Robos con escalo, de guante blanco (o casi), en Madrid a principios del siglo XX

El 3 de enero de 1932 el diario Ahora dedicó un número extraordinario al «problema de la seguridad personal en las calles de Madrid». Uno de sus artículos pasaba revista a los robos con escalo (es decir, excavando túneles subterráneos y en estos caso usando las alcantarillas) ocurridos en la capital española en los inicios del siglo XX. Según el periodista, todos los robos que rememoraba ocurrieron sin muertes. Destacó como mangante principal el «Chato de Jaén», que creó «escuela».

Transcribimos a continuación el texto completo, insertando títulos para facilitar la lectura.


Los famosos «escalos» de otro tiempo

Ya hace treinta años. La cuadrilla del «Chato de Jaén» se hizo célebre por la audacia y la astucia de sus golpes. Con él la formaban Juan Mula, su lugarteniente, «el Angelino», «el Tío Zapatones», «el Pitillo» y algún otro.

Para preparar y organizar sus empresas se reunían en un garito (en aquella época se contaban por cientos los garitos) que poseía en la calle de la Concepción Jerónima un famoso jugador de ventaja apellidado Vilches.

Te salen por debajo de la cama

Esta cuadrilla tenía estudiado a la perfección el sistema del alcantarillado de Madrid (bien distinto aquel al de la presente época, que no puede utilizarse para tales hechos), y por las alcantarillas llegaban al lugar en que habían de cometer el robo. Día tras día, noche tras noche, a golpe de pico, abrían la calle que les conducía al sitio propuesto.

Célebre fue el robo de la casa de cambio de la calle de Carretas, número 1, donde actualmente existe un Continental. Practicado por las alcantarillas el escalo, penetraron en la cueva. Sobre la trampilla de acceso a la cueva, dormían en un catre, en la trastienda de la casa de cambio, dos dependientes. El propio «Chato de Jaén» fue quien, con un impulso violento, hombre forzudo, empujó con las espaldas la trampilla. Naturalmente, el catre dio una vuelta, los dos dependientes rodaron por el suelo y los cuadrilleros, saltando como gatos, aprovecharon los instantes de sorpresa de los adormilados dependientes y los amordazaron y amarraron, pero sin causarles el menor daño. Consumado el despojo, una gran suma de dinero, se precipitaron a la alcantarilla, y fueron a salir al río Manzanares.

Por cierto, que el suceso fue descubierto muy entrada la mañana cuando el dueño de la tienda, al llegar a ella, vio, extrañado, que estaba cerrada.

Por las alcantarillas de las calles Carmen y Barquillo

Otros dos casos célebres se produjeron poco después. El robo de una joyería de la calle del Carmen, frente a la de la Salud, y el de una casa de préstamos de la calle del Barquillo, pasada la del Piamente. Este último robo lo efectuaron Juan Mula, que se había separado del «Chato de Jaén», y unos hermanos llamados «los Castillos». Ambos actos tuvieron la misma preparación y desarrollo. En el de la calle de Alcalá, uno de los ladrones se quedó en el fondo de una alcantarilla (situada la boca al pie de la escalerilla de las covachas que existían ante la iglesia del Carmen) próxima en la calle de la Salud, y otro, disfrazado de alcantarillero, hallábase en pie, junto a la boca, al cuidado del tránsito y de la escala de cuerda. De pronto, otro de la cuadrilla, de un golpe, destrozaba la luna del escaparate y robaba, echándolas a un saco, todas las joyas, mientras otro sujetaba el picaporte de la puerta de la tienda para que nadie pudiera salir. Y durante la ejecución del plan, el falso alcantarillero, desde «su puesto», disparaba tiros de revólver al aire, sin otra intención que la que conseguía: amedrentar a la gente para que no estorbasen el «trabajo» y no cesaba de tirar tiros hasta que, realizado el despojo, todos se precipitaban al fondo de la alcantarilla. El falso alcantarillero, el último.

