viernes, 30 enero 2026

Jacinto de Cabrera, un chaval ubriqueño que vivió dos grandes batallas navales

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Jacinto de Cabrera fue un ubriqueño que con solo 9 años de edad fue internado en el Colegio de San Telmo de Sevilla para aprender a servir en la marina, encargada de proteger el comercio marítimo con el Nueva Mundo. No he encontrado su fecha de nacimiento, pero, según los datos que daré después, vio la luz en el último quinto del siglo XVII, cuando reinaba en España Carlos II, de infausta memoria.

Antigua imagen del Real Colegio de San Telmo conservada en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.


Lo más probable es que los padres de Jacinto o hubieran fallecido o no pudieran mantener a su vástago, porque el Real Colegio Seminario de San Telmo de Sevilla se creó en 1681 con el propósito fundamental de asistir a niños pobres y huérfanos y hacer de ellos pilotos y marineros para mitigar la escasez de personal en la Carrera de Indias. Este colegio estaba estrechamente vinculado a la Universidad de Mareantes, institución que agrupaba a los profesionales de la navegación sevillana, y desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de las rutas marítimas y comerciales de España.

El Real Colegio contaba con unas 150 plazas destinadas a niños principalmente de 8 a 14 años, si bien unos pocos ingresaron con solo 6 y 7 años e incluso se aceptó muy excepcionalmente a algún alumno con 18 años cumplidos, según se desprende del libro Expedientes de limpieza de sangre de los colegiales del Real Seminario de San Telmo y relación de los viajes que han hecho a Indias – 1682-1730, de Ignacio Koblischek, estudio del que he tomado los pocos datos biográficos que he llegado a conocer de Jacinto de Cabrera.

La mayoría de los colegiales eran andaluces. El requisito de ingreso incluía una prueba de limpieza de sangre, o sea, testimonios certificados de que tanto el solicitante como sus ascendientes (al menos hasta los abuelos) eran «cristianos viejos», es decir, no provenían de conversos ni de creyentes de ninguna otra religión.

Los ascendientes de Jacinto de Cabrera

Fragmento de «Expedientes de limpieza de sangre…», de Ignacio Koblischek.

Efectivamente, el niño Jacinto era cristiano, pues había sido bautizado en la «Iglesia Mayor» de Ubrique, según documentos consultados por Koblischek. (La «Iglesia Mayor» supongo que era la actual iglesia de Nuestra Señora de la O; si es así, su existencia a finales del siglo XVII confirmaría lo que creo haber probado en otro artículo, Las iglesias de Ubrique y la evolución urbanística de la villa a partir de 1501, a saber, que la iglesia parroquial de Ubrique es mucho más antigua de lo que creía el historiador Fray Sebastián).

En otro de esos documentos, el niño aparece nombrado como Jacinto Manuel de Cabrera. Se lo describe como «trigueño, pecosa la cara, carirredondo y la nariz algo abreviada«. Sus padres se llamaban Mathías de Cabrera y Juana Gonzales. He encontrado a un Matías de Cabrera fallecido en el convento-hospital de Málaga el 3 de diciembre de 1693. No tiene por qué haber contradicción entre tener un hijo en Ubrique y fallecer en Málaga; una explicación, por ejemplo, podría ser que la familia se hubiera trasladado. Sea como fuere, si este Matías era realmente el padre, el niño Jacinto de Cabrera es de suponer que ingresaría en el Colegio de San Telmo a partir de 1694. Si en ese momento tenía 9 años de edad, nacería en 1684 o 1685. Y si este Matías no era el padre, el año de nacimiento de Jacinto tampoco debe de diferir mucho de esos, ya que cuadran relativamente bien con la cronología de las peripecias vitales del ubriqueño, que paso a narrar seguidamente.


Primera travesía de aprendizaje: un auténtico bautismo de fuego

Los colegiales de San Telmo recibían formación académica, religiosa y práctica, y tenían la oportunidad de embarcarse en navíos para consolidar sus aprendizaje. La primera travesía del ubriqueño fue en el buque Santo Cristo de Maracaibo, un galeón de la flota comandada por Manuel de Velasco y Tejada. Aquella expedición fue una de las muchas organizadas por la Carrera de Indias, consistentes en convoyes que incluían barcos de gran porte para escoltar a las naves que permitían el comercio transatlántico español, protegiéndolas de las amenazas de corsarios y flotas extranjeras que disputaban a nuestro país el dominio del Atlántico.

El viaje se inició en Cádiz el 19 de julio de 1699; el destino era Nueva España. A Jacinto lo habían embarcado en calidad de paje. Como tal, tendría funciones menores pero esenciales, como atender a oficiales, ayudar en tareas básicas y observar las labores de la tripulación para aprender. Era una posición que marcaba el inicio de su formación marítima práctica.

La flota navegaría hasta los principales puertos del Caribe, como Cartagena de Indias, Veracruz, Portobelo y La Habana, recolectando los bienes y tesoros provenientes de diversas regiones del continente. Durante este periodo, los navíos solían permanecer varios meses en América para coordinar el embarque de las mercancías y esperar a que las condiciones climáticas fueran favorables para el regreso. El tornaviaje de esta flota se inició en La Habana el 23 de julio de 1702.

