sábado, 10 enero 2026

Un origen verosímil del dicho «Acabó peor que la Comedia de Ubrique» (1853)

El hecho histórico que dio lugar al adagio pudo ocurrir antes de 1811

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En la prensa del sisglo XIX se utilizaba con cierta asiduidad la expresión «acabó peor que la comedia de Ubrique» para dar a entender que algún hecho (a menudo político) tenía un final nefasto. (Lógicamente, el uso por la prensa sería reflejo de un uso popular). Un ejemplo es esta crónica del periódico La Discusión de Madrid del 25 de noviembre de 1868 referida a un enfrentamiento entre monárquicos y republicanos en una reunión:

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En su Historia de la Villa de Ubrique dice su autor, Fray Sebastián, que el proverbio ubriqueño “ha recorrido lada España y alguna vez ha servido para calificar las sesiones tumultuosas del Congreso”. Otro ejemplo lo vemos en el diario La Época del 22 de octubre de 1871 (página 2), donde se lee, dentro de una crónica titulada “La Internacional en Madrid – Sesión pública celebrada en el teatro de Rossini”:

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El dicho aparece recogido en el Diccionario de refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases de la lengua española, recogidos y glosados, de 1922, y en el Gran diccionario de refranes de la lengua española, de 1943, obras ambas de José María Sbarbi y Osuna. Y en el Diccionario geográfico popular de cantares: refranes, adagios, proverbios, locuciones, frases proverbiales y modismos españoles, de Gabriel María Vergara y Martín (1923).

También se emplea contemporáneamente. Por ejemplo, Fernando Quiñones, en Nos han dejado solos: libro de los andaluces y también en Tusitala: cuentos completos, escribió:

(…) Primero, el Club Taurino de Fraüenburg, que aquello acabó con una de trampas y de disgustos que ni la Comedia de Ubrique.  Después (…)

Como se ve, se refiere al mundo de los toros, que es, además del de la política, el otro contexto en el que se suele usar el modismo (especialmente en el siglo XX). Véase esta frase del periódico Palmas y pitos del 23 de junio de 1913:

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He llegado a ver en un periódico de Gibraltar un artículo escrito en inglés sobre asuntos políticos de la Roca que no menciona en ningún momento a Ubrique excepto en el titular, escrito en perfecto castellano: “La Comedia de Ubrique”.

¿Cuál sería el origen del adagio?

La interpretación de Adolfo de Castro

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Una hipótesis sobre el origen del adagio «Acabó a capazos [o capotazos], como la comedia de Ubrique«, que fue aceptada por autores ubriqueños posteriores, la dio con mucha seguridad el polígrafo, erudito, cervantista y falsificador literario gaditano Adolfo de Castro (1823-1898) en una nota que figura en la página 369 de su libro Varias obras inéditas de Cervantes, de 1874.

El erudito cervantista Francisco Rodríguez Marín se hizo eco de la misma en una nota al pie de su edición crítica del Quijote de 1916 (1916-17, tomo V, página 65) pero obsérvese con qué cautas palabras empieza, probablemente por conocer la mala fama del gaditano, que engañó a los especialistas de su época fingiendo que había encontrado en un mercadillo de Cádiz una obra inédita de Cervantes, El Buscapié, que en realidad había escrito él:

Si hemos de creer a don Adolfo de Castro, de un suceso parecido se originó la comparación popular andaluza ‘Acabó como la comedia de Ubrique’…”.

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Según De Castro, el suceso fue que, representándose en Ubrique la obra de teatro Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara, cuando el actor que encarnaba al Rey de Portugal mandó matar a la amante del príncipe heredero, el público se indignó, subió al escenario y la emprendió a golpes con el “rey” y a sus “nobles”.

Esta interpretación la recogió también el mencionado Diccionario de refranes, adagios, proverbios modismos, locuciones y frases proverbiales de la lengua española de José Sbarbi (obra póstuma, 1922). Posteriormente otros autores recogieron y ampliaron la versión de Castro, destacando entre ellos Fray Sebastián de Ubrique (en su Historia de la Villa de Ubrique, 1945, página 297), el escritor y alcalde de Villaluenga Pedro Pérez Clotet (Obra literaria, 2º tomo, 2005, pág. 143) y los autores ubriqueños Manuel Cabello Janeiro y Bartolomé Pérez Sánchez de Medina (en sus obras Ubrique, encrucijada histórica El habla de Ubrique, respectivamente).

