Como he argumentado en otro lugar, la iglesia parroquial de Ubrique no se construyó «de 1773 en adelante» como conjeturó el historiador Fray Sebastián y siguen diciendo las publicaciones modernas, sino muchísimo antes, terminándose la obra muy probablemente en 1534. Es decir, este templo se empezaría a levantar en los tiempos en que el primer Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León (m. 1530) era Señor de las Siete Villas de la Serranía de Villaluenga y, por tanto, de Ubrique. Pues bien, como trataré de demostrar a continuación, precisamente el hecho de que esta iglesia esté dedicada a Nuestra Señora de la O podría ser una prueba adicional de que fue erigida en el primer tercio del siglo XVI.

Rodrigo Ponce de León, que ostentó el ducado de Arcos entre finales del siglo XV y principios del XVI (1492–1530), era también Señor de Rota, y como tal auspició la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de la O de Rota. Este templo fue levantándose durante el primer tercio del siglo XVI y se concluyó en 1537, es decir, 7 años después de la muerte de su promotor.

Ponce de León era también Señor de Chipiona. Y en esa villa igualmente se construyó una iglesia llamada de Nuestra Señora de la O en el primer tercio del siglo XVI. Hay varios indicios que acreditan esta datación. Uno es que el primer libro de bautismos de esa iglesia chipionera es de 1533 (según consta en la Guía de los Archivos de la Iglesia en España, dirigido por José Mª Martí Bonet en 2001). Otro es un poder notarial del mismo año para cobrar honorarios pendientes del maestro mayor de las obras. Lo dice José Ramón Barros Caneda («La iglesia parroquial de Nª Sra. de la O de Chipiona», Laboratorio de Arte, 13 (2000) 329-339), quien además señala que «perviven importantes elementos de su estructura arquitectónica que permiten retrasar su existencia a los primeros años del siglo XVI».
Por lo tanto, tenemos tres villas que pertenecieron al primer Duque de Arcos en el primer tercio del siglo XVI: Rota, Chipiona y Ubrique; tres villas que tienen en común poseer iglesias dedicadas a Nuestra Señora de la O. Las de Rota y Chipiona se fueron levantando durante el primer tercio del siglo XVI y se terminaron en 1537 y ~1533, respectivamente. Entonces, se puede establecer como hipótesis que la de Ubrique se estuvo erigiendo en la misma época. Y da solidez a esta hipótesis el hecho de que existen otros datos coherentes con ella. Por ejemplo, el primer libro de bautismos de Ubrique es de 1534, sin que conste que ninguna de las otras iglesias y ermitas de Ubrique existieran en esa fecha y, por tanto, se bautizara en ellas.
La datación en el primer tercio del siglo XVI tiene toda la lógica. El Ubrique moderno fue «fundado» por Beatriz Pacheco (tutora del primer duque de Arcos) en 1501. Pacheco desposeyó de sus propiedades inmobiliarias a los mudéjares que vivían en la alquería para dárselas a colonos cristianos. Por ello, en aquella coyuntura histórica ser cristiano y demostrarlo era fundamental para seguir viviendo más o menos tranquilamente y tener derechos. Y para demostrarlo había que bautizar a los