El mundo de la donación de sangre ha perdido a uno de sus mayores héroes. James Harrison, conocido como el «hombre con el brazo de oro«, falleció a los 88 años el pasado 17 de febrero en un hogar de ancianos en Australia. Su vida estuvo marcada por una generosidad inigualable: durante más de 60 años, donó sangre y plasma, ayudando a salvar las vidas de 2,4 millones de bebés.
Un hallazgo científico que salvó vidas
La historia de Harrison con la donación de sangre comenzó cuando tenía 14 años y fue sometido a una cirugía para extraerle un pulmón. La intervención requirió múltiples transfusiones de sangre, lo que lo inspiró a convertirse en donante apenas cumplió 18 años. Sin embargo, lo que nadie sabía en ese momento era que su sangre contenía un anticuerpo extremadamente valioso: la inmunoglobulina Rho(D), también conocida como anti-D.
Este anticuerpo es fundamental para prevenir la enfermedad hemolítica del recién nacido (EHRN), una patología potencialmente mortal que ocurre cuando una madre con sangre Rh negativa desarrolla anticuerpos que atacan los glóbulos rojos de un feto Rh positivo. Antes del descubrimiento de este tratamiento en la década de 1960, miles de bebés nacían con daños cerebrales o morían debido a esta incompatibilidad sanguínea.
La sangre de Harrison contenía este anticuerpo en concentraciones excepcionalmente altas, lo que permitió a los científicos desarrollar una inyección capaz de neutralizar la respuesta inmunitaria materna y salvar incontables vidas.
Una vida dedicada a la donación
A lo largo de su vida, Harrison realizó 1173 donaciones de sangre y plasma, siguiendo un estricto compromiso de acudir cada dos semanas entre 1954 y 2018. De estas donaciones, 1162 fueron realizadas con su brazo derecho y solo 10 con el izquierdo. Su dedicación fue tal que nunca faltó a una cita y siempre lo hizo sin esperar nada a cambio (las leyes australianas, por cierto, prohíben cualquier tipo de compensación económica por la donación de sangre, pero lo más probable es que él no habría pedido nada aunque hubiera podido)..
Según la Cruz Roja Australiana Lifeblood, Harrison fue uno de los aproximadamente 200 donantes en Australia capaces de producir este anticuerpo de forma natural. Su contribución ayudó a salvar la vida de millones de bebés, incluida su propia nieta.
Un legado que trasciende
Con la muerte de James Harrison, el mundo pierde a un hombre cuya generosidad dejó una huella imborrable en la medicina y en la vida de millones de familias. Aunque los científicos trabajan en la producción sintética de anti-D, hasta el día de hoy, la principal fuente sigue siendo la donación humana.
A pesar de la gran admiración que generó su labor, Harrison nunca se consideró un héroe. «Algunas personas dicen: ‘Eres un héroe’, pero yo solo entro a una sala segura, dono sangre, me dan un café y algo para comer, y luego sigo con mi día. Ningún problema, ningún sacrificio», dijo en una entrevista.
Su historia es un recordatorio del impacto que una sola persona puede tener en el mundo. Hoy, la comunidad científica y médica espera que su legado inspire a nuevas generaciones de donantes a continuar su labor y asegurar que ningún bebé muera por falta de tratamiento.

