En este artículo se tratan hechos interesantes relativos a la vida del fraile de Ubrique José Francisco López-Caamaño y García Pérez, conocido en el pueblo en aquellos tiempos como Pepe Caamaño y actualmente como Beato Diego José de Cádiz. Especialmente se cuenta la historia de su beatificación, que bien puede ser considerada en milagro en sí porque costó conseguirla 80 años atravesando todo tipo de dificultades. Paradójicamente, fue la ciencia la que tuvo que aportar pruebas (por lo demás, muy discutidas) sobre el supuesto hecho sobrenatural que llevó a los Altares a este ubriqueño de fuerte personalidad. Para relatar las peripecias de la beatificación sigo principalmente a fray Sebastián de Ubrique, que escribió la historia del Beato en los años 20 del siglo pasado.
Incumplimiento de última voluntad
El que fue uno de los mejores oradores católicos de la historia entregó su alma al Señor en Ronda, donde pasó la última parte de su vida, el 24 de marzo de 1801. Poco antes de morir pidió que lo llevaran a su pueblo, Ubrique, vivo o para ser enterrado. El cronista Fray Sebastián de Ubrique lo cuenta así en la biografía del Beato que escribió, concretamente en el tomo II y en las páginas que indico:
[Pág. 423] (…) Acudieron los médicos, a quienes expuso su deseo de que lo trasladasen a Ubrique, aunque fuera en bestia o a hombros; pero estos se lo prohibieron y le mandaron no moverse del lecho, y caldos y horchata de almendras.
[Págs. 427-8] (…) Acto seguido, ante el P. Pérez y las personas más caracterizadas dio sus disposiciones, expresando su deseo de que, después de su fallecimiento, no le desnudaran el hábito, que le cruzasen las manos, poniendo en ellas una cruz de cera, y así amortajado, con los pies descalzos y dos tejas por almohada, lo llevaran al convento cercano de Ubrique, distante unos 30 kilómetros, para darle sepultura, aunque en esto se sometía a la opinión de los superiores.
[Pág. 430] (…) Al toque de agonía se alborotó Ronda entera, y al divulgarse su muerte, ocurrida a las 6 y tres cuartos de la mañana [del 24 de marzo de 1801], y al empezar a doblar la Colegiata, como beneficiado suyo, la consternación fue general, y solo se oía por toda ella: ¡Ha muerto el santo! Reuniéronse en junta los Cabildos Eclesiástico y Civil y la Real Maestranza, acordando cumplir en todo la última voluntad del siervo de Dios, excepto en la traslación al convento de Ubrique; que se expusiera el cuerpo durante tres días y que el entierro fuera con toda la solemnidad posible.

Así que el que años más tarde llegaría a los altares como Beato Diego José de Cádiz fue enterrado en Ronda por decisión de las autoridades eclesiásticas y civiles, que incumplieron la última voluntad del finado. Gracias a ello, la localidad rondeña se beneficia de las visitas de los fieles que cada año viajan a la ciudad del Tajo para pisar los sitios donde pasó sus últimos días el que ha sido llamado “apóstol de la España del siglo XVIII” (quizá con la esperanza de ver realizado algún milagro; hay que tener en cuenta que al ubriqueño solo le falta uno para pasar de beato a santo). Por tanto, podríamos decir que a Ubrique le han hecho dos robos históricos relativos a este importante personaje religioso: el de su patria (que solo accidentalmente fue Cádiz) y el de su tránsito final (que, contra su voluntad, fue Ronda).
Piden la beatificación
Sea como fuere, inmediatamente, las fuerzas vivas pidieron su beatificación, ya que el Siervo de Dios (que así era llamado) tenía fama de milagroso, y, por lo tanto, posibilidades de ser aupado a los altares. Pero no fue tarea fácil, aunque finalmente la tercera o cuarta generación de sus defensores lo consiguió por los pelos (o de auténtico milagro) en 1894.
Fue el capuchino fray Mariano de Sevilla, Provincial de la Orden en Andalucía y gobernador militar de Cádiz durante la Guerra de la Independencia, que había sido discípulo de fray Diego, quien se propuso sentar a su maestro muy cerquita del Padre (probablemente sin contar con Su opinión). Este siervo de Dios era un buen cumplidor de los preceptos de la religión, ya que ordenaba mandar al infierno a muchos semejantes desde la borriquilla que montaba, pues la Regla de San Francisco prohíbe montar a caballo. ¡Los preceptos importantes hay que cumplirlos!


