viernes, 9 enero 2026

«La Primera República – Ubrique, 1873»: primera entrega de una nueva historia del pueblo

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La Primera República – Ubrique, 1873  es “el primer paso para abordar el proyecto de escritura de una historia local de carácter científico”, según se lee en la introducción del mencionado libro, escrito por Fernando Sígler Silvera, doctor por la UNED.

Se trata de la primera entrega de una historia del pueblo de Ubrique en 16 partes que se han propuesto redactar varios miembros de la Asociación Papeles de Historia y que irá publicando la Editorial Tréveris. Será el segundo gran intento de rescatar la memoria local después del realizado en 1945 por  Fray Sebastián, que escribió el “libelo fascista” –así se lo califica en la obra que reseño– Historia de la Villa de Ubrique.

La Primera República – Ubrique, 1873  traslada al lector, en sus casi 150 páginas, una ingente cantidad de datos que hasta ahora guardaban celosamente los legajos del Archivo Histórico Municipal de Ubrique, el Municipal de Benaocaz, el de la Diputación Provincial de Cádiz , el Histórico Provincial, el del Congreso de los Diputados y el Histórico Nacional (sección Nobleza – Osuna). Datos que invitan a la interpretación. Daré la mía, modestamente.

Rompiendo badajos

Primum vivere deinde philosophari, dice el adagio. Primero vivir; después filosofar. Esa es la teoría. Pero en la práctica también se filosofa cuando no se tiene nada que llevarse a la boca, cuando no se encuentran salidas, cuando ves cómo se te muere un recién nacido porque no tienes dinero para acudir al médico… ¡Ah, esas experiencias no las hemos vivido! Pero muchos de nuestros tatarabuelos, sí.

Cuando la guerra del Golfo (1990) estaba a punto de estallar y la gente se preguntaba en qué momento exacto se produciría el ataque de los yanquis, una persona conocida mía, de natural pacífica, me sorprendió diciéndome:

Estoy deseando que los americanos ataquen ya de una vez. Mi vida es muy aburrida. Lo que quiero es que pase algoque haya algún cambio, a ver si eso produce también un giro en mis derroteros… Peor no me puede ir.

Imagino que nuestros tatarabuelos no estaban precisamente aburridos, pero estaban mal, y consideraban que un cambio podría hacer que las cosas fueran a mejor. Probablemente, esa fue una de las razones (habrá otras más esenciales, no digo que no) que tenían para anhelar la República, y no tanto su repugnancia natural a la monarquía, pues con ella llevaban viviendo muchas décadas… y seguimos viviendo.

Así que el advenimiento de la Primera República trajo a muchos españoles sonidos de campanas celestiales. No sabían de dónde procedían, pero era del pequeño pueblo gaditano de Ubrique, en la Sierra de Cádiz, donde los prorrepublicanos estaban tan contentos con el nuevo régimen y esperanzados con lo que el cambio podría suponer para mejorar su bienestar, que rompieron el badajo (y no es metáfora). Pero la euforia desmesurada, el entusiasmo excesivo, la calentura mental no suelen ser estados de ánimo muy propicios para levantar edificios sólidos ni para llevar un barco a buen puerto en medio de una tempestad. Quizá por eso la travesía duró tan poco y el bajel se hundió.

Ser concejal: querer y no poder

La lectura del documentadísimo libro La Primera República – Ubrique, 1873 me permite concluir que en Ubrique, como en todas partes, se hicieron muchas cosas a tontas y locas. Por ejemplo, en las elecciones municipales de julio de 1873 van y se presentan unos candidatos con las buenas intenciones (así lo supondré) de encauzar el destino del pueblo logrando una mejor distribución de la riqueza y una mayor justicia social. Estos ciudadanos eran trabajadores del campo y muy probablemente carecían de las cualidades que se necesitan para conducir a la sociedad por el mejor camino posible. Hablo de conocimientos de política, de economía, de historia. Y también de templanza, madurez, mesura… Pero haré una concesión a los que me tacharán de elitista y admitiré la posibilidad de que, bueno, una vez que se sentaran en sus poltronas municipales recibirían por inspiración o ciencia infusa el don para dirigir el destino de la gente que necesitaban. O directamente de la Virgen de los Remedios. Hay que tener en cuenta que arrestos no faltaban a los candidatos, ya que todos menos uno se habían alistado como “voluntarios de la República” y reclamaron armas para defenderla…

