Los tiburones llevan más de 400 millones de años surcando los océanos, mucho antes de que aparecieran los dinosaurios e incluso los árboles. Sin embargo, reconstruir cómo eran sus poblaciones antes de que la actividad humana comenzara a diezmarlas resulta sorprendentemente difícil. Sus esqueletos son de cartílago y, por tanto, dejan pocos restos fósiles. Pero los tiburones tienen otra forma, mucho más diminuta, de dejar constancia de su existencia: unas pequeñas escamas llamadas dentículos dérmicos.
Son estructuras microscópicas, parecidas a dientes, que recubren la piel de los tiburones y contribuyen a que su cuerpo se desplace con eficiencia por el agua. Cuando el animal pierde estas escamas, algunas terminan depositándose en el fondo marino y pueden conservarse durante miles de años en los sedimentos de los arrecifes. Es, literalmente, una especie de «caspa» de tiburón fósil.
Un equipo de investigadores ha utilizado ahora estos diminutos restos para reconstruir la historia de los tiburones en los arrecifes situados a ambos lados del istmo de Panamá, y el resultado revela una diferencia extraordinaria entre las costas del Pacífico y del Caribe.
Los científicos analizaron sedimentos procedentes de arrecifes panameños y compararon la cantidad de dentículos dérmicos presentes en depósitos antiguos y modernos. Los restos más antiguos estudiados permiten asomarse a un pasado de entre 7000 y 3000 años, mucho antes de la transformación radical de los ecosistemas marinos provocada por la pesca industrial y otras actividades humanas.
Una gran población de tiburones
La sorpresa fue mayúscula: durante aquel periodo, los arrecifes del Pacífico panameño albergaban aproximadamente veinte veces más tiburones que los del Caribe.
La explicación más probable no está en una diferencia de explotación pesquera —que entonces, obviamente, era muy distinta de la actual—, sino en las características físicas de ambos océanos. El golfo de Panamá experimenta afloramientos estacionales de aguas profundas cargadas de nutrientes. Estos nutrientes alimentan una gran producción de organismos marinos que constituye la base de una cadena alimentaria capaz de sostener también a grandes depredadores.
El Caribe, en cambio, presenta unas aguas comparativamente pobres en nutrientes. Sus arrecifes podían mantener comunidades de tiburones, pero aparentemente no en cantidades remotamente comparables a las de la vertiente del Pacífico.
La investigación ofrece además una posible explicación para un fenómeno observado en tiempos recientes que, de otro modo, resulta difícil de interpretar. Durante el último siglo, las poblaciones de tiburones del Caribe han disminuido alrededor de un 75 %, mientras que las del Pacífico se han mantenido relativamente estables, a pesar de que estas últimas han soportado incluso una mayor presión pesquera.
La clave podría estar precisamente en esa historia ecológica más profunda. Los ecosistemas del Pacífico panameño partían de una mayor productividad y una mayor abundancia natural de tiburones, condiciones que quizá les proporcionaron una capacidad de resistencia de la que carecían los arrecifes caribeños.
La historia de los arrecifes
El hallazgo ilustra, además, una idea fundamental para comprender la crisis actual de los océanos: no podemos saber cuánto ha cambiado un ecosistema si desconocemos cómo era antes de que comenzáramos a transformarlo. Los registros modernos apenas abarcan unas pocas décadas, un intervalo diminuto comparado con la historia de los arrecifes.
Un puñado de diminutas escamas permite, así, retroceder miles de años y recuperar una fotografía perdida de los océanos panameños. La llamada «caspa» de los tiburones demuestra que incluso los restos más insignificantes pueden convertirse en testigos de una historia ecológica que de otro modo habría desaparecido. Comprender la situación actual de los sistemas naturales exige conocer su historia. El pasado puede ser también una de las mejores herramientas para anticipar su futuro.
Referencia
- Peter D. Roopnarine, The scales of strain on sharks. Science 393, 660-661 (2026). DOI: 10.1126/science.aek0549.

