sábado, 10 enero 2026

Decíamos ayer


I

Hoy han faltado Nelson y Jairo. Como mañana tenemos examen, propongo repasar, pero tropiezo con la oposición a hacer una prueba de Sintaxis. «¿Por qué no hacemos primero la de Geografía?», porfía Máximo Salvatierra. Accedo y el alumno se ofrece voluntario a escribir en la pizarra a mi dictado un resumen del tema de Geografía Física de España. Máximo sugiere que le dicte las preguntas con las respuestas. Hago hincapié en dictar solo un resumen y les propongo que el examen sea de preguntas tipo test. De sugerir que la prueba contenga cincuenta preguntas –una exageración– las reduzco a solo veinte, sin permitir que se abra paso la queja. De este modo, además, evito el regateo.

Le digo a Máximo que diferencie en la pizarra cada enunciado con un asterisco. Cada asterisco se corresponderá con una posible pregunta. Lo hago de este modo para tranquilizarlos, pero eso los deja indiferentes y no los saca de su sopor mañanero. Nadie se anima ante la perspectiva de escribir en el cuaderno y, como para eludir el trabajo, Bruno y Jerai improvisan una laboriosidad aplicada a tareas inútiles que para ellos, por la concentración que despliegan, aparentan ser muy urgentes y prioritarias.

Mientras Máximo copia al dictado mi resumen en la pizarra, Bruno raspa concentrado trozos de tiza blanca y las pulveriza para «fabricar coca», me explica cuando le pregunto qué hace y para que sepa que no se me pasa desapercibida su distracción. Jerai, por su parte, se esfuerza en destripar un ratón de ordenador que ha sacado de su mochila.

Al quinto asterisco Máximo se siente cansado y se vuelve a su sitio, a pesar de que le insisto en que no se rinda, pero con voz plañidera se queja de que ha escrito mucho, se siente agotado y le duelen los dedos y la mano toda. Mientras ha estado escribiendo en la pizarra, nadie, a pesar de mis continuas exhortaciones, ha copiado el resumen, excepto Valeria, a la que propongo que continúe la labor de Máximo. Este regresa a su sitio, se vuelve hacia Ezequiel y reanuda una conversación, que deduzco trata de asuntos futbolísticos por los retazos deformados por sus voces deliberadamente impostadas (tienen esa costumbre: como una clave que solo ellos comprenden), voces entrecruzadas que me llegan como música de fondo.

Mientras tanto Bruno abandona momentáneamente la fabricación de «coca» y se sienta junto a Jerai, empeñado en despachurrar el ratón. Valentina arruga el dibujo que estaba haciendo y se pone manos a la obra. Nerea permanece absorta, en otro mundo, y Valeria copia mi dictado.

Irrumpe en el aula Jairo y oigo su respuesta a Máximo que le pregunta qué le ha pasado: «me he quedado dormido». Jerai, deja un momento su labor destripadora y me pide permiso para hacerle una foto a la pizarra. Se lo deniego, y en ese momento suena el timbre del descanso.


II

Intento explicarle a Jairo qué estamos haciendo, inútilmente porque concentra su atención y sus actos en recuperar el sitio que Jerai le ha usurpado, empeñado en culminar la tarea que le ha tenido enfrascado la hora anterior: descubrir qué contienen las entrañas del ratón, su ratón.

Valeria ha borrado la pizarra para proseguir y desata las protestas de Jairo que, tras recuperar su sitio, se había aplicado a copiar. Con Valeria a la pizarra, el sector femenino parece activarse. Valentina y Nerea se animan y comienzan a copiar de la pizarra.

Saciada su curiosidad y satisfecho por haber vencido la resistencia de molusco ofrecida por el ratón del ordenador, también Jerai abre al fin su cuaderno y copia de la pizarra. Para que no se hunda en el desánimo, lo felicito.

Mientras tanto, Máximo Salvatierra, subido sobre la silla, ha metido la mano en un altillo, donde guarda en revoltijo sus cosas, libros, cuadernos y los objetos más variopintos, y, tras tantear con la mano, saca un trozo de tubo de plástico, de esos que se utilizan para conducir cables, y lo ha compartido con Ezequiel y Bruno, que se ha quedado sin tizas que rallar para producir «coca». Aprovechan la flexibilidad del cable, de color negro, para dar rienda suelta a su imaginación. Cuando no se aporrean unos a otros con los trozos de goma, los retuercen para modelar penes de fantasía. Concentrado como estoy en el dictado de las características del relieve peninsular, los dejo provisionalmente hacer, no sea que el resto de la clase se desmande si les presto atención a los que están a su bola.