Para aquel mozalbete ubriqueño, el viaje, que se prolongó durante 3 años y dos meses, sería pródigo en experiencias y descubrimientos, pero lo que vivió nada más regresar a España probablemente superó con creces todas las aventuras anteriores.

La batalla de Rande

Los barcos españoles, «cargados con el mayor envío que se conocía de tesoros procedentes de América» (según afirma la Wikipedia), entraron en la ría de Vigo el día 21 o 22 de septiembre de 1702. El cargamento de oro, plata, cochinillas, especias, telas y otras riquezas estaba embarcado en dos o tres galeones de combate y unos catorce mercantes. Al parecer, se entabló una discusión sobre si descargar o no la mercancía en Vigo. Los de Sevilla se oponían porque querían que las riquezas llegaran a su ciudad, manteniendo así su monopolio. Pero dicen algunos historiadores que finalmente se empezó a hacer el desembarco el 27 de septiembre por orden del Consejo de Indias. Sea como fuere, el tiempo transcurrido favoreció que, a pesar de que de la flota se había refugiado en el fondo de la ría de Vigo, una potente escuadra angloholandesa supiera de su llegada y acabara descubriendo el escondite.

Todo esto hay que entenderlo en el contexto de la Guerra de Sucesión española (1701-1713), en la que estaban implicadas varias potencias europeas para defender sus pretensiones al trono de España. Los ingleses se habían aliado con los holandeses, y frente a ambos estaba Francia, principal valedora de Felipe de Anjou, más conocido como Felipe V. Cuando arribó a España la flota de Manuel de Velasco, quedó bajo la protección de navíos franceses al mando del almirante Château-Renault.

La gran armada angoholandesa, comandada por el almirante inglés George Rooke, se presentó frente a Vigo el 22 de octubre con la intención de apoderarse de los tesoros. Se quería dar un severo golpe a la economía de Felipe de Anjou para que no pudiera defender sus supuestos derechos. Rooke ordenó el ataque el 23 de octubre. Manuel de Velasco fue puesto al mando del castillo de Corbeiro (que junto al de Rande protegían la ría de Vigo) con dos compañías de soldados de su nave capitana reforzados con 200 milicianos. Puede que el mozuelo ubriqueño Jacinto de Cabrera, a pesar de su juventud, estuviera entre ellos… Otras fuerzas españolas, más bien escasas, fueron asignadas a la defensa de otras posiciones.

Bahía y Puerto de Vigo, grabado al cobre, acuarelado, siglo XVIII.

La superioridad de la flota angloholandesa era tal, tanto en navíos (algunas fuentes hablan de más de 150) como en hombres (casi 14 000), y las naves españolas y francesas se habían colocado en tan mala disposición para una adecuada defensa, que en menos de diez horas la batalla se decidió a favor de los atacantes. Para evitar que los enemigos se hicieran con los galeones españoles, Manuel de Velasco mandó hundirlos. Consiguió echar a pique a la mayoría, pero algunos quedaron a flote porque los explosivos fallaron.

Batalla de Vigo (Ludolf Backhuysen, Museo Marítimo Nacional de Greenwich, Londres).

La armada angloholandesa empezó a retirarse el 30 de octubre, aunque dejando una guarnición de buques de guerra. Se llevaron varios barcos, entre ellos el galeón español Nuestra Señora de los Remedios, que era el más grande de la flota junto al Santo Cristo de Maracaibo, hundido en la ría. Se dice que el Los Remedios habría sido cargado con los tesoros que los atacantes pudieron encontrar, pero, en cualquier caso, el navío encalló al paso por las islas Cíes y se hundió.

El historiador Ramón Patiño Gómez da curiosos detalles de sucesos ocurridos tras la batalla de Vigo o de Rande (que de ambos modos es conocida):

Los vencedores, los angloholandeses, se llevaron todo lo que se puso a su alcance. Primero apagaron los incendios en los navíos españoles y franceses que pudieron, cogieron prisioneros que luego soltaron a los seis días por andar escasos de víveres, se apoderaron de todos los cañones de bronce que localizaron (100 los ingleses y 150 los holandeses) y tiraron al mar los de hierro. A lo largo de doce días, rescataron lo que fueron capaces de los barcos que se habían hundido así como de los varados, rapiñaron en todas las casas de la costa circundante, incluido los cementerios pues creían que en ellos se había enterrado parte del tesoro que no se hubiera llevado, atacaron e incendiaron las iglesias y conventos del contorno, destruyendo las imágenes y robando las campanas de bronce, algo recurrente entre los ingleses desde tiempos lejanos; y como colofón trabajaron para reflotar los galeones que el fuego y la pólvora no habían destruido. Al final de todo ello los ingleses se llevaron cinco mercantes y seis navíos de guerra (1 español y 5 franceses) y los holandeses dos galeones y un navío, en total 14 barcos.

A propósito de esta batalla naval, cabe mencionar que en Londres fue celebrada la victoria dando nombre a una calle, la Vigo Street.

