sábado, 31 enero 2026

Poética descripción del paisaje de Ubrique y alrededores en 1918

El autor, Ernesto Jiménez Liria, llamaba al Berrueco "prodigio de los prodigios de Ubrique"

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Ernesto Jiménez Liria fue un enamorado de las Sierras del Sur que ideó múltiples proyectos para el desarrollo de estas comarcas (como la construcción de un ferrocarril que desde Francia llegara a Tarifa pasando por Arcos y la llanura de la Janda, además de un puerto artificial interior en Tarifa y desde ahí un túnel hasta Tánger). En 1917 publicó el libro España, Centro del Mundo. Macizos montañosos del extremo Sur-Ibérico y proyectos de engrandecimiento, en el que incluía dibujos y mapas con sus planes.

En septiembre de 1918 la revista La Ilustración Española y Americana reprodujo una poética descripción de las Sierras del Sur tierra que forma parte de dicho libro en dos entregas. Las reproduzco a continuación.


Primera parte

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Si en la Tierra fuera posible un país en donde premeditadamente se hubiera trazado el surgimiento de todas las formas de la belleza, sería este. Desde la Sierra de la Nieve, cumbre de la Serranía de Ronda, en el término de Tolox –mirador sublime de la Andalucía del S. O. sobre el Mediterráneo, el Atlántico, Europa y África, de mil novecientos veinte metros de altitud, en donde por la influencia de los vientos oceánicos la nieve es casi permanente– hasta los valles y las playas de perpetua primavera baja rápidamente de la Sierra de la Nieve por el S. el río Verde, barranquera perfumada de tomillos y de adelfas; más abajo, la caña de azúcar… más aún el sonoro y fulgurante mar de la Historia: en cuatro palmos de tierra, todos los climas y todas las bellezas. El río Grande, afluente del Guadalhorce, baja rápidamente por el E. Málaga se ve allá, al fondo oriental, gozosa de su belleza y del placer de su cielo y de su playa; más cerca aún, Álora, Pizarra y Cártama, Coín y Alhaurín, gozan su vida entre jardines.

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Hay al pie de esta alta Sierra, en el O., una meseta templada: a su borde, sobre un tajo vertical, cruzada por un profundo barranco, está Ronda, bella y gran ciudad entre rincones de vergeles y barranqueras alpinas; hacia el O. ingentes cimas cierran el horizonte sobre Grazalema y Villaluenga, Benaocaz y Zahara, de mil seiscientos cincuenta y cuatro, mil quinientos ochenta y cinco, mil trescientos ochenta y cuatro y mil trescientos cincuenta y dos metros de altitud sobre el mar. Muchos recreáronse en Ronda y su Tajo y sus perspectivas; en las huertas que, ondulando entre pequeñas colinas, orlan su falda y abraza en sus curvas el río…; ¿pero visitaron la cueva del Gato, puente natural de una legua de longitud, en sinuosidades mil, bajo el que cruza un afluente del Guadiaro y en donde brota colosal manantial? Las aguas, luchando con la piedra en miles de siglos, la esculpieron con formas que la fantasía humana no llegó a concebir… profusamente.. Piando, las golondrinas despliegan su rápido vuelo –allá abajo la altísima y amplia bóveda hasta las entrañas del túnel gigante, del que penden las enredaderas y los arbustos, en tanto salta el hermoso raudal transparente de balsa en balsa, repercutiendo allá adentro los miles de ritmos de sus endechas… España no ha tenido aún en sus hombres dominantes exquisitez ni amor a la Patria suficientes para iluminar aquel Museo natural de peregrinación y construirle una ruta en toda su mágica encantada estancia, hasta salir a la luz del sol con permiso del Peñón de Tavizana, sublime gigante en pie que guarda la puerta de entrada…

Menos alta que la Sierra de la Nieve, de Tolox, pero más occidental, la Sierra del Pinar de Grazalema semeja mirador alpino sobre el Mediterráneo y el Atlántico y África, sobre las provincias de Cádiz y Sevilla y la zona occidental de la de Málaga: más bien que una Sierra es una sola montaña de caída vertical, ya en picos o en agudos crestones que se degradan vertiginosos hasta los valles profundos. Majestuosa, rápidamente enhiesta, desde muchas leguas la saludan los marineros que retornan de América, ansiosos del solar de la Patria…¡la Cabeza del Moro! Variado y bello enjambre de montañas da guardia al coloso: la Sierra del Endrinal, la del Caíllo, el Monte Prieto, el peñón Grande de Grazalema, el Pico de Zafalgar, la Sierra Blanquilla, el cerro de PeraltaMargarita, bello pecho de mujer–, el Montón, el cerro de Albarracín, el Cerro del Atochar… entre ellos el cerro del Castillo de Tavizna, el Cerrachón de la Silla, los tajos de Ubrique y Villaluenga, el peñón de Zahara, el castillo de Fátima, el peñón del Berrueco, el Peñón del Toro