hijos, casarse por el rito cristiano, hacer exequias a los difuntos, ir a misa… Y para hacer todo eso como Dios manda hacía falta una iglesia. Fray Sebastián conjetura que funcionó como tal la ermita de San Antonio. Lo dudo muchísimo y en otro lugar he explicado pormenorizadamente (y con datos) por qué. Para mí, la actual parroquia de Nuestra Señora de la O fue la primera iglesia de Ubrique. (Lindando con ella se ubicaría el primer cementerio, delimitado al norte por la actual calle de las Ánimas y al sur por la propia iglesia).
Beatriz Pacheco y posteriormente el primer duque de Arcos serían los primeros interesados en que Ubrique tuviera iglesia. Muchos religiosos han sido buenos legitimadores de los «derechos» de los nobles y viceversa. Por tanto, es razonable que estos Señores empezaran a construir una parroquia al poco tiempo del inicio de la repoblación (1501). Pero los templos no se levantaban de la noche al día. Se requerían años o décadas, no solo porque las técnicas constructivas eran rudimentarias, sino porque era difícil obtener los materiales adecuados o porque los fondos escaseaban. Eso explica que cuando se intenta datar el proceso constructivo completo de iglesias como las de Chipiona y Rota no se puede precisar mucho más allá de que se produjo «en el primer tercio del siglo XVI«. Lo mismo cabría decir de la de Ubrique.
La devoción a la virgen de la O del marqués de Cádiz
Ahora bien, quedaría por explicar por qué el primer duque de Arcos se mostró tan aficionado a construir iglesias en honor de Nuestra Señora de la O en particular. Solo he encontrado una prueba al respecto, pero me parece suficientemente convincente: porque su abuelo, el marqués de Cádiz, era muy devoto de esta advocación mariana. Y también su bisabuelo y su tatarabuelo. Es decir, esta devoción era una tradición familiar que se «imponía» incluso en los testamentos, como expondré enseguida.
El marqués de Cádiz, esposo de Beatriz Pacheco, fue un personaje fundamental en su linaje. Se llamaba también Rodrigo Ponce de León, como su nieto el primer duque de Arcos. El marqués de Cádiz conquistó las villas de la Serranía de Villaluenga (entre ellas Ubrique) y las recibió de los Reyes Católicos como «donación perpetua» para él y todos sus descendientes. Pero el marqués de Cádiz no tuvo hijos varones.
No obstante, aunque con Beatriz Pacheco no tuvo descendencia, de una relación anterior le habían nacido tres hijas. La mayor de estas hijas, Francisca Ponce de León y de la Fuente, fue la madre del primer duque de Arcos. No se sabe cuándo nació este, pero se suele tomar como fecha aproximada la de 1490. Sí se sabe cuándo murió su abuelo el marqués de Cádiz: a finales de agosto de 1492. El marqués dejó como heredero del mayorazgo a su nieto, el primer duque de Arcos. Pero dada su corta edad, fue tutorizado durante algunos años por su abuelastra Beatriz Pacheco. De todo esto se deduce que si el marqués de Cádiz era muy devoto de la Virgen (y en especial de la advocación de Nuestra Señora de la O), también debió de inculcar esta devoción en su familia. Pues bien, es más, se podría decir que la «impuso».

