El legado de Mario Molina, mexicano universal, premio Nobel de Química 1995

Nos dejó Mario Molina.

Pero nos dejó una mejor conciencia de que el mundo es nuestra casa y que debemos cuidarla. Por ejemplo, demostró que acciones tan aparentemente inocuas como ponerse laca en el cabello, usar otros aerosoles domésticos o refrigerar alimentos podían causar graves daños ambientales. Esto es debido a que se ponen en juego compuestos clorofluorocarbonados (CFC) que en la alta atmósfera liberan átomos de cloro que destruyen el ozono, lo que nos deja expuestos a la radiación ultravioleta del Sol. Este efecto, aclarado químicamente por Mario Molina y Sherwood Rowland, era la causa del enorme “agujero” que se había producido sobre la Antártida. Publicaron sus hallazgos en la revista Nature en 1974, y en 1995 se les concedió por ello el premio Nobel de Química.

Después de recibir el galardón, Molina no dejó de hacer esfuerzos en todos los frentes para que la humanidad se hiciera cargo del problema del cambio climático, ya que se descubrió que los CFC también contribuyen directamente al efecto invernadero. Promovió la prohibición de los CFC, por lo que recibió los ataques de la industria. Pero su trabajo condujo al Protocolo de Montreal de 1987, un tratado ambiental internacional histórico para eliminar gradualmente la producción de estos compuestos.

José Mario Molina-Pasquel y Henríquez nació el 19 de marzo de 1943 en la Ciudad de México Estaba fascinado por la ciencia desde su juventud: “Todavía recuerdo mi emoción cuando miré por primera vez a los paramecios y las amebas a través de un microscopio de juguete bastante primitivo“. Convirtió un cuarto de baño poco usado en su casa en un laboratorio para sus equipos de química, guiado por una tía, Esther Molina, que era química. En 1960 empezó sus estudios de ingeniería química de la Universidad Nacional Autónoma de México, siguiéndolos en París y Alemania, y finalmente se matriculó en el posgrado en la Universidad de California, Berkeley, en 1968, donde recibió su doctorado en química-física en 1972.

Tenía una gran conciencia de la paz, mostrándose “consternado” al descubrir que algunos investigadores de otras instituciones estaban desarrollando láseres de alta potencia para usarlos como armas. Esa predisposición para las buenas obras lo inclinó a realizar un trabajo “que tuviera un beneficio para la sociedad, en lugar de simplemente una investigación pura o cosas que podrían ser potencialmente dañinas“, según declaró su hijo, Felipe José Molina, profesor en la Escuela de Medicina de Harvard. Más tarde, Mario Molina trabajaría en el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena, California; la Universidad de California, San Diego; y el Instituto de Tecnología de Massachusetts. En el Centro Molina de la Ciudad de México se centró en aliviar la asfixiante contaminación de esa ciudad.

Fue el segundo científico del ámbito cultural iberoamericano en recibir el Nobel de Química (en 1970 lo ganó el argentino Luis Federico Leloir; en 2020 estuvimos muy cerca de tener un tercero). Además de la química, su otra pasión era el violín. No fue el primer químico que se interesó por la música. Para disfrutar de la de los ángeles, se nos fue a vivir al otro lado de la capa de ozono, donde ninguna radiación tóxica afecta, el 7 de octubre de 2020.

(Imagen de cabecera: Mario Molina, a la izquierda, y F. Sherwood Rowland en su laboratorio de la Universidad de California, Irvine, en 1976. Foto: Associated Press).