Cabello cree que los actores se alojaron en la posada que había en la plaza del Ayuntamiento y que la obra se representó en la plaza de la Verdura. (En la fachada de una de sus casas se fijaron en 1992 unos azulejos con motivo de la reunión de 200 “Janeiros” congregados por D. Manuel y llegados de todo el mundo. En ellos figura la siguiente inscripción: «En esta casa se ubicó desde mediados del siglo XIX el Café de Janeiro, centro de encuentro y cultura popular donde se representó el drama Reinar después de morir, origen del conocido refrán Acabó como la comedia de Ubrique».

Bartolomé Pérez Sánchez de Medina está de acuerdo con esta localización y presenta la hipótesis de Adolfo de Castro sobre este dicho centrándose en los aspectos literarios. Según él, representándose a mediados del siglo XIX en Ubrique el drama Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara, cuando se llegó a cierto pasaje de la obra en que dos secuaces quieren matar a la heroína, Inés de Castro, el público, que olvidó que se trataba de una ficción –y esto habla muy en favor del buen desempeño del papel por parte de aquellos comediantes– se enardeció y, tomándose la justicia por su mano, quiso apalear a los “malandrines”, armándose entonces la de Dios es Cristo.

Si esto en realidad ocurrió así, probablemente no fue la primera vez que el público de un espectáculo reaccionó de esta forma, enajanado por la ficción. Ni la útima. En el capítulo «Vacaciones» de La tregua, Primo Levi, prisionero en los campos de concentración nazis, narra un suceso parecido. Cuando se estaba proyectando una película a los residentes en uno de estos campos, ya liberado, para que se entretuvieran, pasó esto:


La interpretación de Enrique Zumel

En 1890, el prolífico escritor malaguño Enrique Zumel (1822-1897, plenamente coetáneo de De Castro) puso en escena en el teatro Romea de Madrid un sainete lírico que títuló La Comedia de Ubrique, se supone que inspirándose en los hechos que dieron lugar al adagio tal como él creería que ocurrieron.

En este sainete, unas compañía de cómicos de la legua viene a actuar a la feria de Ubrique. Los sigue Pascual, un joven que quiere vengarse de la actriz Gabriela, que lo ha rechazado; por ello, quiere reventarle su actuación pagando a unos mozos para que la abucheen. Pero la maquinación llega a oídos de la buñolera Conchilla, que en otra ocasión había sido burlada por Pascual, la cual se propone defender a Gabriela y al mismo tiempo desquitarse del escarnio que sufrió del donjuán. Para ello, convence a otros ubriqueños para que contrarresten las acciones de los saboteadores y, ya puestos, le den un escarmiento a Pascual. Con estos alevosos propósitos de una y otra parte, lógicamente la bronca final está servida.


Un origen más verosímil

Ninguna de las dos interpretaciones expuestas deja en buen lugar a los ubriqueños de entonces: una porque los pone de paletos incapaces de distinguir la ficción teatral de la realidad; otra porque los presenta como amigos de la pendencia, dispuestos a secundar gratuitamente a una mamporrera. En particular, y personalmente, nunca me creí la versión del guasón gaditano Adolfo de Castro. No veo a los habitantes de Ubrique tan simples, ni a los de ahora ni a los de antes. Por eso, he estado buscando otra interpretación, y, como quien busca encuentra, la he hallado.

Se trata de una tercera explicación que me parece mucho menos novelera y que, lo digo desde ya, intuyo que es la que más se acerca a la realidad de los hechos. Aparece en la revista El Averiguador, en su número del 30 de noviembre de 1872. La da un lector bien documentado basándose en lo que le había contado una persona importante de Ubrique durante una visita que hizo al pueblo en 1853.

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La explicación tiene muchos visos de certera porque da detalles muy reales del pueblo: habla del cerro del Benalfiz, del convento situado a sus pies, abandonado por entonces (debido a la desamortización y consiguiente exclaustración), de Los Olivares

El informante, que firma C. y B., ofrece su testimonio en respuesta a esta pregunta que formuló un lector de la revista El Averiguador en un número anterior:

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La explicación que dio C. y B. empezaba así:

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La copio íntegra:

Visitando en el año 1853 esta preciosa villa, me ocurrió hacer la misma pregunta que ha movido la curiosidad del Sr. Valle del Jaretón, e interrogando sobre el origen del refrán a un ilustrado amigo mío, distinguido letrado de aquel pueblo, del que era natural y en el que había ejercido diferentes cargos, me refirió la anécdota siguiente:

Situada la población en el declive o falda occidental de una alta sierra, teniendo por el norte contigua la llamada del Benalfís, y rodeándola por el oeste un cerro poblado de olivos, viene a quedar la villa enteramente dominada por las alturas. Existe en ella un antiguo edificio ruinoso y destechado, que creo fue convento, y en él se ejecutó la comedia de que se trata, por una compañía de la legua, que improvisó un escenario o tablado, pero que no puso asientos, lo cual obligó a los concurrentes a proveerse de ellos, llevando cada cual una silla de su casa.

La comedia origen del refrán, que ignoro cómo se titulaba, se ejecutó en uno de esos días solemnes en que se celebra la fiesta de algún santo o patrono del pueblo (¿San Roque?) y en que además de volver al lugar los muchos jornaleros ocupados en las faenas agrícolas de Jerez de la Frontera, cuyo término llega hasta muy cerca de Ubrique, se aumenta la afluencia de gente con la visita de los vecinos de las poblaciones comarcanas. Sucedió pues que, ocupado enteramente el improvisado teatro, no tuvieron en él cabida los forasteros, e indignados con la imposibilidad de disfrutar del espectáculo, o tal vez un tanto alegres por los vapores del vino, que nunca deja de consumirse en tales fiestas, o quizás movidos del deseo de disfrutar, aunque de lejos, del espectáculo, subieron a los cerros que dominan la población: hubo de tirar un imprudente alguna piedra, que cayendo sobre el destechado coliseo, causó daño a un espectador; cundió la alarma; empezaron los gritos; los de las alturas arrojaron una y otra piedra; ocurriósele a otro resguardarse de la mortífera lluvia colocándose la silla sobe la cabeza, ejemplo que fue imitado por los demás: los tímidos acudieron en tropel a salir presurosos y esto aumentó la alarma: hubo atropellos a la puerta, donde todos se agolpaban llevando en la cabeza tan extraña coraza, y arreciada la pedrea, terminó forzosamente aquel extraño espectáculo, del cual quedaría en la villa memoria por mucho tiempo, y que dio origen al refrán que ha excitado la curiosidad del Sr. Valle del Jaretón.

Desearía conocer si hay verosimilitud en esta narración, que someto sin pretensiones al ilustrado criterio de los lectores de EL AVERIGUADOR.

C. y B.

El Averiguador, 30 de noviembre de 1872

Comparación de las tres interpretaciones

Me resuelta curioso ver en las interpretaciones de C. y B. y Zumel un factor común: las sillas. En ambas, los espectadores las llevan desde sus casas, cosa que era habitual en la época en los pueblos en los que no había salas de teatro ni nada que se les pareciera. En la versión de C. y B. las sillas resultan cruciales porque evitan que haya aún más heridos; en la de Zumel también las utilizan como escudos los músicos. Otro punto en común tienen estas dos interpretaciones: se produce un enfrentamiento entre espectadores. En cambio, en la de Adolfo de Castro (que, por cierto, es 21 años posterior a la de C. y B. ) las sillas no tienen ninguna relevancia y se produce una agresión de espectadores a cómicos, que es bien disitinto porque denota estulticia de la población.

Para descartar con más probabilidad la interpretación de De Castro puedo aportar este otro uso del adagio también en contaxto teatral y referido a bronca entre espectadores que apareció en el periódico La Independencia española el 21 de agosto de 1869:

Un amigo nuestro nos ha contado que estando días pasados en Jerez, con motivo de las fiestas para la inauguración de las aguas, fue invitado para asistir a un teatro de aficionados, donde se ponía en escena el drama Pablo y Virginia, y presenció este chistoso quid pro quo.
Un muchacho como de doce años hacia el papel de
niño negro.
En el cuarto acto Virginia preguntaba al negro:
—¿Eres de la isla?
—No señora, contestó el muchacho olvidando su
papel; soy de Jerez.
La hilaridad dei público fue grandísima, los aficionados se abroncaron, y se concluyó el drama como la comedia de Ubrique.

