El caballero cuyo retrato se ve sobre estas líneas es José Fernández Guerrero, fue un escultor imaginero ubriqueño nacido en 1748 y emparentado con otras importantes figuras del mundo del arte como el retablista Gonzalo Pomar (tío abuelo), el pintor Joaquín Manuel Fernández Cruzado (hijo) y el arquitecto Miguel de Olivares (primo hermano) o de otros ámbitos, como el médico Manuel de Padilla o el ministro de la II República Antonio Azarola Gresillón). Produjo estatuas muy meritorias, como las de Balbo el Menor y Columela que se conservan en el despacho de la Alcaldía de Cádiz, la Virgen de la Soledad de Jerez, la Virgen de las Angustias de Cádiz, la Virgen de los Dolores de Fuentes de Andalucía o el conjunto escultórico de la Divina Pastora de Sevilla.
Quisiera hablar aquí de todas esas obras en conjunto, agregar las producciones conocidas de orfebrería y algunas atribuciones recientemente hechas, y salpicarlo todo con retazos de su biografía. Me valdré de los textos que ya he escrito y de publicaciones más modernas, especialmente dos debidas a uno de los mejores especialistas actuales del artífice ubriqueño, Carlos Maura Alarcón:
- «José Fernández Guerrero, un escultor y platero gaditano trabajando para Sevilla a principios del siglo XIX» (en XXI Simposio sobre Hermandades de Sevilla y su Provincia, pp. 13-34).
- «José Fernández Guerrero, un escultor entre la tradición imaginera y la renovación mengsiana» (Laboratorio de Arte, 35 (2023)).
En el texto que sigue reproduzco algunas de las fotografías que los artículos de Maura gracias a su gentileza.
Según el libro Cádiz Pintoresco, Colección de retratos del Museo de Bellas Artes de Cádiz, de Pelayo Quintero Atauri (1919), que es donde aparece el retrato de cabecera, este fue pintado por Joaquín Manuel Fernández Cruzado, hijo del escultor, cuando su padre tenía 67 años, es decir, en 1815 o 1816. Como la reproducción es monocroma, podemos entender mejor el lienzo mediante esta descripción aparecida en un Catálogo del Museo de Pinturas y Grabados de la Real Academia de Bellas Artes de la Provincia de Cádiz en 1876:


En la revista La Verdad del 13 de febrero de 1877 el intelectual gaditano Adolfo de Castro, firmando como Jacinto Flores Estrada, criticaba que en la descripción anterior no se dijera quién era el tal «Don José Fernández», y quiso remediar así lo que veía como una desconsideración hacia un gran artista:
Aquí era tiempo de consignar que este D. José Fernández Guerrero nació en Ubrique en 1749 [sic], que vino a Cádiz muy joven, en donde con su hermano menor Pedro ejerció el oficio de platero. En 9 de noviembre de 1788 fue nombrado Académico supernumerario de la de San Fernando. Hizo los cuatro bajo-relieves «con los signos de la pintura, escultura, arquitectura y matemáticas» que hoy se conservan en la Sala de Juntas [de la Academia de Bellas Artes], por los cuales percibió 3000 rs [reales]. Hizo las estatuas de Balbo el Menor y la de Columela que existen en el Ayuntamiento. En fin, es un artista de la provincia digno de que se diga algo de él, y más cuando la Academia tiene en su archivo estos y otros datos, que debieran haberse publicado a semejanza de lo que ha practicado al hablar de otros retratos.
En realidad nació en 1748, hijo de Benito José de Pomar y de Brígida Micaela Guerrero. Benito era sobrino de Gonzalo Fernández de Pomar, también escultor (retablista), que pudo ejercer gran influencia en el surgimiento de la vocación de su sobrino nieto José. Valiéndome de documentación procedente de distintas fuentes compuse hace años este árbol genealógico de la familia. (Una de las fuentes fue un excelente estudio de Fernando Orgambides en el que podemos encontrar la biografía de buena parte de la saga). Van destacados en verde los que se dedicaron a practicar este tipo de arte y en amarillo aquellos que, además de Gonzalo Pomar, José Fernández Guerrero y Miguel de Olivares, eran naturales de Ubrique.

Las estatuas del Ayuntamiento de las que habla Adolfo de Castro todavía se conservan. Fernández Guerrero las esculpió en 1816, es decir, ya con 68 años. Según averiguó Carlos Maura, percibió por ellas 8800 reales. Pedí fotografías de las efigies al gabinete de la Alcaldía de Cádiz y, a partir de las dos imágenes que tuvieron la cortesía de enviarme –dispares en muchos aspectos–, el fotógrafo Ángel Pablo las homogeneizó y creó esta composición:

También es correcta la afirmación hecha por Adolfo de Castro de que Fernández Guerrero fue nombrado en 1788 académico supernumerario de la Real de Bellas Artes San Fernando (RABASF) de Madrid. Para tal fin se matriculó en la institución el 1 de septiembre, como reza en los libros de matrícula:


El ubriqueño tenía 40 años por entonces, lo que supone una edad avanzada para ponerse a aprender escultura. Pero es que ya sabría bastante de este arte. Sobre su formación, en el libro Cádiz Pintoresco citado antes se lee:
Aprendió primeras letras en Cádiz, y desde muy niño ingresó en el colegio de Plateros, siendo fundador, en 1777, de la Escuela de dibujo que en 1785, por influencia del Gobernador Militar Sr. Conde de O’Reilly, se transformó en Escuela de Nobles Artes, instalándola donde hoy está el Hospicio, y de la cual fue nombrado profesor de escultura.
Y esto dice al respecto un artículo de la publicación periódica Revista de Bellas Artes del 24 de marzo de 1867:
La Academia [de Bellas Artes] de Cádiz fue creada en el siglo pasado (1789), y desde su fundación estableció estudios de aritmética, geometría, dibujo de figura y de adorno, habiéndolos ampliado después con los superiores de dibujo del antiguo y del modelo vivo. […] Y ya que hablamos de discípulos, no está de más consignar que lo fueron en su juventud, y después profesores de la misma escuela, los conocidos maestros D. Cosme Velázquez, D. José Fernandez Guerrero y D. Joaquín Fernandez Cruzado.
Efectivamente, José llegó a ser en 1789 teniente director de la sección de escultura de la Escuela de Tres Nobles Artes, dependiente de la Academia de Bellas Artes de Cádiz. Para desempeñar ese cargo es bastante seguro que se le exigiera ser al menos académico supernumerario de la Real de San Fernando. Por eso (y, de paso, para ganar prestigio social y profesional) se matricularía en dicha academia madrileña, en la que consiguió ese título.
Ahora bien, como su carrera seguiría estando limitada si no obtenía el grado de académico de mérito, lo pidió a la RABASF en 1790. Al parecer, las normas de la Academia exigían que acudiera a Madrid para realizar el ejercicio correspondiente, pero él, alegando que por su trabajo le resultaba imposible el desplazamiento, envió un relieve en yeso que aún conserva el museo de la institución. En el ángulo inferior derecho de la pieza se lee: «J. Fernz. Guerrero inventó y Modeló en Cádiz a 1790». Es este:

Leticia Azcue Brea, en su libro La escultura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (catálogo y estudio) (RABASF, 1994), describía así este trabajo:
Representación alegórica de la ignorancia y los vicios a través de figuras semidesnudas que escapan ante el ataque de Hércules mientras unos soldados protegen a unos niños que sostienen los símbolos de las artes y el lema «non plus ultra», refiriéndose a las artes y las ciencias y a la ciudad de Cádiz en forma de matrona, modelado con un personal estilo y una composición no excesivamente brillante.
La RABASF le negó el título de académico de mérito lamentando que «sus adelantamientos (…), mayores de lo que se podían esperar de un artífice platero que ha sido, no le constituyan todavía merecedor del grado a que aspira».
Según Carlos Maura, más tarde lo avaló el pintor Francisco de Goya, que en aquel momento estaba afincado en Cádiz. Y volvió a pedir el grado de académico de mérito en 1798, pero se lo denegaron por segunda vez.
Maura, citando a Leticia Azcue, nos informa de que en 1819 le llegó finalmente el nombramiento de académico de mérito tras haberlo solicitado por tercera vez. Además, en una crónica del Diario de Madrid del 23 de febrero de 1819 sobre una obra efímera en cuya realización había participado el artista ubriqueño (más abajo la comentaré) se dice de él que, efectivamente, por entonces era académico de mérito.
No obstante, en un libro titulado Distribución de los premios concedidos por el rey nuestro señor a los discípulos de las tres nobles artes, de 1832, la RABASF incluye un Catálogo de los individuos de la Real Academia de San Fernando que han fallecido desde el año de 1805 en el que figura dentro de la lista de académicos supernumerarios:

Por cierto, es la referencia más precisa que conozco de la fecha de su muerte (junio de 1826), aunque, como se ve, lamentablemente dejaron el día del mes en blanco, quizá por no saberlo, más que por olvido. Tenía 74 años cuando murió y, según el libro Cádiz pintoresco citado al principio, aún estaba «desempeñando la plaza de profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes».

Platero
Carlos Maura ha estudiado en profundidad una faceta de Fernández Guerrero poco tratada: la de orfebre platero.
Es en la Archicofradía del Carmen [de Cádiz] donde encontramos las primeras obras de Fernández Guerrero, pero no como escultor, sino como orfebre, faceta que es prácticamente desconocida del artista. En 1777 le documentamos su primer trabajo, hallando su nombre en un recibo por el que declara haber percibido 300 reales por mano de Juan de Andújar, diputado de obras de la archicofradía, por la hechura y dorado de una llave de plata para el Sagrario de la capilla. Esta llave debe corresponder, ya que la falta de referencias posteriores a otra llave así lo da a entender, con la que aún conserva la cofradía. El medallón de la llave presenta un diseño realizado a base de rocallas que conforman curvas y contracurvas, en cuyo centro, calado, se presenta el emblema del Carmelo descalzo. Esta pieza fue la primera de una larga serie de trabajos que realizó para la corporación carmelitana (…).

Al año siguiente (1778) labró una corona de plata para la misma hermandad, y también potencias para el Niño, una media luna y diademas para San Simón Stock y Santa Teresa. Se le pagaron 902 reales por estos trabajos. Los documentos hablan también de unas efigies de los santos que poseía la Virgen a sus plantas en actitud de oración. La estética de las piezas es clasicista. Esta es la corona:

La Archicofradía del Carmen de Cádiz siguió encargándole trabajos, como unos ciriales, la restauración de piezas que no han llegado hasta nuestros días o la elaboración de unas nuevas andas de plata para un paso que no llegó a realizarse. Es un buen ejemplo de que todas las historias tienen sus intrahistorias. Llevar a cabo obras de este tipo no se redcía a recibir el encargo y entregar la pieza. Según explica Carlos Maura, el trabajo de Fernández Guerrero se iba retrasando y él hubo de presentar un memorial para justificar la demora. Entre otras razones, aducía que necesitaba un local donde guardar la plata. Asunto fundamental este, ya que el artífice no estaba trabajando con yeso, sino con un metal valioso que era preciso resguardar de los amigos de lo ajeno. Al final, no llegó a concluir el proyecto de las andas, aunque sí pudo presentar en abril de 1783 ocho columnas de plata que luego se vendieron.
Carlos Maura, basándose en razonables indicios, también atribuye al orfebre ubriqueño otra corona propiedad de la archicofradía y una custodia, ambas realizadas en 1799. Para poder costearlas, la hermandad hubo de fundir varias piezas de plata. Según Maura, la corona sigue muy de cerca los modelos gaditanos de este tipo de piezas; la custodia, en cambio, tiene un diseño inusual.


Opina este historiador que si se puede refrendar documentalmente la atribución de la custodia de la Archicofradía del Carmen, también habría que adjudicar al platero ubriqueño la custodia de la parroquia de San Jorge de Alcalá de los Gazules, «que sigue casi al pie de la letra el mismo diseño con la salvedad de que esta se halla realizada en metal en vez de en plata».

