La piel viva del desierto: qué son las biocostras y por qué importan

Al azar

En tierras zonas áridas o desérticas, entre los arbustos dispersos y las rocas, el suelo no es simple tierra inerte: en muchos tramos está cubierto por una fina capa oscura y grumosa llamada biocostra o costra biológica de suelo. Parece un detalle insignificante del paisaje, pero es, literalmente, la piel viva que sostiene buena parte de los ecosistemas áridos del mundo.

Las biocostras son comunidades microscópicas de organismos que viven pegados a los primeros milímetros de la superficie del suelo, formando una especie de tapete microbiano. No son una sola especie, sino una asociación íntima de varios grupos: cianobacterias, líquenes, musgos, hongos y algas, cuyas proporciones varían según el clima, el tipo de suelo y el grado de perturbación del terreno.

El elemento fundador suele ser la cianobacteria, uno de los organismos más antiguos de la Tierra. Sus filamentos segregan una vaina gelatinosa que actúa como pegamento natural, uniendo las partículas de arena y polvo en una red tridimensional. Con el tiempo —y mucho tiempo, porque en suelos secos el proceso puede tardar más de 3000 años— a esa trama inicial se suman líquenes y musgos, que engrosan la costra y le dan su característico aspecto oscuro, rugoso y a veces con pequeños pináculos.

Ventajas y funciones ecológicas

Aunque a simple vista parezcan solo «tierra sucia», las biocostras cumplen funciones que resultan imprescindibles para la vida en zonas áridas:

  • Estabilización del suelo. Los filamentos de las cianobacterias y las hifas de los hongos actúan como una malla que ancla las partículas de arena, reduciendo drásticamente la erosión por viento y agua. Un suelo sin biocostra es un suelo suelto, vulnerable al polvo y a la pérdida de nutrientes.
  • Gestión del agua. Las biocostras funcionan casi como una esponja: pueden absorber hasta diez veces su propio volumen en agua, lo que ayuda a retener la escasa lluvia del desierto, reducir la evaporación y facilitar que el agua se infiltre lentamente en capas más profundas, en lugar de escurrir y arrastrar el suelo consigo.
  • Fijación de carbono. Cuando la costra se humedece, sus organismos fotosintéticos —cianobacterias, algas y líquenes con simbiontes vegetales— se activan y comienzan a capturar dióxido de carbono atmosférico. Se estima que, a escala global, las biocostras podrían fijar varios miles de millones de toneladas de carbono al año.
  • Fijación de nitrógeno. Algunas cianobacterias, como las del género Nostoc, son capaces de transformar el nitrógeno del aire en amoníaco, una forma que las plantas pueden aprovechar. En suelos desérticos, pobres en nutrientes de por sí, este aporte de nitrógeno es clave para que la vegetación vascular —arbustos, pastos, flores— pueda germinar y prosperar.
  • Base de todo el ecosistema. Al mejorar la disponibilidad de agua y nutrientes, las biocostras facilitan la germinación de semillas y crean microhábitats más estables. En muchos sentidos, son el primer eslabón que hace posible que exista vida vegetal —y, después, animal— sobre suelos que de otro modo serían prácticamente estériles.

Frágiles y de recuperación lenta

Estas comunidades que sostienen ecosistemas enteros son, sin embargo, extraordinariamente frágiles. Una sola pisada, el paso de una bicicleta o de un vehículo todoterreno puede romper en segundos una estructura que tardó décadas o siglos en formarse. El pastoreo, los incendios y el uso recreativo sin control son sus principales amenazas, y la recuperación —cuando ocurre— puede llevar desde unos pocos años hasta varios milenios, dependiendo de la humedad y textura del suelo.

Por eso las autoridades insisten tanto en que se debe camina por los senderos marcados y evita pisar el «suelo negro y grumoso». No es simple tierra: es un organismo vivo que respira, fija carbono y nitrógeno, retiene agua y, sin hacer ruido, sostiene todo un desierto sobre sus espaldas.

Dedo que la biocostra desempeña funciones importantes en diversos procesos, desde el control de la erosión y el ciclo de nutrientes hasta la protección contra los peores impactos del cambio climático, a medida que las temperaturas siguen aumentando, los investigadores están viendo que se puede recurrir a estos suelos vivos como herramienta potencial para restaurar paisajes saludables.

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