Fray Mariano envió el 2 de octubre de 1819 a toda la provincia capuchina de Andalucía una carta pastoral manifestando su resolución de promocionar los públicos procesos para proseguir la causa de beatificación y canonización de fray Diego. Para ello, pedía a los prelados locales que “siempre en adelante se agregue una colecta a las oraciones en las Misas comunes, por esta necesidad, y en la Conventual de todos los días festivos se haga una rogativa pública”.
Pero fray Mariano murió en 1823. Se hizo cargo entonces del proceso el cardenal Cienfuegos, en 1825, y lo continuaron otros importantes hombres de la Iglesia hasta que consiguió concluirlos en 1858 en tiempos otro cardenal, apellidado Tarancón. Así, se puedo comprobar una vez más que las cosas de palacio van despacio. Dice fray Sebastián que durante ese tiempo se entrevistó a “testigos” y se examinaron sus escritos, pero que todo se hizo muy despacio debido a la exclaustración de 1835. Y sigue así:
Visoe entonces resplandecer la providencia de Dios de que el Beato Diego hubiese muerto en Ronda, porque, profanadas las Iglesias de los principales conventos de la Orden en Andalucía, hubieran desaparecido, aventados por la revolución, sus restos venerandos, mientras en la olvidada capilla de la Paz esperaron la hora de su beatificación y del triunfo de la Iglesia y del Orden.
Se ve que la Providencia Divina planea las cosas de la forma más sorprendente.
Los expedientes de la causa fueron entregados en Roma el dicho año de 1858, y a partir de entonces
los Capuchinos exclaustrados de las Provincias de España trabajaron a una para obtener la beatificación de Fr. Diego. Nombráronse comisiones en Sevilla y Málaga para reunir fondos y allanar dificultades que pudieran surgir en Roma…
Desde siempre, el dinero fue poderoso caballero.

La curación de Sor Adelaida
A los cuatro años de iniciarse el proceso en Roma, y cuando tenía visos de durar más que la obra del Escorial, aconteció la “curación milagrosa de Sor Adelaida”, que dio un empujón al proceso. Esta monjita, Hija de la Caridad, a la edad de 23 años, se puso muy mala:
En el mes de febrero de 1861, cuando, de resultas de un resfriado y de haber tomado algunas cosas de peso, me resentí del pecho, y principié a echar sangre por la boca y mucha tos.
En enero de 1862 sufrió una nueva crisis. El estado de salud de la hermana se fue agravando hasta tal punto que el 24 y 25 de mayo perdió el habla y la vista y se puso a morir, por lo que le administraron los Santos Sacramentos. Ella misma lo contó así:


El 3 de junio recayó la monja, y con mayor gravedad. Su superiora quiso saber a qué santo se había encomendado, contestando la enferma que a ninguno. Por lo demás, se deduce que la visión nocturna del supuesto fray Diego no le había causado una gran impresión. Más bien, la idea del Venerable le molestaba…

Parece que habían llegado a un trato. El Venerable la curaba si ella publicaba el milagro para lograr la beatificación del curador.
El milagro del “sudor de la sangre”
El “milagro” anterior se incorporó al proceso, pero poco después llegó otro “aún más ruidoso y admirable”, dice fray Sebastián. En 1865 se trasladaron los restos del fraile a otro lugar más decoroso. Nadie observó nada. Pero dos años más tarde, la Sagrada Congregación de los Ritos mandó reconocer oficialmente los restos del padre Cádiz y, ¡oh, milagro!,


Los huesos pueden verlos ustedes en la foto que encabeza este articulo, tomada del libro de fray Sebastián. La laringe aparecer en esta otra imagen de la misma obra:

La adipocera de la que se habla es una sustancia cerosa que se suele formar en los huesos y otros tejidos muertos cuando estos se conservan en ciertas condiciones, normalmente en suelos fríos y húmedos (mas datos: esto aconteció en Ronda). Químicamente, la adipocera se forma por saponificación (que es la reacción de obtención del jabón) de las grasas del cuerpo, afectando también a las proteínas. La adipocera tiene la virtud de que retrasa la descomposición cadavérica porque inhibe el crecimiento de las bacterias de la putrefacción. Pocas cosas no puede explicar la ciencia.
Cogieron la tela manchada en “sangre” y un hueso y la llevaron a Roma. Allí la examinó un “doctor Ratti, profesor de química en la Universidad de Roma” que dio un dictamen afirmativo sobre la pregunta que se le planteó: si el líquido rojizo que exudaban los huesos era realmente sangre (viva, se entiende).
Con el informe pericial fueron a la Sagrada Congregación de los Ritos. Pero algo no debía de estar muy claro porque el “promotor de la fe” de dicha congregación declaró que no había seguridad absoluta de que se tratara de sangre “porque no se habían encontrado cristales de enina o clorhidrato de hematina”, echando así un jarro de agua fría sobre el proceso de beatificación. (La palabra enina no se utiliza actualmente. Suponemos que se refiere a la esfingenina, hoy llamada esfingosina, que es un aminoalcohol insaturado constituyente básico de los esfingolípidos. Un tipo de compuesto de esta familia, los glucoesfingolíidos, se encuentra en la superficie de los glóbulos rojos de la sangre. En cuanto a la hematina, es una parte de la hemoblogina, la proteína principal de la sangre. En ciencia forense, una de las pruebas para reconocer la presencia de sangre es tratarla con ciertos reactivos para comprobar si se forman cristales de clorhidrato de hematina, los cuales se reconocen fácilmente al microscopio).


Dos décadas más tarde
Dos décadas más tarde de que la curia pontificia dejara aparcado discretamente el expediente de beatificación del venerable varón Diego José de Cádiz, sus partidarios volvieron a la carga. Se nombró una nueva comisión, pero esta sostuvo el argumento de la anterior: no se podía demostrar que de los huesos del candidato manara sangre porque no aparecían los dichosos cristales de “enina”.
Según cuenta Fray Sebastián de Ubrique en su Vida del Beato Diego José de Cádiz, un tal doctor Murino (de nombre Alejo, que a la sazón era profesor emérito de Fisiología e Histología en la Universidad Pontificia) defendió la causa alegando que “la prueba química de los cristales de enina no es ni la sola ni la única prueba para descubrir la presencia de la sangre”. Incluso se atrevió a dudar de las piezas probatorias (y, por ende, de quienes las custodiaron):
Además, la tela presentada no tenía autoridad. ¿Quién la presentaba? El Postulador de la Orden. ¿Con que autenticidad? Con ninguna. Era necesario traer los huesos.
Así que mandaron traer de Ronda un fémur, un húmero, un omóplato y un astrágalo, todos izquierdos. Estos restos llevaban muertos casi 90 años y 25 años desenterrados, a pesar de lo cual al parecer nadie dudó de su autenticidad y su custodia. Es lo que se llama fe.
El propio Murino formó parte de la comisión científica junto a dos profesores de Física de sendas instituciones académicas católicas. Los tres sabios encontraron los huesos “incorruptos”, “incólumes”, “frescos”… Midieron su densidad (es de esperar que sin sumergirlos en agua), que resultó ser de 1,95 g/cm3.

El tratamiento del “agua de las manchas” con ácido acético y sulfúrico reveló la presencia de “sustancias albuminoideas”; el “agua de la tela” contenía hierro; una “tela manchada de sangre”, tratada con amoniaco, “dio una coloración sanguínea, lo que hizo presumir la presencia de la sangre”…
Pero el “método de Erman” (?) no reveló la presencia de enina. Se aplicó un “método de Taylor” consistente en añadir tintura alcohólica de guayacol y aceite de trementina a las muestras. Dieron “reacción azul” la sangre humana que se empleó como control, los extractos acuosos de “concreciones terrosas de los huesos” y un pedazo de tela empapada en sangre, pero no un extracto de un “algodón manchado en sangre de los huesos”. La conclusión fue que había probabilidad de la existencia de sangre… ¡pero faltaban los malditos cristales de “enina”.
En aquella época se estaban desarrollando diversas técnicas espectroscópicas, las cuales, como se sabe, son muy poderosas para detectar y cuantificar compuestos químicos en cualquier muestra. Pues bien, recurrieron a ellas sin demasiado éxito porque el análisis negó la existencia tanto de hemoglobina (proteína cuyo grupo prostético hemo es el responsable del color rojo de la sangre) como de “hematina”.
Sin embargo, y a pesar de la contundencia del análisis espectroscópico, un examen microscópico reveló enseguida —¡milagro!— la presencia de sangre. Cuenta Fray Sebastián:
Hay que tener presente que se trataba de preparaciones microscópicas, llevadas a a las placas unos 25 años después de ocurrido el milagro [de destilación de sangre por los huesos cuando fueron desenterrados en Ronda en 1867]. Buscando, pues, los médicos de la Comisión, los cristales de enina, ven, no sin estupor, las células propias y características de la sangre: hematíes o glóbulos rojos, leucocitos, o glóbulos blancos, mezclados con grasa, tierra y cristales calcáreos. Ante esto, la Comisión llama al Dr. Lanzi. Reconoce este la presencia de las células de la sangre y da atestado con juramento.
Dicho doctor Lanzi considera inexplicable que una “sangre” extraída de un sepulcro subterráneo y húmedo 25 años atrás conserve intactos los glóbulos rojos cuando “por las circunstancias de tiempo, lugar, humedad, han debido descomponerse antes que el tejido leñoso y los otros tejidos”.