Profesor
Mientras atendía estos encargos de orfebrería, Fernández Guerrero se dedicaba a la docencia. Así, fue profesor en la escuela de dibujo creada por el colegio de artistas plateros de Cádiz (a propuesta del propio artífice) y en la Escuela de Dibujo, Aritmética y Geometría fundada por el conde O’Reilly, gobernador de Cádiz. Y desde 1789 fue teniente director de escultura de la Escuela de Tres Nobles Artes, regentada por la Academia de Bellas Artes de Cádiz.
Escultor
La enseñanza le permitiría dar a conocer sus dotes como escultor, y eso le granjearía encargos. Es conocida la participación de él y de Cosme Velázquez, su superior en la Escuela, en la creación de algunos elementos esculturales de la fachada de la Catedral Nueva de Cádiz. Así lo certificó Miguel de Olivares, el arquitecto ubriqueño primo hermano de José Fernández Guerrero. Lo sabemos porque aparece en esta referencia del libro de acuerdos de la junta de dichas obras:
Informados por dho Miguel de Olivares de ser cierto que dn Cosme Velásquez, Director de la Academia de Bellas Artes de esta ciudad, y dn Josef Fernández Guerrero, Académico de la de Sn Fernando, havían trabajado de orden del Arquitecto Director dn Manuel Machuca en los adornos de orla de Laurel, y claraboya que existen en el cuerpo ático de la fachada, mandaron se le abonen los un mil quinientos reales de vellón que pretenden por los cinquenta días que trabajaron.
Los hermanos Juan y Lorenzo Alonso de la Sierra Fernández (en su artículo «Trabajos en yeso de Cosme Velázquez y su círculo para el Oratorio de la Santa Cueva«, PH: Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, ISSN 2340-7565, año 8 (33) (2000) 76-86) sugirieron a partir de un análisis estilístico que Cosme Velázquez contó con el ubriqueño para realizar obras de imaginería menor en el Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz:
Las cuatro parejas de ángeles pasionarios situadas sobre los vanos y confesionarios de la capilla sacramental de la Santa Cueva se ajustan mejor a estos criterios que a los manejados por el escultor riojano [Cosme Velázquez, director de escultura de la Escuela de Tres Nobles Artes], lo que nos permite plantear la hipótesis de su autoría. Ciertamente, durante aquellos años Fernández Guerrero era el único escultor local que podía afrontar una empresa de este tipo, pues, como hemos señalado, la escuela gaditana no contaba con otros escultores. Además, la relación laboral entre ambos artistas hace más verosímil esa colaboración, que consta en otras empresas.


No se puede dejar de mencionar entre las obras de Fernández Guerrero que se conservan cuatro relieves alegóricos protagonizados por Hércules. Javier de Navascués, siendo presidente de la Real Academia Provincial de Bellas Artes de Cádiz en 2000, escribía esto al respecto:
La Sala de Sesiones [de la Academia] es el lugar donde se gestó el Cádiz histórico que hoy admiramos. Está decorado con relieves, con escenas de Hércules protector de las Artes, obra de Fernández Guerrero. No se nos ocurrirá nunca embadurnar estos relieves, vaciados en yeso, con ninguna pintura.
Rosario Martínez López: «La biblioteca de la real academia provincial de bellas artes de cádiz estudio histórico-artístico de su patrimonio«, Diputación de Cádiz, 2001.
Imaginero
Aparte de este tipo de trabajos escultóricos, podríamos decir que la verdadera especialidad de Fernández Guerrero fue la de esculpir imágenes religiosas, es decir, la de imaginero.
Virgen de la Soledad (Jerez)
Una de sus vírgenes más conocidas es la de la Soledad de Jerez de la Frontera, tallada hace 225 años, efeméride que está siendo recordada con un programa de actos para el que Tomás Terán Torrejón creó este cartel:

Curiosamente, hasta hace relativamente poco no se supo que el autor era el escultor ubriqueño, ya que, bajo el torso de esta dolorosa, hay una firma de «José Fernández Pomar«. Pero este no es otro que nuestro José Fernández Guerrero. Como se puede ver en el árbol genealógico que puse más arriba, Pomar era uno de los apellidos de esta familia, pero en aquellos tiempos el sistema de apellidos no estaba fijado como ahora y las personas usaban los de su familia como les parecía.

La hipótesis de que Fernández Pomar era Fernández Guerrero la popusieron hace algunos años Francisco Espinosa de los Monteros Sánchez y Pablo Pomar Rodil y, aunque era bastante plausible, ahora lo es más porque posteriormente se encontró el documento de pago. Otra evidencia es que en el Archivo Histórico Nacional, Sección Clero, Libro 1980, se lee esto sobre la talla: «el artífice que la hizo era Don Joseph Fernández Pomar Académico de Cádiz e hijo natural de la Villa de Ubrique» (José Manuel Moreno Arana: «La dolorosa en la imaginería procesional jerezana del siglo XVIII«, Revista de Historia de Jerez, 19 (2016) 99-120).
María de Cleofás (Jerez)
En un artículo que publicaron Espinosa de los Monteros y Pomar en Diario de Jerez (10/3/2009) divulgaron la mencionada hipótesis y además aportaron indicios para sugerir que también la talla de María de Cleofás de la Cofradía del Cristo del Amor podría ser de Fernández Guerrero:
(…) hemos comprobado además que a finales del siglo XVIII fue mayordomo de la Hermandad de la Soledad de Jerez Gonzalo Cruzado, quizá pariente de la mujer de Guerrero, Lucía Cruzado, que acaso pudo servir de intermediario entre la hermandad y el escultor. Estos datos y el que precisamente fuese en esta ciudad donde nació en 1781 su hijo Joaquín (…) parece indicar una estancia jerezana del artista. De ser así, habría que rastrear otras posibles obras suyas en la ciudad. Una de estas podría ser la imagen de María de Cleofás de la joven hermandad jerezana del Cristo del Amor, de la que estamos tratando de rastrear su origen. Su análisis estilístico, exclusivamente del rostro dado que las manos no son las originales, desvela un considerable parecido en el modelado con la dolorosa de Fuentes de Andalucía, con la Divina Pastora sevillana y aún con la Virgen de la Soledad.
Desde luego, el rostro de María de Cleofás tiene el estilo de las mujeres talladas por el imaginero ubriqueño:


Virgen de los Dolores (Fuentes de Andalucía)

