Claudio Boutelou y Francisco Terán, director del Jardín Botánico de la Paz de Sanlúcar de Barrameda).

Don Juan ha colocado los pedestales y columnas en la viña, donde hacen bellísimo efecto al entrar uno y verse rodeado de monumentos tan serios y antiguos hacia lo más alto de la hacienda, donde la vista descubre a lo lejos, al mismo tiempo, otros monumentos de la naturaleza que aún elevan más el ánimo. La gracia del vid templa lo profundo de las impresiones sublimes y el espíritu siente una impresión singular y gratísima.


Como curiosidad, en otro lugar de la Historia Natural del Reino de Granada de Clemente, en la lista que da de “personas que se han de consultar o ver” menciona a “Don Bartolomé Calero, Boticario en Ubrique”. Me pregunto si no sería este el farmacéutico al que muchas décadas después aludió el cura y erudito grazalemeño Francisco Mateos-Gago, catedrático de la Universidad de Sevilla, en su Colección de Opúsculos (tomo 7), cuando escribió esto:

Todavía cuando yo copié las inscripciones contaba un anciano de Ubrique haber visto, cuando era niño, dos grandes cabezas de piedra muy blanca sobre los epígrafes y un Angelito con sus alas y una corona en la mano (una victoria romana) sobre la columna de en medio, y aun aseguraba que una de las cabezas había servido para hacer un mortero a un boticario del lugar.

Hay que tener en cuenta que aunque Juan Vegazo dijo en su informe que los bustos que encontró estaban acéfalos, la escritora gaditana Frasquita Larrea, que visitó las ruinas en 1824, cita el testimonio del guardián del convento de Capuchinos, quien le comentó que había visto la cabeza de la estatua femenina.


6. La calzada de Ubrique a Benaocaz

Al día siguiente (24 de agosto), Simón Clemente visitó Benaocaz yendo por la calzada que hoy llaman “romana” (sin ninguna prueba firme, que se sepa). Así la describe:

Esta que “baja a Benaocaz a la de Cádiz” supongo que es la actual carretera de Benaocaz a Ubrique, que pasa por Santa Lucía, al pie del cerro sobre el que se asienta el yacimiento, pero por la otra cara.

Camino todo empedrado de caliza (*), no muy bien conservado, pendiente casi todo con igualdad, casi recto, que un hombre horro puede hacer en media hora y cualquier bestia cargada en una, bordeando los tajos casi todo, tajos que hacen resuene clara de lejos la voz humana, tierras de labor en su último 4°, que pagan bien cuando dan siete por uno y rara vez dan más de diez y hasta doce y quince, siendo sin embargo las mejores de Benaocaz.

(*) También lo es el que baja de Benaocaz a la de Cádiz, pero en éste han tirado a poner muchos de arenisca por resbalarse menos, aún trayéndola de alguna distancia.


7. Referencias

  • Clemente Rubio, Simón de Rojas [Gil Albarracín, Antonio (ed.)]: Viaje a Andalucía. «Historia Natural del reino de Granada» (1804-1809), Griselda Bonet Girabet, 2002.
  • Baena del Alcázar, Luis; Berlanga Palomo, María José: Las antigüedades romanas de Ocuri (UbriqueCádiz)según los documentos conservados en la Real Academia de la Historia, Mainake, XXVI/ (2004) 395-416.
  • Guerrero Misa, Luis Javier: “Juan Vegazo, descubridor de la ciudad romana de Ocuri y pionero de la arqueología de campo en Andalucía”, Papeles de Historia 5 (2006) 34-58.
  • Mateos Gago, Francisco: Opúsculost. VII (1887).
  • Rodríguez González, Andrés: “¿Quién descubrió el pinsapo, Boissier o Clemente Rubio?, La Serranía Natural, 5 de enero de 2008 (consultado el 19 de julio de 2015).
  • Rodríguez Nozal, Raúl: “Reseña de ‘Viaje a Andalucía. Historia Natural del reino de Granada (1804-1809)’ de Simón de Rojas Clemente Rubio [Antonio Gil Albarracín (ed.)], Anales del Jardín Botánico de Madrid 60:2 (2003) 471-472.
  • Sígler Silvera, Fernando: “Política y conflicto armado en la Guerra de la Independencia en Ubrique y Benaocaz”, en Estudios sobre la Guerra de la Independencia española en la Sierra de Cádiz, Junta de Andalucía (2012)
  • Wikipedia: Simón de Rojas Clemente Rubio (consultada el 19 de julio de 2015)
  • Wikipedia: Juan Pérez de Guzmán y Boza (consultada el 19 de julio de 2015).
  • Mercurio de España. 5/1794, página 128.

Más

Dejar un comentario

Al azar

Descubre más desde TRIPLENLACE

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo