Cuando pensamos en uranio, solemos imaginar explosiones nucleares, tensiones geopolíticas o varillas brillantes de películas de ciencia ficción. Sin embargo, el uranio es mucho más que eso: es un elemento natural, abundante y estratégico, con aplicaciones que van desde la generación de energía limpia hasta la medicina y la tecnología militar.
El uranio es un elemento metálico y radiactivo que ocupa el lugar 92 en la tabla periódica. Se encuentra en pequeñas cantidades en rocas, agua, plantas y animales, aunque su forma más útil es un isótopo específico: el uranio-235. Este isótopo tiene la capacidad de sufrir fisión nuclear, un proceso en el cual su núcleo se divide y libera una enorme cantidad de energía.
El problema es que el uranio natural contiene solo un 0,7 % de uranio-235, y el resto es principalmente uranio-238, que no es útil para producir una reacción en cadena eficiente. Por eso, el uranio necesita ser enriquecido, es decir, aumentar la proporción de uranio-235 para hacerlo funcional en reactores nucleares o, en casos extremos, en armas nucleares.
Tres pasos
El proceso de enriquecimiento consta de tres pasos principales. Primero, el uranio se convierte en un gas llamado hexafluoruro de uranio. Luego, este gas se introduce en una centrifugadora, una máquina que gira a gran velocidad. Como el uranio-235 es ligeramente más liviano que el uranio-238, los dos se separan durante la rotación. El gas pasa por muchas centrifugadoras en serie hasta que se logra la concentración deseada.
Dependiendo del nivel de enriquecimiento, el uranio tiene usos distintos:
- Con 3 % a 5 % de uranio-235, se usa para generar electricidad en centrales nucleares.
- Con 20 % o más, se considera altamente enriquecido.
- Con 90 % o más, se transforma en grado armamentístico, capaz de alimentar una reacción en cadena rápida y descontrolada, propia de una explosión nuclear.
Más allá de su potencial destructivo, el uranio impulsa submarinos nucleares, portaaviones y se emplea en tratamientos contra el cáncer y diagnósticos médicos. Representa una dualidad poderosa: puede alimentar una ciudad o destruirla.
En última instancia, el verdadero poder del uranio no radica solo en su fisión atómica, sino en las decisiones humanas sobre cómo y para qué se utiliza.

