En 1922, el joven muralista Diego Rivera comenzó a plasmar en las paredes del Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso, en Ciudad de México, la que sería su primera gran obra pública monumental: La Creación. Para esta majestuosa composición alegórica de más de mil pies cuadrados, el artista afirmó utilizar una receta distintivamente mexicana. Frente a la prensa y en sus propios testimonios, Rivera aseguró haber resucitado la antigua técnica milenaria de la encáustica, pero añadiendo un toque autóctono: una mezcla a partes iguales de cera de abeja y resina de copal, fijada sobre la pared mediante el uso de calor directo.
Durante más de un siglo, la historia del arte aceptó la palabra del maestro. Sin embargo, un reciente estudio forense liderado por científicos mexicanos y publicado en la revista ACS Omega ha sometido la pintura a un juicio molecular. El veredicto de la química ha sido tan contundente como inesperado: en la pintura de Rivera no hay ni un solo rastro de cera de abeja.
Química forense
Para desenmascarar la composición real del mural, el equipo de investigación tomó microscópicas muestras de la superficie de La Creación y las comparó con reproducciones experimentales preparadas siguiendo al pie de la letra la fórmula que el propio Rivera dejó por escrito.
Mediante herramientas analíticas como la espectroscopía de resonancia magnética nuclear (1H RMN) y la microespectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (μEITF), los químicos buscaron los «huellas dactilares» moleculares de los ingredientes. La resina de copal reveló rápidamente sus marcadores característicos, como el lupeol, la α-amirina y el epilupeol, confirmando su presencia como el aglutinante principal del mural. Sin embargo, los lípidos y ésteres de cadena larga característicos de la cera de abeja brillaron por su absoluta ausencia.
A pesar de las rotundas declaraciones del pintor, el verdadero soporte orgánico que fijó los pigmentos sobre el muro fue la resina extraída de los árboles de la familia Burseraceae, ampliamente empleada desde la época prehispánica como incienso ceremonial.
¿Sigue siendo encáustica si no lleva cera?
A primera vista, la revelación podría parecer un fraude histórico. La palabra encáustica proviene del griego enkaustikos, que significa «grabar a fuego», y desde la Antigüedad clásica —como en los famosos retratos de El Fayum— ha estado indisolublemente ligada a la cera fundida.
No obstante, desde el punto de vista de la tecnología de materiales, los investigadores destacan un matiz fundamental: el concepto de encáustica no se define estrictamente por el uso de la cera, sino por el proceso de termofusión. Al haber aplicado la mezcla de pigmento y resina de copal mediante herramientas calientes y soplete para fundir y fijar los componentes in situ, la obra de Rivera sigue clasificándose técnicamente como encáustica, aunque sea una variante puramente resinosa.
El mito como herramienta artística
¿Por qué engañó Rivera sobre su fórmula? El muralista era famoso tanto por su talento como por su desbordante imaginación y su afán de construir un mito en torno a su figura. Al proclamar una mezcla que combinaba a partes iguales la tradición grecorromana (cera de abeja) con la herencia mística prehispánica (resina de copal), Rivera no solo vendía una técnica pictórica, sino también un concepto ideológico sobre el mestizaje cultural de México.
Gracias a la química analítica, hoy podemos separar la leyenda de la realidad física. La Creación no solo es un hito del muralismo mexicano, sino también un valioso testimonio de cómo la caracterización de aglutinantes permite a la ciencia restaurar la verdad histórica detrás del arte.
Referencia
Pablo Aguilar-Rodríguez et al, An Encaustic without Wax: Microanalytical Binder Characterization of Diego Rivera’s First Mural, Experimental Reproduction, and Identification of Degradation Products, ACS Omega (2026). DOI: 10.1021/acsomega.6c00983
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