«La nieve y otros complementos circunstanciales» de Xuan Bello (Paniceros,1961– Oviedo, 2025) es una colección de ensayos breves, recorrida por una reflexión –que actúa como vaso comunicante entre todos ellos– sobre el tiempo y los lugares de una vida; la de alguien –el autor, en principio– que va dejando atrás la juventud para adentrarse en la edad madura, aunque pueden ser, tiempos y lugares, los de cualquier vida, más allá de lo que cada una tiene de única e irrepetible en sus circunstancias.
«La nieve y otros complementos circunstanciales» fue escrita originalmente en asturiano por el poeta Xuan Bello –fallecido el verano pasado prematuramente– y publicada –en traducción al castellano del también poeta y traductor José Luis Piquero– en 2012 por una pequeña editorial –Xordica, de Zaragoza– casi secreta como conviene a un libro de estas características, que habla en voz baja y se dirige a la intimidad del lector.
Literatura y vida confluyen y se confunden en unas prosas en las que predomina el propósito introspectivo. El autor bucea en su memoria personal y en un presente que siempre se está yendo, en un intento de atrapar lo que escapa a la voracidad del tiempo y nos va conformando a cada cual.
«La nieve y otros complementos circunstanciales» tiene mucho de libro de memorias dispersas, de poemas en prosa, de dietario personal y de crónica de lo que el vértigo de la actualidad –que aquí casi en todas las prosas a lo más que llega es a un discreto rumor de fondo– suele pasar por alto y que solo es capaz de percibir quien se ha adiestrado en ello: el lenguaje escondido y secreto de la naturaleza en el sucederse de las horas y las estaciones, y el misterio de la existencia y su milagro que el ruido de lo cotidiano y sus afanes suelen mantenernos ocultos. Lo que verdaderamente importa al autor es lo que suele pasar desapercibido, lo que queda del arqueo de los días, es lo que «La nieve y otros complementos circunstanciales» persigue y nos ofrece, el latido del tiempo pasado en la memoria y su persistencia en el presente, el ansia de permanencia que el ser arrastra.
Personas y cosas, vida y poesía, tiempo y espacio, paisaje íntimo y geografía sentimental se funden en el crisol de una escritura limpia y transparente que es a la vez ejercicio de memoria. La memoria entendida como depósito de lo que permanece y aspira a auscultar ese otro lado de la eternidad que siempre se nos escapa.
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De su lectura reciente, entresaco, para deleite del que desee acercarse a una lectura más a fondo, los siguientes fragmentos:
«Hay sitios que duelen en la memoria y que, cuando vuelves a ellos, (…) actúan como un bálsamo en el corazón».
(Pág. 36)
«La luz de la luna, tomada en dosis excesivas, tenía unas consecuencias sabidas que te conducían a una transformación interior. Significaba un cambio radical del ser que te empujaba hacia caminos solitarios».
(Págs. 48 y 49)
«Como el color de la lluvia, que los griegos no definen, la esencia de la luna tiene un no sé qué resbaladizo y secreto que nos empuja por pasillos donde se anula el tiempo».
(Pág. 49)
«El lunático, el visionario de lo que no se puede ver, es un ser perdido en el desierto de su propia vida; ha visto, en su locura, los altos castillos de la Diosa y nada de lo que puede encontrar en la Tierra podrá hacerle olvidar la inmarcesible belleza».
(Pág. 49)
«La Luna, como imagen desvelada de lo que no se puede conocer, es exactamente la faz del misterio».
(Pág. 50)
«…esa forma pura de la nostalgia: la nostalgia futura (…) añorar lo que se tiene entre las manos; una conciencia, en definitiva, de lo huidizo del tiempo. Sabía que iba a perder todo aquello y ya lo echaba de menos, como si no lo tuviese; estrategias de la mente, y del espíritu, para seguir reuniendo lo perdido, por distante que esté, y entretejer cabos sueltos que en el tapiz de la memoria puedan reconstruir ese instante para el que nos preparamos toda la vida».
(Pág. 56)
«…la sensación de volver, aunque sea nada más que una tarde a un lugar donde la eternidad aprendió a vivir con lo huidizo».
(Pág. 59)
«Muchas veces he expresado mi convicción de que existen lugares en los que la tierra habla dictando una ciega sentencia, sitios donde la luz y la sombra se dan la mano para crear un espacio en el que encontrarse a gusto».
(Págs. 140 y 141)
«Quizá de la vida, de nuestro pasado, solo vaya quedando simplemente una voluntad de color, una especie de acuarela semiborrada en la que nos esforzamos por ver figuras vivas. Volver sobre nuestros pasos para ver, en la distancia, ese paisaje íntimo que conforma con niebla nuestra alma (…). Pero en realidad solo vemos imágenes que se borran, que en el mejor de los casos se transforman, y buscamos aquellas esenciales, las que nos parecen totalmente reales, que esconden una verdad pequeña e íntima».
(Pág. 155)
«La contemplación de un árbol es siempre un hecho provechoso. Uno lo mira y va observando las sutiles variaciones de la mañana a la noche: cómo las primeras luces descubren un ser inmóvil en movimiento, una presencia que ya estaba ahí cuando nosotros nacimos y que seguirá estando cuando marchemos. La contemplación de un árbol, si se hace con la suficiente atención, siempre es la contemplación de uno mismo, de lo que tenemos dentro escondido y, entre las sombras interiores, acariciamos como algo querido y muy temido».
(Pág. 163)
«…siempre se busca lo que se pierde».
(Pág. 166)
«Uno es de esos que siempre canta lo que tiene –porque sabe que lo va perder– y (…) le gusta el sol cuando hay sol y el agua cuando la estación se mete en agua… Es la plena consciencia de que el tiempo pasa, arrasándolo todo…».
(Pág. 167)
«Miraba por la ventana y sentí una nostalgia del presente, de ser yo el hombre que miraba por la ventana y se acordaba de cosas diversas. Uno se asoma a una ventana… y puede ver lo que solo él puede ver…».
(Pág. 168)
«…eso es precisamente el otoño: el tiempo de los estudios graves, la estación en la que hay que analizar lo recogido y dejar que se posen, en los cables eléctricos de la memoria, los pájaros migratorios de lo vivido».
(Pág. 169)
«…nos convertimos indefectiblemente conservadores porque hay cosas buenas (…) que merecen la pena ser conservadas».
(Pág. 174)
«¿Quién nos iba a decir que la muerte nos estaba rondando? ¿Quién de nosotros en aquellos días no iba a atreverse a decirle a la muerte a la cara que se estuviera quieta, que ya estaba bien, que no se metiera con ninguno de los nuestros porque la que iba a perder era ella?»
(Pág. 188)
«En sus últimas consecuencias cualquier vida se iguala en nuestro fracaso, en una misma desolación».
(Pág. 189)