Es obvio que en este caso los espectadores no confundieron la realidad con la ficción; al contrario, se rieron de que las confundiera el niño actor.

Definitivamente, de las tres versiones me quedo personalmente con la de C. y B. Es la más antigua (y, por tanto, la más cercana en el tiempo al suceso); es verosímil (esta muy bien redactada y la fuente en la que se basa parece digna de crédito); deja patente que los hechos fueron muy graves (pudo haber muertos), lo que explicaría que el hecho se difundiera rápidamente fuera de los límites del pueblo… Además, existe otro ejemplo de enfrentamiento entre vecinos de Ubrique y de Benaocaz en el lugar llamado La Cabeza del Toro por peregrinas cuestiones relacionadas con la devoción (mal entendida) a la patrona y el patrón de estas villas.


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El Convento de Capuchinos de Ubrique en la revista Blanco y Negro (1931)

En el convento de Capuchinos

Fray Sebastián afirma que la obra que dio lugar al dicho se representó en el convento de capuchinos de Ubrique. Cabía la duda de que hubiera sido así porque los capuchinos, y en especial el ubriqueño Diego José de Cádiz (1743 – 1801) sentían una caprichosa repugnancia hacia los cómicos y el teatro, e incluso consiguieron que se prohibieran las funciones en algunos municipios, como diré más abajo. Pero C. y B. corrobora el dato de Fray Sebastián, lo que hace pensar que sí tolerarían las obras pías o que los hechos sucedieron tras la muerte del Beato.

Como se puede ver en la siguiente imagen, detrás del convento empieza a elevarse un cerro (el del Benalfiz) que constituye una atalaya propicia para quien tenga ánimos de lanzar piedras a quienes se halln en los alrededores del edificio.

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Las siguientes imágenes están tomadas desde altos próximos al patio del convento, que es donde pudo celebrarse la obra de teatro.

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Obsérvese en la siguiente foto que a la derecha del convento existe un «gallinero» natural desde el que una representación teatral se contemplaría incluso mejor que desde el propio «patio de butacas» y sin necesidad de llevar sillas:

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Por otro lado, compruébese lo cerca que quedan del patio del convento lugares altos desde los que se podrían lanzar piedras:

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La manía contra el teatro del Beato Diego

Como decía antes, una circunstancia se opondría a la hipótesis de que la representación fuera en el Convento. Y es que los capuchinos, y especialmente el Beato Diego José de Cádiz, tenían la guerra al teatro, aunque imagino que sí tolerarían las funciones si su contenido era pío.

En general, a finales del siglo XVIII la Iglesia católica la tomó contra el teatro y otras artes escénicas. Y los gobernantes, temerosos de la perdición de sus almas, secundaron el estúpido anatema que bajaba de los púlpitos prohibiendo casi todos los espectáculos de este tipo. El historiador Antonio Domínguez Ortiz se refiere así a esta fiebre antiteatral en su artículo La batalla del teatro en el reinado de Carlos III (II) (Anales de Literatura Española, 3, 1984):

Andalucía parecía predestinada a ser la tierra más propicia para el arte teatral por su riqueza, su complejo entramado urbano, su carácter cosmopolita y el carácter abierto y festivo de sus gentes. Así ocurrió durante el siglo XVI y comienzos del XVII; después se hizo notar en ella, quizás con más fuerza que en otras partes, el entenebrecimiento del horizonte vital y un concepto apocalíptico del mundo favorecido por eclesiásticos más celosos que discretos, que veían pecados en las más inocentes ocasiones de diversión.

Entre los hombres de Dios más fanáticos opositores al teatro destacó, como he dicho, el fraile capuchino ubriqueño Diego José de Cádiz, que logró que muchos consistorios prohibieran las representaciones. Como el jerezano:

[Jerez]  tuvo teatros permanentes desde fines del siglo XVI y que en el XVIII tropezó con la oposición de la Iglesia, encarnada en los arzobispos Espínola y Palafox, que lograron su extinción. El Ayuntamiento mantuvo una actitud indecisa, tan pronto en favor como en contra de las representaciones. La ópera italiana se introdujo, antes que las comedias, a mediados del siglo XVIII. El Ayuntamiento redactó unas ordenanzas en 1772 que tuvieron escasa vigencia; poco después comenzó la formidable ofensiva acaudillada por fray Diego de Cádiz y secundada por los obispos andaluces, que condujo a la extinción.