El pío doctor Murino trató de dar explicación a la ausencia de hemoglobina en los análisis; “se habrá desoxigenado”, dijo. Indicó (correctamente) que la hemoblogbina desoxigenada da un espectro visible diferente al de la oxigenada (aquella confiere un color más oscuro a la sangre). Aportó como prueba de la existencia de sangre viva en los huesos la evidencia espectroscópica de hierro, pasando por alto que este elemento químico subsiste aunque las proteínas de la sangre se descompongan. (A estas alturas conviene recordar que la hematopoyesis –formación de la sangre– tiene lugar en la médula ósea roja que se encuentra en el interior de los huesos largos, vértebras, costillas…)
Dice Fray Sebastián que Murino confió en que la ciencia del futuro hallaría un método para identificar “enina” en “sangre vieja”. El buen doctor no podía ni sospechar que la ciencia del futuro iba a descubrir otros métodos mucho más potentes para encontrar sangre, como el del luminol. (Por cierto, ¿dónde estarán esos huesos ahora? Es de suponer que seguirán destilando sangre, ¿o los milagros tienen fecha de caducidad? Sería sumamente interesante repetir las pruebas ahora.)

El doctor Murino terminó su informe con esta declaración que todo un ejemplo de objetividad científica, neutralidad y falta de prejuicios:


En resumen, la Ciencia hubo de venir en ayuda de la Religión para explicar lo que por definición es inexplicable: un milagro. ¿No es una enorme paradoja?
Terminamos la historia. La Sagrada Congregación de los Ritos, “ante esta declaración abrumadora de la ciencia”, se reunió por tercera vez para considerar el caso el 21 de marzo de 1893 y el 1 de abril José Francisco López-Caamaño y García Pérez estaba sentado a la derecha del Padre por un “decreto hispalen” emitido por los hombres que llevan Sus asuntos en la Tierra. La ceremonia de beatificación se produjo el 22 de abril de 1894. Acudieron a Roma 14 000 españoles en una “Peregrinación Nacional Obrera” no exenta de polémica, “peligros” y dificultades, ya que “hizo cuanto pudo el infierno para malograr tan grandiosa manifestación de fe” (Fray Sebastián).
Una novela

Terminaremos con una idea de argumento para una novela. Una digresión primero. Henri Moissan era un científico francés que se empeñó en obtener diamantes a partir de carbón. Su intención no era descabellada porque el diamante es carbono puro; de hecho, hoy día se obtienen diamantes sintéticos en la industria por técnicas de altas presiones y temperaturas y por deposición química de vapor a partir de grafito y otros compuestos carbonosos.
En 1893 Moissan aseguró que había logrado su objetivo. Pero la ciencia actual, aunque no duda de la palabra de este premio Nobel (en 1906, por aislar el flúor) no lo cree así. Dejemos que nos lo cuente Isaac Asimov en su Breve Historia de la Química:
Moissan trató de conseguirlo [obtener diamantes] disolviendo carbón en hierro fundido y dejando que el carbón cristalizase a medida que el hierro se enfriaba. En 1893 le pareció que había triunfado. Obtuvo varios diamantes minúsculos e impuros junto con un pedazo de diamante auténtico, de medio milímetro de longitud aproximadamente. Sin embargo, es posible que Moissan fuese víctima de un engaño, y que algún ayudante introdujese el diamante en el hierro. Actualmente sabemos, partiendo de consideraciones teóricas, que en las condiciones en que operó Moissan era imposible formar diamantes.
También pudo ponerle el diamante su mujer, Léonie Lugan, que lo ayudaba en el laboratorio, probablemente con la benévola intención de dar una alegría al investigador, o por velar por su salud –que las obstinaciones no son buenas– o sencillamente para que dejara de dar la lata con los diamantitos… (Se dice que la señora Lugan tenía recursos económicos no desdeñables.)
Pues bien: en el caso del análisis de los huesos del Beato Diego, ¿no pudo alguien poner sangre fresca en las muestras para contentar al buen doctor Murino o con la intención que fuere? ¿¡Que eso no es posible en el Vaticano!?

