En una época en la que la inteligencia artificial puede clonar voces de políticos, colarse en videollamadas y provocar estafas multimillonarias, hay quienes han optado por una solución radical para protegerse del caos digital: llevar encima una placa de plástico en forma de teléfono móvil. No es broma. Se llama oficialmente Methaphone y es una especie de «teléfono inteligente» placebo, diseñado no para hacer llamadas ni enviar mensajes, sino para no hacer absolutamente nada.
El metáfono fue creado por Eric Antonow, un ex ejecutivo de Google y Facebook, junto al ingeniero y artista Greg Hochmuth. El dispositivo —si se le puede llamar así— es una lámina transparente con el tamaño, el grosor y el peso de un iPhone. Tiene bordes redondeados, esquinas suaves y hasta una apariencia «tecnológica» que recuerda a un prototipo salido de una película de ciencia ficción. Pero no tiene pantalla, botones, ni circuitos. Solo es un trozo de metacrilato. Y ahí está su gracia.

Un objeto contra la adicción digital
El metáfono nació como respuesta al problema creciente de la adicción al teléfono, esa compulsión moderna que nos lleva a consultar el móvil cada pocos minutos, incluso sin necesidad alguna. Según sus creadores, este «teléfono vacío» busca ofrecer una alternativa física y táctil a ese impulso. Algo que podamos sostener en la mano cuando sentimos ansiedad digital, pero sin las recompensas dopaminérgicas de notificaciones, «likes» o «scroll» infinito.
No es el primer intento en esta línea. Ya existen los llamados teléfonos básicos, sin aplicaciones, las fundas bloqueadoras para eventos sin dispositivos, o las apps que te castigan si pasas demasiado tiempo en redes. Pero el Methaphone va más allá: no es solo una herramienta, sino un gesto simbólico. Una especie de artefacto zen que sugiere que, quizás, lo que necesitamos no es un sustituto, sino vacío.
Ironías del siglo XXI
El fenómeno no pasó desapercibido. Un vídeo viral en TikTok —la misma red social que representa todo lo que el metáfono rechaza— logró más de 50 millones de visualizaciones, y el invento se agotó en la plataforma de financiación colectiva Indiegogo en cuestión de días. Costaba unos 25 dólares, un precio que muchos estuvieron dispuestos a pagar por, literalmente, nada.
Y no es solo un chiste. En un contexto en el que los deepfakes pueden imitar voces de familiares para robar contraseñas, y donde cada interacción digital puede ser una trampa, el Methaphone representa una zona libre de engaños. Como decía un artículo reciente, su principal ventaja es que «nadie puede estafarte con una deepfake realista si lo único que tienes en la mano es una placa de plástico».
Claro, también tiene sus limitaciones: no se pueden hacer llamadas, ni mandar mensajes, ni pedir un Uber, ni encargar un refrigerio de medianoche. Pero tal vez esa sea su mayor virtud.

¿Broma o filosofía?
El metáfono ha sido interpretado de muchas formas: como una crítica a la cultura de la hiperconectividad, como una obra de arte conceptual, como un producto absurdo o como una provocación necesaria. En cualquier caso, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto dependemos del teléfono, no por sus funciones, sino por el mero hecho de tenerlo en la mano?
En un mundo saturado de estímulos, el metáfono es, paradójicamente, un dispositivo para no hacer nada. Pero al hacerlo, nos obliga a mirar de frente lo que somos: humanos tan apegados a su tecnología que necesitan un trozo de acrílico para poder dejarla ir.