O el de El Puerto de Santa María, que en 1780 impidió comedias y óperas a instancias de este fraile.

Así que no es de extrañar que el buen Diego José estuviera también detrás de la decisión conjunta que tomó el Consejo de las Cuatro Villas de la Sierra de Cádiz de impedir las representaciones teatrales que el pueblo empezó a reclamar a finales del siglo XVIII, época en que resurgía el teatro. No toleraron ni aquellas obras que tenían una finalidad benéfica:

Parece que el momento óptimo para la resurrección del arte de Talía en tierras andaluzas, es decir, los años siguientes al del 1767, se hizo notar incluso en pueblos pequeños como eran los de Villaluenga, Ubrique, Grazalema y Benaocaz, en lo más intrincado de las serranías sevillano-gaditanas. Así se desprende del memorial conjunto elevado al Consejo por dichos municipios en 23 de septiembre de 1783 para que no se permitieran comedias ni óperas (!), «y para no ser inquietados por las compañías cómicas que suelen andar sueltas de pueblo en pueblo con despachos del Juez Protector para que no se les impida el uso, y aun que se les suministren bagages para los tránsitos, como tampoco por particulares vecinos, so color de ser los productos que sacan para obras pías». Sin duda, éste fue también el caso de otras muchas poblaciones pequeñas, en las que el choque ideológico, a propósito de las representaciones teatrales, se manifestó con variable intensidad.


El “rosario de Ubrique”

Voy ahora con una circunstancia sorprendente, quizá una mera coincidencia. Hay al menos una referencia histórica a un «rosario de Ubrique» con el mismo significado que el de la «comedia».

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Se trata de un texto que aparece en el tomo I de las Cartas Críticas que publicó en 1824 «el reverendísimo padre maestro Fray Francisco de Alvarado, del Orden de Predicadores» y en las que “con la mayor solidez, erudición y gracia se impugnan las doctrinas y máxima perniciosas de los nuevos reformadores, y se descubren sus perversos designios contra la Religión y el Estado«. En una de esas cartas, fechada el 1 de septiembre de 1811, al referirse a cierto “congreso por el pacto social” que al parecer se estaba preparando, Alvarado usa como término de comparación el “rosario de Ubrique” dándole la misma connotación que tiene la “comedia de Ubrique”:

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¿Se querría referir Alvarado a la comedia de Ubrique? Yo creo que sí, ya que no he encontrado más referencias históricas a ese «rosario de Ubrique». Para mí fue un lapsus, un cruce entre la «comedio de Ubrique» y el «rosario de la aurora». La carta de fray Francisco de Alvarado donde habla del «rosario de Ubrique» la escribió desde Portugal, adonde se había exiliado. No vivir en España podría explicar la confusuón. En cualquier caso, si realmente se quería referir a la «comedia de Ubrique», eso nos permite asegurar que el suceso que dio lugar a este modismo ocurriría como muy tarde en 1811.

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José María Sbarbi.

El origen del dicho sobre el «rosario de la aurora, que acabó a farolazos” también es confuso. De hecho, inicialente se hablaba del «rosario de Espera» porque se suponía que los hechos que dieron lugar a la expresión sucedieron en Espera, pueblo de la provincia de Cádiz que, para más coincidencias, pertenece a la misma comarca que Ubrique (la Sierra de Cádiz). Así lo explicaba el erudito en proverbios José María Sbarbi en su obra Florilegio o ramillete alfabético de refranes y modismos comparativos y ponderativos de la Lengua castellana (1873):

Acabará como el rosario de la Aurora

Este modismo, del cual nos servirnos en lenguaje familiar para expresar que una cosa parará en mal, alude á cierto choque. que hubo entre los que acompañaban al rosario que en muchos pueblos, particularmente de Andalucía, se canta y lleva procesionalmente por las calles los domingos al asomar la aurora; y tanto es así que, se cree tuvo mal fin aquella contienda, que muchos suelen añadir al refrán enunciado: que acabó á farolazos.

Otros dicen:

Acabará como el rosario de Espera

pueblo de la provincia de Cádiz, diócesis de Sevilla, en el cual suponen se verificó aquel funesto desenlace.

La referencia más antigua que he encontrado en la prensa al rosario de la aurora es de 1821. La del rosario de Espera más remota que he visto data de 1820 (El Corrector de Disparates. 1820, n.º 3, página 5).