Los hechos, en 20 000 leguas de viaje submarino

Julio Verne localizó en el escenario de esta controntación la fuente de aprovisionamiento de oro del Nautilus en su novela 20 000 leguas de viaje submarino. Así se lo explicaba el capitán Nemo al profesor Aronnax (confundiendo Cádiz con Sevilla):

La batalla de Rande según una ilustración de una edición de 20000 leguas de viaje submarino.

–¡Ah!, señor profesor, lo estaba buscando. ¿Conoce usted la historia de España?
(…) –Poco y mal respondí.
–Así son los sabios. No saben. Bien, siéntese, que le voy a contar un curioso episodio de esa historia.
El capitán se sentó en un diván y, maquinalmente, me instalé a su lado, en la penumbra.
–Señor profesor, escúcheme bien, pues esta historia le interesará en algún aspecto, por responder a una cuestión que sin duda no ha podido usted resolver.
–Le escucho, capitán –le dije, no sabiendo bien adónde quería ir a parar y preguntándome si tendría aquello relación con nuestro proyecto de evasión.
–Señor profesor, si no le parece mal nos remontaremos a 1702. No ignora usted que en esa época, vuestro rey Luis XIV, creyendo que bastaba con un gesto de potentado para enterrar los Pirineos, había impuesto a los españoles a su nieto el duque de Anjou. Este príncipe, que reinó más o menos mal bajo el nombre de Felipe V, tuvo que hacer frente a graves dificultades exteriores. En efecto, el año anterior, las casas reales de Holanda, de Austria y de Inglaterra habían concertado en La Haya un tratado de alianza, con el fin de arrancar la corona de España a Felipe V para depositarla en la cabeza de un archiduque al que prematuramente habían dado el nombre de Carlos III. España hubo de resistir a esa coalición, casi desprovista de soldados y de marinos. Pero no le faltaba el dinero, a condición, sin embargo, de que sus galeones, cargados del oro y la plata de América, pudiesen entrar en sus puertos. Hacia el fin de 1702, España esperaba un rico convoy que Francia hizo escoltar por una flota de veintitrés navíos bajo el mando del almirante Château-Renault, para protegerlo de las correrías por el Atlántico de las armadas de la coalición. El convoy debía ir a Cádiz, pero el almirante, conocedor de que la flota inglesa surcaba esos parajes, decidió dirigirlo a un puerto de Francia. Tal decisión suscitó la oposición de los marinos españoles, que deseaban dirigirse a un puerto de su país, y que propusieron, a falta de Cádiz, ir a la bahía de Vigo, al noroeste de España, que no se hallaba bloqueada. El almirante Château-Renault tuvo la debilidad de plegarse a esta imposición, y los galeones entraron en la bahía de Vigo. Desgraciadamente, esta bahía forma una rada abierta y sin defensa. Necesario era, pues, apresurarse a descargar los galeones antes de que pudieran llegar las flotas coaligadas, y no hubiera faltado el tiempo para el desembarque si no hubiera estallado una miserable cuestión de rivalidades. ¿Va siguiendo usted el encadenamiento de los hechos?
–Perfectamente –respondí, no sabiendo aún con qué motivos me estaba dando esa lección de historia.
–Continúo, pues. He aquí lo que ocurrió. Los comerciantes de Cádiz tenían el privilegio de ser los destinatarios de todas las mercancías procedentes de las Indias occidentales. Desembarcar los lingotes de los galeones en el puerto de Vigo era ir contra su derecho. Por ello, se quejaron en Madrid y obtuvieron del débil Felipe V que el convoy, sin proceder a su descarga, permaneciera embargado en la rada de Vigo hasta que se hubieran alejado las flotas enemigas. Pero, mientras se tomaba esa decisión, la flota inglesa hacía su aparición en la bahía de Vigo el 22 de octubre de 1702. Pese a su inferioridad material, el almirante Château-Renault se batió valientemente. Pero cuando vio que las riquezas del convoy iban a caer entre las manos del enemigo, incendió y hundió los galeones, que se sumergieron con sus inmensos tesoros.
El capitán Nemo pareció haber concluido su relato que, lo confieso, no veía yo en qué podía interesarme.
–¿Y bien? –le pregunté.
–Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y solo de usted depende que pueda conocer sus secretos.

Ilustración de una edición de 20000 leguas de viaje submarino. La tripulación del Nautilus recogen los tesoros hundidos en la bahía de Vigo.

El capitán se levantó y me rogó que lo siguiera. Le obedecí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré. En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata. Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lugar en que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.
–¿Podía usted imaginar, señor profesor, que el mar contuviera tantas riquezas? –preguntó, sonriente, el capitán Nemo.
–Sabía que se evalúa en dos millones de toneladas la plata que contienen las aguas en suspensión.
–Cierto, pero su extracción arrojaría un coste superior a de su precio. Aquí, al contrario, no tengo más que recoger lo que han perdido los hombres, y no solo en esta bahía de Vigo sino también en los múltiples escenarios de naufragios registrados en mis mapas de los fondos submarinos. ¿Comprende ahora por qué puedo disponer de miles de millones?

