Los frailes capuchinos vinieron a Ubrique por el año de 1660. Primero se instalaron en la iglesia de San Juan de Letrán, donde estuvieron hasta que se terminó el convento, unos años más tarde. Desde 1759, el Padre Nicolás de Córdoba escribió una Historia Instrumental de la Fundación del Convento de Capuchinos de Ubrique que después continuaron otros. En esa historia se lee el siguiente suceso acaecido a dos de los frailes en 1684:
Siendo guardián de este convento el P. Eusebio de Sevilla, envió al P. Juan de Ujíjar [sic], sacerdote, con el hermano fray Diego de Cabra, corista, a que recogiesen algunas limosnas en Gibraltar y en otros lugares circunvecinos. Cumplieron con la obediencia, y volviéndose al convento, hicieron noche en un cortijo. Aquella noche se trató entre la gente que en él habla del descaro con que andaban los moros en aquellas playas, conducidos de renegados. cautivando a muchos. Oyeron esta conversación los religiosos, causándoles algún pavor porque les era necesario salir de madrugada a continuar el camino. Ejecutáronlo así, y a pocos pasos echó de menos el hermano fray Diego una cartera en que llevaban algunos papeles de cuidado, y acordándose de que la larde antes habían llegado a una fuente, como a un cuarto de legua de distancia, se consintió la había dejado en dicho sitio olvidada, por lo que suplicaba al padre fray Juan le permitiera volver a recogerla. Condescendió dicho Padre, y quedó allí esperando a que volviera el Hº. Diego, que tue a registrar el sitio expresado.
Como aún todavía no era de día claro, luego que el dicho fray Diego llegó al sitio de la fuente, empezó a buscar a tientas entre las matas su cartera. De esta sazón venían por el camino dos pasajeros, y recelosos de lo peligroso del sitio, al ver andar entre las matas aquel bulto, temiendo él si serian moros, empezaron a dar voces. Oyolo fray Diego, y suscitándosele la especie que había oído en el cortijo la noche antes, temió también si eran moros aquellos que le hablaban, y. sin saber qué hacer, procuró ocultarse entre las matas. Los caminantes. consintiéndose en que allí había moros o ladrones, se echaron las escopetas a la cara. preguntando el sitio donde vieron el bullo. y a un mismo tiempo dispararon. con desgracia tanta, que atravesándole a dicho fray Diego dos balas los riñones, solo le dieron tiempo para pronunciar estas enternecidas voces: ¡Jesús, que me han matado! Con lo que entregó su espíritu en manos de su Criador.
Oyó los tiros el P. Fr. Juan, y a[ ver lo mucho que su compañero tardaba, se volvió al cortijo; acompañado de algunos de los que en él había, fueron hacia donde fray Diego había ido, y llegando cerca de la fuente, le hallaron difunto bañado en su propia sangre. Quedó el P. Juan fuera de sí, a vista de tan lastimoso suceso. y pidiéndole a aquellos mozos le ayudaran para llevarlo a Gibraltar a darle sepultura, se ofrecieron caritativos a ello, como lo ejecutaron. Luego que llegaron a Gibraltar, dio el P. Fr. Juan noticia del suceso al R. P. guardián de los observantes. que con fraterna caridad quedó con toda su venerable comunidad penetrado del más vivo sentimiento a vista de tan lastimoso caso. y se ofreció gustoso a hacerle la pompa funeral. con la más suntuosa ostentación, como lo ejecutó puntualmente. En aquella mañana, yéndose a reconciliar dicho Fr. Juan para decir misa, con un religioso observan le de aquella comunidad, al verlo este tan sobremanera afligido, y congojado, le dijo estas palabras formales: V. R. P. se consuele, porque le hago saber que yo confieso en esta ciudad una persona de calificado espíritu, que ha dicho que le dijo Ntro. Señor: “Hoy han quilado la vida vilmente a un hijo de Francisco, mi siervo”. Ella le replicó: “Pues, Señor. ¿cómo así?”. A que respondió el Señor: “Son altos juicios míos. Ruégame por él, que está en el Purgatorio, y saldrá del sábado en ocho días”. De lo que podemos inferir está gozando de Dios. Después corrió voz no muy lejos de allí que un hombre perdió el juicio y dando voces decía: “Yo he quilado la vida a un religioso”. Entre cuyos fatídicos ecos, dentro de pocos días expiró. No se pasó mucho tiempo sin que le siguiese en su jornada el dicho padre fray Juan, que fue su compañero, pues desde aquel día empezó a entristecerse y poco después murió.