Por sorpresa, cuando Valeria aún no ha cubierto con sus renglones ascendentes la mitad de la pizarra, me encuentro con la defección de Jairo. Se levanta de su sitio, que tanto le costó recuperar, y tras verbalizar a media voz, como en un aparte teatral, su estado interior, «yo aquí me aburro, me voy con esa gente», se une al grupo de los amotinados sin conciencia de estarlo. Ezequiel parece jactarse de los dieciséis años que en unos días cumplirá: cualquier amonestación le resbala por la piel coriácea que ha ido desarrollando en los últimos meses, contento de su liderazgo. El pequeño Bruno se siente feliz y agradecido, al abrigo de la protección fraterna que le brinda Ezequiel, y ha encontrado material nuevo para sus ralladuras. Otra vez, parece divertirse y hace que sus compañeros abandonen las gomas para interesarse en su labor. Máximo Salvatierra se embadurna el bozo y la punta de la nariz de tiza, al tiempo que llama mi atención para que lo observe. Y al grupo se suma ahora Jerai, con su gracia mordaz y afilada, dispuesto a llevar la broma al límite de la bronca verdadera.

Mientras tanto sigo paciente el dictado a Valeria que como hormiguita va llenando con su escritura de renglones ascendentes la pizarra de asteriscos y enunciados. Pero Valeria se cansa y manifiesta su deseo de volver a su sitio. Desde hace un tiempo, Valeria no quiere ser identificada con la  niña modelo y diferente. Desde hace un tiempo participa en los duelos verbales con sus compañeros, sin llegar al dominio de las rimas soeces en las que Jerai es experto, e intercambia guantazos con ellos en sus juegos. Respeto el deseo de Valeria de tomarse un respiro cuando a su alrededor todos (o casi) se lo toman y su derecho a no diferenciarse marcadamente del grupo.

En su lugar sale Jerai, a pesar de las protestas de Nerea, que dice no entender la caligrafía arácnida del primero. Apoyo a Jerai y consigo que esboce una sonrisa placentera ante mi elogio a su caligrafía, en contra de lo que dice Nerea, y su laboriosidad. Pero mis piropos, que pretenden activar la competencia de los desertores, no tanto como sus celos, se quedan flotando en el aire.

Entre Jerai y Nerea se entabla una guerra sorda y a la vez jovial. El bolígrafo color violeta de Nerea vuela en doble dirección entre esta y Jerai, en tanto me levanto de la mesa y paseo a lo largo del aula para poderme concentrar en el resumen dictado, entre los manipuladores del tubos de plástico y fabricantes de «coca» y los copistas aplicados. El dictado se entrecorta con llamadas al orden a uno y otro grupo. Sostengo la mirada sobre el libro de texto y paseo de un lado a otro del aula, cuando recibo un impacto blando sobre la rodilla izquierda, como si me golpeara un muñeco de goma espuma. Es una patada de Jerai dirigida al trasero de Nerea, una patada fláccida, calculada para no hacer daño, la que alcanza mi rodilla. De llevar fuerza y no ser un impacto blando de cojín o almohada posiblemente me hubiera hecho astillas la rótula. Finjo un dolor que estoy lejos de sentir, me agacho y, con las manos sobre la rodilla, los ojos cerrados y el rostro crispado en un gesto dolorido, torpemente me voy hacia la puerta. Y de allí, regreso a mi mesa. Siento la expectación a mi alrededor y las caricias de Jerai que, como un oso, intenta abrazarme. Le ruego que no me manosee y dejo de fingir, aunque me esfuerzo en mostrarme serio. Trato de sacar partido al suceso para poner orden de una vez en la clase. Tranquilizo a los alumnos, sobre todo a Jerai, les digo que, en realidad, apenas me ha dolido su coz, pero que observaré la evolución del dolor. Este empieza a notarse en frío, y de momento siento calor en la rodilla. Si cuando se enfríe me duele, iré a la jefatura de estudios. «¿Para qué?», me preguntan entre la curiosidad y la alarma. Respondo: «para que conste». Y añado: «para que no pase nada». Esta verdad verificada en múltiples ocasiones los tranquiliza. Les aclaro que para que pase algo de verdad tendrían que abrirle la cabeza a un profesor.

Sin embargo, aprovecho la autoridad que me concede la «agresión» para abroncar con carácter retroactivo a Máximo Salvatierra y bajarle los humos: lo obligó a que se limpie inmediatamente su cara y limpie su mesa de polvillo –en este caso beige porque han utilizado goma de borrar u otra materia parecida para seguir el juego de fabricar «coca»– si quiere que no llame a María Jesús, la jefa de estudios. Obedece.

La clase sigue su curso, con todos atentos, al menos en apariencia; con Nerea, serenada al fin, como copista en la pizarra, y con Jerai sin apartarse un segundo de su cometido, de cara a su cuaderno.

Queda por resumir el clima y el relieve de Andalucía, cuando suena de nuevo el timbre. Les digo a los alumnos que les corresponderá a ellos terminar la síntesis. Valeria asiente, pero me quedo con la sensación de que nadie se ha enterado.


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