En la década de 1970, el físico Gerard K. O’Neill, profesor en la Universidad de Princeton desde 1954, se enfrentó a la disminución del entusiasmo de sus estudiantes por el programa espacial. Para revitalizar su interés, los instó a explorar cómo las civilizaciones podrían expandirse más allá de la Tierra. Este desafío condujo al desarrollo de diseños para colonias espaciales autosuficientes, conocidas posteriormente como Cilindros de O’Neill. Representan una visión ambiciosa de la expansión humana más allá de la Tierra, ofreciendo una alternativa a la colonización planetaria tradicional. Aunque su implementación práctica sería muy difícil, continúan inspirando debates sobre el futuro de la humanidad en el cosmos.
Pueden verse varios de estos modelos en la siguiente galería:
Un Cilindro de O’Neill «sencillo» consiste en dos cilindros gigantes que giran en direcciones opuestas para contrarrestar efectos giroscópicos y mantener una orientación estable hacia el Sol. Cada cilindro tendría entre 6,4 y 8 kilómetros de diámetro y hasta 32 kilómetros de longitud. La rotación generaría gravedad artificial en la superficie interna, permitiendo condiciones similares a las terrestres para sus habitantes. También pueden tener otras geometrías, especialmente toroidales.
Grandes ventanas y sistemas de espejos dirigirían la luz solar al interior, simulando ciclos diurnos y estacionales. Se estima que podrían albergar a millones de personas en un entorno controlado y libre de plagas, donde la agricultura prosperaría sin necesidad de pesticidas. Además, robots se encargarían de la extracción de materiales espaciales, mientras los residentes disfrutarían de actividades recreativas en su utopía contenida.
El Centro de Investigación Ames de la NASA organizó estudios de verano a mediados de los años setenta para evaluar la viabilidad de estos cilindros. De estas reuniones surgieron ilustraciones detalladas, como las del artista Don Davis, colaborador frecuente de Carl Sagan. Estas representaciones visuales capturaron la imaginación del público, mostrando paisajes exuberantes y comunidades prósperas dentro de estructuras cilíndricas flotando en el espacio.
Pros
En su ensayo de 1974, «The Colonization of Space», O’Neill argumentó que el espacio debería considerarse no como un vacío, sino como un medio rico en materia y energía. Propuso que, iniciando la construcción de estas colonias, gran parte de la actividad industrial podría trasladarse fuera de la frágil biosfera terrestre en menos de un siglo. En su libro «The High Frontier: Human Colonies in Space» (1977), O’Neill describió una vida cómoda en estos cilindros, con acceso constante a frutas y verduras frescas, ausencia de insectos molestos y oportunidades recreativas únicas gracias a la gravedad artificial.
Contras
Aunque estas ideas parecían futuristas en su momento, han influido en generaciones posteriores. Empresarios como Jeff Bezos, fundador de Blue Origin y exalumno de O’Neill en Princeton, han retomado estos conceptos en sus visiones de colonización espacial. Sin embargo, la realización de tales proyectos enfrenta desafíos significativos, incluyendo los efectos adversos de los viajes espaciales prolongados en el cuerpo humano, como la pérdida de masa muscular y ósea, problemas de visión y deterioro cognitivo, según estudios recientes. Además, críticos argumentan que la comercialización del espacio por parte de una élite adinerada podría perpetuar desigualdades existentes, en lugar de ofrecer soluciones inclusivas para la humanidad.

