Mil carros de bueyes

Todavía hoy día circula un mito según el cual en el fondo de la ría de Vigo existe un gran tesoro, pero esto es dudoso porque de alguna documentación de la época se desprende que las riquezas, o buena parte de ellas, habían salido hacia Madrid en una expedición de «mil carros de bueyes» venidos desde Pontevedra. En nuestros días, varias empresas buscatesoros han hecho esfuerzos infructuosos por encontrar el supuesto «tesoro de Rande». En 2007 se detectaron por sonar los restos del Santo Cristo de Maracaibo, el galeón en el que se había embarcado tres años antes nuestro personaje Jacinto de Cabrera cuando todavía sería un mozalbete, casi un niño.

Tres meses para volver por tierra al Colegio

A consecuencia de este desastre, el que ya sería un adolescente o incluso un «hombre» (si no por su edad, sí por la madurez adquirida) tuvo que regresar al Colegio de San Telmo por tierra, lo cual era una odisea considerable en la época. Su llegada el 30 de enero de 1703 marcó el final de su primer viaje, lleno sin duda de aprendizajes.

Al menos otros tres colegiales, los tres de Sevilla, había viajado con él en el Santo Cristo de Maracaibo. Uno era Francisco Ignacio Pérez, que también había entrado con 9 años en el San Telmo. Este tardó más tiempo en volver: llegó el 11 de junio de 1703. Eso sugiere que en la batalla de Rande o posteriormente sus caminos divergieron. Otro era Alonso del Varco, que había entrado con 11 años en el colegio; no consta que reingresara. Y el tercero era Manuel del Águila, recibido con 12 años, que no volvió a España con la flota de Velasco porque se quedó «acomodado» (empleado) en Veracruz (en el actual México).


Segunda travesía, ya como grumete: más corta pero igual de peligrosa

Fragmento de «Expedientes de limpieza de sangre…», de Ignacio Koblischek.

Según el libro Expedientes de limpieza de sangre… de Ignacio Koblischek mencionado anteriormente, Jacinto de Cabrera emprendió un nuevo viaje el 1 de marzo de 1705, en «uno de los galeones del cargo del Conde de Cassa Alegre«, «acomodado de grumete«, es decir, como aprendiz de marinero para ayudar a la tripulación en sus faenas. Los grumetes realizaban tareas como manipular cabos, velas y otros elementos del aparejo del barco. Además, aprendían navegación y las reglas de la vida a bordo, integrándose plenamente en el trabajo del navío.

El conde de Casa Alegre

¿Quién era este conde de Casa Alegre a cuyo servicio entró el joven ubriqueño Jacinto de Cabrera? Conviene presentarlo brevemente porque será uno de los principales protagonistas de lo que sigue del relato. Su nombre era José Fernández de Santillán y Quesada. Había nacido en Sevilla en 1637 y, según la Real Academia de la Historia, llegó a ser capitán general de la Guarda de la Carrera de Indias. En 1702 había conseguido rechazar en Cádiz a los angloholandeses al mando del almirante inglés George Rookee (sí, el mismo del que hablé antes, el que atacó ese mismo año. unas semanas más tarde, a los hispanofranceses en Vigo). La Real Academia explica así este episodio de la Guerra de Sucesión:

En agosto de 1702, una poderosa flota combinada angloholandesa, formada por cincuenta navíos de línea y otros ciento treinta de guerra y un ejército de catorce mil hombres, avistó las costas de Cádiz. El almirante George Rooke mandaba las fuerzas de marina y las tropas de desembarco estaban a las órdenes del duque de Ormonde. Su misión no era solo de conquista, sino que debía lograr además que los habitantes de la zona de Cádiz se pasaran al bando del pretendiente austríaco que disputaba el trono a Felipe V.
El puerto gaditano, monopolizador del comercio indiano, era de especial interés estratégico. Puestos en contacto los enemigos con el general a cargo de las costas, marqués de Villadarias, le solicitaron el paso a su bando, a lo que el general contestó: “los españoles no mudan de religión ni de rey”.
Fernández de Santillán, que se hallaba con sus galeones en la bahía, había organizado las defensas del interior de la misma con baterías flotantes, los buques de su armada, cadenas que impedían el paso, barcos hundidos y anclas. El fuerte de Matagorda, el del Trocadero y la batería de San Ignacio a un lado, y el fuerte del Puntal al otro, vigilaban el estrecho paso al interior.
Los ingleses desembarcaron en una playa cercana al fuerte de Santa Catalina, que llamaron bahía de los Toros y que fue conquistado, así como la villa de Rota, donde desembarcaron el grueso de sus fuerzas.
Sin embargo, no pudieron tomar el fuerte de Matagorda, en Puerto Real, defendido por el general Fernández de Santillán. En la segunda semana de septiembre, parte de las tropas desembarcadas continuaron atacando la fortaleza con apoyo de artillería de campaña, pero fueron sucesivamente rechazadas por los defensores y abatidas por la artillería de los galeones de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias de la flota de Nueva España, e incluso de la capitana real, Nuestra Señora de la Concepción y de las Ánimas, causando abundantes bajas al enemigo. Según la correspondencia de Fernández de Santillán, fue petición de la propia ciudad de Cádiz que él se ocupara de dirigir la defensa de la plaza y la bahía, hecho que hizo imposible su toma por parte de la flota angloholandesa, que bombardeó las defensas costeras, incluido el fuerte de Matagorda. Mientras, el resto de las tropas invasoras se dedicó al pillaje y el saqueo de las villas de Rota, El Puerto de Santa María y Puerto Real, produciendo cuantiosos daños.
[…]
El duque de Ormonde declaró ante el Parlamento británico que Cádiz no había podido ser conquistada por la falta de medios de transporte, el “tiempo violentamente caluroso” y la imposibilidad de tomar el fuerte de Matagorda que le hubiera franqueado el paso a la bahía.

