El primer médico del que se conocen datos biográficos significativos es Bartolomé de la Calle Calderón, que nacería en torno a 1665. Este personaje aparece en las Misceláneas escritas por Rafael Aragón Macías (también sin calle, aunque hubo un tiempo en que la tuvo). En esa obra se le llama «Don Bartolomé el Médico» y se dice que era hijo de Diego Morales y María de Reina. También se habla de otros ascendientes. Diego Morales era hijo de Gregorio Gómez del Castillo y Zarzuela y María de la Cruz (es inútil tratar de entender las conexiones familiares a partir de los apellidos porque en aquella época no existían reglas para apellidar; cada cual se hacía llamar con los apellidos que le parecía, escogidos entre los de su familia, y a mendo se preferían los de los abuelos). Diego y María se casaron en la década de 1630. María era hija de Bartolomé de Morales El Bacalao. En cuanto a la madre de Bartolomé El Médico (María de Reina) era hija de José de Reina y de Francisca García Romero y Castellano. Los padres de esta última eran Juan Sánchez Castellano e Isabel Gómez Romero.
Esto dicen las Misceláneas sobre el médico Bartolomé de la Calle:
Tuvo el dicho don Bartolomé el Médico, que fue de esta villa, otros dos hermanos, a D. Diego de Reina, hoy beneficiado en esta villa, y a José de Reina, que casó con Juana García Portillo, hija de Cristóbal Benítez Portillo y de Juana García, hija de Francisco García el Rubio y de Isabel Sánchez Morales. Se casó un hijo suyo a su disgusto con hija de Alonso Marín Zalamea. Tienen otra hija por casar.
Don Bartolomé el Médico casó en Sevilla, y vino a Ubrique adonde vivió algunos años, y falleció año de [no se indica].
Dejó muchos hijos; se casó una hija con Alonso Barea, hijo de Antón Sánchez Barea, y los demás están por casar.
Quizá sean descendientes de este Bartolomé los destacados ubriqueños De la Calle de mediados del siglo XIX y principios del XX (diputado, generales, negociantes…).
El bachiller en Medicina Bartolomé de la Calle
En el Fondo Antiguo y Archivo Histórico Universitario de la Universidad de Sevilla se conserva el expediente de informaciones de legitimidad y limpieza de sangre de Bartolomé de la Calle Calderón, incoado por el licenciado Juan Diego de Toro para que este alumno pudiera obtener del grado de Bachiller en Medicina. Data de 1682.
Como he explicado en otro lugar, para recibir los grados académicos era preceptivo probar «limpieza de sangre». Normalmente, el graduando debía presentar a tres testigos que proporcionaran «informaciones» que acreditaran esta circunstancia. En la Universidad de Alcalá de Henares, por ejemplo, los testigos habían de responder a un interrogatorio de seis preguntas, de las cuales las cuatro primeras se referían a la identidad y limpieza de sangre de los ascendientes del interesado, la quinta a la honestidad y buenas costumbres de este y la sexta era una ratificación de las anteriores. Si todo estaba correcto, el Rector aprobaba las informaciones.

La solicitud
En el expediente figura en primer lugar la solicitud hecha por el interesado:

D. Bartolomé de la Calle, natural de Ubrique, Obispado de Málaga, [com]parezco ante Vuestra [¿Ilustrísima?] y digo que yo he cursado en esta Universidad cuatro años en Medicina como consta de la probanza que tengo hecha, y respecto [a] que me pretendo graduar de bachiller en Medicina, a Vuestra [¿Ilustrísima?] pido y suplico me admita la información de genere, moribus et vita [limpieza de sangre y buenas costumbres] necesaria y, dada en la parte que baste, mande [que] se me dé licencia para entrar a examen y que se me dé dicho grado de bachiller en Medicina. Pido justicia.

Los testigos o informantes

El 24 de abril de 1682 el Rector, Juan Begines y Vega, doctor en Sagrada Teología, y los consiliarios de la Universidad «mandaron se reciba la información que ofrece». Ese mismo día, Bartolomé de la Calle presentó a dos informadores. Uno era Pedro de Saldívar, «natural de Ubrique y residente en esta ciudad» (se entiende que la ciudad es Sevilla). Esperanza Cabello encontró a un Pedro Zaldívar en las Misceláneas de Rafael Aragón Macías. Su nombre figura entre los vecinos que asistieron a un cabildo abierto celebrado en Ubrique en 1648 para acordar una transación con el duque de Arcos sobre montes y tierras del caudal. Ahora bien, en las Misceláneas aparece en otro lugar el mismo otro Pedro Zaldívar, que era escribano de Ubrique en 1692.

¿Eran estos dos el mismo, y a su vez el mismo que el Pedro de Saldívar del expediente de Bartolomé de la Calle? Hay algo que no cuadra: el Pedro de Saldívar del expediente no sabía escribir, como lo prueba el hecho de que plasmara una señal de la cruz por firma. El cualquier caso, según el expediente tenía (en 1682) 67 años, por lo que habría nacido en 1614 o 1615.

El segundo testigo sí que tenía bastante más letras. Era el licenciado D. Miguel Solano de Saavedra, relator de la Audiencia Arzobispal, natural de la villa de Casares.
El 5 de junio Bartolomé de la Calle presentó al tercer informante necesario, que fue el bachiller D. Lorenzo Padilla, vecino de la collación (barriada) sevillana de San Andrés.
El secretario recibió de ellos «juramento a Dios y a la cruz según forma de derecho» de que conocían a Bartolomé de la Calle y de que este era hijo legítimo de Diego Morales de la Calle y María de Reina Calderón, vecinos de Ubrique. Declararon asimismo que sabían que los abuelos paternos y maternos del bachiller solicitante eran todos «cristianos viejos de buen linaje y generación, limpios de toda mala raza de moros, herejes, judíos y de los recién convertidos a nuestra Santa Fe Católica» y que «no han sido sentenciados por el Santo Oficio de la Inquisición ni otro alguno». Un testigo aseguró que la familia era «gente muy honrada» y que Bartolomé tenía muchos parientes que eran «familiares del Santo Oficio y alcaldes, gente toda de la más principal» (los familiares del Santo Oficio eran vigilantes del aparato inquisitorial, encargados de analizar cualquier comportamiento susceptible de ser considerado herejía y delatarlo al tribunal religioso; por tanto, no gozarían de mucha simpatía en los pueblos).
Sobre Bartolomé decían los informantes que «no es notado de alguna infamia iuris [de derecho]» ni facti [de hecho]. Uno de ellos afirmaba, en particular, que el candidato era «de buena vida y costumbres y muy [¿dado?] a las letras». Otro, que era «muy quieto y estudioso». El tercero decía que era «virtuoso, recogido y aplicado a sus estudios».
Los testigo dijeron que sabían lo que decían saber sobre el solicitante por ser «público y notorio» y «fama». Y la declaración terminaba así: «es la verdad so cargo de su juramento en que se ratificó».
Cuatro cursos aprobados
Tras las «informaciones», en el expediente figura una fe del secretario certificando que en el «libro de pruebas de cursos» constaba que Bartolomé de la Calle tenía «[a]probados cuatro cursos en esta Universidad, en la Facultad de Medicina». Los había iniciado en 1778 y terminado a fines de abril de 1682, «habiéndose matriculado en cada curso en tiempo competente». Visto todo, el Rector y los consiliarios de la Universidad de Sevilla mandaron que Bartolomé «entre a examen y, saliendo aprobado, se le dé el grado de Bachiller en Medicina».
En el expediente se conservan unos textos en latín que parecen ser las respuestas que daría en el examen. El primero texto empieza por «Cum corpus ut sanabile…», es decir, «Cuando el cuerpo es sanable…».

En un lugar del supuesto examen aparece el nombre de pila del examinando en latín, Bartholomæus, como era usual en la época.

Es de suponer que Bartolomé de la Calle Calderón, una vez terminados sus estudios de bachiller cursaría los necesarios para obtener los grados de Licenciado e incluso doctor en Medicina.

Médicos y estudios de Medicina a finales del siglo XVII
A finales del siglo XVII, las facultades de Medicina seguían un enfoque académico basado en las tradiciones clásicas de la medicina grecorromana y árabe, si bien se iban introduciendo algunos nuevos conocimientos sobre anatomía y fisiología, gérmenes de la revolución médica del siglo XVIII y especialmente del XIX.

Se daba más énfasis a los aspectos teóricos que a la práctica clínica. De hecho, las pequeñas cirugías que se practicaban estaban a cargo de los barberos cirujanos, que sacaban muelas e incluso se atrevían a operar cataratas, hernias, úlceras y cálculos. Los médicos universitarios consideraban un desdoro para su profesión descender a mancharse las manos de sangre; vivían más bien de sus consultas. Por eso, a menudo los barberos, e incluso los curanderos, gozaban de más estima por el pueblo llano, ya que solucionaban mejor la mayoría de sus problemas de salud. Un siglo más tarde de la graduación de Bartolomé de la Calle, en Ubrique había dos médicos y un cirujano (más dos boticarios y dos veterinarios). Pero los médicos ganaban mucho más. Según el Catastro de Ensenada, en 1754, el médico de Ubrique, don Mateo González, percibía 1210 reales anuales, mientras que el cirujano Miguel Villagrán (sin el don) ganaba solo 200.
Otro concepto diferente al actual era el de hospital, que era más un refugio para pobres que un centro de tratamiento médico efectivo. En Ubrique existió una institución de este tipo en la calle Hospital, a la que la arbitrariedad municipal (por no decir ignorancia) le cambió el nombre por este otro: «Mariquita la Matrona (María Isabel Fernández Pérez)». Doy por hecho que está persona será muy merecedora de figurar en el nomenclátor, pero podría serlo para bautizar una nueva calle, no una cuya denominación es una prueba historica de que allí existió una institución sanitaria muy antigua. (Para colmo, el Ayuntamiento ha dejado la placa «Calle Hospital», supongo que hasta que el tiempo la destruya).
Los grados: bachiller, licenciado y doctor
En general, el bachillerato en Medicina se cursaba a lo largo de 3 a 5 años. A los bachilleres les enseñaban a interpretar los textos médicos clásicos, como los de Hipócrates, Galeno y Avicena. También aprendían matemáticas, lógica y astrología (ya que las conjunciones astrales eran consideradas importantes en la evolución y el tratamiento de las enfermedades). Y filosofía natural, que aunque basada en el aristotelismo y la escolástica, les proporcionaban «conocimientos» sobre la naturaleza y sus fenómenos.
Para licenciarse se habían de cursar otros 4 a 6 años, y en ese periodo ya se entraba en aspectos más específicamente médicos como la anatomía (siguiendo a Galeno o a Vesalio, sin mucha práctica de disección, probablemente), fisiología y patología basadas en las ideas humorales de Hipócrates y Galeno, farmacología (consistente en la preparación y uso de remedios herbales y minerales, con textos como el Canon de Avicena o el Antidotarium) y diagnóstico clínico, basado en la observación de síntomas y signos externos (como el color de la piel, el pulso, la orina…). La práctica consistía mayormente en la observación de pacientes en hospitales o con médicos ya establecidos.
Finalmente, se podía obtener el doctorado defendiendo pública una tesis.
Conocimientos y prácticas médicas en la época
Los «físicos» de la época curaban poco, la verdad. Teorías como la de los cuatro humores (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema) dominaba el pensamiento médico. Se consideraba que una persona tenía salud si en su cuerpo existía un adecuado equilibrio entre los humores; por el contrario, la enfermedad se debía al desequilibrio. La anatomía de Galeno seguía siendo fundamental, aunque las observaciones de Vesalio en el siglo XVI y el descubrimiento de la circulación de la sangre por William Harvey entre 1616 y 1628 estaban significando los albores de una medicina nueva.
Por cierto, en los tiempos en que Bartolomé de la Calle estudió Medicina, ya hacía siglo y medio de que el español Miguel Servet hubiera hecho aportaciones fundamentales sobre la teoría de la circulación sanguínea. Servet describió por primera vez la circulación pulmonar (o menor) en su obra Christianismi Restitutio (1553). Servet postuló que la sangre pasa del ventrículo derecho al izquierdo del corazón a través de los pulmones, y no directamente como había sostenido Galeno, y observó que en los pulmones la sangre se mezcla con el aire y cambia de color, lo que sería una primera intuición del intercambio gaseoso. Sin embargo, sus descubrimientos quedaron en gran medida ignorados en su tiempo por varias razones, entre otras que el carácter considerado herético de su obra llevó a este científico a ser condenado y quemado en la hoguera junto con la mayoría de sus escritos. ¡España!
Los médicos podían tratar fiebres, infecciones menores, problemas digestivos o heridas leves, pero el tratamiento de las enfermedades más graves (pestes, sífilis, tuberculosis) solía tener poco éxito, como mucho paliativo. Y es que el «equilibrio de los humores» era muy difícil de lograr, sobre todo porque no se sabía exactamente qué era eso. Para tratar de conseguir tal equilibrio aplicaban sangrías, cataplasmas y ventosas. Para aliviar dolores locales, eméticos y purgantes. Para limpiar el cuerpo de sustancias indeseables, hierbas medicinales, basadas en la tradición de la herbolaria. Y, como dije antes, a veces eran necesarias cirugías menores, pero de ello se encargaban los barberos cirujanos.
Es común encontrar en los libros de la época referencias a la apoplejía, enfermedad hoy conocida como accidente cerebrovascular, caracterizada por la pérdida repentina de las funciones corporales debido a una obstrucción o ruptura en el flujo sanguíneo cerebral. Aunque no se tenía un conocimiento moderno de la fisiopatología de la enfermedad, los síntomas eran bien reconocidos y temidos: pérdida de la conciencia, parálisis, dificultad para hablar o moverse e incluso muerte súbita. En términos de la teoría de los humores, la apoplejía se atribuía a un bloqueo o exceso de flema (el humor frío y húmedo) en el cerebro, que interrumpía el flujo adecuado de los «espíritus animales» (los encargados de transmitir los movimientos y sensaciones).
También se pensaba que podía ser causada por un exceso de sangre en la cabeza, relacionado con un estancamiento sanguíneo. Por eso consideraban que mediante una sangría se podía aliviar la «congestión» cerebral. Se realizaban en el brazo o en las venas del cuello, o bien se aplicaban ventosas o sanguijuelas en la nuca o detrás de las orejas para extraer sangre de las áreas cercanas al cerebro. A veces se prescribían purgantes para limpiar el cuerpo de flema o bilis acumulada y evacuar el intestino, o eméticos para inducir el vómito. Otras frotaban las sienes o la nariz del paciente con aceites y ungüentos como el alcanfor o el romero. Cataplasmas y mostazas en las plantas de los pies o en las pantorrillas para atraer «los vapores» fuera de la cabeza hacia las extremidades eran otros recursos. O masajear vigorososamente para reactivar la circulación y devolver la movilidad a las partes afectadas.

