
En 1865, en España soplaban aires prerrevolucionarios. Reinaba Isabel II, gobernaba Narváez primero y O’Donnell después, y las doctrinas moderadas de este último habían agotado sus posibilidades de mejorar nuestro país. Se avecinaba la revolución de 1868 (la llamada Gloriosa). Se iniciaba una guerra con Chile que se prolongó hasta el año siguiente. Y en el interior, los descontentos se manifestaban en disturbios como el de la Noche de San Daniel, la del 10 de abril, cuando la Guardia Civil y el Ejército reprimieron sangrientamente una protesta de los estudiantes contra la destitución del rector de la Universidad Central de Madrid, que no había querido deponer a los catedráticos Emilio Castelar y Nicolás Salmerón, quienes pocos años después fueron presidentes de la Primera República Española.
Uno de los ideales de los sectores prorrepublicanos de la época era la abolición del sistema de quintas (la llamada “contribución de sangre”), medida que también reclamaron las juntas revolucionarias que se formaron en 1868. El sistema consistía en el reclutamiento forzoso de uno de cada cinco jóvenes en edad militar, aunque el elegido podía redimirse de esta obligación pagando cierta suma de dinero.

Pues bien, parece ser que en la sociedad de Ubrique existía una oposición a las quintas muy arraigada, o al menos en los círculos prorrepublicanos de la localidad, según cabe deducir de una noticia publicada por La Discusión, Diario Democrático el 6 de abril que recogía una carta dirigida el 24 de marzo de 1865 por 270 madres de Ubrique (bisabuelas y tatarabuelas nuestras) a la Cortes de la nación para ejercer su “derecho de petición” de que se promulgara una ley que decretara la abolición de las quintas.
La madres decían que no se movían “guiadas por las aspiraciones políticas, que desconocen por completo, sino por el respeto a la justicia y por el santo amor a la humanidad”. Al parecer se inspiraban en una campaña similar iniciada por unas madres de Jerez.
En la carta de las ubriqueñas se leían párrafos tan conmovedores y elocuentes como este:
Desde que el niño se calienta en el regazo de la madre, piensa esta en las quintas, como en una amenaza inhumana del derecho escrito.
En fin, la copio entera tal como apareció en el mencionado periódico, para que apreciemos el coraje de aquellas bisabuelas y tatarabuelas nuestras que en unos tiempos en que la mujer no tenía protagonismo político, se atrevieron a dirigirse al principal órgano legislativo del país con sus nombres y apellidos para pedir lo que consideraban justo. Lean los nombres de las firmantes, porque casi con toda seguridad van a encontrar a una o varias antepasadas. No hay estirpe ubriqueña que no tenga una representante en esa lista. Destacan especialmente la familia Bohórquez, una de cuyas ramas era acendradamente republicana. (Nota: al escanear el texto se ha perdido una línea, pero parece leerse: “No puede ser justa, no, una ley que hiere a la juventud y quebranta el ¿corazón? de las madres”).










Copio también el comentario que hizo el periódico La Discusión a este escrito:

El manifiesto está recogido por Diego Caro Cancela en su libro Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (Jerez, Caja de Ahorros de Jerez, 1990, pp. 448-449). Según Caro Cancela, la iniciativa se enmarcaa dentro una campaña promovida por los republicanos para, según algunos historiadores, ganarse la adhesión de las mujeres. Y opina que, en una campaña de gran emotividad, y en la que participan más actores, para deplorar el sistema de reclutamiento, «las mujeres compitieron con los hombres en escribir artículos lacrimosos…». La exposición de las ubriqueñas se reproduce tres años después, el 11 de octubre de 1868, en el periódico jerezano La Revolución, próximo al Partido Demócrata, antes de que el general Prim recurriera de nuevo a este sistema de reclutamiento.