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Ya en el siglo XX encuentro esta mención en La Ilustración española y americana del 29 de febrero de 1908:

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En el Diccionario de refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases proverbiales de la lengua española, obra póstuma de Sbarbi publicada en 1922, este autor considera que las expresiones de la «comedia de Ubrique» y el «rosario de la aurora» son equivalentes:

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Al igual que el dicho de la «comedia de Ubrique», el del «rosario de la aurora» o de Espera encontró un buen caldo de cultivo en el mundo de los toros. Véase este ejemplo del Boletín de loterías y de toros del 29 de septiembre de 1863:

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Para más curiosidades, hay quien sitúa el origen en Madrid a principioss del siglo XIX (¿Qué es el rosario de la aurora? – Curistoria).

Corrían los primeros años del siglo XIX cuando en Madrid se veneraba a Nuestra Señora de la Aurora. Se sacaba una imagen de la misma en procesión desde la basílica de San Francisco el Grande y, debido a lo temprano de la hora, la procesión iba alumbrada por faroles.

También salía en procesión la Virgen del Henar, supongo que en las fechas de Semana Santa, y ambas imágenes se encontraron en una calle por la que no podían pasar a la vez. Los portadores y procesionarios de cada lado se enzarzaron en una discusión que debió avergonzarles, pero que en lugar de ello, les llevó a las manos. Y así acabó aquel rosario de la Aurora (de Nuestra Señora de la Aurora) a farolazos y golpes.

Incluso encontramos uno en México: el «rosario de Amozoc» (Cápsulas de lengua):

Durante el Virreinato, los artesanos se agrupaban en gremios que protegían sus intereses comunes y les daban personalidad social. Entre las obligaciones de los gremios, estaba el costear las festividades del Santo patrono y tomar a su cargo uno de los días preparatorios de la fiesta principal de la localidad. Pues bien, se dice que surgió el desacuerdo entre el gremio de plateros de Amozoc; la discordia escindió al gremio en dos bandos fieramente antagónicos, y cada uno hacía sus fiestas, mientras que el otro no osaba ni asomarse. Es de anotar que la manceba del jefe de uno de los dos grupos en pugna, era una hermosa joven apodada “La Culata”. Tras largas pláticas, en presencia de las autoridades civiles y religiosas, ambos bandos acordaron unirse para celebrar las festividades de la población. Pero, durante el canto de la letanía que sigue al rosario, cuando el coro cantó “Mater Immaculata”, en latín, algunos creyeron oír “Maten a la Culata”. Entonces, sin más, ambos bandos se lanzaron a la refriega empuñando cuchillos, puñales y machetes, armándose un mitote donde hubo muertos, heridos y golpeados. Desde entonces, cada vez que una fiesta o reunión termina a chingadazos, se dice que acabó como el rosario de Amozoc.


Una referencia de 1808 o posterior al dicho de la «comedia de Ubrique”

En la primera mitad del siglo XIX proliferó la publicación de los llamados «romances de cordel», que eran poemas narrativos populares impresos en hojas sueltas y de venta callejera. Estas obritas relataban con versos sencillos historias destinadas al entretenimiento y la difusión oral. Uno muy celebrado lleva el kilométrico título de El nunca bien ponderado, célebre cual no otro, y alegre como cualquiera, casamiento de Juan Pindajo con Maria Curiana, sus celebridades, ropas, comidas, dote, y demás ocurrencias que verá quien pagare dos cuartos por cada papelillo. La obrita relata de forma burlesca e inmisericorde una boda popular en la que los novios, pobres y ridiculizados, exhiben ropas, dote y banquete grotescamente exagerados, convirtiendo el acontecimiento en una sátira colectiva. Pues bien, en uno de los pasajes se lee:

Saltó el bicho malvado,
picó al padrino,
y a la madrina le entra
en el estantino.
Furia de arañazos
sacudía a cuantos señorazos
estaban presentes;
acudió bastantísima gente
y, para despique,
acabó cual comedia de Ubrique.

(«Estantino» se supone que es «intestino»).

Este romance de pliego probablemente fue compuesto en Cádiz o sus cercanías, ya que, aunque se dice que el casamiento ocurrió en Porcuna (Jaén), las referencias geográficas son del entorno gaditano (los «toros del Puerto», la Caleta, «el pinar de Chiclana y sus huertas», Lebrija, «la Carraca con su Maestranza» y la propia comedia de Ubrique). Además, el romance casi parece una letrilla carnavalesca.

