Vuelvo al inagotable Baroja algún que otro verano. Elijo al azar una de sus innumerables obras, algunas ya leídas en otro tiempo y otras, de su vasta cosecha, aún no. Es el caso de «El laberinto de las sirenas», segunda de la serie de cuatro dedicadas al mar.
Según el juicio del prologuista de esta edición (Tusquets/Caro Raggio, 2000), el sobrino del autor Pío Caro Baroja, es una de las novelas más poéticas del escritor vasco. No me caben dudas tras su lectura. No solo por los poemas en prosa que intercala de uno de sus protagonistas: «Los mascarones de proa», «Es torrero del faro», «El Gran Pan ha muerto», «La canción de los hijos de Aitor», «La canción del capitán Galardi» o «La canción de la libertad del mar», que no desmerecen de otros escritos por Pío Baroja, intercalados en otras novelas y reproducidos y citados con independencia de estas, como el «Elogio sentimental del acordeón» o «Elogio del tiovivo», sino también porque la trama está recorrida por la poesía que se deriva de la nostalgia de la antigua navegación a vela, de la vida marinera y de aventura de los viejos puertos europeos (Marsella, Nápoles…) y de la evocación del desaparecido mundo clásico y pagano de las tierras solares del Mediterráneo.
He ido entresacando a lo largo de las lecturas algunas digresiones y observaciones, típicamente barojianas a las que el autor tiene acostumbrados a sus lectores, pero sobre todo descripciones paisajísticas, profusas en «El laberinto de las sirenas», sin que lastren en ningún momento el ritmo ágil, casi trepidante, que el autor sabe imprimir a sus narraciones, sin dejar espacio al aburrimiento.

El mar
La mayoría de estas descripciones tienen como protagonista el mar como no podía ser menos en una novela de la serie consagrada a este elemento. Estas descripciones, que abarcan todos los momentos del día y la noche, son auténticas «marinas» de una gran plasticidad y exactitud. No son, sin embargo, cuadros estáticos. El narrador que es Baroja nos presenta un paisaje y un mar, siempre en movimiento y transformación, en los que se puede palpar el paso de las horas del día y las estaciones, la grabación de luces y sombras, los sonidos y hasta los olores. Descripciones que son auténticas imágenes en movimiento tan cercanas de la pintura impresionista como a la imagen cinematográfica.
El narrador que es Baroja sabe integrar el paisaje dentro de la temporalidad intrínseca a la narración. La sensación de realidad que transmite a sus descripciones tiene que ver con esta operación, en la que el paisaje se integra en la narración, se narra mientras el tiempo lo atraviesa. Y a la inversa, la presencia del paisaje otorga verosimilitud y sensación de realidad a la narración.
Parece mentira que a estas alturas todavía haya libros de texto y profesores de bachillerato que sigan perpetuando el tópico escolar y académico de que Baroja escribía con mal, que su estilo era descuidado y poco respetuoso con la gramática, confundiendo simplicidad con sencillez, y desaliño, con naturalidad.
Los siguientes fragmentos de prosa barojiana que reproduzco a continuación, entresacados de «El laberinto de las sirenas», lectura que me ha deparado un gran placer y ha renovado mi vieja devoción barojiana, demuestran que la plasticidad de Baroja, tan aparentemente fácil, de una difícil sencillez, capaz de evocar con tanta exactitud la realidad, es a la vez eficazmente poética, de una poesía objetiva que nos pone en contacto con la poesía de las cosas y del paisaje, directamente, sin apenas retórica o cuando menos transparente.

Citas de «El laberinto de las sirenas»
…los pueblos de sol, con tiempo oscuro y gris, suelen aparecer feos, desastrados, harapientos y sin ninguna de sus bellezas.
(Pág. 38)
El crepúsculo fue admirable. El gris perla del mar se oscureció y se convirtió en un color de mica; el horizonte más claro pasó del amarillo pálido al rosa, y en el momento de ponerse el sol brillaron un momento las olas con reflejos sangrientos, como las escamas de un dragón fabuloso. Luego, el cielo quedó verde y azul y comenzaron a aparecer las estrellas.
(Pág. 40)
Aún no había amanecido; era el momento intermedio entre la noche que acaba y la aurora que comienza su iniciación.
(Pág. 43)
El cielo, azul, no tenía ni una nube; el mar brillaba con pequeñas olas grises, como si fuera de nácar. Unas barcas negras se deslizan como fantasmas y se iban alejando por una superficie de color perla y desvaneciéndose en la ligera bruma. Se veía la silueta de los tripulantes a pie.
El horizonte fue tomando un tono de ópalo por encima del promontorio de Sorrento.
De pronto, el sol comenzó a subir en el cielo con una rapidez de sol de teatro. Su cuerpo luminoso iba apareciendo como un ojo de fuego por encima de las rocas del promontorio. Estos rayos dorados, que partían en haces, recordaban las espadas flamígeras de los grandes altares barrocos de las iglesias.
Un momento después, un torrente de luz de oro se derramaba por el mar y lo llenada todo de resplandores y de reflejos.
Muchas veces el sol se hundía, rodeado de cúmulos blancos y rojos, y sus rayos salían por los agujeros de las nubes, iluminando sus diversas espesuras de diversos colores.
(Pág. 45)
En el crepúsculo, el mar tomaba una entonación de metal fundido, de grana, de rosa, de violeta; el horizonte pasaba del azul intenso a las llamas de fuego, al rojo oscuro y al color naranja; luego, ya palidecía más, y venían los tonos cenicientos, y la isla de Capri aparecía gris en el cielo de ópalo….
Los pueblos que se han dejado influir y hasta conquistar fácilmente han sido, al mismo tiempo, los que más han influido, porque han impuesto sus costumbres y sus ideas al invasor.
(Pág. 57)

Cuando en julio y agosto soplaba el viento de África, el pueblo entero parecía muerto. El sol caía de plano, dando al paisaje un color gris casi ceniza; los olivos y las viñas se cubrían de arena fina; no se veía un alma por las calles…, y las ventanas y las persianas estaban cerradas; las basuras fermentaban en medio del arroyo; nubes de mosquitos y de moscas pardas revoleteaban sobre ellas. Dentro de las casas entraba el polvo, crujían las maderas y se agrietaban los muebles.
(Pág. 124)
Se sentía una gran laxitud, un desmadejamiento completo; solo las cigarras y los grillos parecían guardar energías para chirriar con el calor agobiante; y los locos encerrados en el hospital, excitados por el viento Sur, lanzaban gritos furiosos, que se oían a gran distancia.
El marino no puede estar solo, como el labrador contemplando la Naturaleza; es locuaz, necesita un interlocutor; no tiene el egoísmo del hombre solitario, ni su inteligencia; no sabe ahorrar ni su dinero ni sus palabras. El marino es como el hombre del desierto, orgulloso y rectilíneo. El marino, más generoso que el hombre de tierra, más pródigo, menos comprensivo, a pesar de su aparente cosmopolitismo, es mucho más limitado de pensamiento. El mar esparce la semilla de la cultura; pero esta germina en los valles, al pie de las montañas.
(Pág. 128)
En el mediodía y al lado del mar el crepúsculo de la tarde es tan rápido, el contraste tan brusco que la llegada de la noche sobrecoge y conturba el ánimo.
(Pág. 134)
El agua murmuraba sobre las rocas, y sus sonidos tenían, según la intensidad de las olas, las más diversas entonaciones.
(Pág. 165)
Cuando el mar estaba tranquilo se oía el cantar del río en la cascada del parque.
El devoto de la mitología clásica podía reconocer en aquellos sonidos la flauta del dios Pan, o la lira de Orfeo, la caracola del Tritón, o el caramillo del silvano, el canto suave de las sirenas burladas por Ulises o el aullido ronco de las arpías.
A poca distancia de este barranco, retorcido y de aire convulso, se abría un vallecito idílico y en él un convento arruinado, del que no quedaban más que unas paredes con hiedra, una torre con su campana y un pequeño claustro románico. Este claustro era un cementerio antiguo, en el que todavía quedaban algunas tumbas, varias lápidas sepulcrales, una cruz de piedra en el centro y los tradicionales asfódelos del culto a los muertos.
Pág. 141)

–Yo creo que el ideal de la arquitectura –replicó fríamente el italiano- es construir con arreglo a la naturaleza de cada país.
(Pág. 148)
Los momentos más felices de su vida fueron aquellos en los que soñó (…); los mejores instantes, aquellos en que vivió en plena ilusión.
(Pág. 160)
Está incomprensión del hombre de un país por la gente de otro es eterna, y quizá lo sea siempre, por mucho que avance el cosmopolitístimo.
(Pág. 192)
Cuando las cimas aparecían cubiertas de nieve, presentaban una claridad y una transparencia como si no tuvieran espesor ni materia.
(Pág. 234)
Cuando había nubes en el cielo, las montañas blancas, de una blancura inmaculada, adquirían aún más prestigio; las nubes, al interponerse entre el sol y las montañas, dejaban en estas encajes de sombras con caprichosos perfiles.
Aquellos mares azules del cielo, con sus nubes blancas, y los bloques, más blancos aún, de los picos nevados, tan pronto plata, tan pronto mármol sonrosado, producían una embriaguez de aire y espacio.
Luego estuvieron contemplando el mar. El cielo azul tenía grandes nubes que parecían de mármol, las olas venían a morir hirviendo en la playa, reventaban en las primeras rocas de la Punta Rosa y levantaban nubes de espuma que se deshacían al sol.
(Pág. 244)
Era un hombre valiente para los peligros y pusilánime para las molestias.
(Pág. 253)

¡El Gran Pan ha muerto! Sí; se acabó la alegría de la vida antigua, fuerte e inconsciente; se acabó la confianza en la naturaleza y en los instintos; se acabó la creencia en los mitos vitales; se acabó el correr coronados de hiedra por los bosques.
(Pág. 256)
…contemplaba el cabrilleo de las olas, que a veces hervían en espumas blancas, y el rielar del sol en el mar.
(Pág. 270)
¡Qué colores! ¡Qué irisaciones no había allí!
Roberto recogía con amor y con entusiasmo los más pequeños matices de colores, de olores y de sonidos que llegan del elemento salino.
En los montes se agrupaban los pinos de cabeza redonda como rebaños oscuros, y más atrás y más arriba se erguían los picos gigantes en el cielo, surcado por nubes rojas.
(Pág. 271)
En los días de viento Sur, el aire enrarecido daba al paisaje un aspecto de inmovilidad, de alucinación, y acercaba de tal manera los objetos, que en las cumbres de los montes se dibujaban los árboles y las piedras, como si se les pudiera tocar con la mano; en cambio, en los días de bruma todo se alejaba y parecían nadar en un mar insondable y remoto.
Al anochecer el sol desaparecía rápidamente en un crepúsculo súbito, y las sombras de las montañas y las vagas nieblas marinas se arrojaban sobre la llanura, dejándolas hundida y envueltas en la penumbra. Entonces comenzaban los colores vivos en las cumbres y fingían inflamarse e incendiarse las piedras y las copas de los árboles.
En el crepúsculo, el globo rojo del Sol iba bajando y hundiéndose en los cristales marinos; la magia de los colores era infinita, y cuando la bruma caía sobre el agua se veían venir algunas barcas negras, deslizándose sobre la superficie gris del mar.
(Pág. 272)
El mar tenía un color amarillo sucio, con tonos ictéricos y biliosos. En la concavidad de las olas parecía de barro y estaba lleno de burbujas de espuma y de meandros blancos.
(Pág. 306)
El cielo era un campo agitado de nubes negras y rotas, llevadas por el vendaval. Entre las nubes de tinta, el sol salía con aire de sol de eclipse a iluminar un trozo de la costa, con un color de cobre.
(Pág. 330)
El mar, como enfermo de ictericia, tenía tonos malsanos; la concavidad de las olas parecía de barro, y hacia la playa se cubría de burbujas de espuma y de meandros blancos.
Aquellas rocas blancas, agujereadas y horadadas, parecían espumas solidificadas; en cambio, las espumas semejaban rocas en licuefacción.
(Pág. 313)
Por la mañana, cuando el mar de perla, aún bajo la estrella matutina, se disuelve en la gasa de la bruma; al mediodía, al verlo inundado de luz como metal fundido; al anochecer, cuando el sol hunde sus llamas en las aguas y el cielo se llena de dragones de fuego, y Héspero brilla dulcemente; al aparecer las velas de los barcos, alas mágicas y alucinadas; al oír de noche el diálogo de la ola y el viento, nocturno melancólico, de dos grandezas; al respirar las auras salinas, sentimos nuestra libertad ante las fuerzas de la naturaleza y balbuceamos con reconocimiento mirando la superficie de olas turbulentas:
(Págs. 316/317)
¡El mar! ¡El mar! ¡Thalassa! ¡Thalassa!
La tierra y el mar estaban silenciosos, inflamados con los rayos de sol. La línea del horizonte, como cordón tendido entre el agua y el cielo, no tenía el menor movimiento. Las velas caían flácidas en los palos. En el cielo azul no se veía una nube; el horizonte quedaba rojo al anochecer. En aquella calma de muerte no aparecía una vela en el mar. Nubes de moscas y de mosquitos brillaban en el aire al sol y el agua exhalaba a veces un olor fétido.
(Pág. 318)
En esta calma agobiante, cada hora que pasaba era más lánguida y monótona. Después del día caluroso, tras del anochecer de tonos escarlatas y de los escuadrones rosados de las nubes del crepúsculo, se levantaba una luna amarilla y enorme.
Aquellos pueblos de África, con sus pequeñas casas blancas, cúbicas y sin alero; las piedras del Mediodía, que el sol de los siglos amarillea y dora como si fueran frutos de otoño; los muelles viejos de piedra, testigos de tantas despedidas tristes y de tantas alegres llegadas, conmovían a O’Neil; sobre todo cuando los veía al anochecer, cuando el mar se teñía, como un viejo dragón fabuloso, con escamas de oro y escarlata.
(Pág. 325)