Así que los centroeuropeos, no pudiendo aguantar «tanta caló» en pleno agosto gaditano ni el hostigamiento del marqués de Villadarias, se retiraron a finales de septiembre de 1702 rumbo a Inglaterra. Costeando Portugal, el almirante Rooke recibió información de la llegada a Vigo de los buques de la flota de Manuel de Velasco en la que venía enrolado nuestro Jacinto de Cabrera en su primer viaje. Lo que pasó después (la batalla de Rande) ya lo conté más arriba.

La intervención en la defensa de Cádiz y Matagorda le valió a José Fernández de Santillán la merced de conde de Casa Alegre, concedida por Felipe V en 1704.

Un intento de tomar Gibraltar

En 1705, Casa Alegre intentó recuperar Gibraltar, que estaba en manos de los ingleses desde primeros de agosto de 1704. Esta intentona fue, concretamente, en marzo de 1705. Por lo tanto, el «segundo viaje» de Jacinto de Cabrera que según los documentos del Colegio de San Telmo se inició el 1 de marzo de 1705, muy probablemente consistió en la travesía de Cádiz a Gibraltar con la flota del conde de Casa Alegre.

Casa Alegre no iba solo en esta expedición guerrera. En realidad, sus barcos formaban parte de una escuadra de 18 navíos de línea al mando del almirante francés baron de Pointis. El objetivo era bloquear el acceso a Gibraltar por mar. Los ocupantes extranjeros de Gibraltar pidieron ayuda y el 10 de marzo había llegado desde Lisboa una escuadra de 23 barcos ingleses, ocho portugueses de varios tamaños y cuatro holandeses. El 21 de marzo se entabló frente a Marbella una batalla entre la flota anglo-luso-holandesa y la franco-española, venciendo los primeros. Por lo que he podido saber, quienes más sufrieron la derrota fueron los barcos franceses. Es decir, probablemente esta batalla no supuso un grave quebranto para las vidas y flota del conde de Casa Alegre. De ahí cabría deducir que el joven ubriqueño Jacinto de Cabrera saldría indemne.

No consta que volviera al Colegio de San Telmo, pero es que no procedería que lo hiciera, por su edad. Si establecemos como hipótesis que ingresó en el colegio (con 9 años) en 1694, al inicio de su primer viaje (1699) tendría unos 14. Al reingresar tras este primer viaje (1703) ya contaría con 18 años. Y en el momento de partir para el segundo (1705), con 20. Además, lo hizo «acomodado» de grumete, es decir, ya con un trabajo formal. Su circunstancia pudo ser semejante a la de otro colegial, Manuel de la Encarnación, que acompañó a Jacinto en este segundo viaje y del que su expediente dice «Grumete; por ir acomodado no ha de volver más al Seminario«.

Junto con Jacinto de Cabrera hizo también este segundo viaje alguien que ya lo había acompañado en el primero: Francisco Ignacio Pérez. Dice de él la documentación: «salió acomodado de mozo el 1-3-1705 para servir las naos del cargo del Conde de Cassa Alegre. Después fue piloto principal en las fragatas de la América. Murió en Indias«.

Este trágico apunte final («Murió en las Indias«), y los episodios que voy a contar seguidamente, suscitan inquietud sobre cuál pudo ser el destino de Jacinto de Cabrera, si venturoso o infausto. Teniendo en cuenta que sus dos experiencias marineras habían acabado en enfrentamientos armados, ¿decidiría el muchacho, al volver a Cádiz, no abordar nunca más un barco ni verlo en pintura, o preferiría asumir el riesgo y la aventura que implicaban seguir al servicio de un militar de brega frecuente como el conde de Casa Alegre? Si optó por lo primero, es probable que sus huesos reposen actualmente en algún lugar de tierra firme, en camposanto; si por lo segundo, no es nada descartable que yazcan en el fondo del mar, frente a las costas de Cartagena de Indias (en la actual Colombia). En lo que sigue explico por qué.

La historia del San José

Según Santiago Gómez Cañas, autor del libro Historiales de los navíos de línea españoles, 1700-1850:

En 1696 [el propietario de un astillero] firmó un contrato con la Corona para la fabricación de dos buques gemelos de 12 00 toneladas, la capitana y almiranta de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, conocida como Armada de Avería, que serían llamados San José y San Joaquín (…), siendo acabados en 1698 (…). Disponían de dos cubiertas y castillo y portas para setenta cañones, aunque nunca llegó [el San José] a embarcarlos, contando en su salida para América con 26 cañones de 18 libras, 26 de 10 libras y 8 o 10 cañones de seis libras. Sus medidas les daban una eslora de 71 codos, 22 de manga y 10 de puntal en la bodega.
[…]
Desde su entrega en 1699 [el San José] hizo la travesía de Pasajes a Cádiz con su gemelo San Joaquín para alistarse en su viaje de escolta con la flota de Galeones a Tierra Firme. La guerra de Sucesión en la que España estaba inmersa fue retrasando año tras año este viaje haciendo que los gastos se disparasen.
[…]
Por fin, después de una espera de siete años, la Flota de Galeones de Tierra Firme zarpa de Cádiz el 10 de marzo de 1706. Estaba compuesta por 10 mercantes con la escolta del San José (capitana), insignia del general José Fernández de Santillánconde de Casa Alegre, el San Joaquín (almiranta), que estaba a cargo del almirante Miguel Agustín de Villanueva, el patache Santa Cruz (gobierno), navío mercante armado con 44 cañones, tripulado por 300 hombres y puesto al mando de Nicolás de la Rosa, conde de Vega Florida (…). La travesía del Atlántico se hizo en unión de la Flota de Nueva España de 13 mercantes y tres de guerra a cargo de Diego Fernández de Santillán, sobrino del conde de Casa Alegre, que izaba su insignia en la capitana, el navío Nuestra Señora de Guadalupe, de la Armada de Barlovento.

El convoy llegó sin novedad a Cartagena de Indias en abril. Allí esperaron durante casi dos años a que el virrey de Perú organizara la Feria de Portobelo (Panamá). Finalmente, la flota de Casa Alegre zarpa de Cartagena de Indias el 2 de febrero de 1708 y llega a Portobelo el día 10. La feria concluyó en abril-mayo de 1708 y Casa Alegre se dispuso a volver a Cartagena para reparar las naves antes de dirigirse a La Habana.

Según Santiago Gómez Cañas:

Llevaban embarcados 22 millones de monedas de a ocho escudos; el San José se cree que iba cargado con entre 7 a 11 millones de monedas de ocho escudos en oro y plata, valorados en 105 millones de reales de la época, entre 2000 y 5000 millones de dólares actuales. Aparte de esta carga llevaban otras mercancías y unos 600 pasajeros y tripulantes, que los hacían poco aptos para el combate naval si debían enfrentarse a navíos ingleses (…).

Mientras tanto, en Jamaica se encontraba la escuadra del comodoro inglés Charles Wager, conocedor de la presencia de la flota de Casa Alegre. Wager empezó a patrullar la zona para tratar de asaltar a los buques españoles y hacerse con el tesoro. Disponía de cuatro barcos de guerra. El conde de Casa Alegre fue informado por el gobernador de Cartagena de las aviesas intenciones de los ingleses.

Casa Alegre zarpó de Portobelo el 28 de mayo de 1708 rumbo a Cartagena de Indias con once mercantes, algunos de ellos artillados, y varios buques de guerra (entre ellos, los mencionados galeones San José y San Joaquín) y una escolta reforzada por dos fragatas francesas llegadas a Portobelo. Con estas fuerzas el conde estaba confiado en derrotar a los ingleses si estos presentaban batalla, a pesar de contar los buques españoles con cañones de menor calibre y alcance y estar abarrotados de mercancías y pasajeros.

El 8 de junio, al mediodía, la flota estaba a la altura de la isla del Rosario (también conocida como península de Barú), a la vista de la bahía de Cartagena, y asimismo tenían a la vista a la escuadra de Wager. Empezó la batalla y el primer buque español en sufrir daños fue el San Joaquín. Más tarde fue atacado el San José, al que los ingleses querían abordar a toda costa pues sabían que estaba cargado de tesoros. De pronto, a las siete y media, ya caída la noche, el San José estalló en mil pedazos y se fue a pique. Es de suponer que una bala de cañón enemiga rompió el casco y penetró en la santabárbara del buque. Solo se salvaron 11 marineros y pasajeros (7, según otras fuentes; 5, según otras) de las 600 personas embarcadas, que fueron recogidos por un bote inglés. Uno de los ahogados fue el propio conde de Casa Alegre.

Explosión del San José recreada por Samuel Scott.


Otro buque español se rindió de madrugada. El San Joaquín, después de varias peripecias, consiguió zafarse y entró en Cartagena el 10 de junio. Los mercantes se salvaron entrando también en Cartagena, y asimismo pudieron hacerlo a la postre buena parte de los buques españoles y franceses, aunque no se descarta que en el fondo marino, junto al San José, esté descansando algún bajel más de aquella flota. El enfrentamiento fue llamado batalla de Barú.

El incierto destino de Jacinto de Cabrera

¿Estaría embarcado nuestro ubriqueño Jacinto de Cabrera en el San José cuando ocurrió la tragedia o en aquel momento llevaría un año de más o menos tranquila vida civil en España? Por supuesto, hay muchas otras posibilidades. La imaginación es libre.

