Centro comercial

La última bronca que tuve con Purificación se inició por causas literarias. Un motivo bastante tonto, la verdad, porque ninguno de nosotros podía presumir de grandes hábitos lectores, si bien ella hojeaba las revistas del corazón de la peluquería en la que trabaja y yo los sábados y domingos me desayuno leyendo el Marca en el bar. Pero un día que oímos que iba a salir la última entrega de Harry Potter me dio por meterme con semejante mamarracho y Purificación se puso como una moto; al parecer se la había encomiado mucho un compañero del curro del que últimamente se deshacía en lenguas.

Así que para tratar de echar pelillos a la mar pensé en comprarle las obras completas del niñato de las gafitas. Ni corto ni perezoso, me fui a la librería del centro comercial del barrio y, ¡madre mía!, estaba hasta la bola de incondicionales deseosos de ser de los primeros en adquirir la novedad. Cuando llegué al mostrador le pedí a la dependienta  todos los títulos del tal Harry. La chica me presentó cinco librotes que renuncié a que me los envolviera: ¡quería dedicarlos!

Con ellos en las manos y el Marca bajo el brazo entré en la cafetería, los fui hojeando y al ver que la palabra magia abundaba tuve la feliz idea de escribir en uno de ellos cuyo título me llamó la atención más que los otros (La Orden del Fénix) este bonito ensalmo: “Cuando este libro leerás, con su comprador te has de casar”. Me chirriaba algo la gramática, pero tampoco era cosa de emborronar lo escrito. Al salir del bar di con una floristería y rematé mi plan seductor encargando unas flores para Purificación.

Iba yo muy contento hacia la salida del centro comercial cuando veo que una guardia jurado se dirige resueltamente a mí, como queriendo cortarme el paso, y agitando absurdamente un libro en su mano mientras atisba los que yo llevo en las mías va y me espeta “¿Has comprado La Orden del Fénix?” Irritado por esta intolerable intromisión en mis asuntos iba a replicarle agriamente cuando el subyugante olor a mujer recién bañada y el aliento a menta fresca que me vino de la boca de la moza me sedaron, y la profundidad marina de sus ojos verdes acabó por dejarme turulato.

Me azoré estúpidamente y sentí un vergonzoso calor en la cara, por lo que todo lo que pude hacer para responder afirmativamente a su pregunta fue levantar ambas manos para mostrar mis libros y sonreír tímidamente mientras me escurría hacia la salida con la angustiosa sensación de que en cualquier momento iba a oír el pitido de una de esas máquinas antirrobo y sintiendo en mi espalda el peso de la mirada de la guardia. El fresco de la calle organizó mi mente, que ordenó a mis pies enfilarse hacia la oficina de correos. Allí metieron los libros en un paquete y los expidieron. No me atrevía a entregárselos personalmente.

Esa noche tuve una pesadilla en que la dulce tigresa jurada me paraba y, agitando su porra ante mí, me obligaba a tomar de su mano más y más libros de Harry Potter que se me iban cayendo al suelo.

Estuve inquieto los días siguientes y volví al centro comercial a menudo, como atraído por un imán. Necesitaba verla. Casi siempre estaba en su garita y no levantaba la vista de un libro. Una de las veces agucé la vista y vi que era… ¡La orden del Fénix! Otra loca de Harry Potter, pensé.  

Pocos días después me llegó a casa un paquetucho mal embalado que contenía los libros que había regalado a Purificación con una notita de su puño que rezaba: “Te los metes por donde te quepan”. ¡Pero faltaba precisamente el del dichoso Fénix! Y entonces… ¡Qué alegría! Corrí al centro comercial, comprobando de reojo que ella estaba de guardia, subí las escaleras mecánicas a buen paso y en el bar el camarero me confirmó que, efectivamente, días pasados un cliente se había dejado un libro sobre la barra, pero que lo habían entregado inmediatamente a los de seguridad.

Me puse más contento que unas castañuelas y me dirigí a la entrada del centro comercial con pasos temblones pero seguros; preparé mi mejor sonrisa y le espeté: “¿no temes que se cumpla el hechizo escrito en la primera página de ese libro?”. Entre el verde de sus ojos y el rojo que se subió sus mejillas me pareció que hablaba yo con un tomate.

Hoy rememoramos con placer nuestro encuentro repantigados cómodamente en el sofá de nuestra sala de estar bajo la estantería donde reposan los 17 libros de Harry Potter, todos ellos dedicados por su autora.

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