En marzo de 2020, la pandemia de Covid-19 obligó a miles de millones de personas a confinarse en sus hogares, siguiendo medidas extremas implementadas por la mayoría de los gobiernos para contener la rápida propagación del virus. Sin embargo, algunos países optaron por un enfoque distinto, evitando los confinamientos obligatorios y apostando por estrategias más flexibles. Cinco años después, estudios científicos y datos estadísticos permiten una evaluación más completa de estas decisiones y sus consecuencias.
Suecia fue uno de los casos más notables por su negativa a imponer un confinamiento estricto. Mientras sus vecinos nórdicos —Noruega, Finlandia y Dinamarca— cerraron escuelas, negocios y restringieron ampliamente la vida pública, Suecia confió en el cambio voluntario de comportamiento de su población. Esto resultó en un pico de muertes en las primeras olas de la pandemia, particularmente en 2020. Sin embargo, a medida que avanzaron los años, la mortalidad en los otros países nórdicos aumentó, igualando en conjunto las cifras suecas.
Científicos como Ingeborg Forthun señalaron que las diferencias clave no solo fueron en la cantidad de muertes, sino en el momento en que ocurrieron. Lockdowns estrictos, en algunos casos, prolongaron la vida de personas vulnerables, pero no evitaron necesariamente los fallecimientos. A nivel económico, algunos economistas argumentan que la estrategia sueca fue menos dañina, aunque las consecuencias sociales y sanitarias siguen siendo objeto de debate.
Otros países como Islandia, Taiwán, Japón y Uruguay también evitaron confinamientos duros. Islandia se centró en pruebas, rastreo y aislamiento individual, mientras que Nueva Zelanda optó por un estricto confinamiento temprano. Ambos países lograron bajos niveles de mortalidad y limitaron el daño económico, aunque a través de métodos muy diferentes. Taiwán, por su parte, implementó un sistema de vigilancia y rastreo de contactos extremadamente riguroso, evitando el confinamiento a costa de una fuerte supervisión del comportamiento individual.
En Japón, aunque nunca se impusieron confinamientos obligatorios, la población respondió a los llamados del gobierno con una reducción voluntaria significativa de la movilidad. A pesar de los bajos niveles iniciales de mortalidad, la aparición de nuevas variantes como Ómicron elevó las cifras de muertos, aunque en proporciones moderadas respecto a su tamaño poblacional. Algunos expertos japoneses consideran que un enfoque más estricto podría haber evitado colapsos hospitalarios.
En África, el caso de Tanzania destaca por haber rechazado tanto los confinamientos como las vacunas durante el mandato del expresidente John Magufuli, lo cual, según críticos como el historiador Fadhili Mtani, tuvo consecuencias desastrosas. Las cifras oficiales hablan de 840 muertes, pero estimaciones independientes sitúan el exceso de muertes entre 102.000 y 188.000, reflejo de una estrategia calificada como “no científica”.
En cuanto a los efectos sociales de los confinamientos, numerosos testimonios y estudios destacan su impacto negativo. Personas como Bill Allison en Escocia experimentaron un profundo aislamiento, y muchos nunca recuperaron plenamente sus redes sociales o planes de vida. Las consecuencias emocionales y psicológicas fueron especialmente graves para ancianos, madres solteras y niños pequeños. Datos de 72 países revelan, por ejemplo, una caída del 14% en las habilidades matemáticas de los estudiantes, equivalente a siete meses de aprendizaje perdido.
Los sistemas de salud también se vieron afectados: se retrasaron o cancelaron tratamientos y diagnósticos de enfermedades como el cáncer, y en algunos lugares aumentaron los casos de violencia doméstica. Aunque se observaron beneficios temporales como la reducción de la contaminación del aire, estos desaparecieron rápidamente tras el levantamiento de las restricciones.
A pesar de estas secuelas, muchos expertos coinciden en que, durante las primeras etapas del brote —cuando no había vacunas—, los confinamientos ayudaron a evitar el colapso de los sistemas sanitarios. Adam Kucharski, epidemiólogo británico, recuerda que para marzo de 2020 el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido estaba “al borde del colapso”. Subraya que el confinamiento fue una medida de último recurso, necesaria ante la falta de preparación y alternativas.
Estudios internacionales han intentado medir el impacto de medidas específicas. Por ejemplo, cerrar escuelas y prohibir reuniones de más de 10 personas redujo la transmisión en más de un 35%, mientras que la orden estricta de quedarse en casa solo agregó una reducción adicional del 17,5%. Esto sugiere que medidas más selectivas podrían haber sido casi igual de eficaces con menores costos sociales.
En resumen, los países que evitaron confinamientos generalizados lo hicieron mediante otras formas de control, como el rastreo intensivo de contactos (Taiwán), campañas de concienciación social (Suecia) o políticas fronterizas rigurosas (Islandia). Sin embargo, el éxito de estas estrategias dependió en gran medida del contexto cultural, económico, geográfico y demográfico de cada país.
Cinco años después, sigue sin haber una única respuesta correcta. Lo que parece claro es que los confinamientos fueron una herramienta extrema con impactos profundos, tanto positivos como negativos. La clave para futuras pandemias podría estar en tener planes preestablecidos, con criterios claros y comunicados de antemano, que permitan medidas proporcionales según el riesgo, sin necesidad de recurrir a confinamientos totales como primer recurso.