Otra imagen de Fernández Guerrero es la Virgen de los Dolores de Fuentes de Andalucía, hecha para una congregación de Siervos de María Santísima de los Dolores (servitas) que se estableció en el pueblo a principios del siglo XIX. En 1806, o poco antes, encomendaron el proyecto al prestigioso historiador y especialista de arte Juan Agustín Ceán Bermúdez, que desde 1798 era académico honorario de la Real de Bellas Artes de San Fernando (más tarde llegó a ser académico consiliario). Ceán encargó la talla de la efigie de la Virgen de los Dolores a Fernández Guerrero, lo que dice mucho de la consideración de amistad en que Ceán tendría a Fernández.
Álvaro Recio Mir, en «La escultura sevillana, la Academia de San Fernando y el Ocaso de la Escuela» (Academia: Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 104-105 (2007) 133-156), dice:
Quizá aún más significativo sea que en 1806 Ceán Bermúdez eligiese para tallar la Virgen que preside el retablo que él mismo trazó para la congregación servita de la parroquia de Fuentes de Andalucía, Sevilla, a un escultor gaditano: José Fernández Guerrero. A ello le llevaría que Fernández era académico de mérito de San Fernando, condición que no tenía ningún escultor sevillano.
Pero había algo más: amistad. Según se lee en el Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando n.º 46 (1978), Ceán Bermúdez se preocupó de que Joaquín Manuel Fernández Cruzado, el hijo pintor de Fernández Guerrero, tuviera buenas condiciones de estancia en Madrid durante sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Así, el 10 de enero de 1807 Ceán escribió desde Sevilla a Francisco Durán, conserje de la Academia, lo siguiente:
Pasado mañana sale de aquí [Sevilla] para Cádiz D. Joaquín Fernández Guerrero [sic, por Cruzado], que estaba aquí pensionado por aquella escuela para copiar lienzos de Murillo; se detendrá en su casa de Cádiz, donde su padre D. Josef Fernández Guerrero, Académico supernumerario de esa, es Director en escultura de aquella misma escuela, y pasados ocho o nueve días emprehenderá su viage para Madrid, a perfecionarse en el diseño y colorido. En este intervalo espero me haga Vm. el favor de proporcionarle, ya que no pueda ser en los quartos de los dependientes de la Academia, en alguna casa inmediata a ella [calle de Alcalá], donde le tengan en clase de pupilo, o de hospedage. El irá en derechura a alguna posada, y luego con carta que llevará mía para Vm. pasará a buscarle para que pueda trasladarse a la que Vm. le haya proporcionado. Es mozo de buena crianza, modales y juicio, por lo que es acreedor a que Vm. le ayude con sus consejos y protección.
Esta es la carta de recomendación de Ceán que llevó en mano el estudiante Joaquín al conserje, fechada en Sevilla el 20 de enero:
Mi estimado amigo y señor: Con fecha de 10 del corriente recomendé a Vm. a D. Joaquín Fernández Guerrero, pensionado de la escuela de Cádiz que pasa a esa a perfeccionarse en la pintura para que le buscase hospedage cómodo y proporcionado a su estudio en esa Real Academia: el que entregue a Vm. esta carta es el mismo sugeto, a quien espero protegerá y dirigirá en quanto se le ofrezca, a cuyo favor quedará reconocido este verdadero amigo y servidor de Vm., Juan Agustín Ceán Bermúdez.
El 4 de marzo seguía preocupándose por ayudar al hijo de Fernández Guerrero escribiendo esto al conserje:
Mi estimado amigo y señor: Por D. Joaquín Fernández Guerrero sé la buena acogida que Vm. le ha hecho, y por ello le doi las más atentas gracias, esperando que Vm. le continúe su favor, porque es buen mozo, como ya Vm. lo habrá experimentado.
Y el 27 de mayo:
Cómo va con Joaquín Fernández Guerrero?, se a plica?, adelanta? Tengo mucho interés en sus progresos.
Según Carlos Maura, José Fernández Guerrero percibió dos mil reales por esculpir la imagen de la Virgen de los Dolores de Fuentes de Andalucía y regaló el diseño de la corona de plata. Este es el rostro de la talla:

Esta fotografía y otras me las envió el archivero de la parroquia y miembro del grupo de Pastoral del Patrimonio de la misma Francis J. González Fernández en 2021, una vez que la imagen había sido repuesta al culto después de la rehabilitación del templo parroquial de Santa María la Blanca realizada por iniciativa de una comisión ciudadana y parroquial.
Yo vi la talla almacenada en la sacristía en 2009, mientras se restauraba la iglesia, y observé que el rostro tiene un defecto. Carlos Maura lo describe así: «Desgraciadamente, su percepción se encuentra hoy alterada por el desprendimiento del ojo izquierdo, que se encuentra caído, dado que la disposición original era con la mirada hacia arriba». Por eso he usado una imagen de perfil. No entiendo nada de escultura, pero me pregunto si sería tan complicado hacer esa pequeña restauración. El rostro, que me parece muy bello, ganaría mucho.
Virgen de las Angustias (Cádiz)
Otra Virgen famosa que se atribuye con bastante seguridad a Fernández Guerrero (aunque no se ha encontrado aún documentación que lo acredite) es la dolorosa de la cofradía del Ecce-Homo, en la iglesia de la Conversión de San Pablo, de Cádiz, que está bajo la advocación de la Virgen de las Angustias. Carlos Maura razona que fue realidada en torno a 1804, aunque otro autores hayan propuesto una fecha muy anterior.

La Archicofradía del Ecce Homo describa la talla así:
Es una imagen de candelero con busto y manos talladas. Sus brazos están articulados con sistema de galleta, presentando manos unidas en actitud orante de acuerdo a la iconografía gaditana clásica de mediados del s. XVIII. De tamaño natural, está tallada en madera y policromada, con ojos de cristal.

Dolorosa del Beato Digo (Cádiz)
Miguel Ángel Castellano Pavón atribuye también a Fernández Guerrero una dolorosa que se encuentra en la capilla del Beato Diego José de Cádiz. El autor argumenta que
Dicha obra posee similitudes con las creaciones de Fernández Guerrero anteriormente mencionadas, visibles en su composición, rasgos, encarnadura, armonía de sus finas y delicadas facciones, así como en la hermosura de sus manos entrelazadas. Ello nos induce a establecer una atribución, aunque sea a base de suposiciones, esperando que, en el futuro, jóvenes investigadores aumenten el acervo artístico de este escultor.