Si sabemos que el marqués era muy devoto de Nuestra Señora de la O es porque así lo aseguró Andrés Bernáldez, el cura de Los Palacios, en su obra fundamental Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel. Bernáldez conoció personalmente al marqués de Cádiz y lo tenía en gran estima. Por eso, en el mencionado libro escribió una necrología muy elogiosa del marqués. En la necrología encontramos este párrafo (lo copio de la versión de Juan Luis Carriazo Rubio: «Las fiestas de los Señores de Marchena en el siglo XV«, 2008) (las negritas son mías):
Era muy deboto de Nuestra Señora sancta María e de la Iglesia, e ordinariamente oía una misa cada día e rezava sus devociones por libros, e después en unos corales; e desde la confesión fasta ite misa est nunca hablava a nenguna presona ni alçava las rodillas del suelo. Continuamente hazía celebrar con mucha solepnidad la fiesta de Nuestra Señora de la O y la fiesta de la Anunciación, que cae en março, e aún las mandava celebrar en sus cibdades e villas e logares, en las cuales mandava dar grandes colaciones e limosnas. Tenía su capilla de vestimentas e cálices e ornamentos, como convenía, con que le dezían misa en su casa e posada; enpero nunca se hazía perezoso de ir a oír misa en la iglesia del pueblo donde se hallava.
Esto es lo que ordenó a sus descendientes en su testamento (lo tomo de la misma fuente):
E otrosý, mando que las dos fiestas de la Conçebçión de Nuestra Sennora, ques la vna ocho días antes de Nauidad e la otra a veynte e çinco de março, e la fiesta de Sant Ystropo [San Eutropio], quel conde mi sennor mandó por su testamento que se fiziese en cada vn anno, e las yo he fecho fasta aquí, quel que mis mayoradgos heredare las faga segund e en la forma que en el dicho testamento se contiene. E las dichas fiestas de Nuestra Sennora las fagan en todas mis çibdades e villas e logares en vna yglesia de cada vna dellas, si la ouiere, que tenga nonbre de Nuestra Sennora; sy no, en la yglesia más prinçipal de cada vna dellas. E la fiesta de San Ystropo, en su yglesia de mi lugar de Paradas. E que las fagan de cada anno commo se suele fazer.
Nótese su devoción por las fiestas relacionadas con la Concepción, siendo una de ellas la de «ocho días antes de Navidad», es decir, la de María de la O o Esperanza (la antigua Expectación del Parto). Obsérvese también que manda que quien lo herede (lo heredó el primer duque de Arcos) celebre las fiestas de Nuestra Señora en todas sus ciudades, villas y lugares, «en una iglesia de cada una de ellas, si la hubiere, que tenga nombre de Nuestra Señora; si no, en la iglesia más principal«. En Ubrique no había iglesia cuando se produjo la repoblación; era menester, pues, construirla. Y si se construía, considerando la devoción del marqués, estaba casi predestinada a llamarse Nuestra Señora de la O.
Pero es más, ya el padre del marqués (Juan Ponce de León y Ayala) había manifestado en vida esas mismas devociones y en su testamento ordenó así a su hijo que las cultivara (sigo basándome en el artículo de Carriazo Rubio):
E otrosý, porque yo fago de cada vn anno dos fiestas de nuestra Sennora Santa María de la su santa Conçebçión, la vna que me mandó fazer el sennor conde, mi sennor e padre, que Dios aya, por su testamento (…) ruego e mando a don Rodrigo Ponçe de León, mi fijo, que después de mis días él tenga cargo de fazer y çelebrar las dichas tres fiestas de cada vn anno en los dichos monesterios e en la dicha mi villa de Marchena, por la manera que las yo suelo fazer.
Como se ve, el testador manda a su hijo que siga la tradición que a su vez recibió de su padre, el abuelo del marqués. Efectivamente, así se puede comprobar en este fragmento del testamento del abuelo:
Otrosý, mando e ruego a don Iohán mi hijo o a qualquier de los otros mis hijos que heredaren mi casa e mayoradgo, que la fiesta que yo hazýa de cada anno de la Conçebçión de Santa María que la hagan este anno de la fecha deste mi testamento e dende en adelante de cada anno por la manera que la yo fazýa, porque Dios nuestro Sennor e la Virgen Santa María su madre aya piedad de mi ánima. En lo qual ellos farán seruiçio a Dios e a Santa María, e commo buenos hijos que desean e procuran el bien e salud del ánima de su padre.
Creo que queda suficientemente demostrado que esta familia tenía una especial devoción por las advocaciones marianas relacionadas con la Concepción (especialmente, la de Nuestra Señora de la O) y que las transmitieron de generación en generación al menos hasta el primer duque de Arcos, que sin duda sería el promotor de la iglesia de Nuestra Señora de la O de Ubrique como lo fue de la de Rota y, presumiblemente, de la Chipiona, villas las tres en las que ejercía el señoriazgo.
Sobre el significado del nombre de la Virgen de la O
La denominación «Virgen de la O» es ciertamente curiosa. La explicación más popular es que la letra O representa el vientre de la madre de Jesús embarazada. En cierto modo es así, pero el origen del nombre es muy diferente. Recurro a José Luis Ruiz Ortega, que lo explica muy bien en el primer capítulo del libro Historia de la O · Una hermandad para un barrio (2007). Dice este autor que «las tres expresiones con las que la Iglesia ha ilustrado a lo largo de los siglos su fe en la maternidad de María: Madre de Jesús, Madre virginal y Madre de Dios, derivan y encuentran su sentido en el misterio de la Encarnación«. Pero «como esta fiesta caía con frecuencia dentro de la Cuaresma y no podía celebrarse con la solemnidad merecida, en el X Concilio de Toledo, reunido el año 656, se instituyó la fiesta de la Expectación de Nuestra Señora«, a celebrar 8 días antes de la Navidad, es decir, el 18 de diciembre. También se llamó de la Expectación del Parto de María, de Nuestra Señora de la Esperanza y de Nuestra Señora de la O.
La razón de este último apelativo era que entre el 17 y el 23 de diciembre las antífonas del rezo de vísperas comienzan con la exclamación ¡Oh! (O, en latín):

