Cada primavera, unas discretas polillas marrones conocidas como bogong emprenden un viaje de 1000 kilómetros, volando de noche desde las llanuras del noroeste australiano hasta cuevas alpinas del sudeste. Allí hibernan durante el verano, refugiándose del calor. Cuatro meses después, regresan exactamente por la misma ruta. Todo esto con un cerebro más pequeño que una décima parte de un grano de arroz.
¿Cómo lo logran? Un nuevo estudio publicado en Nature acaba de revelar una pieza clave del enigma: las bogong se orientan por el cielo estrellado, entre otros signos.
Una sinfonía sensorial para navegar
Estos insectos extraordinarios utilizan una combinación de señales sensoriales para guiar su migración. Detectan el campo magnético terrestre, reconocen siluetas montañosas en el horizonte y perciben olores cercanos provenientes de sus cuevas favoritas. Ahora sabemos que también leen los patrones del cielo nocturno, una capacidad de navegación interestelar que hasta ahora solo se había documentado en aves migratorias y seres humanos.
Un laboratorio de estrellas para polillas
Para demostrarlo, el equipo del biólogo sensorial Eric Warrant, de la Universidad de Lund, diseñó un experimento inusual: colocaron polillas bogong en una cámara de vuelo del tamaño de una polilla, dentro de una jaula electromagnética que anulaba el campo magnético terrestre. Encima, proyectaron un planetario en miniatura con el cielo nocturno del hemisferio sur.
Los resultados fueron reveladores: cuando las bogong veían una proyección fiel del cielo real, volaban en la dirección correcta. Pero si el cielo era rotado 180 grados, invertían su rumbo. Cuando se les mostraba un cielo estrellado aleatorio, se desorientaban por completo. Esto demostró sin ambigüedades que las bogong reconocen patrones astronómicos para orientarse.
Ojos especializados y cerebros miniatura
A pesar de que no distinguen las estrellas individuales con claridad, sus ojos son mejores que los nuestros para detectar estructuras difusas como la Vía Láctea, que brilla con especial intensidad en el hemisferio sur. Los investigadores incluso lograron registrar la actividad de neuronas sensibles a las estrellas, algunas de las cuales disparan cuando la polilla apunta hacia el sur, guiándose por señales similares al núcleo galáctico o una franja simulada de la Vía Láctea.
Esto sugiere que las bogong tienen un mapa interno del cielo nocturno, algo nunca antes demostrado en un insecto con un cerebro tan diminuto.
Navegar con el tiempo y el cielo
A diferencia de otros insectos como el escarabajo pelotero nocturno, que usa la Vía Láctea por pocos minutos, las bogong vuelan todas las noches durante semanas, mientras el cielo cambia debido a la rotación y traslación de la Tierra. Aun así, mantienen el rumbo. Podrían hacerlo identificando el polo celeste sur, el único punto que no se mueve en el cielo, o tal vez utilizan un reloj biológico interno que les permite corregir los cambios aparentes del cielo nocturno, igual que lo hacen las mariposas monarca con el Sol durante sus migraciones diurnas.
Una travesía con valor ecológico y cultural
La migración de las polillas bogong no solo es un logro biológico. Es también un evento con significado ecológico y cultural. Según relatos orales y fuentes coloniales, los aborígenes australianos solían reunirse cerca de las cuevas alpinas para alimentarse de estos insectos. Hoy en día, pese a la caída en las poblaciones debido a la sequía y el cambio climático, las bogong siguen siendo vitales para cuervos, zorros, zarigüeyas pigmeas y un peculiar nematodo parásito que solo vive en sus cuevas.
Un insecto diminuto, una hazaña cósmica
Las polillas bogong no solo nos enseñan sobre los misterios de la navegación animal, sino también sobre cómo el cosmos guía incluso a los viajeros más diminutos en su largo viaje por la Tierra.