Pronto se pusieron a salvo. Fueron a salir de la alcantarilla por una boca de la misma que existía en una cochera de la calle de San Jacinto, pequeña calle que tenía su entrada por la plaza del Callao y la salida en la de la Abada, donde hoy existe el hotel Florida. La cochera la había alquilado el propio «Chato de Jaén».

El golpe de la casa de préstamos de la calle del Barquillo, a cargo de Juan Mula, fue exacto; rotura de la luna, tiros al aire y fuga por la boca de una alcantarilla de la acera de enfrente, a corta distancia. Salieron por otra alcantarilla del paseo de Santa Engracia.

Todos estos hechos, reveladores de gran astucia y mayor audacia, fueron descubiertos y sancionados sus autores por la Justicia. Cabe decir que el «Chato de Jaén» es quizá el delincuente que más veces se ha escapado de cárceles y presidios. Y luego preparaba la fuga de sus «consortes».

Otra cuadrilla de ladrones, por escalo de alcantarillas, que ganó «fama» la capitaneaban unos audaces hermanos denominados «los Zapatilleros». Así, se llevaron de una cerería de la calle de Toledo una enorme caja de caudales, de hierro, que contenía una importantísima cantidad de dinero.

¿Por dónde han podido sacar la caja de caudales?

También corrió a cargo de estas bandas el robo de la caja de caudales de la estación del tranvía del Este, situada entonces en las inmediaciones de la Plaza de Toros. Este caso fue famosísimo por el rasgo de ingenio de los ladrones. Arrancaron la reja de hierro que cubría la ventana del despacho donde estaba la caja Y como, naturalmente, habían destrozado la reja, consumado el robo, se llevaron los restos de la reja y colocaron, cubriendo la ventana, otra reja que ellos habían confeccionado, de madera, pintada del mismo color que tenía la de hierro. Así, se dio el caso de que durante muchos días las autoridades, los altos empleados del tranvía, muchas gentes, en fin, estaban como locos de preocupados por averiguar cómo y por dónde habían podido entrar los ladrones y, lo más extraordinario, llevarse la caja, que, por sus dimensiones, no podía extraerse por la puerta.

Cuando, ¡al fin!, se descubrió la añagaza de la reja suplantada, los comentarios fueron muchos y no exentos de gracia.

Jubilaciones

Estas cuadrillas fueron desmembrándose y extinguiéndose. Los años, la vida del presidio separaron a unos de otros, y hoy ya no existe ninguno de aquellos hombres malos, que, sin embargo de ser delincuentes de temple, audacia e ingenio contra la propiedad ajena, no mataron.

El «Chato de Jaén» y Juan Mula han muerto —este hace poco tiempo— en sus casas.

Recordamos también a Ricardo «el Marino», que durante una corta época, la de su «aprendizaje», perteneció a la cuadrilla del «Chato de Jaén», y luego pasó a la de Juan Mula. Su aspecto era el de un gran señor, por su tipo y por su irreprochable prestancia. Audaz en extremo, hace unos cuantos años fue sorprendido por el hoy comisario general de Policía, don Enrique Maqueda, entonces jefe de la Brigada Móvil, dentro del Ministerio de Hacienda, cuando iba a apoderarse de la caja del Tesoro Público. ¡Un gran golpe!

Como Pedro por su casa en el Banco de España

También en los primeros tiempos de Méndez Alanís, «el Cura», famoso ladrón, secundado por otro individuo que «debutó» en el «oficio» con este hecho, cometieron un robo considerable en el Banco de España. Para realizarlo, en los sótanos, a los que no había acceso por estar cerrados los pasos, se escondieron, burlando las requisas; subieron, ya de noche, al último piso, penetraron en el ascensor, que estaba elevado, y haciéndole funcionar, el mismo aparato, descendiendo hasta el sótano, les dejó «sobre el terreno».

De entonces acá… no recordamos hechos audaces de esta índole. Hoy no existen. Claro que no hacen falta.


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