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Se forma la garganta Verde de Zahara bajo el altísimo tajo en que cae el N. O. la Sierra del Pinar: profundísima sinuosa barranquera entre tajos verticales –por ella descienden las aguas que cantan en saltos pequeños con misterioso rumor, allá abajo, repercutiendo los ecos en las alturas–; a ella se une la Garganta Blanca, su gemela, profundo asilo de la Iglesia de las Gargantas, la sublime caverna de alta cúpula estalactítica, con su fuente de agua exquisita y su pila al pie… donde no llegan las legiones de artistas en romería porque únicamente hasta hoy se ocuparon de hacerla camino las aguas… para las águilas. A la salida de las Gargantas –cuando el sinuoso callejón profundísimo os arroja a la vida– el gran manantial de Boca-Leones, que ruge cuando el viento le insulta; uniéndose al arroyo, fecunda los huertos de naranjos… ¡allí, al pie de los precipicios de las cumbres alpinas están los oasis! Es al S. O. de la misma gran montaña del Pinar en donde al gran manantial de Benamahoma besa su pie, en cascada magnífica, desde que nace: danla cortejo las palas chumbas –allí, en la falda del coloso.

Es al N. de la misma Sierra del Pinar que entre sus grandes manantiales y su vega y su Sierra de tajos de rara belleza se alberga Algodonales: al frente, Zahara, sobre una loma, al pie de un gran cañón gigante cortado cual un arca –donde tuvo su defensa afamada– y que brindo a los anticuarios de la Tierra (¿no son esos los arqueólogos?) por si ellos pudieran deducir, con la claridad austral de su genio y de su ciencia y para gloria de España, que aquella es el Arca de Noé. En agudísima pirámide –el pico de San Cristóbal, de mil quinientos ochenta y cinco metros de altitud sobre el mar– termina por Oriente la alta cima de la Sierra del Pinar; en su caída oriental, Grazalema, junto a grandes manantiales, domina extenso y vario panorama, que cierran en la lejanía las altas cumbres de la Sierra de la Nieve… Una legua hacia el N, una gran montaña que semeja un león –el Peñón de Langarín– asienta en su falda la villa de El Gastor; cual semejando nido de águilas, cuelga en su rápida caída del S. la Sierra del Endrinal a Villaluenga del Rosario, que guarda la entrada de la Manga de su nombre, famosa caña entre colosales montañas tajadas que conduce hasta las cercanías de Ubrique.

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¡Ubrique! Una llanura ovalada y arbolada, con marcos de fantásticas montañas de tajos, de cuevas y de picos; en su borde, Ubrique, y dentro y fuera de la populosa villa industrial y serrana, agrícola y de recreo a la vez, colosales manantiales que forman un río. ¡Un oasis entre sublimes peñascales!


Peñón del Berrueco, cerca de Ubrique.

Segunda parte

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Es célebre Ubrique por sus bellezas; pero muy pocos de fuera de allí conocen el prodigio de sus prodigios: al E. de la villa, en ancho valle, se forma la cañada de Berría [Barrida]—el gran Peñón de Berrueco domina el S. E.; al N.E. y cayendo por su vertiente oriental sobre el profundo valle del Guadiaro las Sierras de Cortes de la Frontera, de mil trescientos ochenta y cuatro metros de altitud…; al N. O. un tajo vertical de una legua, entre cien y doscientos metros de su base a su cima, vertical…; muro cincelado, aplomado, esculpido en siglos y siglos por las aguas y los vientos y el sol, ciudad blanca de las águilas, que entre él y su alto cielo colgaron su nido y gritan y aletean en vuelo de majestad, lejos del alcance de la impotente crueldad humana…; alba fachada de la montaña-palacio que, por su espalda, dominante adorna la frente de Ubrique la bella, cortada en su centro—desde su pie a su cima—por escalinata natural, ascenso en el mañana de multitudes artistas que desde la ingente azotea gozarán su vida en la contemplación de las montañas, los mares y las campiñas.

Ya cruzadas las Sierras de Cortes, al Oriente, en el valle del Guadiaro, entre montes altísimos, un rincón de frondosa belleza os atrae la atención: es Jimera de Libar. El tren cruza hacia el S. y valle abajo—allá arriba las cimas de nieve—el clima de los Trópicos engendra en las vegas la caña de azúcar. Más abajo está el mar—su ribera la Costa Luminosa del mañana, de clima sin igual: así en Estepona, en San Pedro de Alcántara, en Marbella, en Fuengirola, en Torremolinos, hacia Oriente…

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