Divina Pastora (Sevilla)
Finalmente, quiero presentar este magnífico grupo escultórico de la Divina Pastora que se conserva en el convento de Capuchinos de Sevilla:

Esta preciosa foto de la imagen principal del conjunto, tomada por Carlos Maura Alarcón, revela la excelencia de esta obra:

La modelo debió de ser muy guapa, y el escultor ubriqueño supo hacerle justicia:

En un artículo publicado en ABC de Sevilla el 4 de mayo de 1980, el historiador y cofrade Juan Martínez Alcalde, dentro de una serie llamada Mayo Mariano dedicada uno de los capítulos a la Divina Pastora de los Capuchinos en el que decía que «en 1931, entre circunstancias novelescas, la imagen fue escondida para sustraerla a los desmanes de las hordas», pero desde 1937 «nunca ha dejado de lucir su peregrina hermosura a la luz de la primavera sevillana». Para Martínez Alcaide, la autoría de Fernández Guerrero explicaría «el estilo neoclásico visible en su rostro, que parece la copia o la sublimación cristiana de algún original griego, recordando vagamente a la Atenea Lemnia de Fidias».

Carlos Maura explica que esta Divina Pastora fue atribuida durante muchos años a un Juan Fagúndez, “pintor y platero”, que parece que era un gaditano que se mudó a Puerto Rico en torno a 1811. Quizá sea el mismo del que habla la Guía del Comercio, de Madrid, del 24 de mayo de 1845: «Para satisfacción y noticia de nuestros lectores, advertimos que la isla de Puerto-Rico posee varias canteras de yeso esquisito, tal que al profesor D. Juan Fagundo hemos oído decir que el mejor yeso con que ha trabajado es el de dicha isla».
Pero en el siglo XX fray Juan Bautista de Ardales encontró documentos según los cuales la talla había sido realizada por “N. Fernández, director de la Academia de Cádiz”, que era “platero y escultor”. No puede ser otro que José Fernández Guerrero. Los análisis estilísticos lo confirman.
Este grupo escultórico (también considerado «retablo») está catalogado por la Junta de Andalucía como parte del Patrimonio Mueble Barroco de Andalucía. Según la correspondiente ficha descriptiva, la talla policromada mide 1,20 x 0,80 x 0,70 m y se adscribe a la escuela sevillana. En rafaes.com puede encontrarse mucha información sobre esta escultura.
San Sebastián (Cádiz)
Curiosamente, también se atribuyó a «Juan Fagundo» este San Sebastián de la Catedral de Cádiz (c. 1796):

Ese hecho y otros llevan a Carlos Maura a atribuir a José Fernández Guerrero esta obra. Un argumento estilístico que da es este:
La atribución al de Ubrique adquiere fundamento al considerar el aspecto clasicista de la imagen, así como los rasgos faciales que son semejantes a otras obras suyas documentadas y, especialmente, la nariz, cuya prominencia y rectitud del tabique en su desarrollo hacia la frente es prácticamente una seña de identidad en sus creaciones.
Maura nos traslada una divertida anécdota sobre esta talla que encontró en una fuente documental. Se trata de que en una reunión del cabildo de la Catedral de Cádiz del 12 de enero de 1797 “hubo de proponerse por alguno de los señores la necesidad que había de cubrir con algún decente adorno la cintura de la efigie del Sr. San Sebastián que sale en procesión, por lo notable que se había hecho para las gentes la demasiada desnudez”. Así que se propuso enviar la talla al escultor para que le tapara la cintura con una faja o toalla.
San Servando y San Germán (San Fernando)
Carlos Maura también atribuye a Fernández Guerrero estas efigies de los hermanos mártires San Servando y San Germán hechas para la hermandad de la Esclavitud de San José y que se conservan en la iglesia mayor de San Fernando:


El autor se basa, entre otras razones, en la observación de características estilísticas comunes con efigies de Fernández Guerrero, como las proporciones entre los rasgos fisionómicos, la prominencia de la nariz o la brevedad del arco supranasal, propios de la escultura clásica, «que fueron incorporados por nuestro artista en su corpus frente al estilo del resto de artistas contemporáneos».
Obras efímeras, desaparecidas o de paradero desconocido

José Fernández Guerrero participó también en obras efímeras para celebrar o lamentar acontecimientos. Al menos se conocen dos eventos de este tipo en los que trabajó, ambos relacionados con la Reina María Isabel de Braganza y Borbón, que, por cierto, fue una de las impulsoras de la construcción del Museo del Prado.
Fastos y nefastos
El 4 de septiembre de 1816, cuando solo tenía 19 años de edad, María Isabel de Braganza, joven de carácter dulce e ingenua, arribó junto a su hermana María Francisca (16 años) a Cádiz procedente de Brasil, adonde en la década anterior había emigrado la familia real portuguesa (su familia) para huir de Napoleón. Antes de desembarcar en Cádiz, en uno de los buques contrajo matrimonio por poderes con Fernando VII, convirtiéndose así en Reina de España en el mar, a la vista de Cádiz. Y su hermana María Francisca se casó en el mismo acto, igualmente por poderes, con Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII. Es decir, se casaron sumultáneamente dos hermanas con dos hermanos, dándose la circunstancia, además, que los esposos eran tíos carnales de las esposas.
Para celebrar el acontecimiento, se armaron estructuras ornamentales efímeras repartidas por toda la ciudad de Cádiz, tanto públicas como particulares. En la plaza de San Antonio se construyó un obelisco y otro en la de la Candelaria, y además se creó un muelle artificial para el desembarco de las reales personas y se dotó de variado y exuberante ornato a las Casas Capitulares, la plaza Real, la plaza de San Fernando, la Real Aduana, la Casa Correos, la fachada del Pópulo, la Alameda, el teatro, la fachada del cónsul de Roma, casas de vecinos más o menos pudientes… Y también adornaron extraordinariamente el palco de la plaza de toros al que llevaron a las niñas reales a ver torturar animales inocentes como divertimento. Si María Isabel de Braganza era muy sensible, como se dice, poco favor le harían.
Pues bien, Fernández Guerrero fue requerido para tallar varias estatuas que dieran más realce a la parafernalia. Dos de ellas fueron las Balbo el Menor y Columela que reproduje al principio y de las que, por cierto, hay actualmente sendas reproducciones en las calles de Cádiz, una en la calle Murallas de San Roque, cerca de las Puertas de Tierra, y otra en la plaza de las Flores:

Según se lee en el opúsculo La Ciudad de Cádiz en los felices días de la llegada y mansión de su muy amada Reyna y Serenísima señora Infanta (1816), las efigies esculpidas por Fernández Guerrero las plantaron en «una hermosa galería de tres intercolumnios del orden jónico con columnas de tres pies de diámetro» en la fachada de las Casas Capitulares (Ayuntamiento).
En el centro de este intercolumnio se suspendió un airoso pabellón de damasco amarillo, guarnecido de franjas y flecos, y en este y baxo dosel se colocaron los retratos de SS. MM. apoyados en la columnata del medio, y con atributos alusivos al amor y fidelidad, que servían de sobrepuertas a las ventanas laterales del cuerpo principal.
Los huecos restantes del edificio se adornaron de pabellones del mismo color y colgaduras de terciopelo; y sobre los dos pedestales de la balaustrada exterior posaban las estatuas de los célebres hijos de Cádiz Balbo y Columela.
Toda esta fachada se iluminó con preciosas arañas de cristal en sus huecos, vasos de colores que contornaban las líneas de los ornatos, flameros en sus extremos, y otras luces que hacían vistosa y lucidísima tan bien dispuesta decoración.
Estas estatuas debieron de gustar mucho, porque, según leo en el blog Hitos de Cádiz, en 1855 colocaron una réplica de la de Balbo, en plomo y zinc, en la plaza de San Antonio:

Los fastos organizados en Cádiz durante los siete días que Isabel y su hermana pasaron en la ciudad fueron tan desmesurados que la propia Reina, que había estado viviendo en Brasil una vida bastante modesta, se sintió abrumada y pidió que se proclamase un edicto en el que se decía que «no siéndole indiferentes los gastos que estos les causaban [a los habitantes de Cádiz], era su Soberana voluntad, consiguiente a la de su augusto esposo, cesasen desde luego los festejos públicos».
El séptimo día el real cortejo partió hacia Madrid, donde a la Reina la esperaba el prenda de Fernando VII.
Pues bien, no habían pasado dos años y medios de este exacerbado homenaje que rindió Cádiz a la reina María Isabel de Braganza cuando le hubo de dedicó otro, pero este de tintes muy luctuosos: las honras fúnebres de aquella niña que había sido coronada Reina de España en un barco a la vista de Cádiz. Había fallecido trágicamente en Aranjuez el 16 de diciembre de 1818, con solo 21 años de edad, en unas extrañas circunstancias y debido a mala praxis médica, según todos los indicios. También murió la nonata de la que estaba embarazada.
El Diario de Madrid del 23 de febrero de 1819 describe prolijamente el túmulo monumental que se erigió para oficiar las pompas fúnebres. Aparte del propio catafalco, se construyó una escalinata cubierta de paño negro con flecos de oro y se dispusieron pedestales con grandes candelabros de gusto romano, trofeos militares, una urna cineraria de imitación de pórfido verde, adornos de cabezas de leones de bronce dorado, investiduras reales sobre almohadones de terciopelo negro con galones y borlas de oro, una gran corona mural, una colgadura de paño negro matizada de leones y castillos de bronce dorado, una composición alegórica sobre la Reina con matronas que representaban a España y a América «en acción de llorar e! infausto acontecimiento», laureles, lápidas… Y
una hermosa estatua colosal que representaba un guerrero, que con la mayor expresión de dolor estaba reclinado sobré un vaso humario de gusto griego, en cuyo pedestal se veía esculpida con letras de bronce la siguiente inscripción:
Hodie dolore pleno
Facies in pugnis serena
Pues bien, la crónica decía esto sobre los autores de la obra:
El todo de este aparato fúnebre ha sido invención del benemérito profesor D. Juan Lizasoain, director de perspectiva y adorno de la Academia de Nobles Artes de esta ciudad; la expresada pintura y alegoría del acreditado director de pintura de la misma Academia D. Manuel Roca, y la estatua obra del teniente de escultura de la referida Academia D. José Fernández Guerrero, académico de mérito de la de San Fernando.
Convento de San Agustín (Sevilla)
Entre 1819 y 1821 (superados ya los 70 años de edad) Fernández Guerrero realizó algunos elementos para la restauración del Convento de San Agustín de Sevilla, que había quedado muy dañado por los franceses en la Guerra de la Independencia. Carmen Sotos Serrano comenta así el trabajo de Fernández Guerrero, de quien dice que en aquellos momentos era director de la Academia de Bellas Artes de Cádiz:
A fines del año de 1818 se contrató para hacer la obra de escultura del retablo a don José Fernández Guerrero, escultor académico de mérito de la Real Academia de San Fernando de Madrid y director de la de Cádiz, donde residía, a quien también se le pidió un costo de su obra.[…] En Cádiz también se comenzaron las obras de escultura por Guerrero, que una vez concluidas trasladaría a Sevilla para su colocación, ya que sus ocupaciones como director de la Academia no le permitían ausentarse muchos días de la ciudad; pero antes de empezar realizó un presupuesto de su obra que ascendió a 20 200 reales. Pasado a la revisión de Aguado [el arquitecto neoclásico Antonio López Aguado], dijo que esa obra no debía sobrepasar los 18 100 reales y Guerrero, llevado por el deseo de realizar obra tan significante, se comprometió a hacerla en dicha cantidad.
Carmen Sotos Serrano: “El retablo de San Agustín de
Su trabajo consistía en: la formación de una Glorieta para la parte alta del retablo, que tenía 20 pies en su mayor diámetro, y el círculo de nubes que rodeaba al Espíritu Santo; tres niños alados sobre la cornisa del tabernáculo, el uno en el sitio superior al lado de la Cruz sosteniendo un paño y los dos restantes en la parte inferior y extremos de la cúpula, teniendo cada uno el referido paño en forma de pabellón; en la puerta del Sagrario, el Cordero sobre el libro de los siete sellos; dos grandes capiteles jónicos con sus basas; cuatro capiteles corintios con sus basas; adornos del nicho del Santo en forma de pechinas y dos ménsulas de la mesa del altar.
En carta (22-IX-1819) informa Guerrero que la obra está ya muy adelantada, pero su conclusión no se efectuó hasta febrero de 1821.
Como Guerrero vivía fuera de Sevilla se decidió que lo puramente de carpintería, ensamblaje, desnudo de las columnas, etc., lo podía llevar a cabo un carpintero, bajo su dirección, que residiera en dicha ciudad (…).
La obra de pintura del retablo la realizó don Juan Rodríguez, que había sido propuesto por el escultor Guerrero y de quien daba buenos informes don Juan Gálvez, pintor de su majestad. Se le pidió que realizase primero unas cuantas muestras de pintura imitando jaspes.
Sevilla”. Archivo español de arte, 179 (1972) 287-296.

