Parecen salidos de una historia de ficción científica, pero los tardígrados, también conocidos como «osos de agua», son criaturas reales. Miden menos de un milímetro, tienen un aspecto regordete y ocho patitas con garras, y habitan en lugares tan comunes como el musgo de tu jardín… o tan extremos como el vacío del espacio. A pesar de su tamaño diminuto, estos animales son algunos de los organismos más resistentes del planeta.
Los tardígrados pueden soportar temperaturas que van desde los -200 °C hasta los 150 °C, sobrevivir a altísimas dosis de radiación, resistir presiones superiores a las del fondo del océano, e incluso aguantar en el espacio exterior sin oxígeno. No es de extrañar que hayan sobrevivido a los cinco eventos de extinción masiva de la Tierra. Si algún día llegara el fin del mundo, «ellos y los Lego serán todo lo que quedará”, bromeaba alguien.
Pero más allá de lo curioso, los tardígrados se han convertido en una verdadera fuente de inspiración para la ciencia moderna. En los últimos años, varios estudios han empezado a desentrañar sus secretos y a buscar formas de aprovechar sus superpoderes.

Un linaje milenario
Aunque su registro fósil es escaso, nuevas tecnologías están ayudando a los científicos a reconstruir la historia evolutiva de estos diminutos seres. Utilizando microscopía confocal láser, investigadores analizaron fósiles de tardígrados atrapados en ámbar hace 80 millones de años, revelando detalles como sus garras en forma de anzuelo.
Los resultados sugieren que los tardígrados han tenido la capacidad de entrar en criptobiosis —un estado de animación suspendida que les permite sobrevivir a condiciones extremas— desde hace por lo menos 180 millones de años, y posiblemente desde hace 420 millones. Esta capacidad pudo haber sido clave en su supervivencia a lo largo de las eras.
Un cerebro pequeño, pero despierto
La neurociencia ha puesto el ojo en los tardígrados. Aunque solo tienen unas 300 neuronas, pueden coordinar movimientos complejos, responder a estímulos y alternar entre actividad y reposo. Además, su cuerpo transparente facilita el estudio de su sistema nervioso.
Por estas razones, algunos investigadores proponen convertir al tardígrado en un modelo ideal para estudiar el cerebro, más manejable que animales como las moscas de la fruta o los ratones. Eso sí, será necesario desarrollar nuevas herramientas genéticas y mapas neuroanatómicos para avanzar en esta línea.
Una proteína contra la radiación
Uno de los descubrimientos más interesantes fue el del gen Dsup (supresor de daño) de los tardígrados, una pieza de ADN que protege las células del daño causado por la radiación. En 2016, investigadores demostraron que, al insertar este gen en células humanas cultivadas en laboratorio, estas se volvían mucho más resistentes.
Más recientemente, científicos diseñaron nanopartículas capaces de entregar este gen a ratones vivos, logrando que sufran menos daño en su ADN al recibir radiación. Esta técnica, aún en fase experimental, podría revolucionar los tratamientos contra el cáncer, reduciendo los efectos secundarios de la radioterapia. Además, podría servir para proteger a los astronautas de la radiación espacial en futuras misiones más allá de la Tierra.

Adaptado de Nano Letters , DOI: 10.1021/acs.nanolett.5c00378.
Tatuaje de tardígrados en investigación médica
Su capacidad para soportar la congelación está abriendo puertas. Un equipo en China aprovechó esta característica para probar una técnica innovadora: la litografía en hielo. Utilizando una película de una sustancia congelada (anisol) y un haz de electrones, lograron «tatuar» micropatrones —incluyendo líneas, puntos e incluso logotipos— en el cuerpo congelado de los tardígrados.
Aunque solo un 40 % sobrevivió al proceso, los resultados son prometedores. Esta técnica podría algún día permitir la impresión de nanosensores en tejidos vivos, abriendo posibilidades para la medicina y la bioingeniería que hasta ahora solo existían en la ciencia ficción.

