domingo, 15 febrero 2026

Humo de un incendio en Canadá llega al Mediterráneo

El 14 de mayo de 2025, un devastador incendio forestal arrasó la comunidad de Lac du Bonnet, en la provincia canadiense de Manitoba. En medio de condiciones inusualmente calurosas, secas y ventosas, el fuego cobró dos vidas y obligó a evacuar a un millar de personas. Cuatro días después, el humo de ese mismo incendio fue detectado en una imagen del satélite Centinela-3 del programa Copérnico de la Unión Europea… sobre el mar Mediterráneo.

¿Cómo es posible que humo generado a más de 7000 kilómetros de distancia cruce todo el Atlántico Norte y llegue a Europa sin disiparse por completo?

La respuesta a esta pregunta nos conduce a explorar los complejos procesos de transporte atmosférico, el papel de los incendios forestales en el sistema climático global, y cómo la tecnología satelital nos permite seguir de cerca estos fenómenos.

El humo no desaparece, se transforma y se desplaza

El humo de los incendios forestales está compuesto por una mezcla de gases, vapor de agua y diminutas partículas sólidas y líquidas en suspensión, conocidas como aerosoles. Estas partículas pueden permanecer en la atmósfera durante varios días o incluso semanas, dependiendo de su tamaño y de la altitud a la que son inyectadas.

En el caso del incendio de Lac du Bonnet, las condiciones meteorológicas extremas favorecieron la formación de una columna de humo muy intensa. Cuando el calor del fuego es suficientemente fuerte, puede generar un fenómeno llamado pirocúmulo (una nube de convección provocada por el calor del incendio), que actúa como una especie de «chimenea» natural. Esta columna de aire caliente puede elevar el humo hasta la tropopausa, la región superior de la troposfera, donde las corrientes atmosféricas son más rápidas y estables. Una vez allí, las partículas de humo quedan atrapadas por los vientos de gran altitud.

El humo entrando por el sureste de Francia desde el Mediterráneo / Imagen del satélite Centinela-3 (Programa Copérnico, Unión Europea).

Las autopistas del cielo: las corrientes en chorro

Una vez que el humo alcanza altitudes de entre 8 y 12 kilómetros, entra en contacto con las corrientes en chorro, flujos de aire estrechos y veloces que circulan de oeste a este alrededor del planeta. Estas verdaderas «autopistas del cielo» pueden transportar masas de aire a velocidades de más de 200 km/h. Así, las partículas de humo lanzadas desde América del Norte pueden cruzar el Atlántico en cuestión de días.

Además, la estabilidad de estas capas altas de la atmósfera ayuda a que el humo no se mezcle fácilmente con el aire más limpio de otras regiones, permitiendo que mantenga una concentración suficiente como para ser detectado por sensores remotos incluso tras miles de kilómetros.

Un fenómeno cada vez más frecuente

El transporte transcontinental de humo no es un hecho aislado. En los últimos años, satélites y estaciones terrestres han documentado múltiples episodios similares: humo canadiense sobre Europa, ceniza de incendios australianos sobre Sudamérica, o polvo sahariano cruzando el Atlántico hasta llegar al Caribe. Estos fenómenos son parte de una atmósfera interconectada y dinámica, donde lo que ocurre en un continente puede tener efectos visibles a miles de kilómetros.

En un contexto de cambio climático, los incendios forestales se vuelven más intensos, extensos y frecuentes. Comprender cómo se comporta el humo que generan —cómo viaja, cuánto dura, qué efectos tiene— es parte esencial del estudio del clima y de la protección de la salud de las poblaciones afectadas, estén donde estén.

Detectar lo invisible desde el espacio

El satélite Centinel-3, parte del programa europeo Copérnico, está equipado con sensores ópticos y térmicos que permiten observar aerosoles atmosféricos y detectar cambios en la calidad del aire. El 18 de mayo de 2025, las imágenes adquiridas por este satélite mostraron una extensa capa de humo cruzando el Mediterráneo occidental. Este tipo de observaciones es fundamental no solo para confirmar el alcance de fenómenos como los incendios forestales, sino también para monitorear su impacto ambiental y en la salud pública.

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