Si la composición pudiera datarse, podríamos obtener una fecha ante quem del nacimiento del dicho sobre la comedia de Ubrique. Pero, desgraciadamente, no es fácil hacerlo porque, aunque el Casamiento de Juan Pindajo con María Curiana fue publicado repetidamente en la primera mitad del siglo XIX (e incluso pasada la medianía de esa centuria), las primeras publicaciones no llevan fecha. Quizá la más antigua sea la que produjo Rafael García Rodríguez en su establecimiento tipográfico de la calle de la Librería de Córdoba. Lo ofrece escaneado la Universidad de Granada, que en la la ficha de la obra ha anotado como fecha de publicación «1801», aunque se entiende que es un valor arbitrario que quiere indicar que la obra es del siglo XIX.

Portada del romance de pliego «Casamiento de Juan Pindajo» publicado por Rafael García Rodríguez en Córdoba probablemente entre 1805 y 1844.

Que yo sepa, ningún especialista ha sido capaz de datar esa versión concreta, si bien se sabe que el editor García Rodríguez ejerció principalmente entre 1805 y 1844. Ahora bien, independientemente de cuándo fuera publicado el romance, creo que algo se puede decir sobre la fecha de su composición. Para mí, fue, como muy pronto, en 1808. La razón es que se dice que el novio, Juan Pindajo, iba vestido con «calzones chuscos a la moda de los mamelucos».

Los mamelucos eran guerreros de una casta de esclavos-soldados de Egipto. Eran considerados jinetes excepcionales y feroces en el combate cuerpo a cuerpo. Tras derrotarlos en 1798, Napoleón quedó fascinado por su valor y reclutó a un grupo para llevarlo a Francia, formando un escuadrón que le sirvió fielmente en toda Europa entre aproximadamente 1801 y 1815. La apariencia de los mamelucos era exótica y colorida, diseñada para intimidar y destacar en el campo de batalla: turbante, pantalones muy anchos, chalecos bordados y chaquetas cortas de colores vivos con fajas de seda. Pero su figura no fue familiar al pueblo español antes del 2 de mayo de 1808, cuando aparecieron en las calles de Madrid causando un profundo impacto visual y cobrando una fuerte identidad en la cultura popular española, tanta que hasta Goya se sintió inspirado por ellos y los inmortalizó en su conocida obra La carga de los mamelucos.

Cuadro de Goya «El dos de mayo de 1808 en Madrid», también conocido como «La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol» (Museo del Prado).

Es de suponer, por tanto, que en Cádiz, como en el resto de España, no fuera conocida popularmente la iconografía de un mameluco antes de 1808 (aunque las élites pudieran tener referencias desde la década anterior).


¿Por qué se difundiría el dicho por toda España?

Me pregunto cómo sería posible que lo ocurrido en un pequeño pueblo de la provincia de Cádiz llegara a conocerse en Madrid y lo mencionaran proverbialmente sus periódicos y fuera citado en el Congreso. Daré una hipótesis.

Supongamos que el suceso de la «comedia de Ubrique» ocurriera en la primera década del siglo XIX o no mucho antes. En ese caso, estaría «fresco» en la cultura popular en la época de las Cortes de Cádiz. No sería de extrañar que lo dieran a conocer en dicho foro los diputados de Ubrique y la Sierra. Allí se extendería entre la clase política, que pertenecía a toda España y la América española. Pudo contribuir la prensa gaditana (no olvidemos que en la primera década del siglo XIX la ciudad de Cádiz era un hervidero de prensa: El Conciso, El Censor General, el Diario Mercantil de Cádiz, la Gazeta de Cádiz, la Gazeta del Comercio de Cádiz, el Zelador patriótico, El Telescopio Político, El Revisor Político…).  Después, cuando las Cortes se trasladaron a Madrid los políticos se llevarían el proverbio a la capital.

Del rosario de Espera podría conjeturarse lo mismo.

¿Y qué ayudaría a que la comedia de Ubrique y el rosario de Espera fueran tan famosos en toda España? Que ocurrieron en la zona donde entonces estaba la capital del país, es decir, en lo que hoy es la provincia de Cádiz.

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