El monte Etna, situado en la costa este de Sicilia, Italia, es el estratovolcán más activo del mundo y uno de los más estudiados por los vulcanólogos debido a su constante actividad. Su historia eruptiva se remonta a al menos 500 000 años, y ha registrado erupciones documentadas desde la antigüedad, siendo mencionado por escritores clásicos como Tucídides y Virgilio. Su actividad ha modelado el paisaje circundante, enriqueciendo el suelo con minerales y permitiendo el desarrollo de una agricultura próspera, en especial el cultivo de viñedos y cítricos en sus laderas.
El 8 de febrero de 2025, el Etna inició una nueva fase eruptiva, caracterizada por la emisión de densas columnas de ceniza y un flujo de lava que avanzó aproximadamente 3 kilómetros por uno de sus flancos. Se diría un barrillo de la cara sangrante. Este tipo de actividad es relativamente frecuente en el Etna, que en los últimos años ha presentado erupciones con intervalos de pocos meses entre sí. La caída de ceniza afectó temporalmente algunas partes del aeropuerto de Catania, una situación recurrente cuando el volcán entra en erupción, ya que el viento puede dispersar partículas finas sobre la ciudad y sus alrededores.
Las imágenes satelitales adquiridas por el programa Copérnico Centinela-2 de la UE el 12 de febrero de 2025 han permitido un seguimiento detallado del flujo de lava, lo que es fundamental para la vigilancia del volcán y la protección de las comunidades cercanas. Estos satélites pueden captar la temperatura de la superficie y detectar anomalías térmicas, ayudando a predecir la evolución de las erupciones.
El Etna presenta diferentes tipos de actividad volcánica, desde explosiones estrombolianas, caracterizadas por la emisión de fragmentos incandescentes, hasta efusiones de lava relativamente lentas que pueden durar semanas o meses. Además, el volcán experimenta ocasionales colapsos parciales en su estructura, generando flujos piroclásticos más peligrosos.
A pesar de su actividad constante, el Etna no representa una amenaza inmediata para grandes poblaciones, ya que su lava suele moverse a velocidades bajas, lo que permite evacuaciones seguras. Sin embargo, la acumulación de material en sus flancos puede causar deslizamientos y cambios en los canales de lava, lo que requiere una vigilancia constante por parte de los expertos.
Con más de 3300 metros de altura, el Etna sigue siendo una de las maravillas naturales más imponentes de Europa y un laboratorio natural para el estudio de la vulcanología.
1669: una erupción trágica
Una de las erupciones más trágicas del Etna ocurrió en 1669. Fue la erupción más destructiva registrada del volcán y causó graves daños en la región.
El 11 de marzo de 1669, el Etna comenzó a emitir enormes cantidades de lava desde fisuras en su flanco sur. La lava avanzó rápidamente y, tras destruir varios pueblos, alcanzó la ciudad de Catania. A pesar de los intentos de los habitantes por desviar el flujo, la lava atravesó las murallas de la ciudad y destruyó parte de ella, incluyendo el puerto.
Murieron miles de personas, pero las cifras exactas varían según las fuentes. Además de la destrucción material, la actividad sísmica asociada causó deslizamientos de tierra y derrumbes.
A pesar de la devastación, la ciudad de Catania se reconstruyó sobre la lava solidificada y hoy en día sigue siendo una de las más importantes de Sicilia.