Pero no es a la formación de los electos a lo que quería referirme, sino a su atolondramiento. Resulta que cuando fueron citados para que tomaran posesión de sus cargos de regidores del Ayuntamiento no se presentó ni uno… Todos estaban por entonces en las tareas agrícolas. Al parecer no habían previsto el pequeño inconveniente que para gobernar el pueblo les supondría tener que desplazarse a la campiña de Jerez para ganarse las habichuelas.

De todos modos, posiblemente no hubieran podido tomar posesión ni aunque hubiesen querido. Otro grupo de “voluntarios de la República” había pensado sobre la marcha que, mejor que acatar el mandato electoral que acababa de dar el pueblo a unos ciudadanos con nombres y apellidos, ellos mismos –persuadidos de sus capacidades y excelentes dotes de mando– tomarían las riendas del poder e impondrían a los demás su voluntad. Por el bien de sus semejantes, claro.

Y no se puede decir que estos sujetos estuvieran imbuidos de ningún espíritu autoritario. ¿Cómo iba a ser así, si formaban parte de una autoconstituida “Junta de Salud Pública”? ¿Cabe imaginar tendencias golpistas tras un título tan biensonante? Al fin y al cabo, aquellos “espotáneos” se echaban al ruedo para emular las ideas cantonalistas del Fermin Salvochea, que tenía fama de santón. ¿Germinaron en los cerebros de algunos ubriqueños las doctrinas de este gaditano para dar vida al convencimiento de que la solución de los problemas locales pasaban por constituir un Estado independiente de las Cumbres para abajo? (Por el bien de la Humanidad, desde luego.)

Ni que decir tiene, las aventuras de la “Junta de Salud Pública” y del Cantón de Cádiz  duraron muy poco tiempo.

¿Las armas garantizarán la República?

Parece que este grupo de salvapatrias iba armado. Aplicando el beneficio de la duda, presupondré que de  dialéctica, de razón, de cultura… Pero también de fusiles, esa maravillosa herramienta que convierte en héroe a cualquier hijo de vecino. Así que por unos días estos valientes echaron del Ayuntamiento al mismo alcalde –qué ironía– que había hecho gestiones para conseguir esas armas para los voluntarios con el razonamiento de que servirían para defender a la República de los forajidos carlistas que la amenazaban desde las peñas de la Sierra (los cuales estaban convencidos, por su parte, de que la entronización de “Carlos VII” era la mejor solución para los españoles…, y especialmente para ellos).

Por cierto, que nada más saber el cónsul americano en Cádiz de las ansias que algunos ubriqueños sentían por tener artilugios matagentes en las manos, se ofreció a actuar de intermediario en la venta de una partida de magníficos Remington fabricados en Nueva York que el representante de la empresa había ofrecido a la localidad. Los yanquis siempre han tenido un olfato especial para detectar sudores guerreros y el don de saber espolear el espíritu marcial para obtener con ello el máximo beneficio económico. No acabaron comprando nuestros tatarabuelos los Remington porque les parecieron muy caros, pero se las ingeniaron para conseguir otras armas por otras vías en la esperanza, como digo, de que con ellas conseguirían mejorar su bienestar. 

Amargor entreverado de dulzura

Volviendo a aquellas elecciones locales, he comprendido de la lectura de este libro que dichos comicios no sirvieron para casi nada, como no sea para generar burocracia, ya que volaron papeles del Ayuntamiento de Ubrique a los domicilios de los electos, de estos a la campiña de Jerez, de Ubrique al Gobierno Civil de la provincia para preguntar qué se hacía en situación tan insólita… Así que fue la misma Corporación municipal que existía antes de la República la que gobernó durante todo el año republicano. Eso sí, lo hizo a trompicones, unas veces desde la Casa Consistorial y otras desde la casa del confitero, que era mi tío-tatarabuelo Antonio Gutiérrez Quiroga, teniente de alcalde (1). No se negará, pues, que la primera experiencia republicana ubriqueña estuviera exenta de cierta dulzura.