Por ejemplo, podemos imaginar que sí, que se enroló en la flota de Casa Alegre que partió de Cádiz en marzo de 1706, pero que decidió quedarse en Cartagena de Indias y no continuar hacia Portobelo. Cartagena era un punto de gran importancia para el comercio y las operaciones marítimas españolas, y la flota permaneció allí (probablemente ociosa) durante casi dos años… Este gran puerto, como el de La Habana, tenía un constante movimiento de embarcaciones. Quizá pudo haberse enrolado en otra nave con destino, por ejemplo, las Antillas, Nueva España u otro puerto del Caribe. O quizá fue asignado a labores en tierra. ¿Y no se pudo enamorar de una cartagenera o de una habanera y olvidarse de la vida militar? A lo mejor, la estirpe de Jacinto de Cabrera no se truncó trágicamente aquel 8 de junio y hoy día cientos de sus descendientes hollan felices la faz del planeta…

Grabado coloreado a mano que representa la explosión del San José en la batalla de Barú y se conserva en el Museo Marítimo Nacional de Greenwich, Londres (Wikipedia).


O podemos pensar que estuvo en la batalla de Barú, pero no embarcado en el San José, que fue el buque peor parado con diferencia. Pudo ser transferido al San Joaquín, o a otro bajel mercante o de guerra. Los jóvenes grumetes a menudo eran reasignados según las necesidades de la flota o las capacidades de las naves.

Si tenemos mucho interés en tratar de conocer el destino de nuestro joven ubriqueño, siempre podemos investigar documentos histórios. Por ejemplo, se pueden revisar los registros de tripulaciones y pasajeros de la flota de Casa Alegre en Cartagena, Portobelo y La Habana, estudiar la documentación del Real Colegio de San Telmo o indagar en el Archivo de Indias de Sevilla, donde se conservan numerosos documentos relacionados con la Carrera de Indias y las flotas. Son meras sugerencias para jóvenes investigadores.

Parte de la proa del San José (Gobierno de Colombia).


El tesoro del San José

En su novela Cien años de soledad, el escritor colombiano Gabriel García Márquez trata de pasada un episodio sobre un galeón que podría estar inspirado en el hundimiento del San José, pero donde se recrea literariamente en este suceso es en El amor en los tiempos del cólera:

Varias veces al año se concentraban en la bahía las  flotas de galeones cargados con los caudales de Potosí, de Quito, de Veracruz, y la ciudad vivía entonces los que fueron sus años de gloria. El viernes 8 de junio de 1708 a las cuatro de  la tarde, el galeón San José que acababa de zarpar para Cádiz con un cargamento de piedras y metales preciosos por medio millón de millones de pesos de la época, fue hundido por una escuadra inglesa frente a la entrada del puerto, y dos siglos largos después no había sido aún rescatado. Aquella fortuna yacente en fondos de corales, con el cadáver del comandante flotando de medio lado en el puesto de mando, solía ser evocada por los historiadores como el emblema de la ciudad ahogada en los recuerdos.
[…]
Fue también así como [Florentino Ariza] se enteró de que a cuatro leguas marinas al norte de Sotavento yacía hundido desde el siglo XVI [sic] un galeón español cargado con más de quinientos mil millones de pesos en oro puro y piedras preciosas. El relato lo asombró, pero no volvió a pensar en él hasta unos meses después, cuando su locura de amor le alborotó las ansias de rescatar la fortuna sumergida para que Fermina Daza se bañara en estanques de oro.
[…]
[Florentino Ariza] aprendió que el San José no estaba solo en el fondo de corales. En efecto, era la nave insignia de la Flota de Tierra Firme, y había llegado aquí después de mayo de 1708, procedente de la feria legendaria de Portobello, en Panamá, donde había cargado parte de su fortuna: trescientos baúles con plata del Perú y Veracruz, y ciento diez baúles de perlas reunidas y contadas en la isla de Contadora. Durante el mes largo que permaneció aquí, cuyos días y noches habían sido de fiestas populares, cargaron el resto del tesoro destinado a sacar de pobreza al reino de España: ciento dieciséis baúles de esmeraldas de Muzo y Somondoco, y treinta millones de monedas de oro.
[…]
La Flota de Tierra Firme estaba integrada por no menos de doce bastimentos de distintos tamaños, y zarpó de este puerto viajando en conserva con una escuadra francesa, muy bien armada, que sin embargo no pudo salvar la expedición frente a los cañonazos certeros de la escuadra inglesa, al mando del comandante Carlos Wager, que la esperó en el archipiélago de Sotavento, a la salida de la bahía. De modo que el San José no era la única nave hundida, aunque no había una certeza documental de cuántas habían sucumbido y cuántas lograron escapar al fuego de los ingleses. De lo que no había duda era de que la nave insignia había sido de las primeras en irse a pique, con la tripulación completa y el comandante inmóvil en su alcázar, y que ella sola llevaba el cargamento mayor.
[…]
[El niño buceador Euclides] Contó, ahogándose por el propio ímpetu de su imaginación, que el más fácil de distinguir era el galeón San José, cuyo nombre era visible en la popa con letras de oro, pero que al mismo tiempo era la nave más dañada por la artillería de los ingleses. Contó haber visto adentro un pulpo de más de tres siglos de viejo, cuyos tentáculos salían por los portillos de los cañones, pero había crecido tanto en el comedor que para liberarlo habría que desguazar la nave. Contó que había visto el cuerpo del comandante con su uniforme de guerra flotando de costado dentro del acuario del castillo, y que si no había descendido a las bodegas del tesoro fue porque el aire de los pulmones no le había alcanzado. Ahí estaban las pruebas: un arete con una esmeralda, y una medalla de la Virgen con su cadena carcomida por el salitre.

