El campo de cielo que podrá observar el telescopio espacial Roman será 100 veces el del Hubble

Su principal objetivo será cartografiar el universo oscuro

Al azar

El telescopio espacial Nancy Grace Roman no es simplemente «el próximo Hubble»: su interés está precisamente en hacer algo que los grandes telescopios espaciales actuales hacen mucho peor. Tiene un espejo primario de 2,4 metros, exactamente del mismo diámetro que el del Hubble. Pero ahí termina buena parte de la semejanza. Su instrumento principal, el Wide Field Instrument, dispone de 300 megapíxeles y puede observar en una sola toma un campo del cielo al menos cien veces mayor que el de Hubble, manteniendo una resolución comparable en el infrarrojo cercano. NASA calcula que en sus cinco primeros años podrá obtener imágenes de más de mil millones de galaxias y cubrir más de cincuenta veces el cielo que Hubble ha observado durante tres décadas.

La diferencia es, por tanto, menos la potencia bruta que la escala. Hubble y, sobre todo, James Webb son extraordinarios para mirar muy profundamente un objeto o una pequeña región del cielo. Roman está diseñado para hacer otra cosa: mirar enormes extensiones, repetidamente y con gran precisión. Es un telescopio de «censo» cósmico.

Un equipo que llega en el momento oportuno

Y llega a un escenario astronómico especialmente interesante. Roman no será el único gran observatorio espacial en funcionamiento. El veterano Hubble continúa operativo y proporciona imágenes de enorme resolución en ultravioleta, visible e infrarrojo cercano. El James Webb, lanzado en 2021, observa fundamentalmente en el infrarrojo y, gracias a su espejo de 6,5 metros, puede penetrar mucho más profundamente en el universo temprano. A ellos se ha unido el europeo Euclides, lanzado en 2023, concebido específicamente para estudiar la materia y la energía oscuras mediante un gigantesco mapa tridimensional de las galaxias. Euclides pretende cubrir más de un tercio del cielo extragaláctico y observar miles de millones de galaxias. Y desde 2025 funciona también SPHEREx, de NASA, que está cartografiando todo el cielo en 102 bandas del infrarrojo. Es otro telescopio de exploración, aunque con objetivos y características distintas de Roman. La cuestión, entonces, es obvia: ¿qué falta por hacer?

El universo oscuro

Roman atacará una de las preguntas más incómodas de la cosmología. La materia ordinaria —estrellas, planetas, gas, nosotros— representa una muy pequeña fracción del contenido del universo. Aproximadamente una cuarta parte corresponde a materia oscura, que no vemos pero cuya gravedad delata su presencia, y cerca de dos tercios a la todavía más misteriosa energía oscura.

(c) ANDINA / Editora Perú.

Roman no va a fotografiar la materia oscura ni a descubrir directamente qué es la energía oscura. Su estrategia es más indirecta y, científicamente, más poderosa: medir con enorme precisión cómo se distribuye la materia y cómo ha cambiado la expansión del universo.

Una de sus herramientas será la llamada lente gravitacional débil: la gravedad de la materia curva ligeramente la trayectoria de la luz procedente de galaxias lejanas. Midiendo esas diminutas deformaciones en millones de galaxias, los astrónomos podrán reconstruir cómo está distribuida la materia —incluida la invisible— y cómo ha ido formando estructuras a lo largo de la historia cósmica. Roman combinará estas observaciones con mapas de galaxias y con supernovas de tipo Ia, cuyo brillo permite utilizarlas como referencias para estudiar la expansión cósmica.

En este terreno tendrá un formidable compañero, precisamente Euclides. No se trata de una competición en la que uno vaya a sustituir al otro: sus observaciones serán complementarias. Roman tendrá una sensibilidad y una resolución infrarroja excelentes combinadas con un campo de visión extraordinariamente amplio; Euclides cubrirá una superficie aún mayor y dispone de capacidades espectroscópicas específicamente orientadas a la cosmología. Juntos permitirán comprobar resultados desde instrumentos independientes.

Y también planetas

Roman tiene además una segunda personalidad. Al observar repetidamente cientos de millones de estrellas hacia el centro de la Vía Láctea podrá detectar planetas mediante microlente gravitacional: una estrella situada delante puede amplificar momentáneamente la luz de otra más distante, y un planeta alrededor de la primera produce pequeñas alteraciones en ese efecto.

Esta técnica es particularmente interesante porque encuentra mundos que otros métodos favorecen menos: planetas alejados de su estrella, planetas pequeños e incluso planetas errantes, que no están ligados gravitacionalmente a ninguna estrella. Las previsiones actuales hablan de miles de exoplanetas descubiertos mediante microlente.

Hay, además, una ironía histórica en todo esto. El corazón óptico de Roman procede de una historia que nada tenía que ver con la cosmología: fue construido originalmente para un programa de satélites de reconocimiento estadounidense que terminó cancelándose. La NASA recibió posteriormente parte de aquel hardware y lo convirtió, después de años de trabajo, en un observatorio astronómico.

El resultado es una máquina que no pretende sustituir al Hubble ni al Webb, sino completar el actual arsenal astronómico con algo que faltaba: una mirada panorámica, profunda y repetida del universo. Si el Webb es el gran especialista que se acerca a examinar un objeto concreto, Roman será, en buena medida, el cartógrafo. Y para averiguar de qué está hecho el universo, saber dónde está cada cosa puede ser casi tan importante como verla de cerca.

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