A menudo se dice que una imagen vale más que mil palabras. En este caso, la comparación entre la posición del hielo en 2016 y la de 2026 resume en un solo vistazo un cambio que los científicos venían anunciando: incluso uno de los glaciares más emblemáticos y aparentemente estables del planeta ha comenzado a retroceder. Desde cientos de kilómetros de altura, los satélites europeos nos recuerdan que el cambio climático deja huellas visibles incluso en los paisajes que parecían más permanentes.
Durante décadas, el glaciar Perito Moreno fue presentado como una excepción alentadora en un mundo donde la inmensa mayoría de los glaciares retroceden. Mientras otros grandes glaciares patagónicos, como el Upsala o el Viedma, perdían terreno de forma continuada, el Perito Moreno mantenía una posición prácticamente estable. Esa singularidad convirtió a este coloso de hielo, situado en el Parque Nacional Los Glaciares, en la provincia argentina de Santa Cruz, en un símbolo de resistencia frente al cambio climático. Sin embargo, las imágenes obtenidas recientemente por el satélite europeo Centinela-2 muestran que esa situación está cambiando.
La imagen, adquirida el 30 de junio de 2026 por el programa Copernicus de la Unión Europea, muestra el amplio frente del glaciar entre el Lago Argentino y el Brazo Rico. Sobre ella se ha trazado una línea roja que indica la posición que ocupaba el frente del hielo en 2016. La comparación es elocuente: en apenas una década el glaciar ha retrocedido varios cientos de metros, una diferencia perfectamente apreciable desde el espacio.
Este retroceso confirma lo que diversos estudios basados en observaciones por satélite venían detectando desde hace algunos años. El Perito Moreno ya no parece encontrarse en el equilibrio dinámico que lo caracterizó durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI. Una investigación publicada en 2026, basada en casi tres décadas de imágenes Landsat, concluye que desde 2016 el glaciar ha entrado en una fase de retroceso sostenido y que en 2025 experimentó la mayor retirada frontal registrada desde que comenzaron las observaciones sistemáticas en 1997, con unos 385 metros de pérdida en un solo año.
Equilibrio roto
Lógicamente, la aparente estabilidad del Perito Moreno no significaba que estuviera inmóvil. Como todos los glaciares, se desplazaba lentamente valle abajo, impulsado por su propio peso. En su frente se producían continuamente desprendimientos de bloques de hielo —el espectacular calving que contemplan los visitantes— mientras en las zonas altas la acumulación de nieve compensaba, aproximadamente, esas pérdidas. El resultado era un balance cercano al equilibrio: el hielo avanzaba casi al mismo ritmo al que desaparecía.
¿Por qué ese equilibrio parece haberse roto? Los investigadores apuntan a una combinación de factores. El aumento sostenido de las temperaturas ha incrementado la fusión superficial y el adelgazamiento del glaciar. Al mismo tiempo, el frente ha perdido parte del apoyo que le proporcionaba una elevación rocosa sumergida en el fondo del lago, una especie de ancla natural que durante décadas limitó su retroceso. Una vez debilitado ese punto de apoyo, el desprendimiento de grandes masas de hielo se acelera y el retroceso puede hacerse mucho más rápido.
Paradójicamente, el Perito Moreno sigue siendo uno de los glaciares mejor conservados de la Patagonia. El área perdida desde finales de los años noventa es muy inferior a la de otros glaciares vecinos. Pero precisamente por eso su cambio de comportamiento resulta tan significativo. Si el glaciar considerado más estable comienza a retirarse de forma persistente, el fenómeno adquiere un valor simbólico y científico extraordinario.
La imagen del Centinela-2 es también un excelente ejemplo del papel que desempeñan hoy los satélites en el estudio del planeta. Programas como Copernicus permiten obtener imágenes periódicas de regiones remotas con una resolución suficiente para medir cambios relativamente pequeños en el frente de un glaciar. Combinadas con datos topográficos, radar y observaciones de campo, estas imágenes permiten reconstruir la evolución de los glaciares con una precisión impensable hace apenas unas décadas y constituyen una herramienta esencial para evaluar los efectos del calentamiento climático.

