sábado, 10 enero 2026

Querido templo

Querida morada mía: mañana me voy, a vivir al lado de mis hijos, al campo. Me estalla el pecho de emoción, pero la pena de dejarte me flagela. Fuiste durante casi la mitad de mi vida el refugio del guerrero, donde reposaba tras grandes peregrinaciones de polvo, sudor y hierro. Pero todo tiene un final; esta etapa ya agoniza y se impone mi marcha.

            Traspuse por primera vez tu puerta con la testuz derrotada, estigmatizada por el fracaso, bajo el signo del desamor. Me había molido el mayor golpe que hubiera podido caer sobre mí, tan repentino como inesperado: la ruptura del bien que era la culminación de mis mayores esperanzas: mi familia. En este mundo había desdeñado el dinero, el poder y la fama. Sólo había aspirado a consolidar y hacer crecer mi pequeño núcleo humano. Pero si existe un ser castigador que quiso maltratarme, no pudo elegir mejor el sitio en que descargar su maza. Y arruinó mis afanes más preciados de la noche a la mañana. ¿El sentido de todo aquello? Si lo tenía, lo ignoro. A lo mejor se me había dictado la redención por el dolor; a lo peor todo era producto del capricho de un ciego destino.

Llegué aquí, amada casa, con el alma fría de desnudez y el cuerpo ávido de cobijo, y cuando entré no tenía otra perspectiva ni deseo asumido que vegetar y envejecer a tu sombra. Trataría de ejercer con el mayor decoro mi compromiso con la sociedad, la docencia, pero no aspiraba a medrar ni en ese ni en otro terreno material. Interiormente había renunciado incluso a ser feliz, sencillamente por el temor a una nueva caída. Pensaba que quedándome abajo no podría precipitarme de nuevo desde cima alguna.

Sin embargo, el calor de tu refugio me fue reanimando y alimentando; tu atmósfera recogida y pacífica, de olor a bosque, tu latitud diáfana, al sol abierta, resultaron el territorio idóneo para que fuera cerrándose la enorme herida y me fuera acostumbrando a los mordiscos de la soledad; no la soledad de estar solo, sino la de faltarme mis pequeñuelos hijos queridos. En ambiente tan hospitalario gané presencia de ánimo para afrontar la situación y tal vez sacar provecho moral de ella. No quise nunca más levantar las rodillas del suelo, pero mi naturaleza luchadora empezó a reflotar.

            Primero pensé, recapacité, para tratar de hallar una causa lógica a lo que me había sucedido y buscar racionalmente una salida. Pero el fracaso de esta vía me hizo entender que la razón, ese bisturí con el que hasta entonces había intentado desentrañar el mundo real, había tocado en hueso duro. Y que las otras herramientas del positivismo con las que había pretendido explicar el sentido de la vida ya habían dado de sí el máximo y se quedaban grotescamente cortas para medir el ser, el existir, conceptos que cada vez se me iban revelando más potentes y empezaban a cobrar dimensiones inimaginables, milagrosas. Advertí que para penetrar los arcanos del Ser el nuevo camino pasaba por ser yo de verdad y ser consciente de ello. Era la hora de sorprenderme de estar vivo y de regocijarme íntimamente en la convicción de que eso era lo verdaderamente importante. Había llegado el momento de estar en silencio y ponerme a escuchar.

Mi silencio era transparente, pero dejaba que mis hijos lo colorearan cuando venían a verme. Esas gozosas perturbaciones eran balsámicas. Tú, querida casa, te transformabas en hogar y te veías inundada por las risas de mis angelitos entreveradas con los rayos del sol que entraban a raudales por el gran ventanal del parque, tamizados por el verdor de la fronda, y nos bañaban. Eran las únicas expansiones que me permitía, y entonces me volvía niño, y tú te trocabas en templo infantil riendo también, en ecos. Eran detonaciones de la vida.

            Mañana este caracol abandonará definitivamente su protectora concha. Mis libros, música y escasa pertenencias ya viajan a su nuevo destino, quizá final. Sólo me he quedado con una versión de La Flauta Mágica para llevarla conmigo y oírla en el viaje. Ahora nos alegra y motiva por milésima vez.

