
En el reactor de fusión Wendelstein 7-X se genera un plasma supercalentado formado principalmente por hidrógeno en estado ionizado que adquiere una forma alargada y curva debido a la acción de los potentes campos magnéticos que lo contienen y lo mantienen suspendido dentro del reactor, sin tocar sus paredes. Es como si fuera una cinta retorcida de gas de hidrógeno. Está más caliente que la superficie del Sol y ha abierto una nueva ventana al futuro de la fusión nuclear controlada, prometedora fuente de energía limpia y casi inagotable, impulsada por el hidrógeno que podría obtenerse del agua de mar.
El experimento logró mantener un plasma de hidrógeno confinado durante 43 segundos mediante potentes imanes superconductores, batiendo su propio récord. Aunque una broma habitual dice que la fusión está “a 30 años de distancia y siempre lo estará”, los avances recientes sugieren que esa barrera podría estar reduciéndose a 15 o 20 años.
Pero no todo el protagonismo recae sobre Alemania. Investigadores británicos revelaron que el reactor JET, ubicado cerca de Oxford logró confinar plasma durante 60 segundos antes de su cierre en 2023, superando al Wendelstein. Ambas instalaciones son ahora consideradas “líderes conjuntas” en el esfuerzo global por operar reactores de fusión a temperaturas extremas.
La competencia refleja la antigua rivalidad entre tokamaks como JET y estelarizadores (stellarators, en la terminología inglesa) como el Wendelstein 7-X. Ambas tecnologías buscan dominar la fusión por confinamiento magnético, que pretende desencadenar reacciones nucleares entre los isótopos pesados del hidrógeno: deuterio y tritio.
Mientras tanto, en EE. UU., otra estrategia también ha dado frutos. En 2022, el laboratorio National Ignition Facility (NIF) logró por primera vez una ignición de fusión: una reacción autosostenida al estilo de una fogata nacida de una cerilla. Lo hicieron usando confinamiento inercial, un método en el que láseres gigantes disparan sobre una pequeña cápsula de combustible. El experimento produjo más energía que la absorbida por el combustible, un hito sin precedentes.
Sin embargo, el sistema tiene serias limitaciones prácticas. Los láseres consumieron 100 veces más energía de la que generó el pélet y tardaron 12 horas en cargarse. Para producir electricidad útil, se necesitaría encender 10 pélets por segundo de forma continua, lo que representa un problema titánico.
Por ello, muchos proyectos, como el ITER en Francia, apuestan por el confinamiento magnético. Los tokamaks inducen una corriente dentro del plasma para mantenerlo contenido en una estructura en forma de dónut, pero eso los hace inestables a largo plazo. En cambio, los estelarizadores, como el Wendelstein, evitan esa corriente y confían totalmente en campos magnéticos externos, logrando mayor estabilidad y apuntando a operaciones continuas de hasta 30 minutos o más.
El futuro probablemente combine lo mejor de ambos enfoques, aunque aún no está claro cómo. Mientras tanto, empresas privadas se han sumado a la carrera. General Fusion, en Canadá, desarrolla un reactor basado en fusión por objetivo magnetizado, una solución híbrida que promete ser práctica y rentable. En EE. UU., Commonwealth Fusion Systems, una escisión del MIT, planea tener su reactor ARC operativo en Virginia para los años 2030, con capacidad para abastecer a 150 000 hogares.
Una tecnología clave en esta carrera son los imanes superconductores, que permiten un control más preciso del plasma y podrían marcar la diferencia en los futuros reactores. Aunque hay escepticismo respecto al enfoque por láser, la comunidad científica reconoce que ambos métodos han demostrado avances fundamentales. Aun así, los retos de ingeniería son enormes, y la era de la fusión nuclear aún necesita tiempo, recursos y colaboración global para hacerse realidad.