El 3 de mayo de 1822 fue inaugurada oficialmente la restauración del monumento. No he podido saber si queda algo de la obra de Guerrero, pero es improbable dadas las vicisitudes por las que ha pasado el edifico. Según la Wikipedia, tras la desamortización de 1835 los frailes se marcharon y dos años más tarde el convento fue reconvertido en presidio hasta 1880, año en que se subastó una parte. En adelante, el inmueble tendría diversos usos: almacenes de una empresa privada, cuartel de intendencia, etc. A finales del siglo XIX y a principios del XX sufrió algunas demoliciones para construir viviendas. En 1964 fue declarado Monumento Histórico-Artístico. Se conservaban restos de importancia, como el refectorio gótico, algunos dormitorios, gran parte del claustro principal, la escalera por la que se accedía a los pisos altos y la portada renacentista de Hernán Ruiz el Joven, si bien estaba semiabandonada. Al parecer, recientemente se ha aprobado su conversión en hotel.
Otras obras
Los hermanos Juan y Lorenzo Alonso de la Sierra Fernández, en su artículo «Trabajos en yeso de Cosme Velázquez y su círculo para el Oratorio de la Santa Cueva» citado más arriba, dicen que Fernández Guerrero compuso también otros relieves mitológicos actualmente desaparecidos que representaban a Cádiz acogiendo a las Bellas Artes e Hipólito y Fedra. Asimismo, le asignan diez esculturas en bronce para la localidad manchega de Almuradiel.
Ángel Mozo Polo cree que parte de la imaginería del retablo mayor de la iglesia de San Juan de Dios (Cádiz), obra de Juan González de Herrera de finales del siglo XVII, tiene «imaginería tal vez atribuible al escultor gaditano José Fernández Guerrero».
Según Miguel Ángel Castellano Pavón, citado más arriba, el escultor ubriqueño también labró un crucifijo de madera heredado por un nieto que vivía en Cuba.
Algunos familiares de Fernández Guerrero
En otros lugares he hablado del retablista Gonzalo Pomar, tío abuelo de Fernández Guerrero, y de Manuel de Padilla, hermanastro. Aquí quisiera decir algo de otros familiares suyos; muchos aparecen en el árbol genealógico que rerpoduje más arriba. Se puede saber más de la familia del personaje leyendo el ensayo Memoria en el tiempo de una familia gaditana de ida y vuelta del periodista Fernando Orgambides.

Partida de bautismo
He conseguido en un museo militar una copia de la partida de bautismo de José Fernández Guerrero. En ella se lee:
En la Villa de Ubrique en doce días del mes de marzo de mil setecientos y cuarenta y ocho años yo, D. Julián Antonio Serrano, cura más antiguo de las iglesias de dicha Villa, bauticé a José Pedro Gregorio, hijo legítimo de Benito José de Pomar y de Brígida Guerrero, su mujer, naturales y vecinos de dicha Villa.
Declaró su padre no haber tenido otro hijo de estos mismos nombres y asegurando con juramento haber nacido el dicho día, mes y año. Fueron sus padrinos D. Mateo Manuel González y D. Juana de Castañea, su mujer, vecinos de dicha Villa, a quienes advertí el parentesco espiritual que con su ahijado y padres habían contraído y la obligación de enseñarle la doctrina cristiana. De que doy fe. D. Julián Antonio Serrano.
En 1742 este mismo cura “más antiguo de las iglesias de Ubrique” había casado a los padres del bautizado (José Fernández Guerrero, que llegaría a ser un afamado escultor y académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando de Madrid). Estos eran Benito José de Pomar y Brígida Micaela Guerrero. Fueron testigos de este matrimonio Vicente de Olivares (cuñado de Brígida), un Bartolomé de Olivares probablemente hermano del anterior, y un Juan de Arjona, los tres vecinos de Ubrique. (Se sabe que Vicente era natural de Antequera; se deduce, pues, que al menos un hermano suyo se vino con él a Ubrique).
Este mismo cura bautizó seis meses más tarde a Miguel de Olivares, hijo de Mariana de Morales (hermana de Brígida) y del mencionado Vicente de Olivares. Miguel y José fueron, pues, primos hermanos.) Mariana y Vicente se habían casado en 1729. Miguel llegó a ser un gran arquitecto.
La partida de bautismo de José Fernández Guerrero que presento aquí es una copia realizada en Ubrique en 1847 a petición de su nieto Ricardo Fernández Gutiérrez de Celis para ingresar en el cuerpo de Guardiamarinas. Ricardo llegó a ser almirante.

La conexión familiar existente entre los padres de José Fernández Guerrero y Miguel de Olivares puede constatarse en el árbol genealógico al que me refería antes.

José Fernández Guerrero parece que siempre mantuvo una entrañable relación familiar con su primo Miguel de Olivares. Una prueba de ello es que este último asistió como testigo al bautizo del segundo hijo de aquel, José Fernández Cruzado (padre de Ricardo Fernández Gutiérrez de Celis), nacido en 1786 en Cádiz. También fue testigo Francisco de Olivares, hermano de Miguel. Todos ellos, aunque ubriqueños, eran entonces vecinos de Cádiz, según se dice en la partida.
Se casó con Lucía Cruzado Suárez

José Fernández Guerrero se había casado en Cádiz el 7 de agosto de 1779 con Lucía Cruzado Suárez, de San Juan del Puerto. Fue testigo de esta boda el insigne arquitecto de retablos Gonzalo de Pomar, también ubriqueño, tío abuelo de José. A la derecha, la copia de la partida matrimonial.