Haciendo memoria, reparo en que los sones de este maravilloso cuento musical llenaron todas las moradas que habité. Así es; desde aquella casa solariega de mi infancia donde, muertos prematuramente mis padres, vivía yo con mi adorable abuela ciega, que gustaba de oír esta música una y otra vez y me instaba a ponérsela en un viejo tocadiscos. Niño aún analfabeto, yo no entendía nada de lo que se cantaba y decía en aquella extraña lengua, y menos podía leer lo escrito en un ajado libreto que teníamos, pero las melodías me seducían, me hipnotizaban poderosamente… Me transportaban a mi futuro, según interpreté cuando a los veintipocos años aprendí ex profeso alemán.

Me pareció entender entonces, y aún lo creo, que las grandes líneas de mi existencia estaban trazadas en aquella obra; que mi vida estaba siendo y sería un calco de la del protagonista, Tamino… Sea como fuere, predeterminado o no, lo cierto es que me propuse seguir la senda de perfección de aquel que “más que príncipe era un hombre”, al que convertí, más que en un héroe, en un modelo a emular. Mi temperamento se prestaba. Era yo muy enamoradizo entonces y soñaba con encontrar a mi Pamina algún día, convertirla en mi esposa y madre de mis hijos, llevar juntos el  timón de una familia sólida, ayudándonos mutuamente a madurar juntos y a dar sazón a nuestros frutos, a ser humanos en plenitud, a esperar el fin del viaje y desembarcar en ese nuevo continente que nuestra fe nos dejaba vislumbrar…

La Pamina de Tamino estuvo alejada de él durante la prueba del silencio; más tarde se les concedió a ambos la dicha del reencuentro y superaron, hombro con hombro, las últimas pruebas. Mi Pamina tomó su propio camino hace mucho, muchísimo tiempo. No sé si porque lo consideró más recto que el mío o porque –¡ay!–, cansada, desertó y optó por convertirse en Papagena. O porque simplemente dejó de creerme o de apreciarme. De cualquier modo, hice de tripas corazón y seguí mi senda, conjurando el dolor de la pérdida cantando como Pamino

 
Mich schreckt kein Tod, als Mann zu handeln,
Den Weg der Tugend fortzuwandeln.
Schließt mir die Schreckenspforten auf,
Ich wage froh den kühnen Lauf.
 

Aposté, pues, por continuar solo y sin miedo la ruta que yo consideraba que me llevaba a la virtud y a ser hombre.

 

Dije solo, pero no fue así. He aludido ya a mi gran tesoro, mis hijos, que tuve con ella antes de la separación. Su nacimiento y existencia me potenciaron, me apegaron a una tierra que mis pies antes tendían a rehuir; me proporcionaron una brújula que me señaló firme un norte en los malos tiempos de tempestades. Además, me convertí en arco, me tensé a mí mismo y traté de proyectar a mis queridas flechas hacia delante, como hicieron o intentaron hacer del mejor modo posible todos los seres que en la Tierra me –nos– precedieron siguiendo el más atávico impulso.

Esos hijos van creciendo y madurando. Son bellos y mejores que yo. Se van enfrentando a sus propias pruebas y pido a los dioses que los orienten por buenos senderos. Son, sin ninguna duda, lo que más amo en este mundo y sueño con llegar al mismo mar que ellos. Irme a vivir cerca es el mayor de los premios que podía apetecer en estas postrimerías de la vida; el azúcar con que endulzar tanta hiel tragada.

            Me voy, pues, querida morada, y puesto que has sido para mí mucho más que la obra inanimada de hormigón y hierro de un arquitecto, me duele venderte y dejarte. A lo peor, en dos días la picota habrá acabado contigo. A lo mejor, mañana vendrán albañiles que se limitarán a obrar en ti algunas pequeñas cirugías y que sólo te ensuciarán un poco la cara en su afán por lavártela. Acto seguido probablemente tomará posesión de ti una nueva familia (precedida, casi seguro, de un televisor que te atronará con vulgaridades sin límite, discursos hueros de políticos y retransmisiones “deportivas”). No desesperes, sin embargo. Abraza y da calor y refugio a esos seres humanos como hiciste conmigo. Y ten paciencia, amiga: Ertrag es mit Geduld, und denke, es ist der Götter Wille. También de ti se cuidarán los dioses.

            Has sido durante tres décadas el templo material que me ha guarecido de la intemperie, que ha abrigado mi natural introvertido. Mi sustento físico, base del ser espiritual (primun vivere, deinde philosophari!). Tengo tus medidas y tus formas en mi mente; si de pronto me volviera ciego, no lo notaría. Has sido un templo para mí. Ahora aspiro a irme a otro. O quizá merezca entrar en el mismo templo pero por la tercera y última puerta mencionada en el cuento de Mozart: la de la Naturaleza.

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