viernes, 9 enero 2026

Millones de Lego y otras cosas que devolvió el mar

Nuestro planeta es, en esencia, agua. Aproximadamente el 70 % de la superficie terrestre está cubierta por océanos, y en ellos viaja buena parte del pulso económico del mundo. Alrededor del 80 % de los bienes de consumo —todo lo que compramos en tiendas y en línea— llega a nosotros por transporte marítimo. Esta dependencia de las rutas oceánicas, sin embargo, tiene un precio: toneladas de basura terminan cada año en el mar, a veces por accidente, otras por simple descuido.

La cantidad exacta de desechos marinos es difícil de determinar, pero un estudio de 2020 estimó que en 2016 unas 23 millones de toneladas métricas de residuos plásticos alcanzaron los cursos de agua. La basura oceánica tiene múltiples orígenes: escorrentías urbanas, tormentas que arrastran desperdicios, actividades pesqueras e industriales, y la pérdida de contenedores durante las travesías. Cada fragmento de basura tiene un destino distinto: algunos quedan flotando, otros son ingeridos por la fauna marina o se hunden lentamente, alterando ecosistemas enteros.

Juguetes, zapatos y misterios en la arena

A lo largo de las décadas, el mar ha devuelto objetos tan curiosos como inquietantes. En 1992, una tormenta liberó 28 000 patitos de goma y otros juguetes de baño en el Pacífico Norte. Navegaron miles de kilómetros, apareciendo en playas desde Australia hasta Alaska. Para los oceanógrafos Curtis Ebbesmeyer y James Ingraham, el accidente se convirtió en una inesperada oportunidad de estudiar las corrientes oceánicas a escala global. Otros episodios similares, como la pérdida de 60 000 zapatillas Nike en 1990, también sirvieron para comprender mejor el movimiento del mar.

En 1997, un nuevo naufragio comercial sembró las costas británicas con millones de piezas de Lego. El llamado “Great Lego Spill” arrojó al agua cinco millones de bloques, muchos con temática marina: pulpos, tiburones, tanques de buceo y algas. Irónicamente, buena parte de estos pequeños símbolos de creatividad infantil eran de temática marina y acabaron contaminando el océano real que pretendían representar.

No todas las apariciones extrañas son accidentales. Desde 2007, enormes figuras humanoides inspiradas en piezas de Lego han emergido en playas de Holanda, Japón, Reino Unido y Estados Unidos. Son obra del misterioso artista Ego Leonard, quien utiliza estas esculturas como arte de acción marina, un comentario visual sobre nuestra relación con el consumo y los desechos.

Teléfonos Garfield, cigarrillos y residuos médicos

Algunas historias de basura marina rozan lo absurdo. Durante más de 35 años, teléfonos en forma del gato Garfield aparecieron esparcidos por las costas de Bretaña (Francia). Solo en 2019 se descubrió su origen: un contenedor encallado en una cueva submarina casi inaccesible.

En 2014, otro buque perdió 500 contenedores en aguas francesas; entre ellos, uno lleno de cigarrillos Marlboro. Las playas del Reino Unido recibieron millones de cigarrillos, que, aunque inservibles, fueron incinerados para generar electricidad. No es el tipo de “energía renovable” que uno imagina, pero al menos se evitó un desastre mayor.

Más alarmante fue el hallazgo reciente de residuos médicos —jeringas, agujas, frascos de medicamentos— en playas del Atlántico medio de Estados Unidos. El origen aún se investiga, pero el patrón se repite: mala gestión de desechos y transporte inseguro de materiales peligrosos. Casos similares se han documentado en Pakistán (2019) y en la costa de Nueva Jersey (2008), cuando un dentista fue acusado de arrojar bolsas de basura médica al mar.

Lo que el océano no devuelve

Paradójicamente, los objetos que terminan en la orilla son, en cierto modo, los más fáciles de manejar: pueden recogerse y eliminarse. Lo verdaderamente preocupante es lo que permanece en el fondo marino. Se ha seguido durante dos décadas un contenedor hundido en el Monterey Bay National Marine Sanctuary. A pesar del tiempo, no muestra signos de degradación, y ha creado un ecosistema artificial que altera por completo su entorno. Peor aún, advierte el científico, los contenedores perdidos podrían actuar como “escalones” para especies invasoras, transformando lentamente la vida en las profundidades.

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