¡Oh, Sabiduría que brotaste de los labios del Altísimo (…)!
¡Oh, Adonai pastor de la casa de Israel (…)!
¡Oh, Renuevo del tronco de Jesé (…)!
¡Oh, Llave de David (…)!
¡Oh, Sol que naces de lo alto (…)!
¡Oh, Rey de las naciones (…)!
¡Oh, Emmanuel, rey (…)!
Según la Wikipedia, «esta circunstancia dio lugar que, en la catedral de Toledo, ese día [18 de diciembre, aunque se entiende que era del 17 al 23], una vez acabadas las vísperas, todos los canónigos que asistían al coro repetían a grandes voces, y sin orden ni concierto ‘O, O, O’ para manifestar el deseo de que viniese el Redentor del mundo«.
Continuando con la explicación de Ruiz Ortega (que cita el libro Sevilla Mariana (1883) de Alonso Morgado), «iconográficamente se representa a María con una O, en forma de oro entre sus manos, para representar la expectación ante el parto divino«.
La imagen de la «Virgen de la O» de Ubrique no es la de una Virgen de la O

Pero quienes conozcan la imagen de Nuestra Señora de la O de Ubrique habrán comprobado que no solo carece de ese rasgo iconográfico, sino que le sobra otro muy importante: el niño. Como dije antes, las imágenes de la Virgen de la O han de representar la Expectación del Parto. Pero todo tiene su explicación.
Como he contado pormenorizadamente en otro lugar, la «Virgen de la O» de Ubrique es una talla muy valiosa que labró entre 1575 y 1576 Jerónimo Hernández y fue policromada por Álvaro de Ovalle para la iglesia del Divino Salvador de Carmona (Sevilla). Allí representaba a Nuestra Señora de la Antigua, advocación que no tiene nada que ver con la de la Nuestra Señora de la O.
En 1936, la talla de Nuestra Señora de la O que poseía la parroquia de Ubrique resultó afectada por un incendio intencionado que se produjo en la noche del 20 al 21 de abril de 1936 durante unos graves disturbios de los que la historia ha hablado prolijamente. Según el historiador Fray Sebastián de Ubrique, la imagen era una «obra de raro mérito, de fines del siglo XV o principios del XVI (…). Había el proyecto de restaurarla. Era de las mejores obras de arte de la villa», dice el fraile. En otro lugar agrega: (…) Ntra. Sra. de la O, titular del templo (…), obra del siglo XVI, artísticamente de lo mejor que poseía Ubrique, aunque mutilada con una azuela para acomodarla al gusto de la época posterior de vestir las imágenes».
El fuego también afectó o destruyó otras muchas esculturas y ornamentos. Para disponer de nuevo de imágenes de culto, algunos católicos de Ubrique, con Fray Sebastián al frente, se dispusieron a conseguir algunas de reemplazo. Según asegura el fraile en su Historia de la Villa de Ubrique, el arcipreste de Carmona en aquella época, Juan María Cornil, que era ubriqueño, «donó» a su pueblo natal en 1938 la valiosa talla carmonense de Jerónimo Hernández para que fuera adorada como «Nuestra Señora de la O» (gran dislate porque, como dije antes, la Virgen de la O es un trasunto de la Expectación del Parto, pero la Virgen de Hernández tiene en sus brazos al niño ya más que dado a luz, y bien rollizo).

Dice Fray Sebastián textualmente:
Quería dicho señor [Juan María Coronil] regalar un retablo para la parroquia de su pueblo natal. Llamó al P. Sebastián de Ubrique para escogerlo; pero los que quedaban no le gustaron [a Fray Sebastián]. Entonces [Fray Sebastián] escogió dicha imagen, que estaba abandonada detrás del coro alto (…).

Dice después el fraile historiador que Juan María Coronil «se dio trazas» para enviar la imagen a Ubrique con los permisos oportunos. Agrega que «una vez en el taller [de restauración], [la imagen] empezó a llamar la atención de los artistas de Sevilla, la retrató el Instituto Español del Arte, y se armó tal revuelo que hubo que trasladarla inmediatamente a Ubrique«. La imagen adjunta muestra el estado en que llegó la imagen a Ubrique y cómo quedó tras una rápida restauración (todo esto fue en 1938).
Bien. Fray Sebastián, o creyó decir la verdad, o dijo medias verdades, o conculcó malamente el octavo mandamiento al escribir este episodio de la llegada de la Virgen de Hernández a Ubrique. Porque las mentiras tienen las patas muy cortas y ahora se duda de si el cura ubriqueño Juan María Coronil donó a su villa natal la rica imagen de la que era propietario moral el pueblo de Carmona o la vendió a Ubrique (a católicos de Ubrique, se entiende). En el caso de haberla vendido, se duda de si dedicó los beneficios íntegramente a dar de comer a los pobres de Carmona o destinara una parte a reformar de la casa parroquial, es decir, la casa donde él moraba (junto a su madre, que fue quien lo animó a hacer reformas domésticas), objetivo al que sí dedicó otros beneficios de venta con bastante seguridad, aunque todo ello con los permisos oportunos del mismísimo Cardenal Segura. Sea como fuere, muchas voces de Carmona siguen quejándose de lo que consideran un auténtico robo.
Por cierto, ¿qué pasaría con la imagen de la Virgen de la O ubriqueña que quemaron en 1936? Como mencioné antes, dejó escrito Fray Sebastián que «Era de las mejores obras de arte de la villa» y que «Había el proyecto de restaurarla», lo que parece denotar que era factible hacerlo. Entonces, ¿dónde iría a parar ese elemento patrimonial supuestamente tan valioso? Me lo pregunto por mera curiosidad histórica.