Este Ayuntamiento republicano ubriqueño proyectó muchas cosas e hizo las pocas que pudo. Es decir, como casi todas las corporaciones. Quisieron mejorar el alumbrado de petróleo, traer el telégrafo e instalar un reloj en la Casa Consistorial. No recuerdo haber leído que ninguno de los tres proyectos lo vieran realizado. Ni más ni menos es lo que sucede ahora, casi siglo y medio más tarde, cuando un Ayuntamiento del siglo XXI proyecta un teleférico, unos campos de golf y unas instalaciones hoteleras de las que no se ha puesto ni el primer ladrillo.

Luchando contra la corrupción

Pero sí hizo aquel Ayuntamiento algo muy importante: tratar de recuperar muchos caudales púbicos que alcaldes y ediles de corporaciones anteriores habían “distraído” de las arcas públicas. Parece que antes de la Primera República el deporte nacional de los regidores era meter mano en la caja comunal. Hoy se sigue practicando por toda la piel de toro, especialmente en Génova 13, ciertos departamentos de la Junta de Andalucía, la Unión General de Trabajadores de la región, etc. No sigo porque la lista sería más larga que cuanto llevo escrito.

¿O es que alguien pensó que la corrupción y el mangoneo son signos exclusivos de nuestro tiempo? Hasta el alcalde Cristóbal Toro, que había sido asesinado dos años antes (1871), fue inspeccionado póstumamente y sancionada su viuda. Algunos repusieron lo robado ante la perspectiva de pasar una temporada en una lóbrega habitación que existe en la callejuela de la Cárcel. Otros se dieron el piro.  En fin, lo mismo que hicieron tantos en el siglo y medio siguiente. La Humanidad cambia poco.

Finalmente ocurrió en España  lo que suele ocurrir cuando la gente maneja armas: que vinieron otros que también las poseían e, iluminados, pusieron sus gónadas sobre la mesa y acabaron con la desgraciada primera experiencia republicana española. Fue en enero de 1974 y el Ayuntamiento fue renovado en virtud de un ordeno y mando del gobernador civil de la provincia, al que Dios probablemente guardó muchos años.

Lástima de República. Un fracaso en toda regla. Tanto ruido para no mucho, porque poco después restauraron la monarquía y es posible que un sector de los ubriqueños rompiera el badajo de la campana para celebrarlo.

Personalmente, ne gustaría mucho que a España llegara la República. Pero que llegara con seso y serenidad y con las armas solo de la dialéctica y la razón.

El plan de la obra

El volumen aparecido es el número 12 de la colección Historia de Ubrique. Este es el plan completo que varios autores pertenecientes a la Asociación Papees de Historia iniciarán en la Prehistoria y la iberorromana Ocur y quieren terminar con la posguerra:

  1. De las cuevas a los dólmenes: La Prehistoria de Ubrique
  2. Los primeros pobladores de Ocuri
  3. El «Ordo Ocuritano» y la ciudad romana de Ocuri
  4. Del florecimiento islámico a la frontera. Las fortalezas de Aznalmara y Cardela. Ubrique, en la Edad Media
  5. Bajo el régimen señorial. Ubrique, en el señorío de las Cuatro Villas, siglos XVI-XVII
  6. La expansión dieciochesca. Ubrique en el siglo XVIII
  7. La Guerra de la Independencia en Ubrique
  8. La disolución del señorío y la división de las Cuatro Villas. Ubrique en el siglo XIX
  9. Del preciso a la petaca. La artesanía de la piel en Ubrique
  10. El movimiento obrero en Ubrique
  11. «¡Abajo los consumos!». La revolución de 1868 y sus consecuencias en Ubrique
  12. La Primera República. Ubrique, 1873
  13. Oligarquía y caciquismo. Ubrique, durante la Restauración y la Dictadura (1874-1930)
  14. Masonería y republicanismo en Ubrique
  15. El sueño que llegó en primavera. La Segunda República en Ubrique, 1931-1936
  16. Del golpe a la posguerra. Ubrique, 1936-1949

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