El avance vertiginoso de la inteligencia artificial ha desatado una demanda sin precedentes de capacidad de cómputo. Mantener en funcionamiento los modelos más avanzados exige una infraestructura digital masiva cuyo principal cuello de botella es el consumo energético y el coste operativo del enfriamiento. En este escenario, la industria tecnológica no busca esconderse, sino optimizar sus procesos: la nueva gran frontera para abaratar costes y mejorar la eficiencia operativa son los océanos del mundo.
Según detalla un análisis publicado en The Conversation (AI companies look to the ocean as a place to put more data centers, por Nir Kshetri), ubicar centros de datos en el mar es una decisión estrictamente económica y técnica para hacer viable el despliegue de la IA a gran escala.
Las grandes ventajas económicas y de infraestructura
¿Por qué resulta rentable sumergir o hacer flotar instalaciones de millones de dólares? Las ventajas clave para las empresas incluyen:
- Ahorro de costes en refrigeración: Los servidores terrestres gastan ingentes sumas de dinero y agua potable para no sobrecalentarse. El agua de mar actúa como un disipador térmico natural e inagotable, reduciendo de forma drástica la factura eléctrica dedicada exclusivamente al enfriamiento.
- Conexión directa con energías renovables: Facilita la integración con parques de energía eólica marina o mareomotriz, abaratando el coste del kilovatio hora y garantizando suministro limpio in situ.
- Cercanía a grandes núcleos urbanos (baja latencia): Más del 50 % de la población mundial vive a menos de 200 km de la costa. Posicionar estas infraestructuras en el mar reduce los tiempos de respuesta del servicio sin tener que pagar los altísimos precios del suelo urbano.
- Mayor vida útil de los equipos: Al sellar los servidores en contenedores estancos con atmósferas controladas (como nitrógeno), se elimina la humedad y el oxígeno, lo que reduce la tasa de fallos del hardware y los costes de mantenimiento diario.
Instalaciones completadas y proyectos en marcha
El sector ya ha comprobado la viabilidad técnica de este modelo a través de diversos proyectos:
- Pioneros completados (Proyecto Natick de Microsoft): El Proyecto Natick de Microsoft sumergió un contenedor con servidores en la costa de Escocia. El experimento demostró que los equipos en el agua sufrían ocho veces menos fallos que en tierra firme gracias al ambiente sellado y estable.
- Despliegues comerciales en China: En los últimos años, firmas chinas han puesto en marcha centros de datos comerciales sumergidos y flotantes conectados directamente a infraestructuras de energía eólica.
- Singapur (proyectado para 2028): La empresa Keppel desarrolla una instalación flotante de cuatro pisos que utilizará agua de mar para refrigeración, optimizando al máximo el espacio marítimo.
- Corea del Sur: Tiene en marcha un proyecto cerca de Ulsan diseñado para albergar más de 100 000 servidores bajo la superficie marina.
- Estados Unidos (Panthalassa y DeepGreen): Varias empresas privadas evalúan el uso de módulos flotantes y plataformas de energía mareomotriz en aguas internacionales.
Los retos para garantizar la rentabilidad a largo plazo
Aunque la reducción de costes energéticos es evidente, el modelo aún debe superar ciertos desafíos para masificarse. Los costos de reparación bajo el agua son más elevados que en superficie, y se estudia con detenimiento el impacto térmico local en la fauna marina para evitar sanciones regulatorias. En definitiva, sumergir los servidores es una de las apuestas financieras y tecnológicas más sólidas para sostener el crecimiento de la IA.

