En los últimos años, los pueblos indígenas chimán y mosetén, habitantes de las tierras bajas de la Amazonía boliviana, se han convertido en un referente para la medicina científica mundial. Diversas investigaciones previas ya habían revelado que estas comunidades poseen las tasas de aterosclerosis coronaria y demencia más bajas jamás registradas, atribuidas a una dieta rica en fibra y carbohidratos complejos, una escasa ingesta de azúcares procesados y un estilo de vida de forrajeo con actividad física constante. Sin embargo, un reciente estudio liderado por la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB) ha sumado un nuevo capítulo a esta historia de fascinación epidemiológica: su insólita resiliencia frente a la covid-19.
Una contagiosidad masiva con una mortalidad casi nula
Al inicio de la pandemia en 2020, la comunidad científica temía que la llegada del virus a poblaciones aisladas provocara un desastre epidemiológico. Los chimanes y mosetenes viven en entornos no industrializados, con acceso médico limitado y altos niveles de infecciones parasitarias y bacterianas.
Sin embargo, los datos recogidos sobre el terreno demostraron un fenómeno inusual. Aunque el virus se propagó rápidamente —infectando al 71 % de los chimanes y al 63 % de los mosetenes— y el 80 % de los contagiados presentó síntomas habituales como fiebre, dolor de cabeza o pérdida de gusto y olfato, la tasa de fallecimientos fue minúscula. En la población chimán, la mortalidad fue 1/23 parte de la esperada según las métricas globales para su perfil demográfico, registrándose tan solo tres muertes en total.
La clave: un sistema inmune con «freno de mano»
¿Cómo lograron esquivar las complicaciones más graves de la enfermedad? Según los antropólogos y epidemiólogos del estudio, la respuesta reside en la interacción entre su estilo de vida ancestral y su regulación inmunitaria.
La baja prevalencia de obesidad, diabetes tipo 2 e hipertensión evitó los factores de riesgo principales que en las sociedades industrializadas agravan la infección. Y por otro lado, la exposición constante a diversos patógenos y parásitos a lo largo de su vida parece haber desarrollado lo que los científicos denominan un sistema inmune altamente regulado.
A diferencia de lo sucedido en los países desarrollados, donde las complicaciones graves y la muerte solían estar provocadas por la famosa «tormenta de citoquinas» —una reacción inflamatoria descontrolada que destruye el tejido pulmonar—, los chimanes y mosetenes mostraron una respuesta inmune eficaz y contenida. Tenían la capacidad de activar las defensas rápidamente para frenar la replicación viral en las vías respiratorias superiores y «apagar» la inflamación antes de que provocara daños sistemáticos en los pulmones.
Un aprendizaje para la ciencia del futuro
El caso de estos pueblos indígenas pone en crisis la idea de que la protección frente a nuevas pandemias depende exclusivamente de intervenciones farmacológicas externas. Si bien las vacunas y los medicamentos son indispensables, la salud metabólica y la modulación del sistema inmunitario desempeñan un rol crucial.
El estudio de los chimanes y mosetenes demuestra que la desconexión moderna de nuestro entorno biológico ancestral no solo incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas, sino que también puede vulnerar nuestra capacidad de regulación inmunológica ante nuevos patógenos. Su estilo de vida ofrece valiosas lecciones sobre cómo la actividad física, la alimentación no procesada y una respuesta inflamatoria equilibrada son nuestras mejores defensas biológicas.
Referencia
Lucia Inchauste et al.: Exceptionally low mortality despite widespread COVID-19 infection among Indigenous Tsimane and Moseten of Bolivia, Social Science & Medicine (2026). DOI: 10.1016/j.socscimed.2026.119493.