La iatroquímica, raíz de la farmacología
Por aquellos tiempos se empezó a pensar que ciertos compuestos químicos podrían curar enfermedades. Es decir, se sentaron las bases de la quimoterapia, palabra que usamos exclusivamente para un tratamiento contra el cáncer cuando tomarse una aspirina (ácido acetilsalicílico) también es quimioterapia. Esta doctrina, base de la farmacología moderna, se llamó en aquellos tiempos iatroquímica, del griego ιατρός Iatrós, ‘médico, doctor’ y χημεία chemeía, ‘química’. Por supuesto, fue creada en Europa; en España normalmente se pensaba que era más efectivo rezar a la virgen y los santos como remedio para las enfermedades, aunque el método se haya demostrado que no funciona.
Los iatroquímicos recomendaban compuestos de mercurio para la sífilis; ácidos y álcalis para corregir ciertos desequilibrios; o alcohol destilado (ahora sabemos que es un buen antiséptico, pero en aquella los conocimientos de microbiología y de las causas reales de las enfermedades infecciosas eran nulos).
Las ideas iatroquímicas ya estaban en auge en el siglo XVII, pero no lograron reemplazar por completo a la teoría humoral, que seguía siendo predominante en las facultades de medicina de entonces porque aquello de que la salud y la enfermedad dependieran de procesos químicos en el cuerpo era inconcebible por la mayoría de los maestros. La iatroquímica interpretaba correctamente los líquidos corporales (la bilis, la sangrem la orina) como compuestos químicos sujetos a análisis y manipulación. Esto ahora se tiene clarísimo; cuando un médico nos prescribe una «analítica», lo que nos está diciendo es que nos van a hacer un análisis químico (de la sangre, de la orina…), aunque en ocasiones también puede ser microbiológico (un cultivo) o genético.

Paracelso (1493-1541) es considerado el principal precursor de la iatroquímica. Rechazó la teoría humoral y propuso que las enfermedades tenían causas específicas que podían tratarse con «medicina química«, basada en minerales y compuestos metálicos como el mercurio, azufre y sal (los tria prima alquímicos). Introdujo remedios como el láudano y el uso terapéutico de compuestos metálicos.
Pero como fundador de la doctrina se considera más bien a Jan Baptista van Helmont (1579-1644), que estaba convencido de que los procesos digestivos y metabólicos eran reacciones químicas en el cuerpo. Introdujo el concepto de fermentación como base de procesos fisiológicos y patológicos.
Quizá fuese François de le Boë Sylvius (1614-1672) quien empezó a popularizar la iatroquímica en las universidades europeas. Pero, ni que decir tiene, Bartolomé de la Calle no llegaría a saber nada de esto, al menos durante sus estudios universitarios para ser médico.