Después de muchos años de búsqueda, el pecio del galeón San José fue descubierto en noviembre de 2015 cerca de la costa de Cartagena de Indias, en la actual Colombia. El hallazgo se logró gracias a un vehículo autónomo submarino operado por un equipo del Instituto Oceanográfico Woods Hole y arqueólogos colombianos. Una de las claves para identificar el barco fueron sus cañones de bronce decorados con grabados de delfines.

Restos del San José (Gobierno de Colombia).
Restos del San José (Gobierno de Colombia).


Desde su descubrimiento, la polémica y la disputa están servidas. Una compañía buscatesoros de Estados Unidos reclama a Colombia 10 000 millones de dólares (o, lo que es casi lo mismo, de euros), la mitad de la cantidad en que valora el tesoro, que se considera el mayor del mundo de este tipo. La empresa asegura que descubrió el pecio del San José hace mucho tiempo y le dio al gobierno colombiano las coordenadas. El gobierno dice que el barco no estaba en ese lugar, que lo ha encontrado en otra parte. Hoy día, Colombia considera de absoluta prioridad rescatar el pecio en su totalidad. Por su lado, nativos de Bolivia reclaman parte del valor porque buena cantidad del oro salió de las minas de Potosí

Restos del San José (Gobierno de Colombia).


El embajador de España en Colombia dijo recientemente que tenía instrucciones de ofrecerle al país sudamericano “la posibilidad de trabajar en un acuerdo bilateral para crear un nuevo paradigma en materia de protección del patrimonio subacuático”. Uno de los aspectos que concierne más directamente a España es el del posible hallazgo de restos humanos, ya que técnicamente serían cadáveres de españoles y quizá sería oportuno considerar si darles una sepultura más digna. Hay que tener en cuenta, no obstante, que en naufragios, aunque es posible encontrar huesos en condiciones excepcionales, el ambiente marino puede acelerar su descomposición.


Entonces, ¿qué sería de Jacinto?

Si tuviera que apostar sobre si Jacinto iba embarcado en el San José y murió en lo mejor de su juventud, yo diría que no a ambas cosas. La figura de Jacinto me evoca la de Gabriel de Araceli, el personaje galdosiano de la trepidante y vitalista primera serie de los Episodios Nacionales. Galdós decía de su Gabriel gaditano que era un hombre «que nació sin nada y lo tuvo todo», un «pillete de playa que terminó su existencia histórica como caballeroso valiente oficial del Ejército español». A Jacinto, sin embargo, no lo veo de militar. Por su descripción fisonómica («trigueño, pecosa la cara, carirredondo…») me lo imagino como un amable y simpático gordito nada marcial, amante de los sencillos placeres de la vida… Después de los sustos que se llevaría, no lo veo perseguir quimeras americanas abordando con un petate un galeón en el puerto de Cádiz. Prefiero visualizarlo jugando con sus retoños en la Caleta o tomando un vino en una taberna del Pópulo, en jovial francachela con cuatro amigachos.

En cualquier caso, y volviendo a la objetividad, efectivamente es probable que no muriera en aquella tragedia. Los expedientes del Colegio de San Telmo están llenos de anotaciones como: «murió en Indias», «murió en el hospital de Cartagena», «dijeron que el muchacho se murió en el hospital de la Veracruz», «este muchacho se murió en la travesía de la Veracruz a La Habana en 1696, en dicho navío», «murió en el Hospital de Portobelo»… Esto prueba que los rectores del Colegio sentían preocupación por el destino de sus pupilos y que anotaban puntualmente en los expedientes cualquier acontecimiento importante que llegaban a saber de ellos. No obstante, también hay que tener en cuenta que los 13 colegiales que selieron el 10 de marzo de 1706 con el conde de Casa Alegre y su sobrino (todos como pajes) solo tienen anotado un viaje y no se dice nada más de ellos en los expedientes.

Como he explicado, consta que Jacinto se embarcó con la flota de Casa Alegre el 1 de marzo de 1705, pero no que participara en aquel fatídico viaje a las órdenes del conde iniciado el 10 de marzo de 1706. Sí se dice, como mencioné antes, que uno de los compañeros que lo acompañó en su segundo viaje «salió acomodado de mozo el 1-3-1705 para servir las naos del cargo del Conde de Cassa Alegre. Después fue Piloto principal en las fragatas de la América. Murió en Indias«. Es decir, este otro colegial estuvo en la expedición de Gibraltar y de él sí se consigna en su ficha del San Telmo su trágica muerte a pesar de que ocurriera años más tarde (se supone que acaeció después del naufragio del San José porque necesitaría tiempo para convertirse en «piloto principal»). Haber servido a Casa Alegre en marzo del 1705 no tuvo por qué implicar seguir posteriormente a este señor de la guerra a la tumba. No hay, pues, ningún indicio que nos persuada de que Jacinto hubo de formar parte fatalmente de aquella bacanal de la estupidez humana y de que entregó el alma frente a Cartagena de Indias.

Imaginémoslo, pues, muchos años después, frente al inmenso mar océano gaditano, recordando aquella tarde remota en que resistió la tentación de las sirenas y desembarcó a tiempo, antes de que zarpara el buque de la parca Morta.

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