Manuel Azaña, en sus excelentes Memorias, escritas años antes de la Guerra Civil, afirmaba: “Ha costado un enorme esfuerzo llegar a tener una Gran Vía en Madrid como la que hemos construido”. Su gobierno, al igual que otros ejecutivos progresistas de la historia reciente del país, a partir del primer impulso en la época de Carlos III, luchó a brazo partido por que la capital pudiera tener un área central digna, con empaque y belleza, saneada y con espíritu cosmopolita y culto, como corresponde a uno de los estados más ilustres de Europa.
Gracias a ese impulso modernizador, edificios singulares como el Metrópolis (1907), el Palacio de la Prensa (1925), el edificio de Telefónica (1926),o el edificio Carrión (1931), y como nuestro Palacio de la Música (1924), han ido jalonando la Gran Vía con aire de esplendor, de industriosidad, de voluntad de belleza. Y estoy convencida de que gracias a esos símbolos, a ese impulso, en la arteria central de la capital, España ha avanzado más en su carrera por llegar a ser un país luminoso, progresista y democrático. El aspecto de la Gran Vía no sería el mismo sin estos edificios, pero no solamente por su apariencia, sino por su valor simbólico: ellos representan actividades culturales y sociales creativas y rigurosas a la vez: las comunicaciones, los espectáculos, los centros de actividad industrial. Y sobre todo, son un ejemplo claro de que el impulso por crecer tiene una tradición en la ciudad, existe una memoria del progreso que debemos conservar y conocer.
La Gran Vía madrileña es una de las calles europeas más bellas y representativas de la historia reciente de Europa. En ella se confunden comercios de elegancia, edificios sobrios o más sencillos, con estos edificios singulares que albergan emblemas y estatuas, estética y estilo, del avance de la sociedad del bienestar, y muchos de ellos fueron lugares donde se materializó el acceso a la cultura, el cosmopolitismo, la voluntad modernizadora. Ese espíritu, que recientemente celebrábamos en el centenario de la gran calle, sigue vivo, aunque hoy se ve amenazado por un tipo de agresión que es una nueva forma de la pobreza y el analfabetismo funcional que son endémicos en esta ciudad.
La Gran Vía está siendo amenazada por una barbarie que tiene hoy el nombre o la máscara de la crisis económica. Si en los tiempos de los primeros políticos modernos españoles, se consiguió barrer toda la barriada de caserones antihigiénicos y hacinados de este centro de Madrid, para construir esta preciosa calle dotada de espectaculares ejemplos de la evolución formal y de estilos arquitectónicos tan avanzados y audaces como los que vemos en el Carrión, en el Círculo de Bellas Artes o en el de Telefónica, hoy el enemigo mugriento son los “no lugares”, los espacios sin personalidad, los mercados y mercadillos destrozados por el ansia comercial o por el interés más bajo, que puede cambiar todo el aspecto de uno de estos maravillosos edificios, simplemente poniéndolo al servicio del consumo barato, a destajo, y del deambular sin interés cultural de los compradores. Este enemigo que amenaza al Palacio de la Música, deformará, dejará sin personalidad, el lugar, rompiendo su memoria histórica y borrando otra huella más del pasado glorioso de este edificio.
El Palacio de la Música es uno de los más bellos cines de la Gran Vía. Es emblema de todo un siglo de cinematografía en la ciudad. Representa el espíritu cosmopolita, internacional, de la ciudad, en su vertiente de capital de las artes escénicas, como son la música, el teatro, el cine. Junto con los otros cines y teatros de la Gran Vía, y los vecinos teatros y cines de todo el centro de Madrid, son la cara más abierta, curiosa y culta de nuestra ciudad. El Palacio de la Música, por la belleza de su construcción, tiene que ser conservado para esos fines culturales. No puede convertirse, como le ha pasado a sus vecinos palacios y cines, en el envoltorio muerto de una horrísona y gris actividad de venta textil. No puede ponerse al servicio del menudeo comercial, porque su sitio y su función nunca fueron ésas: existen otros lugares, otras áreas donde esas actividades tienen su puesto. No se puede quitar la dignidad cultural a un edificio como éste, porque con ello se prostituye todo un símbolo, y todo un espíritu, de verdadera modernidad y de progreso.
Cada lugar sagrado de la cultura de Madrid cumple una función de espejo, de ejemplo, en nuestra comunidad: ayuda a los ciudadanos a recordar su pasado glorioso, muestra qué es posible hacer, hasta dónde podemos escalar en nuestra voluntad de cultura, desarrollo, cosmopolitismo. Si los cines y teatros de Madrid desaparecen, la ciudad se quedará ciega. Ciega a su propio pasado, y sobre todo por ello, ciega ante el futuro. No es posible construir un futuro con nuestros palacios destinados a vender quincallería, muebles baratos, con nuestra Gran Vía repleta de carteles de “Se vende” o de pintadas de okupas. La Gran Vía, el Palacio de la Música, son la aorta central de nuestro corazón cultural. Si lo intoxicamos de miseria, de un espíritu de regateo, de baratija, de negación de la belleza, de la nobleza, estaremos envenenando nuestra propia estima como ciudad.
El palacio de la Música tiene ese nombre porque fue construido y creado para albergar espectáculos musicales y cinematográficos. No puede ser otra cosa, no puede renegar de su condición. La Gran Vía no puede perder otro emblema del avance de la sociedad española por el bienestar cultural y por la modernización. No nos debe cegar esta miserable situación para que caigamos en la trampa de considerar que la única salida es la prostitución de lo que más vale en nuestro entorno urbano, al servicio del negocio más vulgar. Ésa no es la salida a la crisis. El Palacio debe convertirse en el Auditorio que siempre quiso ser, y hospedar actividades culturales, y mostrar, en esa esquina alta y privilegiada de la Gran Vía, todo su esplendor arquitectónico al servicio del esplendor del arte y la exhibición de las obras más perfectas de la especie humana.

