Este el verano de 2026, algunos de los grandes ríos europeos están ofreciendo una imagen poco habitual. El Rin, el Danubio, el Loira, el Ródano o el Po han registrado caudales extraordinariamente bajos, hasta el punto de afectar a la navegación, la industria y la producción energética. El problema combina varios ingredientes: escasez de precipitaciones, temperaturas excepcionalmente elevadas y una evaporación muy intensa.
El caso del Rin resulta especialmente significativo. El descenso del nivel del agua obliga a los barcos a reducir su carga y, en algunos tramos, ha llegado a interrumpir determinados servicios. En el Danubio, por su parte, la falta de agua ha creado problemas para la navegación y para instalaciones que necesitan el río como fuente de refrigeración.
La situación es suficientemente excepcional como para que pueda hablarse de una crisis hidrológica europea. Pero ¿está ocurriendo lo mismo en España y Portugal? La respuesta es sí, aunque con importantes matices.

Una sequía que no afecta por igual a toda Europa
Conviene recordar que sequía y estiaje no son sinónimos. En los países mediterráneos es normal que los ríos reduzcan mucho su caudal durante el verano. Algunos pequeños cursos fluviales pueden incluso dejar de llevar agua superficial. Eso, por sí solo, no constituye una anomalía. Lo importante es cuánto se desvía el caudal respecto de lo habitual y cuánto tiempo dura la situación.
En Europa central y occidental, el fenómeno de este verano sí presenta características excepcionales. Los grandes ríos están alcanzando mínimos extraordinarios y las consecuencias van mucho más allá del paisaje: se resienten el transporte de mercancías, la generación eléctrica, la industria y los ecosistemas.
En la Península Ibérica, entretanto, la situación es más heterogénea. España entró en el verano con una reserva de agua embalsada bastante favorable. A finales de junio los embalses se encontraban al 78,4 % de su capacidad; el 7 de julio, al 77,1 %, y el 21 de julio, al 73,4 %, según datos del Ministerio de Transición Ecológica. El descenso continuó y el 28 de julio la reserva había bajado al 71,3 %, con unos 39.985 hectómetros cúbicos almacenados. Es una disminución importante, pero la cifra nacional todavía está lejos de representar una situación de emergencia generalizada.
Un país, muchas situaciones
Además, hablar de «la situación de España» resulta engañoso. Las diferencias entre cuencas son enormes.
Mientras algunas disponían de reservas relativamente abundantes, otras presentaban niveles considerablemente inferiores. El Segura y el Júcar, por ejemplo, se encontraban bastante más ajustados que otras grandes cuencas españolas.
Esto es especialmente importante porque un embalse lleno no significa necesariamente que todos los ríos de su cuenca tengan mucho caudal. Los embalses almacenan agua y pueden liberarla cuando es necesario; en cambio, los pequeños ríos y arroyos dependen mucho más directamente de las precipitaciones, de la humedad del suelo y de las aguas subterráneas. Por eso este verano pueden encontrarse en España cauces muy bajos sin que exista, al mismo tiempo, una crisis general de abastecimiento.
Portugal presenta un panorama parecido: varias de sus principales cuencas conservaban a finales de julio reservas elevadas, aunque también existen zonas sometidas a mayor presión.

Estas imágenes en color natural del satélite Copérnico Centinela-3 ilustran este contraste.
El verdadero problema es el calor
La temperatura es una pieza fundamental de esta historia. Un verano muy cálido no sólo significa que llueve menos: también significa que el agua se pierde más rápidamente por evaporación y que aumenta la demanda de las plantas y de los cultivos.
Además, los ríos cálidos contienen menos oxígeno, lo que puede perjudicar a los peces y a otros organismos acuáticos. Si el caudal disminuye mucho, los contaminantes también quedan menos diluidos. De este modo, un río puede conservar agua y, sin embargo, encontrarse en unas condiciones ecológicas muy desfavorables.
¿Debemos preocuparnos en España?
A 11 de agosto de 2026, no parece correcto afirmar que los ríos españoles estén viviendo una crisis comparable a la del Rin o el Danubio. La situación de las reservas embalsadas es, en conjunto, bastante más favorable. Pero tampoco sería razonable considerar el problema resuelto.
Los embalses están descendiendo semana tras semana, el verano aún no ha terminado y algunas cuencas presentan una vulnerabilidad considerable. Además, el Observatorio Europeo de la Sequía sigue detectando áreas de vigilancia y alerta en la Península. La clave estará en lo que ocurra durante las próximas semanas y, sobre todo, en las lluvias del otoño. Si llegan precipitaciones suficientes y generalizadas, buena parte del sistema podrá recuperarse. Si el calor y la sequedad se prolongan, las reservas continuarán disminuyendo.
Y esa es quizá la principal enseñanza del verano europeo de 2026: los ríos son uno de los mejores indicadores de hasta dónde puede llevarnos un clima cada vez más cálido y variable.
Europa central está viendo ahora extremos que afectan incluso a sus grandes arterias fluviales. La Península Ibérica, acostumbrada desde hace siglos a los estiajes, dispone de una ventaja: ha desarrollado una importante capacidad de almacenamiento y gestión del agua.
Pero esa ventaja no es infinita. El reto del futuro será conseguir que los embalses, los acuíferos, los humedales y los propios ríos sean capaces de afrontar unos veranos potencialmente más cálidos y una precipitación cada vez más irregular.