Joaquín Manuel Fernández Cruzado, su hijo pintor
El que se ve en la imagen es Joaquín Manuel Fernández Cruzado (1781-1856), hijo de Fernández Guerrero y del que ya hablé algo más arriba. Se trata de un autorretratom porque Fernández Cruzado era pintor, y de los buenos, continuando así la tradición artística familiar.
Fernando Orgambides dijo esto de Fernández Cruzado en el ensayo que cité antes:
[Joaquín Manuel Fernández Cruzado] es el mejor artista gaditano de su género del Siglo XIX. Nacido circunstancialmente en Jerez, donde su padre trabajaba en ese momento por encargo de Torcuato José Cayón, vivió de cerca el desastre de Trafalgar y le salpicó de lleno la guerra de la Independencia, que le sorprendió en la capital de España cuando estudiaba en la Academia de San Fernando.
Los sucesos de la puerta de Fuencarral le empujaron a alistarse como voluntario en el Ejército, en el que permaneció veintidós años, llegando a alcanzar el empleo de capitán de Estado Mayor. La guerra contra Napoleón le alejó un tiempo de la pintura, pero no le impidió obtener el título de académico, que le fue otorgado en 1814 al mismo tiempo que al hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, después pretendiente carlista.
Fueron veintidós años de intensa y agitada vida militar, no exenta de penurias, que le obligaron a pedir dos veces ayuda económica a la Academia gaditana, con desigual suerte en la respuesta. Y que transcurren en tres momentos decisivos de la desastrosa etapa fernandina:
–En la guerra de la Independencia, participando en los combates de la línea de Valencia y recorriendo los campos de batalla de la entonces llamada Castilla la Nueva.
–Como oficial de los Ejércitos expedicionarios a Ultramar, enviados allí para intentar recuperar los territorios emancipados.
–Y enfrentándose a los Cien Mil hijos de San Luís que comandaba Angulema. Con tan mala fortuna que llegaron a hacerle prisionero en Granada, sufriendo cautiverio por combatir a los absolutistas de Fernando VII.
Joaquín Manuel Fernández Cruzado no ha pasado a la historia por su carrera militar –fruto casual del destino de esa época– ni por sus ideas liberales, pero sí por ser uno de los más destacados pintores prerrománticos de Andalucía, junto a Joaquín Domínguez Bécquer, padre del poeta sevillano, y de su hijo, el también pintor Valeriano, ambos con obras catalogadas en el Museo de Cádiz.
Autor de numerosos lienzos costumbristas y de contenido religioso que cuelgan en el museo de la plaza de Mina y en la catedral gaditana, además de otras piezas pictóricas de variada temática repartidas en colecciones públicas y privadas de España y Cuba, Joaquín Manuel Fernández Cruzado destacó además como un excelente retratista.
Con una singularidad: fue pintor de obra tardía, ya que su producción comienza a ser fecunda a los 49 años, cuando regresa a Cádiz tras abandonar la aventura militar. Sin embargo, también hay que tener en cuenta su etapa de formación: llegó a la Academia dominando la técnica, hablando francés e inglés perfectamente, con una beca para estudiar en Roma que no pudo consumar y con el aval de Ceán Bermúdez, que le presentó a Goya.
Gracias a este pintor han llegado a nuestros días retratos de destacadas personalidades de la burguesía gaditana de la época, como son los casos de Gregorio Isasi y su esposa Juana de Dios Lacoste, el doctor Benjumeda, la familia Moreno de Mora al completo, la marquesa de Santo Domingo de Guzmán de niña, los banqueros Gargollo y Picardo, el presbítero Gandulfo, el teniente general Enrique McDonnell, el brigadier José Sánchez Cerquero -fundador del Observatorio de San Fernando- y los gobernadores militares Freire y Aymerich, entre otros.
Fue director de la gaditana Academia de Bellas Artes, que llegó a llamarse de San Baldomero (por Espartero) y de Santa Cristina (por la Reina gobernadora). Academia a la que proveyó de alumbrado de gas para que sus alumnos pudieran modelar y pintar de noche. Y en cuyo seno reivindicó con rebeldía el buen nombre de su padre, que había sido maltratado económicamente como docente.
Esa actitud rebelde con la burocracia la mantuvo hasta el último momento de su vida, ya casi ciego. Murió a los 78 años, tras un nuevo pleito con la Academia local, corporación que no estuvo a la altura de las circunstancias en sus funerales, lo que provocó la indignación de personalidades de la época -entre ellas el historiador Adolfo de Castro-, que salieron en defensa del honor que merecía el fallecido.
Pese a ello, testó a favor de la corporación gaditana su obra de más valor íntimo, un óleo, realizado en su etapa de docente y denominado El Gran Capitán, que había sido laureado en 1808 por la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El resto de la obra en su poder la legó a sus hermanos, entre ellos José, uno de los principales precursores de la cirugía médica en la isla de Cuba (…).

Sobre estas líneas vemos dos de sus retratos. El de la izquierda es del médico gaditano José Benjumeda y Gens (o Genis). Este, de tamaño natural, viste levita negra con blanco plastrón al cuello y mira al espectador. En el de la derecha vemos a la esposa de Benjumeda, Dolores Fernández Céspedes, en pose contrapuesta respecto al cuadro de su marido. Viste colores claros y se toca con una peineta con forma de teja. Ambos (óleos sobre lienzo, de 61 x 50 cms.) están firmados verticalmente “Fernz. pxt.” y se conservan en el Museo Romántico de Madrid. El de Benjumeda está considerado una de las mejores obras de Fernández Cruzado. No tienen fecha, pero podrían ser de 1830.

Antonio Azarola Gresillón
El contralmirante Azarola Gresillón nació en Tafalla, en 1874, y murió fusilado en El Ferrol, el 4 de agosto de 1936, por mantenerse leal a la II República Española, de la que fue ministro de Marina en el gobierno de Manuel Portela Valladares (30 de diciembre de 1935 al 19 de febrero de 1936).
Azarola estaba casado con Carmen Fernández García-Zúñiga, hija del vicealmirante Ricardo Fernández Gutiérrez de Celis. Este era hijo del médico gaditano José Fernández Cruzado (hermano del pintor Joaquín Manuel Fernández Cruzado). Por tanto, Ricardo Fernández Gutiérrez de Celis era nieto de nuestro José Fernández Guerrero.

